Capítulo 34: Damian (parte 6)


El duque apestaba a sangre.
Jerome se asustó unos instantes al recibir a su señor por el aura asesina que desprendía, pero ocultó sus sentimientos.
‒La señora duerme y el joven amo ya ha llegado. No hay nada más que informar. ‒ Jerome recitó un breve resumen de lo ocurrido a su amo.
Hugo se limitó a asentir, se dio la vuelta y se marchó. Jerome ordenó a una de las criadas que le preparasen un baño al señor y, entonces, persiguió al grupo de caballeros que se iban del castillo.
‒¡Señor Heba!
Uno de los soldados detuvo sus pasos y esperó a que el mayordomo le alcanzase.
‒¿Qué ocurre? ‒ Preguntó estudiando al serio criado.
‒¿Ha pasado algo? El señor no suele volver cubierto de sangre…
‒Ah, nos hemos topado con un grupo de ladrones de camino.
‒¿Ladrones? No creía que la seguridad fuese tan baja…
‒Ni que lo digas, no sé de dónde han salido, pero estaban saqueando a unos vendedores ambulantes cuando el señor los descubrió.
‒…Ya veo. ¿Los ha castigo él? No parece que hayan sido ladrones normales.
El señor Heba sonrió con ironía en lugar de contestar. No, las víctimas no habían sido ladrones profesionales, sólo un grupo de vagabundos con mala suerte que habían estado intentando robar algo. ¿Castigo? Su señor no se molestó en preguntarles, se limitó a degollarlos allí mismo, y gracias a eso, los vendedores consiguieron escapar mucho más asustados.
La mayoría de los del grupo no habían alcanzado la mayoría de edad aún, sin embargo, el duque no toleraba esos comportamientos. No, más que un castigo, había sido una masacre. El soldado creía estar acostumbrado a verlo, pero cada vez que presenciaba la crueldad de su señor reculaba.
‒¿No ha pasado nada más, pues?
‒Sí. ‒ Respondió encogiéndose de hombros.
‒Cuando subyugaba a los bárbaros, ¿parecía estar de mal humor o…?
La forma en que el señor subyugaba a los bárbaros era extremadamente cruel. A otro nivel de cómo mataba a sus enemigos en la guerra. Sólo los guerreros que le acompañaban a la batalla eran testigos de ese lado suyo. No era una situación describible con un: “estar de mal humor o no”.
Incapaz de transcribir sus pensamientos en palabras, el señor Heba sacudió la cabeza.
‒Ya veo. Debe haber sido un viaje agotador. Descansad.
‒Adiós.

*         *        *        *        *

Hugo pasó un buen rato hundido en la bañera para poder deshacerse del pungente olor de la sangre. Sin embargo, el repugnante aroma de la sangre no desaparecía.
Hasta entonces, este tipo de cosas no le habían molestado, pero cuando vio el titubeo de su criado pensó en su esposa. Imaginarla retroceder por el miedo le hundió el corazón.
No quiero que me vea así.
Al llegar a esa conclusión la sensación sangrienta que nunca le había molestado, de repente, le asqueaba.
¿Un noble honorable? ¿Un soldado poderoso? Paparruchas.
Cuando se quitaba la cáscara no era más que un cazador, un asesino que cazaba humanos.
Hugo era plenamente consciente de la locura que corría por sus venas. Un impulso tenaz que le impulsaba a desear ríos de sangre. Si no fuera por la última guerra, seguramente en esos momentos se le conocería como a un asesino. La sensación de cuando le arrancaba el cuello a una persona le emocionaba, el olor de la sangre le liberaba. No se sentía culpable ni cuando veía el horror en las miradas de sus víctimas, tampoco tenía pesadillas.
El señor de los Taran era considerado un caballero poderoso y un gran señor desde hacía generaciones. Su linaje poseía una sangre especial que transmitía un intelecto y un físico superior al normal, por eso los Taran estaban tan obsesionados con preservar su pureza.
Según Philip, Hugo fue un producto exitoso, sin embargo, él jamás estuvo orgulloso de ello. Hugo rechinaba los dientes. Quería acabar con su linaje para que no quedase ni rastro. Quería rebelarse contra sus ancestros y enviarlos al más profundo de los infiernos.
