Capítulo 27: La pareja ducal (parte 15)


Repasó los documentos y los firmó en la esquina inferior del papel. A la izquierda estaba el montón de aquello que necesitaba procesar y a la derecha todavía más cosas que procesar. Todo amontonado. Le dolían los ojos, pero, aun así, continuó surcando las montañas de papeleó sin ver el final. De repente, dejó la pluma y se reclinó en su sillón para descansar, sin embargo, tenía la cabeza llena de deberes.
Estaba harto. Se preguntaba cuántos años más tendría que continuar haciendo estas cosas. ¿Diez? ¿Cuántos años tendría ese muchacho dentro de diez años? Unos dieciocho… Entonces, tal vez quince años. No era tonto, si se le educaba como debía podría llegar a ser útil.
‒Quince años, ¿eh? ‒ El mínimo ya le quedaba muy lejos. ‒ Tengo que seguir haciendo esta mierda quince años más…
Llevaba lloviendo desde aquella mañana. Nunca miraba por la ventana, pero hacía tres días había conseguido echarle un vistazo a Lucia que paseaba por los jardines sin tener que salir al balcón. Ni el propio Hugo se percataba de lo apagado que estaba por el simple hecho de no poder verla.
Si no la veo ahora, no la podré ver hasta mañana, pensó irritado y, de repente, soltó una risita. Eres patético, ¿por qué no vas a echar un vistazo?
No estaba lejos, sólo tendría que bajar las escaleras y caminar un poquito. La muchacha solía pasar estas horas en el salón de la primera planta. Su esposa vivía en una monotonía, pero estaba regulada por un horario. Últimamente no parecía tener muchas ganas de salir, por lo que Hugo estaba más al tanto de los planes de Lucia que de los suyos.
Esto es la mayor tontería del siglo.
Estaba evitando a su esposa. No, para ser precisos, estaba huyendo de su propio corazón.
¿Amor? Paparruchas.
Lo negaba sin cesar. Su corazón era sólo suyo. Jamás vacilaría por otra persona. Y, sin embargo, no se atrevía a verla. Sentía que si la veía toda su seguridad se vendría abajo en cuestión de segundos por lo que se quedaba en su despacho hasta tarde con la excusa de tener que ocuparse de todo el papeleo y dormía en su propio dormitorio que llevaba tantos meses sin usar.
No la necesito, se excusaba. Su razón le llamaba perdedor y cobarde, pero lo ignoraba. El primer par de días le fue bien.
Sí, es imposible que una mujer me altere.
Estaba exaltado como un crío, pero su seguridad no tardó en desaparecer. Conforme pasaba el tiempo, su humor empeoró y los documentos que leía dejaron de entrarle en la cabeza. A pesar del tiempo que pasaba trabajando, su eficacia cayó en picado. Su estado actual le incomodaba, pero no pensaba admitirlo. Se rehusaba a aceptar que era todo por haberse alejado de ella y continuó con su cabezonería. Por desgracia, no pudo evitar el tirón de orejas de la realidad.
‒Mi señor.
En cuanto escuchó esa voz que tanto conocía, se molestó. El dueño de la voz siempre le aumentaba la cantidad de trabajo y, como cabía esperar, su aparición no iba a ser ninguna bendición.
Ashin, uno de los secretarios del duque, entró en el despacho con pies de plomo y depositó un buen montón más de documentos sobre el escritorio de su señor.
‒¿Cuándo son las vacaciones del mocoso? ‒ Preguntó Hugo con sequedad.
Ashin presumía de ser capaz de responder toda pregunta en cualquier momento, no obstante, esa curiosidad del duque le hizo empezar a sudar. Por suerte, encontró la respuesta.
‒…Sé que no tiene vacaciones.
Sólo había una persona capaz de hacer que el duque hablase de las vacaciones. Su sucesor y único hijo: Damian Taran. Para ser exactos, era el hijo ilegítimo del duque, pero ese hecho era algo que jamás se debía mencionar ante él a no ser que desearas la muerte. Ninguno de sus vasallos lo comentaba en su presencia.
‒Pero algunos esperaban algún cambio…
Todos confiaban en que pudiese haber un cambio después de la boda. Muchos no entendían por qué un bastardo iba a ser el sucesor, sin embargo, Ashin ya estaba acostumbrado a esa verdad. El escándalo traspasó los muros de su territorio y se extendió por toda la región.
En cuanto el niño cumplió los seis, el duque lo envió a un internado. En realidad, su gente intentó persuadirle para que cambiase de idea diciéndole que Damian era demasiado joven y que lo mejor era que esperase un par de años antes de encerrarle en un internado, pero el duque se burló.
‒¿Joven? Tiene seis años, debería ser capaz de sobrevivir hasta en un desierto.
Todos los presentes se quedaron boquiabiertos, pero lo más sorprendente fue la respuesta del joven amo.
‒Las probabilidades de sobrevivir en un internado son más altas que en un desierto, gracias por ser tan considerado conmigo.
Y así fue como el joven amo, que era demasiado maduro para su edad, partió para el internado sin vacilar.
