Capítulo 26


Todo santo tiene un pasado y todo pecador un futuro.
‒ Oscar Wilde

Xu Ping se quedó patidifuso al escucharle. Volvió a tener una sensación de sofoco, la cabeza de le daba vueltas. Tal vez le empezaba a subir el alcohol.
‒Perdona, se está haciendo tarde. ‒ Dijo mientras cogía los apuntes a prisa. ‒ Me tengo que ir ya.
‒¿De qué tienes miedo?
Una mano le detuvo.
‒No tengo miedo.
‒¿De mí?
‒No le tengo miedo a nadie.
Huang Fan rio de buena gana.
‒Pensaba que ya te habías dado cuenta. Eres el único que sigue llamándome “Presidente Huang”.
‒…No, no es lo que crees.
‒Xu Ping. ‒ Huang Fan le miró directamente a los ojos. ‒ Somos iguales.
Xu Ping hizo una pausa y repitió:
‒Lo siento, me tengo que ir.
Se levantó deprisa, pero Huang Fan le cogió y le obligó a volver al sofá. El mayor le encerró entre sus brazos y su cabeza se acercó a la suya. Xu Ping estaba tan sorprendido y enfadado que empezó a temblar.
‒¡Suéltame!
‒Dime quién te ha pegado.
‒Nadie.
‒Mentiroso. ‒ Repuso Huang Fan estudiándole el rostro.
‒¡Me he caído por las escaleras! ‒ Xu Ping se resistió.
Huang Fan no dejó de mirarle mientras bajaba todavía más la cabeza.
‒Debe doler. ¿Tanto le amas que hasta aguantas sus golpes?
‒¡Vete al infierno! ‒ Xu Ping sacudió la cabeza furiosamente. ‒ ¡Suéltame!
‒Normal que estés tan deprimido. ¿Sabe lo que sientes?
‒¡Cállate!
‒O sea, que no. Y te da miedo decírselo, ¿verdad? Porque los dos sois hombres.
‒¡Cierra el pico!
‒¿Cuánto le amas? ¿Tanto que te tocas y llamas su nombre cada noche? ¿Tanto que te estremeces sólo de estar a su lado? ¿Tanto que tienes sueños húmedos y te despiertas empapado de semen? ‒ Xu Ping le dio una patada a Huang Fan, pero él no se movió. ‒ Has perdido muchísimo peso por los exámenes, pero que te hayas dado cuenta de que le quieres también ha sido una de las causas, ¿a qué sí? Quieres huir, pero no puedes. Te duele muchísimo, pero no sabes a quién acudir. ¿Cómo te mirarían si se enterasen? ¿Qué pensarían si se enterasen de que el inteligente y buen estudiante Xu Ping es un maricón asqueroso? Te da miedo contárselo a tus padres y a tus amigos. Te ves solo y por eso vienes aquí, porque sabes que sólo yo puedo entender tu dolor y consolar tu alma. ¿Cuánto tiempo has esperado afuera? ¿Dos horas? ¿Tres? ¿Tal vez cuatro? Pobre Xu Ping. A pesar de lo triste que estás, tienes que fingir estar bien. Estás al borde del abismo, pero no tienes el valor para contarle a nadie tu secreto. ‒ Xu Ping apretó los dientes. ‒ Me tienes miedo, ¿verdad? Porque mirarme a mí, es como mirarte a ti: asqueroso, sucio. Por eso siempre has mantenido las distancias conmigo a pesar de lo mucho que he intentado conocerte. Cada vez que alguien te obliga a enfrentarte al problema, huyes. Debes estar desesperado para haber venido aquí tú solo. Estás tan acorralado que estarías dispuesto hasta a beber veneno conmigo, ¿verdad?  ‒ Huang Fun estalló en carcajadas como si se hubiese acordado de algo divertido. Entonces, empezó a desabrocharse la camisa mientras mantenía a Xu Ping sujeto. ‒ Me paso el día entero hablando con locos e idiotas. Empiezo a pensar que están locos. ¡¿Cómo pueden creer que vamos a conquistar el mundo con un par de cientos de estudiantes?! El desenlace de toda esta situación es dolorosamente obvio, pero siguen pensando que la victoria y la revolución están cerca y no se mueven de la plaza. Sus corazones están vacíos y son débiles, ni siquiera saben lo que quieren. La multitud grita para dar ánimos y transmitir su pasión; pasean la bandera de la democracia sin saber lo que es. Tal vez sean soñadores que se atreven a tener visiones de futuro sin tener las habilidades requeridas para hacerlas realidad. ¡Estoy harto de estos compañeros! ‒ Se quitó la camiseta, dejando a la luz el poderoso torso que escondía debajo. ‒ Y entonces, como si con eso no fuera suficiente, te me plantas aquí. Me he pasado todo el jodido día lidiando con esos hijos de puta, deseando llegar a casa, darme una ducha y relajarme. Pero no, te me plantas en la puerta llorando como una zorra. No soy el que te gusta, pero vienes aquí echo un cuadro en busca de consuelo hasta que llegamos al meollo del asunto, que entonces, huyes. ¡¿Qué coño te hace pensar que soy una alfombra que puedes pisotear cada vez que te da la gana?! ‒ Huang Fan dejó de hablar y se inclinó sobre Xu Ping hasta que su aliento acariciaba el rostro del más joven. Sus ojos se suavizaron momentáneamente. ‒ Ese tío no te entiende, ni un poquito. Me enfurece que alguien trate tan mal a quien llevo queriendo desde hace tanto tiempo.  ‒ Cogió a Xu Ping por el pelo y le besó a la fuerza.