Si ese vejestorio no hubiese aparecido con Damian…
Cuando Philip apareció con Damian, los planes de Hugo de acabar con su linaje se vinieron abajo.

*         *        *        *        *

Hugo, al acabar de bañarse, se dirigió a su dormitorio y se quedó en el marco de la puerta. Indeciso, al final terminó yendo al cuarto de su esposa. Entró y esperó unos instantes a que sus ojos se acostumbrasen a la oscuridad.
Anduvo hasta la cama y se quedó allí de pie, contemplando su silueta. Hugo tuvo una sensación extraña de solo mirarla. Como si se le enfermase el corazón, le costaba hasta mirarla.
El hombre levantó la sábana y se deslizó al lado de su mujer, entonces, la rodeó con los brazos por la cintura y se la acercó. Enterró la nariz en su cuello y se dejó embargar por su aroma afrutado. Cerró los ojos y, al cabo de un rato, se tranquilizó.
Hugo estaba dividido en dos. El motivo por el que podía volver a su posición como duque como si nada después de cazar y empaparse de sangre era porque se había separado en dos. Su espíritu era especialmente tenaz y fuerte, así que él conseguía cordura donde cualquier otro hubiese enloquecido. Sin embargo, le costaba más volver a ser duque, que volver a ser cazador. Solía necesitar más tiempo para saciar su sed de sangre y controlarla.
No obstante, sorprendentemente, lo consiguió mucho más rápido, tal vez por la calidez de la que disfrutaba entre sus brazos.
Ahora que había calmado su excitación por la masacre, el calor de su bajo abdomen se extendió por el resto de su cuerpo. Su intención había sido abrazar a su mujer y quedarse dormido después de sentir su calor y su piel suave, pero ya no lo aguantaba más.
Sólo un poquito…
Deslizó las manos dentro de su pijama, le besó el cuello y le apretó el pecho con suavidad para ver su reacción.
¿Se despertará?
Contrario a sus expectativas, ella continuó totalmente dormida.
¿Por qué duerme tan profundamente?
Gruñó. Su marido acababa de llegar después de ausentarse durante mucho tiempo, la estaba besando y tocando y ella seguía dormida. No estaba satisfecho y se rehusó a aguantarse.
Se sentó sobre la cama y tiró al suelo la sábana que los cubría. Se bajó hasta sus piernas, le levantó el tobillo y le besó la punta del pie. Se metió su piececito en la boca y lo lamió como si de caramelo se tratase. Besó y lamió su tobillo, continuó por su muslo. La acarició y la mordió con suavidad.
Normalmente ella ya se habría despertado llegados a este punto, pero aquel día estaba especialmente dormida. Sin embargo, verla dormir tan plácidamente le molestó. Le puso las manos en la cintura y la desnudó. Entonces, le separó las piernas y puso la boca en su pétalo. La imagen le endureció todavía más el miembro, pero tuvo que controlar sus ganas de entrarla.
Hugo bajó los labios a la carne pálida y tierna que la muchacha tenía entre las piernas y chupó hasta dejar una pequeña marca que parecía un chupetón. Sonrió satisfecho. Su mujer no podía quejarse porque estaba en una zona difícil de ver.
¿Cuándo verá la marca?
Quería ver su expresión cuando se diera cuenta. Seguro que entraba en pánico y no sabría qué hacer.
Hugo alzó la vista otra vez, pero seguía dormida.
‒Y sigues dormida. Veamos hasta donde aguantas.
Volvió a bajar la cabeza, le besó el lago oculto en su bosque. Lamío, chupó, tragó y giró la lengua a su alrededor hasta entrar en ella. Penetró su interior con la lengua hasta que su sequedad se humedeció.

Lucia se despertó con un calor extraño en sus partes bajas. Medio dormida, notó un estímulo externo entre sus piernas. Y antes de que pudiese comprender la situación, algo la penetró.
‒¡Uh!
Alguien le sujetaba las piernas y le lamía su parte más delicada. Se las apañó para levantar la cabeza y mirar para abajo, donde le encontró enterrado entre sus piernas. Lucia obligó a su cerebro a funcionar.
