Capítulo 37


Si derramas lágrimas al anhelar el sol, también anhelarás las estrellas.
                                               ‒Rabindranath Tagore, Pájaros perdidos


Julio tocó a su fin entre los cantares de las cigarras y el sol arrollador. A finales de mes el mundial de fútbol llegó a su máximo auge. En el partido entre Italia y Alemania, Huang Jianxiang[1] aulló: “¡No está luchando solo! ¡No está solo!”, y aquel maravilloso diez de Julio, Zidane pasaría a la alfombra roja durante su último partido en el que Italia ganó a Francia quedando en un seis a cuatro y ganando la copa mundial del dos mil seis en Alemania.
La lluvia de aquel día limpió las calles y acabó con el calor, como si estuviese celebrando el partido. Cuando el sol volvió a salir, las multitudes dejaron los bares que quedaron desiertos a excepción del de algún callejón.
Xu Ping se subió a un bus que iba directo al bar de fútbol de la calle Liu Ying[2] aquella noche después de ocuparse de su hermano sin cambiarse de ropa. El hombre abrió la puerta de madera y se estremeció al notar el aire acondicionado.
Alguien le saludó con la mano y él se le acercó frotándose los brazos.
‒¿Qué vas a tomar? ¿Cerveza? ‒ Preguntó He Zhi alzando una ceja mientras masticaba unos cuantos cacahuetes.
Xu Ping asintió con la cabeza. He Zhi pidió dos botellas de Tsingtao y con la mano le hizo un gesto con la mano al camarero cuando les llevó las copas.
‒¿Cómo va todo?
Los amigos empezaron a beber sin brindar, hombro contra hombro.
‒…Como siempre.
He Zhi le miró de reojo y le dio una palmadita de consuelo.
‒Estaba de misión, por eso no te he llamado hasta ahora. No me he enterado de lo de tu padre hasta que he llegado.
‒Sí, cáncer de garganta. Lo detectaron cuando estaba demasiado avanzado.
He Zhi dio le dio una vuelta a la botella con la mano. Xu Ping también se quedó callado unos instantes, entonces, arrugó la nariz y dijo:
‒Al principio, mi padre no quería que le operasen, pero el doctor me dijo que no me preocupase, que tenía muchas probabilidades de pasarla. Me dijo que había estudiado en Alemania y que lo había hecho muchas veces y bueno, continuó comiéndome la cabeza con lo de las nuevas tecnologías y esas mierdas, así que firmé el consentimiento. Y cuando por fin le operan, a la hora y media, el tío sale y me dice que el cáncer está demasiado extendido y que ya puedo empezar a contar los días que le quedan. Ese hijo de puta… Ese hijo de puta… Después de la operación mi padre empeoró. Se quedó hecho añicos. Antes de todo eso podía caminar y comer, pero después… Ni siquiera se podía mover de la cama. Le hicieron un agujero en el estómago y le pasaban el agua y la comida por ahí. No me puedo imaginar cómo debía sentirse porque al cabo de sólo dos meses… él… él… ‒ Xu Ping apretó el puño y los dientes con tanta fuerza que empezó a temblar.
‒¿El hospital público?
Xu Ping asintió con la cabeza mientras contenía las lágrimas. He Zhi sacó un pañuelo de debajo del plato de cacahuetes y se lo pasó a su amigo antes de sacarse un bolígrafo del bolsillo de la camisa.
‒¿Qué?
He Zhi también se sacó un cigarro y le pidió un cenicero al camarero.
‒Escribe el nombre de ese bastardo.
‒¿Qué vas a hacer?
‒Nada. Mi equipo tiene un protocolo muy estricto, no podemos hacer ninguna locura, pero los hijos de puta como este que usan a sus pacientes para ganarse credenciales merecen una buena hostia.
Xu Ping, con la mandíbula apretada, se moría de ganas por coger el bolígrafo, pero se controló en el último momento. Le pegó un par de sorbos a su cerveza y dijo:
‒Aunque te lo cargues a golpes, mi padre no va a volver.
Los dos hombres se quedaron sentados, bebiendo en silencio. La pantalla en la pantalla de la pared se retransmitía el partido. El camarero seguía fregando vasos en una esquina a lo lejos.
 ‒Hace mucho que no nos vemos, hablemos de otra cosa. ¿Qué has estado haciendo últimamente?
‒Ha habido un caso de contrabando en Fujian, así que han llenado el país de agentes. Prohibieron los móviles y cualquier tipo de comunicación con el exterior porque no querían que los criminales se enterasen de nada. Lo resolvimos en un par de meses. Voy a salir en la tele dentro de un par de días. Hemos arrestado a muchos. Tenemos a casi todos los jefes. ‒Xu Ping asintió con la cabeza. ‒ Estoy agotado, pero creo que esta vez sí me van a ascender. ‒ He Zhi pegó un trago con la vista fija en el televisor.
‒¡Mocoso! ‒ Xu Ping soltó una risita. ‒ Te lo dije, con tu habilidad y con tu experiencia era cuestión de tiempo que te ascendieran. ‒ Levantó la botella. ‒ ¡Venga, un brindis por el nuevo capitán de la división de investigación criminal!
‒Sub-capitán… Pero, espero ser el capitán algún día.
Xu Ping estalló en una sonora carcajada.
‒Sigues siendo un capitán; ¡no te hagas el modesto!
He Zhi le hizo un gesto al camarero para que trajese otra ronda, pero Xu Ping le detuvo.
