Capítulo 30


Todas las sonrisas que faltan, todas las lágrimas que faltan, todo el idioma es una repetición, todo el contacto es un primer encuentro.
‒Bei Dao, Todo.

Xu Ping se quedó delante del televisor. Su hermano no estaba en la sala de estar, llevaba encerrado en su cuarto toda la tarde e ignoraba cuando Xu Ping llamaba a la puerta.
Eran las once y media de la noche y el joven continuaba sin poder dormir hasta que empezó a sonar el teléfono.
‒¿Diga? ‒ No hubo respuesta. ‒ ¿Hola? ¿Papá eres tú? ‒ Nada. ‒ ¿Hola…?
¡Malditos bromistas! Justo iba a colgar cuando escuchó un hilo de voz.
‒Xu ping.
‒¿Huang Fan?
Xu Ping volvió a ponerse el teléfono en la oreja y buscó qué decir. Al otro lado de la línea se escuchaban explosiones y ruidos como si hubiera fuegos artificiales.
‒¿Dónde estás? ‒ El hombre no respondió. ‒ Acaban de decir en la televisión que han aplicado la ley marcial. ¿Sigues en la plaza? ‒ Bajó la voz. ‒ Dicen que es muy peligroso estar por ahí. Vete ya. ¡Corre! ‒ Al otro lado de la línea sólo se oía una respiración pesada. ‒ ¿Qué está pasando? ¡¿Qué hacéis jugando con fuegos artificiales en un momento así?!
‒Sí, ‒ Huang Fan soltó una risita suave. ‒ queremos divertirnos todo lo que podamos. Todo va a acabar dentro de poco.
Xu Ping no respondió. Había algo en la voz de Huang Fan que le inquietaba, pero en ese momento no supo distinguir qué era.
‒¿Cómo estás, Xu Ping?
‒Bien.
‒¿…No me vas a preguntar lo mismo?
‒¿Cómo estás, Huang Fan? ‒ Preguntó después de una pausa corta.
‒Bien.
A pesar de que era una conversación normal, Xu Ping notó como se le erizaban los pelos del cuerpo.
‒Xu Ping.
‒¿Sí?
Pero el hombre no dijo nada en un buen rato.
‒¿Qué coño está pasando, Huang Fan?
Huang Fan rio.
‒Nada, sólo me apetecía llamarte.
‒¡¿Ahora?! ¡¿A estas horas?! ¡¿No sabes que estamos bajo la ley marcial?!
Huang Fan se quedó callado unos instantes antes de preguntar sin venir a cuento:
‒Siempre he querido preguntarte si tienes algún sueño.
‒No. ‒ Xu Ping vaciló. ‒ No soy muy ambicioso. Sólo quiero una vida normal con mi familia.
‒¿De verdad no hay nada que quieras?
‒Sí, que mi hermano sea normal, pero no es muy factible, así que no pienso mucho en ello.
‒Genial. ‒ Huang Fan hizo una pausa. ‒ Yo siempre me había visto como una rata de callejuela mientras crecía. Los otros niños estaban limpitos, yo era el único sucio. No me podía librar del tufo. Así que mi mayor sueño siempre ha sido salir de las cloacas, por desgracia no se ha cumplido.
‒¿Por qué me dices eso? ¿Dónde cojones estás, Huang Fan?
‒Xu Ping, si tu hermano no existiera, ¿querrías estar conmigo?
Xu Ping reflexionó unos segundos.
‒No lo sé. ‒ Contestó lentamente.
Huang Fan volvió a reír, pero su risa se convirtió en tos.
‒Le envidio mucho. Puede que sea un idiota, pero tiene a alguien como tú amándole de todo corazón.
‒Calla. ‒ Xu Ping apretó el puño.
Huang Fan soltó una risita.
‒¿De qué tienes miedo? ¿Sabes, Xu Ping? Tu mayor fallo es que eres un cobarde y vacilas mucho, te pasas el día manteniéndote a raya, sin descansar ni un segundo.  Déjame adivinar: has elegido la universidad de Pekín.  ‒ Xu Ping apretó los dientes. ‒ Quieres obligarte a separarte de tu hermano porque crees que así podrás borrar tus sentimientos por él. ‒ Empezó a reír y toser a la vez. ‒ Xu Ping, eres el mayor idiota que he visto. ¿Para qué vives así?
‒¿Me has llamado para burlarte de mí? ‒ Escupió Xu Ping con frialdad.
