Capítulo 27


"No, yo no soy una niña inocente, sino que he crecido y madurado en las penalidades, pero en este momento, ¿Por qué siento gran ansiedad de la mano atenta de una madre? En realidad, la mano de un ser querido o solo la mano de un conocido es suficiente. Llega a mí, toma estrechamente mi mano en este momento de soledad, para transmitir afecto y fuerza para que yo pueda superar los tramos peligrosos que hay ante mí".
‒Dang Thuy Tram, Anoche soñé con la paz: diario de una joven vietnamita

A Xu Ping no paraban de temblarle las manos. Sólo le quedaban dos botones intactos en la camisa y ni siquiera atinaba a abrochárselos. La puerta del dormitorio se abrió y se cerró. Huang Fan se acercó y le pasó una camiseta.
‒No pasa nada. Mi compañero de piso ya está en sus cosas. No ha podido verte, tenías la cabeza contra el sofá.
Xu Ping se limitó a continuar abrochándose los botones con manos de mantequilla, como si no le pudiese oír.
Huang Fan se encendió un cigarro, dio un par de caladas y rebuscó en su armario para sacar una sudadera para Xu Ping.
‒No puedes salir así a la calle, ponte la mía.
La sudadera cayó sobre el regazo del adolescente y se deslizó al suelo. Huang Fan apagó el cigarro al verlo y se le acercó.
‒Te ayudaré.
Pero antes de que pudiese hacer el amago, Xu Ping siseó.
‒¡No me toques!
La mano de Huang Fan se quedó tendida en el aire un rato antes de volver a su lado y cerrarse en un puño, sin embargo, el antiguo presidente estudiantil no permitió que su rostro mostrase sus sentimientos.
‒¿Por qué estás tan asustado? ‒ Se rio. ‒ Aunque te apeteciera hacerlo, ya no estoy de humor.
Xu Ping consiguió, finalmente, abrocharse el primer botón y se movió los dedos hacia el segundo. Huang Fan recogió la sudadera del suelo, le quitó el polvo y se la ofreció.
‒Ponte esto. Tu camiseta tiene los botones rotos y es demasiado fina, vas a pillar frío con esta lluvia.
Xu Ping bajó la cabeza en silencio. Huang Fan metió las manos en la sudadera desde abajo y la abrió para él.
‒Vamos, primero la cabeza.
Xu Ping tiró la ropa al suelo de un golpetazo. Miró al otro joven con algo parecido al odio y apartó la mirada lentamente.
‒He hecho mal, no debería haber venido.
Huang Fan hizo una pausa y, entonces, echó la cabeza hacia atrás mientras se reía a carcajadas. Paró en seco y cogió a Xu Ping por el cuello de la camisa, lanzándolo contra la pared.
‒¡Repite eso, hijo de puta!
‒No debería haber ve-… ‒ No pudo terminar la frase porque Huang Fan le cogió por el cuello.
El cuello de Xu Ping era la parte más hermosa y delicada de su cuerpo, a veces Huang Fan se descubría a sí mismo contemplándolo. Cuando todavía estaba en el consejo estudiantil se dedicaba a buscar excusas para tenerle cerca, como por ejemplo organizar un sinfín de actividades extraescolares. Quería tener a su chico cerca. Sus clases no estaban en el mismo piso, pero siempre cambiaba su ruta para poder verle: a veces leyendo, a veces charlando con sus compañeros, a veces dormitando sobre su escritorio…
Huang Fan le soltó rápidamente y Xu Ping cayó al suelo tosiendo violentamente. Después de un buen rato, consiguió recuperar el aire y habló con la mano en el cuello.
‒¡¿Intentas matarme?!
Huang Fan apretó la mandíbula. Xu Ping recogió sus pantalones y se los puso. Los otros botones de la camiseta se aflojaron con esta última escena, así que no le quedó de otra que cerrarse la camisa ayudándose con ambas manos.
‒Lo siento. ‒ Murmuró Huang Fan.
‒Me tengo que ir a casa. ‒ Anunció Xu Ping suavemente. ‒ Es tarde. Mi hermano debe estar muerto de preocupación.
Huang Fan le cogió.
‒Olvídale. No tenéis ningún futuro. ¿Qué puede hacer por ti? ¡Todo lo que hace es hundirte! Ni siquiera puede sobrevivir por sí mismo; ¡es un idiota! ¡Es lo mismo que un perro! ¡Quédate conmigo, Xu Ping! Tenemos las mismas pasiones y los mismos intereses. Te amo y puedo cuidarte. Ser gay seguirá siendo un tabú, ¡pero será mil veces menos estresante!
Xu Ping rechazó su mano lentamente.
‒Gracias, Huang Fan. Pero si no fuera por Xu Zheng, yo no sería gay.