¿Ha vuelto? ¿Cuándo?
Sin embargo, no le dio tiempo a reflexionar durante mucho tiempo. La puntiaguda lengua de su marido le rozó la entrada vaginal y la penetró. Un cosquilleó le recorrió la columna vertebral.
Lucia se estremeció y no pudo evitar gemir.
‒¡Ah!
Su lengua no estaba tan dura como sus dedos, pero era mucho más precisa. La estimulación le provocaba oleadas de excitación y se vio obligada a aferrarse a las sábanas entre gemidos. Movía la cintura intentando cerrar las piernas, pero él se las separaba con firmeza. Hugo violó con dureza su interior con la lengua. Chupó su entrada húmeda como si fuera un oasis en el desierto; saboreó su mojada y tierna carne y exploró sus profundidades con la lengua, disfrutando de sus reacciones.
Ahora que los fluidos corrían sin parar, supo que su mujer estaba despierta. Acarició la pequeña protuberancia de del centro con la punta de la lengua y lo mordió.
‒¡Ah! ¡Ay! ¡Ah!
Sus gemidos se convirtieron en chillidos apasionados, y hasta que no sollozó, no apartó la boca de su vagina. Besó, lamió, chupó y tragó. Era incapaz de apartarse del aroma y sabor de sus fluidos. Chupó como si pretendiera tragársela entera y, a modo de respuesta, ella subió la cintura.
Hugo la lamió desde el abdomen hasta el pecho. Los ojos de Lucia le miraban como ausentes. Era una lástima. Si hubiera habido más luz habría podido ver su sonrojo.
El duque le apretó los pechos y los manoseó con sus manos callosas y ásperas de soldado. Su piel parecía la mejor de las sedas, le encantaba sentirla. La muchacha no tenía defectos. El hecho de que sólo él, su marido, fuese el único capaz de sentir y ver semejante espectáculo satisfacía su posesividad.
Bajó la cabeza y le pegó un bocado a su apetecible fruto. Los pezones de la joven estaban erectos por las constantes caricias.
Lucia olía deliciosamente bien, su aroma era tan cautivador que Hugo deseaba tragárselo. El señor admiró su propia capacidad de control al escuchar los gemidos y jadeos de su esposa.
Llevaba sediento desde el primer día de caza. Daba igual con cuántos bárbaros acabase, no era suficiente.
Me da igual, no me importa.
Intentó romper el hilo que ataba su corazón. ¿Vacilar? ¿Qué más daba? Estaba intoxicado de ella, no sabía qué hacer y ella jamás intentaría hacerle vacilar.
Con una mano le separó las piernas. Tenía el miembro tan duro que le dolía. Se colocó entre ella y la levantó rápidamente para penetrarla de un solo movimiento, llegando a sus profundidades.
‒¡Ah!
Su cuerpo se retorció y aceptó al intruso.
‒Ah…
Hugo la aguantaba con una mano mientras con la otra se aferraba a las sábanas. Gruñó un gemido.
Eso era. Su interior le envolvía a la perfección, hasta el punto de que podían unirse sin dejar ningún hueco. Se sentía perfectamente satisfecho. Los pechos de ella se balanceaban con cada uno de sus movimientos. Sus pezones, mojados de saliva, brillaban y el recuerdo de su sabor le excitaban.
Hugo le pellizcó un pezón y lo lamió con suavidad. Jugó con él un par de veces antes de metérselo entero en la boca.
‒¡Ugh! ¡…Ah!
Le masticó y chupó con todas sus fuerzas. Dejó rodar la lengua a su alrededor y, una vez más, mordió con suavidad.
Ella se estremeció excitada, gimió y su interior le apretó. Ya no aguantaba más.
‒Levanta la cintura.
Lucia escuchó el vago sonido de su voz entre sus propios gemidos. Recordando con precisión sus penetraciones, su interior le estrujó. Lucia vio como él reprimía un gemido y se le secó la boca. Su corazón se desesperó cuando ella le cogió la mano y le rodeó con las piernas.
