Capítulo 28: La pareja ducal (parte 16)


‒Mi señora vino a una región que no conoce sola y nunca ha dicho que su situación fuese difícil o incomoda. Si mi señor la ignora… Estará sola de verdad.
Hugo se preguntó de dónde habría sacado su mayordomo esa rebeldía de repente, pero entonces, recordó que era el hermano de Fabian. Fabian, que se atrevía a hablarle sin temer las consecuencias. Los ojos de Hugo enrojecieron todavía más.
‒Últimamente, mi señora ha-…
‒Cállate.
‒Mi señor.
‒Atrévete a decir una sola palabra más.
Jerome cerró la boca y bajó la vista. El duque no buscaba fallos en sus empleados, pero no toleraba que cuestionasen su autoridad. Jerome no debía involucrarse en los asuntos de los duques, nadie en Roam podía y Hugo estaba extremadamente disgustado.
Hugo se preguntó si su esposa habría enviado al mayordomo para quejarse, no obstante, estaba hablando de Jerome que jamás interferiría y que era capaz de distinguir entre lo que podía y no podía hacer. Por lo que el comportamiento poco habitual de su criado le molestó a pesar de ser consciente de que Jerome se preocupaba por su señora más de lo normal. No dudaba de la lealtad de su criado, pero le irritó.
‒Impresionante. ¿Te lo ha pedido? ‒ Aunque era plenamente consciente de que era imposible que su mujer hubiese hecho algo así, la acusó.
‒¡No, mi señor! ¡Mi señora jamás-…!
Una taza de té voló hacia su cara y cayó al suelo en cuanto el mayordomo abrió la boca.
‒Te he dicho que te calles.
Hugo se levantó y salió del despacho, dejando a Jerome en el suelo y totalmente pálido. Había cometido un gravísimo error. Si Fabian hubiese estado presente le habría dicho que no debía involucrarse en la relación de los duques. Había ensuciado el honor de su señora. Su primera muestra de rebeldía contra su amo le había dejado pisoteado y había resultado en un nuevo malentendido.
Jerome suspiró y empezó a recoger los pedazos de porcelana que habían escapados por todas partes. Que la taza no le hubiese dado en la frente ya demostraba mucha tolerancia por parte de su amo.

*         *        *        *        *

Lucia volvió antes de tiempo de su quedada con Kate bajo la excusa de hallarse indispuesta. No le apetecía hablar ni montar a caballo.
‒Mi señora. ‒ La doctora la visitó en cuanto llegó.
Anna parecía atónita y no se atrevía a mirarla a los ojos, nerviosa. Aquel día el duque había dicho que podía hacer lo que le viniera en gana, pero no dejó de enviar a Anna cada noche.
‒Mi señora, el duque me llama cada noche para preguntarme cómo va el tratamiento. ‒ Confesó la doctora con una expresión que pedía ayuda a gritos. Era lo único de lo que le hablaba el duque. ‒ Por favor, descríbame los síntomas.
El enfado de Lucia empeoró al cabo de unos días. Se sentía engañada y presa. Tenía ganas de plantarse en su despacho y girarle la cara de una bofetada.
Muy bien, haré lo que quieres.
La joven abrió la boca y describió sus síntomas. Explicó cómo se sentía tal y como había hecho en su sueño. Sí, ya sabía la cura, pero no tenía la menor intención de usarla. No obstante, si Anna era capaz de encontrar otra cura, no se negaría a ponerla en práctica, no obstante, las probabilidades de que eso fuera posible eran nulas. Había pedido ayuda a un sinfín de doctores y ninguno lo había conseguido.
Como cabía esperarse, Anna parecía confundida, atónita por el hecho de que Lucia se provocase la infertilidad.
‒Lo siento, mi señora. Sinceramente, no sé cómo tratarla, pero encontraré la forma. ‒ Anna la consoló.
Lucia se sentó como ausente un rato y salió al jardín.

