Capítulo 34


Generación va, y generación viene: mas la tierra siempre permanece.  Y sale el sol, y pónese el sol, y con deseo vuelve á su lugar donde torna á nacer.  El viento tira hacia el mediodía, y rodea al norte; va girando de continuo, y á sus giros torna el viento de nuevo. Los ríos todos van á la mar, y la mar no se hinche; al lugar de donde los ríos vinieron, allí tornan para correr de nuevo.
‒Eclesiastés 1:4-7

2006.
‒Y así termina el espectáculo antes del juego. Ahora vamos a ver a las veintidós personas más felices del mundo, once de Francia y once de Italia que se encuentran en el estadio olímpico de Berlín, la capital de Alemania, para jugar la final del mundial FIFA de 2006.
Xu Ping apagó la repetición y se sentó en el sofá en silencio. Eran las once de la mañana. Los rayos del sol caían desde el cielo, las cigarras chirriaban en los árboles, los coches iban y venían por el asfalto que parecía derretirse bajo el sol y las ventanas de la sala de estar estaban abiertas, pero las cortinas no. Como si todo esto no fuese suficientemente sofocante, el siseó de los ingredientes y el sonido del agua hirviendo provenía de las escaleras.
Xu Ping llevaba un traje y una corbata negros y continuaba sentado en el sofá como ausente. La predicción del tiempo advertía que se podía llegar a los treinta y ocho grados y que continuarían subiendo en los próximos dos días. Este sería el verano más caluroso que presenciaría la ciudad en la última década.
Después de tantos años de residencia, la casa empezaba a hacerse vieja. Las paredes eran amarillentas y había grietas en el techo. La pintura del balcón estaba medio pelada y los muebles eran de un color más aburrido. Estaba lleno de sombras de la vida: las paredes de la cocina ennegrecidas por el humo, la manecilla de la puerta del baño que su hermano había roto seguía igual, la silla de bambú que Xu Ping se había cargado por el peso y una de las esquinas de la mesita estaba manchada por los cigarros de su padre.
La puerta del dormitorio se abrió de repente y Xu Zheng salió vestido con un traje negro, claramente incómodo.
‒¿Qué tal? ‒ Preguntó Xu Ping levantándose del sofá.
‒Muy justo. ‒ Xu Zheng levantó los brazos para demostrárselo.
Xu Ping midió los hombros de su hermano con las manos.
‒¿Se te han vuelto a ensanchar los hombros? Debería ser de tu talla. Te lo compré el año pasado. ‒ Le dio la vuelta y empezó a atarle los botones del traje. ‒ Me alegro de que la cintura la sigas teniendo igual.
Xu Zheng hizo ademán de quitárselo, pero Xu Ping le paró.
‒No te lo puedes quitar.
‒Es incómodo.
Xu Ping le dio un golpecito en el hombro.
‒No levantes los brazos. Este es el único traje que te cabe y no tenemos tiempo para ir de compras. ‒ Xu Zheng se puso de morros. ‒ Baja la cabeza, te voy a poner la corbata.
Xu Zheng agachó la cabeza. Xu Ping sacó una corbata que tenía doblada y desdobló el cuello de la camisa de su hermano.
‒¿Qué tal el trabajo?
Su hermano reflexionó unos minutos y no contestó. Xu Ping no insistió. Sacó un par de zapatos bien pulidos y se los pasó a su hermano. Uno de los zapatos no estaba bien atado, así que se agachó para hacerlo y ya de paso le arregló los bajos del pantalón. Entonces, se irguió y le echó un vistazo a su hermano pequeño.
Xu Zheng se acababa de cortar el pelo. Tenía las cejas gruesas y la mirada profunda. Su mandíbula parecía afilada como un cuchillo. Sus hombros eran anchos y su cintura y muslos fuertes, tal vez por su trabajo. En casa no destacaba tanto porque solía llevar tejanos y una camiseta, pero ahora que se había puesto el traje derrochaba carisma. Xu Ping se quedó ahí mirándole, atontado.
‒¿Qué miras, gege?
Lo que aplastó esa imagen tan increíblemente atractiva fue el lenguaje inmaduro de su hermano.
‒Nada. ‒ Le revolvió el pelo. ‒ Estaba pensando en que te pareces a papá.
Xu Zheng cerró los parpados como perro al que acaricia su dueño.
‒¿Por qué estás sudando tanto?
‒Hace calor.
Xu Ping se tocó la frente para comprobarlo y la tenía más seca que un desierto.
‒No quiero ponerme esto. ‒ Protestó Xu Zheng. ‒ Hace demasiado calor.
‒No. ¿Qué te he dicho antes? Tienes que soportarlo. Me lo has prometido.
Xu Zheng se secó el sudor del cuello.
‒Sí. ‒ Respondió. ‒ Te lo he prometido, gege.
Xu Ping fijó la mirada en él.
‒Cuando lleguemos siéntate en la silla. Mucha gente va a pasar por tu lado, pero no les hables. Siéntate ahí y no te muevas. No vayas al baño, ni me hables. Da igual el rato que tengas que quedarte sentado, sólo puedes levantarte cuando se haya ido todo el mundo, ¿me oyes?
Xu Zheng vaciló antes de asentir con la cabeza.
‒Bueno, ¿te acuerdas lo que te dije que íbamos a hacer hoy?
Xu Zheng tardó un segundo en ponerse a recitarlo como si fuera una redacción.
‒Papá se va a ir de viaje muy, muy lejos y nosotros vamos a despedirnos de él.
Xu Ping le sonrió con dulzura tras un largo silencio.