Aquella noche no dejaría de llover hasta altas horas de la madrugada. Huang Fan corrió las cortinas y observó la tormenta que acaecía sobre las tenues calles. Aparte de unas pocas bombillas, todo estaba sumido en la oscuridad. Le dio la sensación de que el agua no caía del cielo, sino de las mismas farolas.
Xu Ping se había marchado. Se había despedido de él en el descansillo. La lluvia caía fuerte y las gotas de agua repicaban con tanta fuerza que sólo de estar ahí ya se habían empapado los dobladillos del pantalón. Le había pasado un paraguas a Xu Ping, pero no lo había querido aceptar.
‒¡Cógelo! ¡Mira esta lluvia! ¿Quieres pillar un resfriado?
Xu Ping, intentando mantenerse la camisa cerrada le había respondido secamente.
‒No lo entiendes. No quiero nada tuyo. Si tengo algo, significa que tengo que devolverlo en algún momento. ¿Para qué quiero volverte a ver?
Huang Fan, entonces, había hecho una pausa y había insistido una vez más.
‒Que lo cojas te digo.
Sin embargo, Xu Ping no había querido, así que Huang Fan había tenido que ponérselo en la mano sólo para que el otro muchacho lo volviera a dejar caer.
‒Vale, egoísta. No quiero que me lo devuelvas. ‒ Huang Fan había cedido. ‒Es un regalo, ¿vale?  ‒ Le había vuelto a poner el paraguas en la mano con toda solemnidad, pero una vez más, el paraguas había vuelto a caer.
‒¡¿Qué cojones quieres, Xu Ping?! ‒ Había gritado totalmente furioso.
Xu Ping, perplejo, al final había cogido el paraguas y se lo había puesto en la cesta de delante de la bicicleta que había en el pasillo.
‒¡¿Después de usarme quieres dejarme tirado?! ‒ Exclamó. ‒ ¡Ni lo sueñes!
Xu Ping había hecho caso omiso a todo y, después de comprobar la lluvia con la mano, había anunciado:
‒Me da igual lo que pienses, me voy.
Huang Fan le había cogido del brazo con la respiración acelerada por la frustración.
‒No hagas esto, Xu Ping. No sabía que volvería tan de repente. Me dijo que se iría todo el fin de semana. ¡Si no hubiese llegado, ahora serías mío! Ponte en mi lugar, ¡no es culpa mía!
Xu Ping se había desviado la vista sin responder. Huang Fan había visto un hilo de esperanza.
‒Si hay algo que pueda hacer, dímelo. ‒ Le había dicho abrazándole por la espalda. ‒ Ahora mismo no podemos hacer nada en mi casa, pero cerca de aquí hay un motel. Podemos ir y-…
Xu Ping le había apartado.
‒No lo entiendes, Huang Fan. No estoy enfadado contigo. No estoy enfadado en general. Sólo decepcionado, decepcionado conmigo mismo. He hecho algo muy malo. No debería haber venido aquí. No eres tú a quien amo, y no quiero que pase nada entre nosotros. El único al que amo es Xu Zheng. Sólo se me ha levantado porque he fingido que eras él.
Huang Fan se había quedado unos instantes callado.
‒Sí, lo sé. ¿Y qué? Puedes fingir que soy tu hermano.
Xu Ping había bajado la cabeza para reflexionar.
‒No.
Y así, apartándose de él, Xu Ping había entrado a la lluvia sin mirar atrás y empapándose de inmediato.
‒¡Xu Ping! ‒ Había gritado Huang Fan mientras le veía alejarse.
Xu Ping había girado la cabeza para mirarle con el pelo mojado cayéndole por la frente. A ambos les había costado mantener los ojos abiertos por la lluvia. Había sido en ese instante en el que Huang Fan había deseado contarle tantísimas cosas a ese muchacho. Que seguramente ya estaba en la lista negra; que lo iban a encerrar durante cinco, diez o veinte años por ser un criminal político y que apenas le quedarían unos años de vida cuando cumpliese su sentencia; que había querido saborear el último bocado de alegría teniendo una noche con él, aunque eso significase que lo trataran como a un sustituto.
Pero las palabras que casi eran suplicas no llegaron a pronunciarse.
Xu Ping había asentido con la cabeza y había desaparecido rápidamente por una esquina de la lluviosa calle.

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