Hugo le agarró las nalgas, se acercó a sus rodillas y la levantó. Sacó su miembro y lo volvió a clavar con más intensidad.
‒Huh…
Tal vez fuese por el tiempo que llevaban separados, pero a Lucia le parecía más grande de lo normal. Como si llenase su cuerpo por completo, como si le faltase el aire. Le apretó las manos.
‒¿Más lento? ‒ Preguntó él al ver la mueca de su esposa.
Lucia apretó los labios y asintió con la cabeza. Él salió de ella, movió la cadera más despacio y volvió a entrarle.
‒Ah… Nng…
Su miembro la penetró y calentó sin parar. A veces profundamente, a veces superficialmente. Sus movimientos controlados e intensidad aceleraron su interior.
‒Ah… Joder… ‒ Murmuró. ‒ Me estás devorando.
Conforme ella se acercaba al clímax su interior se suavizó y él fue incapaz de controlar su impulso de darlo todo. Era una sensación increíble.
‒Ah… ¡Ah!
Hugo aumentó la velocidad, penetrándola sin ninguna reserva. El cuerpo de ella se mecía al son de sus movimientos. Se retorció y se ahogó en el placer.
Su marido se agachó y le besó los párpados y las orejas.
‒¿Sabes que ahora mismo tu expresión es… una locura?
Le sujetó la cintura para que no pudiera moverse y la penetró con fuerza. Cada vez que la entraba, a ella le brillaban los ojos y su respiración acelerada resonaba en sus oídos.
‒Parece que vayas a llorar, pero… Tu interior no me suelta… Ah… Esto… ¿Te gusta?
‒¡Ah! ¡Ang!
‒¿Quieres más? ¿Te gusta cuando lo hago así?
Hugo no se avergonzaba de lo que decía. Tenía razón, el interior de ella le envolvía y le absorvía, se movía con él y la excitaba.
‒¡Ah…! ¡Hugh…! ¡Demasiado…! ¡Ah!
La estimulación era demasiado intensa. Le faltaba el aire como si hubiese saltado de una gran altura. Su pene duro entraba en ella vigorosamente y se creía a punto de enloquecer.
Cada una de sus penetraciones le daban la sensación que la iban a partir en dos, y cada vez llegaba más hondo.
‒¡Ah! ¡Ah! ‒ Jadeaba en busca de aire.
Lucia gritó seductoramente al llegar al clímax. Sus paredes estrujaron a su marido y él rugió como una bestia salvaje.
‒Hnn… Hugh.. Un… Momento…
Lucia quería que parase un momento, pero, al parecer, sus suplicas le excitaban todavía más porque sus movimientos se volvieron más fieros.
Los músculos de su cadera se contraían frenéticamente. Las piernas con las que le había rodeado habían perdido su fuerza, así que Hugo se las cogió y la acercó más para llegar a lo más hondo de su cuerpo.
‒¡Huuuh! ¡Hk!
Era agotador, pero placentero. Su fuerza la penetraba con movimientos apasionados como si quisiera comérsela. Él también gemía intermitentemente y eso le gustó.
El cuerpo de Lucia aprendió la alegría de unirse con un hombre. Sus capullos habían florecido y sus pétalos caían de vez en cuando. Su cuerpo estaba abierto para su amado.
La pared que había tratado de construir desapareció y su cuerpo reaccionó todavía con más entusiasmo. Reaccionaba instintivamente y eso le volvía loco.
Hugo dejó caer las piernas de ella, la sujetó por la cintura y la penetró por atrás. Cada vez que estimulaba su punto, ella fruncía el ceño.
‒¡Ah!
El cuerpo de Hugo se tensó momentáneamente antes de correrse dentro de ella. Lucia notó cómo un líquido caliente la llenaba y cerró los ojos. Su vagina se estremeció y le apretó.
Hugo sacudió los brazos, gruñó complacido.
‒Ah… Ah…
Su marido se dejó caer sobre ella. Sentir su peso le dio una sensación de comodidad increíble. Lucia posó su temblorosa mano sobre su cabeza y le acarició el pelo mojado.
Title: Capítulo 34: Damian (parte 6)
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Writed by Nana L15R1