*         *        *        *        *

Hugo se marchó de su despacho disgustado y anduvo apesumbrado hasta llegar afuera. Había dejado de llover y no se veía el sol por ningún lado.
Supongo que así es como va a acabar el día.
Y así, antes de percatarse, ya estaba en el jardín. El apuesto hombre se dio la vuelta para marcharse, pero antes de hacerlo, la vio. Su esposa estaba inclinada estudiando un capullo a punto de florecer. Hugo se quedó ahí plantado unos instantes y, entonces, sus pies se movieron hacia ella.
Lucia irguió la cintura y se le vio acercándose. El ambiente cambió de repente. Todo a su alrededor se volvió borroso y sólo le veía a él como el día de la entrada a la capital. La primera vez que le vio.
Estaba enfadada con él hasta el punto de no ser capaz de dormir y quedarse en vela mirando la puerta que no se abriría. Unos minutos antes había deseado pegarle, pero en cuanto le vio, todo su enfado se derritió como sal en el agua.
Menuda idiota soy…
Sabía que era incapturable y creía que había conseguido encerrar sus sentimientos en su corazón, pero habían sido capaces de deslizarse por las grietas. Dolía.
Le amo.
No sabía qué hacer. Al igual que el resto de sus incontables amantes, no podía controlar su corazón.
No debe saberlo.
Si se acercaba un paso, ella retrocedería dos. No quería una rosa.
Lucia se giró hacia él y sonrió. En ese momento, toda la irritación y molestia de Hugo se disiparon. Como si acabase de despertarse de un buen sueño. Hugo se despertó de su locura. Lo que temía no era su existencia, sino su titubeo. El simple hecho de imaginarse que no podría volver a verla sonreír así le quitaba el aliento.
Te lo dije, se burló su corazón.
‒Mira, va a florecer dentro de poco. Creo que en un par de días.
Parecía que a Hugo se le había comido la lengua al gato cuando ella le habló como si nada.
‒…Ah.
La expresión de ella le hacían sentir miserable. A diferencia de su inquietud, ella estaba tranquila.
‒¿Has salido a tomar el aire? Me habían dicho que estabas ocupado.
‒Mmm… Ya casi estoy, pero voy a tener que irme un tiempo.
‒Ah. ‒ El rostro de Lucia cambió instantáneamente, y entonces, sonrió de nuevo. ‒ ¿Cuánto vas a tardar? ¿Mucho tiempo?
‒No sé, podría ser bastante. ¿Por qué estás sola? ¿Y tu criada?
‒Le he dado un recado. Se me ha ocurrido tomarme un té ahora que ha dejado de llover, ¿quieres acompañarme?
‒…Claro. ‒ Acababa de tomar té, pero no la rechazó.
Unos minutos más tarde llegaron un par de criadas con una mesa plegable y una cesta con el té. La pareja se sentó uno delante del otro.
‒Me alegra que haya llovido, había mucha sequía.
‒¿Qué has hecho últimamente?
‒Lo mismo de siempre: cuidar del jardín y leer. Qué raro. Me estás hablando como si lleváramos mucho tiempo sin vernos, sólo han pasado unos días.
¿Sólo habían pasado unos días? A ella le había parecido una eternidad.
La alegría de la muchacha le pareció admirable a Hugo, pero sintió cierto rencor. Extendió la mano y le acarició la mejilla. La suavidad de su piel le dio la impresión de ser tan frágil que podría dejar marcas con sólo rozarla. Era una mujer frágil y, sin embargo, su existencia le amenazaba.
‒Ese día… Cometí un error y quiero disculparme. Mi intención no era llamarte infiel. Lo que quería decir era… Que en la familia Taran no suele haber descendientes. Quedan embarazada es difícil… Y no quiero que te decepciones por haber estado esperando un hijo.
Su excusa no conmovió a Lucia. Si tan difícil era concebir un hijo, entonces, debería ser el primero en apoyar su embarazo, no rechazarlo. Pero viendo el cuidado con el que escogía sus palabras, Lucia soltó una risita.
‒Vale. ‒ Intentó reír, pero le empezaron a caer lágrimas. Las heridas ya no le dolían, ya le había perdonado. Sus palabras dulces y sus caricias adolecieron su corazón con felicidad.
Hugo no sabía qué hacer al ver las lágrimas de su esposa. Se levantó, se acercó a ella y la rodeó con los brazos.