Debajo del cartel en el que se leía: “Despedida para nuestro camarada, Xu Chuan” había un marco de diecisiete centímetros con una foto en blanco y negro. A pesar de haberse dedicado a la gran pantalla toda su vida, a Xu Chuan nunca le gustaron las fotografías. Xu Ping tuvo que rebuscar por un álbum que había encontrado enterrado en una montonera polvorienta para conseguir una foto. Era tan antigua que no se podían apreciar los detalles. Su padre no parecía muy feliz; estaba sentado de perfil al lado de una ventana con todo el pelo peinado para atrás y la mirada perdida.
Los trabajadores del funeral le recomendaron a Xu Ping con suavidad que tal vez sería mejor cambiar la foto y poner otra en la que su padre saliera más feliz. Xu Ping tuvo que sacar otra vez el álbum, pero todas las que había eran en su esfera pública, disfrazado y con otros muchos actores, así que no representaban la vida privada del actor.
Xu Chuan había dado vida a muchos personajes: soldados, generales, vagabundos, millonarios y desgraciados. Salía más agraciado en todas ellas, pero ninguna le representaba a él.
‒Mi más sentido pésame.
Xu Ping les dedicó una reverencia a todos los que se le acercaron. Por deseo de su padre en su funeral no había ni música, ni discursos. Su cuerpo yacía en el medio del pasillo rodeado de flores. Los invitados tenían que firmar en el libro de visitas al llegar y, entonces, acercarse al cuerpo, hacer una reverencia y dejar un lirio sobre el altar.
Song He, la sala que había alquilado Xu Ping, estaba al noreste de la funeraria y no era especialmente grande. La sala principal del edificio, Long Bai, era casi cuatro veces más grande y también estaba reservada. El fallecido debía ser bastante importante a juzgar por el séquito de cinco limusinas que había aparcadas delante del edificio. Había veinte monjes budistas recitando sus himnos sin parar y camareras profesionales ocupándose del mar de invitados y obsequios monetarios. Ni si quiera la música podía acallar los llantos de dolor.
En contraste, el funeral de Xu Chuan era silencioso como una película muda. Todos los invitados llegaron y se fueron sin hacer ruido. Ninguno alzó la voz. Ninguno rompió a llorar. En el libro de visitas hubo muchos fans que no quisieron dejar su nombre.
Xu Ping hizo una reverencia para cada uno de los visitantes. La noche en la que le comunicaron la muerte de su padre, rompió a llorar, pero aquel día en su funeral no se sentía tan mal. Su hermano se sentó en la silla de la esquina descansando las manos en sus rodillas. Xu Ping se le acercó y se sentó a su lado.
‒Ya han pasado la mayoría de los invitados, en una hora y media ya estará. ‒ Dijo. ‒ ¿Estás cansado?
Su hermano no dijo nada durante unos minutos.
‒No te puedo hablar. ‒ Susurró.
Xu Ping sonrió. Miró la fotografía de su padre en la pared. La mirada de su padre vigilaba la sala entera a través del tiempo y el espacio. Xu Ping se encaró a él. Fuera del cristal del féretro había un pacífico jardín de flores chinas.
‒Aguanta un poquito más. Cuando acabemos te llevaré al restaurante de fideos.
Xu Zheng asintió con firmeza. Sólo quedaban unas pocas personas en la sala. Xu Ping apoyó la cabeza en el hombro de su hermano, agotado.
‒A partir de ahora sólo quedamos nosotros. ‒ Murmuró.
Xu Zheng parecía querer hablar.
‒¿Qué? ¿Qué quieres decir?
Xu Zheng miró a su alrededor sin separar los labios.
‒¿Cuándo va a volver papá del viaje?
Xu Ping vaciló. Bajó la cabeza y empezó:
‒Xiao Zheng, papá-…
‒¡Xu Ping! ‒ Alguien le interrumpió de repente.
Xu Ping se puso en pie y apretó el hombro de su hermano con la mano.
‒Quédate aquí sentado y no te muevas.
La persona en cuestión será uno de los periodistas del telediario vespertino al que habían enviado para cubrir la noticia de la muerte de Xu Chuan.
‒Primero una foto. ‒ Le dijo a Xu Ping.
Tenía que sacarse una foto con una actriz que había trabajado con su padre. La muchacha entró siendo el foco de atención, rodeada de guardaespaldas, con un sombrero y gafas de sol. La mujer era tan hermosa como una obra de arte. Sacó su polvo para la cara y se arregló el maquillaje antes de volverse hacia la cámara con una expresión adolorida.
‒Lista.

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