Xu Ping se resistió, sobresaltado.
‒¡Joder! ¡Me has mordido! ‒ Huang Fan se limpió la sangre del labio, se sentó a los pies de Xu Ping y sacó un paquete de cigarrillos. Sacó uno y lo encendió.
Xu Ping se reincorporó jadeando pesadamente, totalmente sorprendido.
‒Vale, vete. No te puedo ayudar. ‒ Xu Ping no contestó. ‒ Si no te vas ya, no puedo prometer que no te viole.
Xu Ping se quedó parado unos segundos, reflexionando.
‒Lo siento. ‒ Dijo, finalmente.
‒¿Qué? ‒ Huang Fan hizo una pausa. ‒ ¿Eso es lástima?
‒No, no lo es. Creo que somos iguales.
Huang Fan se burló.
‒¡Yo no soy un gallina que no se atreve a decirle nada a la persona que quiere!
Xu Ping asintió con la cabeza tras un largo silencio.
‒Tienes razón. No creo que llegue a decirle nada porque la persona que amo es mi hermano de sangre, Xu Zheng.  ‒ Dicho esto, alzó la cabeza para ver la reacción de Huang Fan.
Acababa de confesar su secreto más oscuro y mejor guardado de sus dieciocho años de vida; la espina clavada en su carne. ¿Por qué amaba a su hermano? ¿El odio le había maldito con un romance retorcido? Xu Ping no conseguía hallar respuestas. A veces, cuando se miraba al espejo, se le ocurría que tal vez no fuera humano, sino que la cara que veía reflejada era la de una terrible bestia al acecho.
Xu Ping estaba a punto de tocar la manilla de la puerta cuando Huang Fan le cogió el brazo y le obligó a girar sin soltarle.
‒No me lo vas a poner fácil, ¿eh? ‒ Suspiró secándole las lágrimas a Xu Ping.
Xu Ping no se resistió cuando se besaron esa vez. Quizás porque le acababa de confesar los secretos más profundos, quizás por eso podía ser libre con ese hombre.
‒¿Lo has hecho alguna vez con alguien? ‒ Preguntó Huang Fan mientras se lo llevaba otra vez al sofá.
Xu Ping sacudió la cabeza.
‒¿Oh, sí? ‒ Dijo. ‒ Pues déjame ser tu hermano, Xu Ping.


Ya estaba completamente oscuro. Empezó a llover y las gotas repicaban contra los cristales al caer. No corrieron las cortinas, pero como las nubes escondían la luna, la habitación estaba a oscuras y no se veía bien nada.
Xu Ping intentó controlar los escalofríos por el frío. Huang Fan le sirvió una copa de alcohol y se lo trajo.
‒Bebe.
Xu Ping le pegó un buen trago pensando que sería agua. El aroma le subió por las fosas nasales y llegó hasta la cabeza, haciéndole toser.
‒¿Qué es?
Huang Fan sólo soltó una risita. Le mordió los labios y le sujetó la cabeza por detrás para poder besarle. Xu Ping notó como le caía una gota de alcohol por el cuello.
Jamás había experimentado una sensación tan extraña, como si le estuvieran violando desde fuera. Empezó a empujar al otro hombre entre protestas ahogadas, sin embargo, Huang Fan le cogió las manos.