‒Lo siento, ha sido culpa mía.
Su abrazo y aroma que tanto había echado de menos le dieron la sensación de haber ido al cielo y vuelto en escasos segundos. Podían volver a cómo eran antes. A cómo habían sido estos últimos meses. Aunque su relación fuese un castillo de arena que nadie sabía cuándo se iba a derrumbar, aunque nadie pudiese ver las olas, asumirían que están bien. No se había resuelto nada, pero ya pensarían en eso luego.
El corazón de Lucia se tranquilizó. Cuando aceptó el cambio de su corazón se sintió en paz. Su cielo o infierno dependía de sus decisiones y había decidido creer que la trataba diferente a sus otras amantes. No era vanagloria, necesitaba esa seguridad para poder erguirse y amarle. Además, tenía una ventaja, era su esposa legítima, una posición que ninguna de sus anteriores amantes había conseguido. Lucia no pensaba tener un amor tan miserable como lo era el de tener que subyugarse a él. No iba a rogarle amor, no iba a pretender ser una esposa virtuosa que obedeciera cada una de sus palabras. Haría lo que estuviese en su mano, pero sólo lo suficiente como para no empezar a odiarle. Se preguntó si alguna mujer había amado a Hugo sin aferrarse a él. El ser capaz de exaltarle se le hizo gracioso.
Si algún día conseguía que Hugo le dijera que la ama, daba igual que le hubiese costado una eternidad, valdría la pena. Tal vez viviendo así acabaría influenciándole.
Lucia levantó la cabeza.
‒Has dicho que ha sido culpa tuya, ¿no?
‒¿Eh? Sí.
‒Te perdono con dos condiciones.
‒¿Condiciones? ¿Qué condiciones? ‒ Su expresión dejaba claro que no le gustaba la idea.
‒La primera es… Un beso de reconciliación.
Los ojos de Hugo se agrandaron y se curvaron, el hombre acercó la cara y ella cerró los ojos. Primero, sus labios se rozaron, y entonces, él empezó a lamerle los suyos. Lamió y chupó los tiernos labios de ella un sinfín de veces. Su lengua se coló por la apertura y acarició el interior de la boca de ella con suavidad, estimulándola. Su beso largo y dulce no fue ni suave, ni excitante, sino asombroso.
‒¿Y la segunda? ‒ Preguntó con los labios pegados a los de ella.
Parecía que Hugo iba a volverla a besar, por lo que Lucia le apartó.
‒Quiero modificar el contrato. La parte de tu vida privada me sienta mal, es como decirme que vas a ponerme los cuernos. No tengas otras amantes, por favor.
Hugo se sorprendió y la miró durante un buen rato antes de hablar algo afligido.
‒…No lo haré.
Se había ofendido un poco. Desde que se habían casado no había mirado a ninguna otra mujer, pero, por desgracia, no podía refutar sus antecedentes de casanova.
‒Además, si te disgusto o te aburres de mí y quieres dejarme por otra, dímelo primero a mí, por favor. No quiero enterarme por otra persona.
Él se la quedó mirando un buen rato.
‒Se me había olvidado. ‒ Murmuró con amargura. ‒ Para ti soy un hombre horrible. ‒ Que la mujer que amaba le marcase de hombre malo, en lugar de bueno, le hizo sentir algo indescifrable, pero no podía refutarlo. ‒ No tengo excusa. ‒ Murmuró y, entonces, le cogió la mano y se la besó. ‒ Como desees. ‒ Irguió el torso y le preguntó a la criada que llevaba un buen rato de pie a su lado. ‒ ¿Qué pasa?
‒El señor Elliot me ha pedido que le pase el mensaje, dice que ya está listo para partir.
Hugo se acababa de dar cuenta de lo que sentía por ella, pero era demasiado tarde para cambiar nada. Aún no podía prometerle nada. Había demasiado que no podía contarle. Necesitaba tiempo para decidir qué y qué no enseñarle. La caza le daría el tiempo que necesitaba.
‒No hace falta que me acompañes, ve.
‒…Sí, ve con cuidado.
El corazón de Lucia se retorció de dolor viendo cómo se alejaba la espalda de su marido y se aferró el pecho. Rezaba desesperadamente que jamás llegase el día en que Hugo la abandonase de esa manera.

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