‒Si yo fuera tú, Xu Ping, ‒ Huang Fan hizo caso omiso a su pregunta y prosiguió. ‒ y me encontrase con quien me gusta, no me importaría ni una mierda lo que digan los demás. Me aferraría a esa persona con todo lo que tengo y no la soltaría jamás.
‒¡Es mi hermano! ‒ Xu Ping explotó.
‒¿Y qué? ¿Le gustas?
Xu Ping no dijo nada. Huang Fan tosió violentamente y continuó:
‒De verdad, Xu Ping, envidio muchísimo a tu hermano.
‒¿Qué le vas a envidiar? Sólo es un idiota.
‒Sí, por eso le envidio. Tiene lo que yo anhelo sin tener que levantar ni un dedo, pero no tiene ni idea de lo valioso que es.
Xu Ping decidió quedarse callado. Escuchó la respiración pesada del hombre y una explosión cerca.  Se estremeció.
‒¡Huang Fan! ¡¿De verdad estáis haciendo fuegos artificiales?! ¡¿Dónde estás?! ¡¿En la Plaza de la Gente?! ‒ Gritó.
Huang Fan rio.
‒Sí, estamos en la plaza con los fuegos artificiales. Los ertijiao hacen mucho ruido. ¿Te asustan?
Xu Ping no pudo decir nada, sólo apretó la mandíbula.
‒Eres un gallina, Xu Ping. Tienes que soltarte. A veces hay que soltarse para conseguir lo que uno quiere, pero… ‒ Tosió entre risas. ‒ Tampoco se puede ser un atolondrado como yo.
‒Huang Fan, estás herido, ¿verdad?
‒Increíble. ‒ Hubo un silencio prolongado y una risita débil. ‒ Te has dado cuenta hasta por teléfono. Me he acercado demasiado y uno de los fuegos artificiales me ha dado en la cabeza. No te preocupes, sólo es un rasguño. Mañana ya se me habrá curado.
Xu Ping se cubrió los ojos en un intento de controlar las lágrimas.
‒Oh, no, Xu Ping. No podremos seguir hablando. Este teléfono no es mío, es de un amigo. Es caro y se le acaba la batería. Dime adiós, Xu Ping.
‒¡Maldito bastardo, Huang Fan! ¡¿Por qué coño me llamas?! No quieres que me quede tranquilo, ¡¿eh?!
‒Lo siento, Xu Ping. ‒ Se oyó tras una larga pausa. ‒ Soy un egoísta. Si pudiera, me gustaría volver a verte. Te echo de menos. Lo siento.
Du, du, du. Había colgado.
‒¡¿Hola?! ¡¿Hola?! ‒ Chilló Xu Ping, pero se había cortado la conexión.
Tiró el teléfono. El anuncio de la ley marcial estaba por todas partes en la televisión.
‒Últimas noticias del ejército de liberación de la gente: el ejército, la policía local y la armada se han tomado la libertad de aplicar la ley marcial de ser necesario. Los únicos responsables de las consecuencias son los organizadores de la protesta y los manifestantes-…
Xu Ping dio vueltas por la habitación mordiéndose las uñas nerviosamente hasta que decidió lanzarse a por la chaqueta.
‒Xiao Zheng, voy a salir un rato. ‒ Dijo llamando a la puerta de su hermano con mucha fuerza.
Su hermano no respondió hasta que ya se estaba poniendo las bambas.
‒¿Dónde vas, Gege? ‒ Preguntó Xu Zheng saliendo de su habitación.
Xu Ping se giró cuando ya se había puesto los zapatos y estaba cogiendo las llaves.
‒Voy a salir un rato. Volveré dentro de nada. Quédate aquí. No salgas.
Xu Zheng se precipitó adelante y le agarró.
‒Yo también voy.
Xu Ping le repasó con la mirada y lo empujó con fuerza.
‒¡Quédate en casa! ¡No te vayas!
Xu Zheng escuchó la puerta de casa cerrándose. Estupefacto, se inclinó en el balcón y vio a su hermano corriendo entre los edificios.
‒¡Gege! ‒ Chilló.
Pero Xu Ping no le escuchó. El joven corría como un pájaro que surca los cielos debajo de las farolas hasta desaparecer en la vasta oscuridad.

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