‒Ya vale; no tengo aguante para el alcohol y luego tengo que cuidar de mi hermano. No puedo beber más.
He Zhi le dio un toquecito en el hombro.
‒Ping zi.
Xu Ping hizo una pausa. He Zhi llevaba muchos años sin llamarle así, volver a escuchar ese nombre le trajo recuerdos de su infancia y se dio cuenta que llevaban juntos treinta años. Xu Ping se volvió a sentar en el taburete y aceptó la botella del camarero, la levantó y bebió. Sabía que su amigo tenía algo que contarle, pero no le dijo nada ni le insistió.
‒Hace unos días fui a ver la tumba de Xiao Qing. Cuando vi su foto me di cuenta que ya casi no me acordaba de cómo era. ¿Cuánto ha pasado? ¿Ocho años? ‒ Xu Ping se quedó callado. ‒ Me juré que encontraría al culpable, pero todavía no he descubierto quien era el conductor, sólo he envejecido.
Cheng Qing era la exnovia de He Zhi con la que había empezado a pensar en casarse después de estar saliendo durante cinco años, sin embargo, murió en un accidente de coche y el conductor se dio a la fuga.
‒Si todavía estuviese viva, mi hijo ya iría a primaria. ‒Xu Ping bebió en silencio. ‒ A veces vivir me parece una mierda. Los buenos nunca viven mucho, los únicos que tienen buenos trabajos y libertad son los malos. ‒ He Zhi el dio una calada al cigarro. ‒ Joder, Anthony Wong tenía razón: los pirómanos y los asesinos consiguen una cadena de oro y los obreros un cadáver.
‒No seas pesimista. ‒ Xu Ping soltó una risita. ‒ También hay buena gente en el mundo; nosotros, por ejemplo.
‒No sé si soy buena o mala persona. ‒ Susurró He Zhi. ‒ De tanto lidiar con esos criminales me empiezo a plantear si el malo no seré yo. La comisaría también está hasta arriba de mierda, sólo me puedo relajar contigo.
‒¿Y esto viene de la boca del futuro capitán?
He Zhi sacudió el cigarro.
‒Los ascensos no paran. Siempre hay alguien por encima de ti. La gente como yo somos como perros.
Xu Ping le echó un vistazo.
‒Entonces, ¿ser un ciudadano qué es? Puedes soltarlo todo conmigo, pero más te vale volver a ser el capitán. Tus padres cuentan contigo para enorgullecer a tus ancestros.
‒Enorgullecer a mis ancestros, sí, claro. ‒ He Zhi rió. ‒ Eso lo haría si fuese como tú. ‒ Xu Ping se calló. ‒ Si no fuera por ese hijo de puta, no habrías estado en la cárcel, no habrías tenido antecedentes y habrías podido ir a la universidad. ¡Maldito bastardo! Ahora está viviendo la vida a la fuga, mientras que tú has pasado por tanto-…
‒Ya vale.
Ambos guardaron silencio. Entonces, He Zhi le rodeó el cuello con un brazo.
‒Perdona, he bebido demasiado. ‒ Xu Ping se levantó e hizo ademán de pagar, pero su amigo le detuvo. ‒ Pago yo.
En cuanto He Zhi sacó la cartera, el camarero se les acercó.
‒El jefe ha dicho que invita la casa.
Xu Ping miró a su amigo asombrado. He Zhi volvió a guardarse la cartera sin parpadear.
‒Dale las gracias de mi parte.
‒El señor Qin me ha dicho que usted siempre es bienvenido. Tenemos otros locales, puede usar esta tarjeta VIP en cualquiera.
He Zhi la aceptó y la estudió con la mirada antes de metérsela en el bolsillo.
‒¿Conoces al dueño? ‒ Preguntó Xu Ping ya fuera del establecimiento.
‒No le he visto en la vida. ‒Xu Ping no dijo nada.‒ En este tipo de locales pasan muchas cosas, tienen sus hombres y sus cosas. De vez en cuando necesitan favores, por eso nos hacen la pelota.
Xu Ping asintió con la cabeza. Justo iba a despedirse para volver a casa cuando He Zhi le interrumpió.
‒Me voy a casar.
Xu Ping se dio la vuelta de inmediato, atónito.
‒¡¿Qué?! ¡¿Desde cuándo tienes novia?!
‒No es mi novia. ‒ He Zhi hizo una pausa, tiró el cigarro y aplastó la colilla con la punta del pie.  ‒ Mi cuñado nos presentó; es la hija del jefe del departamento.
Xu Ping se lo quedó mirando.
‒¿Cuándo es?
‒Octubre.
‒Acuérdate de invitarme.
‒Sí.
Las luces de neon de los bares iluminaban la noche; la brisa estaba llena de polvo. Un taxi rojo se paró a su lado. Xu Ping saludó al conductor y el vehículo continuó su camino. A lo lejos, el bus número veinticinco se acercaba a su parada cargado de pasajeros que volvían tarde a sus casas.
‒Mi bus ya está aquí.
He Zhi asintió.
‒Llámame si pasa algo, no te lo guardes todo.
‒¡No me gafes! ‒ Xu Ping rió. ‒ Ya sabes lo que haces, ¿no? ¡Soy un buen ciudadano! Sólo te voy a llamar cuando esté con la mierda hasta el cuello.
He Zhi también rió. Xu Ping sacó su tarjeta del bus y se subió dejando atrás a su amigo en la parada.
‒Venga, corre a casa. ‒ Dijo sacando la cabeza por la ventana. ‒ No hagas esperar a tus padres.
He Zhi asintió, pero no se movió.
‒¡Da Zhi! ‒ Llamó Xu Ping tras reflexionar unos instantes. ‒ ¡Ven a cenar dentro de unos días, es mi cumpleaños!
El bus partió y Xu Ping observó a su amigo saludándole en la oscuridad de la noche.


[1] Huang Jianxiang (黃健翔) es uno de los comentaristas más famosos de China.
[2] La calle Liu Ying se encuentra en Xuchang (許昌), Henan (河南).

Title: Capítulo 37
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