Ya habían pasado dos años y ni el duque ni el joven amo se molestaron en hablar del tema. Irónicamente, la indiferencia del duque por Damian acabaron con las fuerzas hostiles que iban a por el muchacho.
‒¿No puede salir?
Ashin volvió en sí de inmediato.
‒Puede.
‒Pues dile que venga.
‒¿…Ahora mismo? Pero acaba de empezar el trimestre y hay que avisar con una semana de antelación para el permiso y-…
‒¿Cuestionas mis órdenes?
Ashin empezó a tener sudores fríos y su expresión se endureció. Si te dan una orden, debes cumplirla.
‒…No, mi señor. Ahora mismo enviaré el mensaje.
‒He enviado a alguien para que vaya a decirle a Fabian que preparé el registro familiar y que lo traiga él cuando vuelva.
Se había anunciado que el joven amo sería el heredero del duque, pero su estatus seguía siendo de bastardo. Por lo que, si se le subía el rango, sería el candidato ideal. Cualquier cambio que la servidumbre esperase se echaría a perder si así se hacía.
‒Mi señor. ‒ Un caballero de mediana edad y de apariencia feroz entró.
Elliot Caliss saludó con el debido respeto y levantó un barril de bambú. Hugo lo aceptó, abrió la tapa y sacó la carta con una sonrisa maliciosa.
‒Siete personas. Te dejo las tareas a ti, partiremos en cuanto estén listos. ‒ Anunció el suque.
Casi había amainado la lluvia y el sol empezaba a ponerse. Era una salida de caza a una hora inusual, pero el fiel caballero respondió con un par de palabras y se retiró.
Ashin había acompañado al duque a la batalla un par de años antes. De vez en cuando había presenciado escenas que le habían puesto la carne de gallina por la crueldad de su señor. ¿León negro? Al administrativo le parecía un mote demasiado embellecido. El duque de los Taran que se abría paso en la batalla con su armadura era, sin lugar a duda, el demonio, una bestia salvaje.
Ashin no le temía a nada, no se contenía y su personalidad imprudente le metía en muchos líos, pero desde que vio lo terrorífico que era ese duque, se convirtió en una oveja dócil. El duque ocultaba su lado sangriento y su locura tras una fachada de noble y bailarín experto. Era terrorífico.
‒¿Se va a alargar la agenda?
‒Tengo que ir, me temo que voy a tardar.
‒El joven amo podría ocuparse mientras usted no está.
Hugo consideró esa opción unos segundos. Aunque el muchacho era joven, era parte de los Taran, no era un niño de ocho años normal. Ese niño había clavado una espada en el corazón de un hombre que Hugo había hecho caer en una trampa. El chiquillo jamás había sido inocente, jamás había mostrado signos de locura, pero podían aparecer en cualquier momento.  Según los informes, no era estúpidamente amable como su padre, pero tampoco era cruel.
Si Damian no poseyese los mismos ojos de su padre, Hugo habría acabado con él la primera vez que lo vio. Da igual lo tranquilo que fuera, su malicia podría surgir en cualquier instante y eso le preocupaba. Al lado del niño, su esposa era tan dócil como un conejito. Le preocupaba que se quedaran a solas.
‒¿Por qué no le vas a buscar tú?
‒¿…Eh?
‒Adviértele que tiene que respetar a su madre. Si cuando llegue me entero de algo raro…
‒Ah, sí. Me aseguraré de que no tenga que preocuparse por nada.
En cuanto Ashin salió por la puerta, Jerome entró corriendo. No estaba seguro de qué había ocurrido entre la pareja ducal, pero desde el día de la revisión su relación se había vuelto rara. Su señor había tomado la iniciativa de distanciarse de su señora poniendo el trabajo como excusa. Su señor siempre había estado hasta arriba de trabajo, no obstante, nunca había llegado al punto de no poder dormir ni comer. Por lo que le habían contado las criadas, la pareja dormía separada. Cada vez que veía a su señora fingir que todo iba bien, se sentía fatal. Su señor no podía hacer eso. Era la primera vez que quiso rebelarse contra su señor. Apenas consiguió contenerse y no preguntar el motivo por el que pensaba ausentarse tanto tiempo sin arreglar el problema con su esposa.
‒¿Qué debo hacer con la cena? ‒ Preguntó sirviendo un té delicado.
‒No hace falta que me hagáis la cena, me voy dentro de poco. ‒ Hugo alzó la cabeza y se llevó la taza a los labios. ‒ Voy a ir a cazar, pero todavía no tengo el horario.
‒…Ya es tarde. ¿Por qué no se va mañana al amanecer?
‒No, ya lo he ordenado.
‒¿Y mi señora…?
‒Díselo tú.
‒¿Mi señora ha hecho algo grave? ‒ Jerome habló con la mirada del duque sobre él. ‒ Podría perdonarla. Mi señora lleva sin hablarle días.
‒No es de tu incumbencia. Estás pasándote de la raya.
‒Sí, perdóneme, pero voy a ser un tanto presuntuoso. Mi señora es la duquesa, no es como el resto de las mujeres con las que usted jugó y tiró. Tiene que tratarla bien.
Hugo se lo miró con cierta sorpresa y entrecerró los ojos.

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