‒Cógete a mí.
Todo olía a alcohol. Su pelo. Su Piel. Xu Ping sintió que se le estaba friendo el cerebro y que la nariz se le caería en cualquier momento. El mayor de los dos le arrancó los botones al abrirle la camisa. Xu Ping quería decir que no, pero la lengua que tenía en la boca se lo impidió. Le estaba tocando cada centímetro de su ser. Huang Fan le chupaba el cuello y jugueteaba con su pecho como si fuese una mujer. Cuando le pellizcó el pezón sintió un cosquilleo extraño y soltó una exclamación sin querer.
Huang Fan, al notarlo, se agachó y empezó a lamer y toquetearle el pezón con la lengua. Xu Ping apretó los dientes y se le aceleró la respiración. Le arrancaron los pantalones. La mano del otro hombre tomó su miembro que  aún no estaba del todo erecto. Huang Fan abrazó al otro muchacho y le lamió la oreja mientras le acariciaba el pene.
Xu Ping se quedó callado con los ojos cerrados. Tenía dedos sujetándole, amasándole. Estaba erecto, aunque no del todo.
Huang Fan le lamía el cuello y, de repente, susurró:
‒Gege.
Xu Ping se estremeció como si le hubiese dado la corriente. Su miembro se endureció de inmediato.
En aquella casa oscura, donde ni siquiera los olores estaban claros por culpa del alcohol, había un hombre alto abrazándole. Ese hombre le llamaba “gege”. Ese hombre le lamía el lóbulo de la oreja. ¿Quién era? ¿Quién era?
Te amo, Gege.
No me dejes, Gege.
Te amo, gege, pero tú no me amas.
Tenemos que estar juntos para siempre, Gege.
Gege. Gege.
Oh, debía ser Xiao Zheng.
Era Xiao Zheng.
Xu Ping, aún con los ojos cerrados, extendió las manos para atrás para palparle la cara a su hermano.
No tengas miedo, Xiao Zheng. Te protegeré siempre. No pienso dejarte.
Le abrieron las piernas y le quitaron la ropa interior. Le daba vergüenza estar de cara a la puerta con las piernas totalmente abiertas, pero si es lo que se hermano quería, que así fuera. Aunque fueran duros con su miembro o con sus pezones, se estremecía de placer siempre que notase la respiración de su hermano contra su cuello.
Xu Ping descansó la cabeza contra el hombro que tenía detrás y echó las manos para abrazar el cuello de la otra persona. Quiso tocar la erección de su hermano que le rozaba la cintura, pero le pararon. Entonces, lo levantaron como si fuera un pescado en una sartén, lo pusieron de cara al sofá y le levantaron el trasero. Le sujetaron las dos manos mientras le recorrían la espalda con un sinfín de besos. Le separaron los cachetes.
Xu Ping se estremeció al sentir como un dedo le entraba. Esa invasión le hizo resistirse, porque su cuerpo sabía, a pesar del alcohol que había ingerido, que si no se resistía en esos momentos le dolería.
‒Gege.
Al escuchar ese susurró, dejó de retorcerse. El dedo se deslizaba dentro y fuera y, al rato, le entraron dos dedos a la vez.
Xu Ping tardó un buen rato en darse cuenta de porqué su hermano tenía que jugar con un lugar tan sucio. Enterró la cara en el sofá y lo soportó en silencio. No le gustaba la sensación, pero si era lo que quería su hermano, le daba igual si se rompía o si sangraba.
El pensamiento de su hermano dentro de él le daba ganas de gritar pero le asustaba. Una voz en su cabeza le recordaba constantemente que estaba mal, pero la ignoró a propósito. No quería pensar en nada por una vez. Una vez era suficiente. Una vez y abandonaría todos estos sentimientos para convertirse en un buen hijo, en un buen hermano.
Levantó la cabeza e instó al hombre que tenía detrás.
‒Date prisa.
Escuchó una risita desde atrás mientras que él, en su cabeza, repetía el nombre de su hermano.
Xiao Zheng, Xiao Zheng, Xiao Zheng.
Estaba listo, pero entonces, las luces de la sala de estar le obligaron a salir de su ensueño.
‒¿Qué cojones? ‒ Se oyó la voz de un hombre con un acento marcado hablar y tirar sus cosas al suelo. ‒ Has dejado la puerta abierta-…
Era el compañero de piso de Huang Fan.

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Writed by Nana L15R1