Capítulo 23: La pareja ducal (parte 11)


Hugo besó cada centímetro del rostro de ella con suma dulzura y suavidad conforme su mano viajaba de su espalda a su cintura. Lucia estalló en carcajadas de repente.
‒¿Sabes, Hugh? La señorita Milton me ha dicho algo gracioso esta tarde.
‒La señorita Milton… Ah, la hija del barón de Milton.
El barón de Milton, uno de los vasallos del duque, era un hombre rígido y serio. Famoso por educar a sus hijos enfatizando que ser justo era una virtud.
‒Sí, me ha dicho que no me dejarías salir ni en broma.
La mano de Hugo se detuvo, Lucia no lo notó y continuó hablando.
‒Le he dicho que no era así, así que me ha preguntado si quiero ir a montar a caballo con ella.
‒¿Montar a caballo?
‒La señorita Milton dice que es un deporte divertido. ¿Puedo ir a aprender?
‒…Suena peligroso.
‒No lo es; me ha dicho que lo hacen muchas mujeres.
‒¿De verdad quieres aprender?
A Hugo no le gustaba la idea. Sabía que la imagen de las jinetes jadeando después de montar atraía la atención de los hombres. Además de que era bastante peculiar que hubiese mujeres montando en general. No había nada más indecente que la ropa ajustada y reveladora de los jinetes.
El duque solía ser como el resto de los hombres, siempre le había parecido que era un espectáculo agradable y jamás le había importado ninguna mujer, sin embargo, eso ya era agua pasada.
‒¿No puedo? ‒ Preguntó Lucia apoyando la mejilla en el pecho de su marido y mirándole con ojos de cordero.
Hugo apenas pudo resistir el impulso de decirle que hiciera lo que quisiera. Pero no quería que fuera a montar, no podía soportar la idea de tantos hombres deseándola, no obstante, era la primera vez que le pedía algo desde que se habían casado. Tampoco quería que se decepcionase.
Me parece que no hay ningún sitio en Roam para que las mujeres puedan salir a cabalgar… Puedo aprovechar la oportunidad y construir uno.
El lugar que se convertiría en uno de los centros de actividad social de la sociedad norteña empezaría por la renuencia de hombre a que otros babearan por su esposa.
‒Sí, pero si me prometes que primero vas a aprender a montar hasta que sepas valerte por ti misma sin peligro. ‒ El duque acepto pensando que la muchacha tardaría en aprender una semana y que para entonces ya tendría el campo hecho. De no ser así, le pediría a su profesor de equitación que la retuviera unos días más.
‒Entonces tengo permiso, ¿no?
‒Ten cuidado y no te hagas daño.
‒¡Sí! ¡Gracias! ‒ Respondió Lucia lanzándole los brazos detrás del cuello y abrazándole. Sus preocupaciones habían sido sólo eso, preocupaciones. Su marido era un hombre razonable.
Con su mujer entre sus brazos, Hugo recordó que hacía un tiempo le había regalado un collar muy caro. Por primera en vez en toda su vida había participado a la hora de regalarle algo a una mujer. Ignoraba sus gustos, pero estaba seguro de que a todas las mujeres le gustaban las joyas, aunque, por supuesto, no quería darle cualquier cosa. La señora de los Taran debía poseer algo inédito, especial. Por lo que se informó y buscó hasta que encontró lo que quería. Por desgracia, la joya en cuestión ya tenía dueño. Hugo era un hombre que, si se le metía algo en la cabeza, no se echaba atrás. Decidido a darle al dueño lo que pidiera envío un negociador. Su idea había sido regalarle el collar a Lucia antes de marcharse, pero al final, no pudo ver la cara de la muchacha. Esperó con ganas su retorno. Esperaba que su esposa le recibiese encantada con su regalo. No obstante, Lucia se lo agradeció de cualquier manera con una sonrisita y supo que la joven lo hacía por obligación.
¿Por qué?, se preguntaba algo herido y avergonzado, ¿lo normal no es que no puedan estar más contentas?
El hombre se había esforzado mucho con el regalo, pero a ella no le había gustado. El duque se preguntó qué podría satisfacerla y entonces, Jerome le sorprendió con una declaración: “ha dicho que era demasiado”.
Era la primera vez que alguien le decía algo semejante. ¿Demasiado? Ahora tendría algo de qué preocuparse. Y a pesar de todo, la reacción de la muchacha cuando le permitió ir a montar a caballo fue terriblemente pasional. Estaba agradecida de corazón, mucho más de lo que se hubiese esperado. La fortuna que se había gastado en el collar de diamantes no tenía ni punto de comparación con dejarla ir a montar.
O sea que el dinero es un no.
Ahora ya había solucionado el problema de ir a montar a caballo, pero su corazón deseaba poder tenerla a la vista siempre y estaba bastante molesto con la hija del barón de Milton por meterle ideas en la cabeza a su mujer.  

*         *        *        *        *

‒Hugh, ‒balbuceó Lucia en la cama cuando la pista de montar ya estaba hecha. ‒ me he enterado de que al este de Roam hay un lago precioso.
‒Es bastante grande. ¿Quieres ir a verlo? ‒ Había estado pensando en salir un día con ella.
‒Me han dicho que por esta época la gente va en barco, muchos nobles tienen. ¿Tú tienes uno?
‒…No.
Nunca se había subido en un barco, no recordaba haberlo hecho nunca. Seguramente, tampoco había oído hablar de ello porque no le interesaba. No le veía la gracia a sentarse en un barco y flotar en el agua, por lo que se lo tomó como algo para gente sin nada qué hacer.
Debería comprar un barco.
Pero Hugo ya había olvidado su yo del pasado y nunca se aferraba a él.
‒Bueno… ¿Puedo ir? La señorita Milton me ha invitado.
Otra vez la hija del barón de Milton. Tanto relacionarse con esa muchacha le daba mala espina.
‒No es peligroso, ¿no?
‒Me ha dicho que nunca ha habido accidentes y que su barco es muy fuerte.
‒¿Cuándo?
‒Dentro de cuatro días.

*         *        *        *        *

A los Milton les llegó un mensaje del duque. El barón lo leyó y ladeó la cabeza preguntándose qué podría haber pasado. De repente, recordó que la menor de sus hijos le había dicho que se iba a navegar un par de días.
‒¿Me has llamado, padre?
‒Sí. Me ha llegado un mensaje del duque y creo que deberías leerlo.
Kate aceptó el documento y lo leyó.
‒¿Regulación de costumbres…? ¿Esto qué es?
‒Bueno, no tengo muy claro lo que pretende, pero va a controlar quién va al lago y también fijará una fecha para que sólo puedan acceder las mujeres. No tengo ningún problema con ello, cualquier padre con hijas estaría de acuerdo. ¿Cuándo dices que ibas a navegar?
‒Dentro de tres días.
El barón sabía que últimamente su hija se juntaba mucho con la duquesa, aunque ignoraba los detalles. No sabía que eran lo suficientemente cercanas para llamarse por sus nombres de pila, que Kate estaba loca de ganas por conseguir que Lucia saliese a jugar con ella, ni que se la quería llevar a navegar. De hecho, Kate no mencionó nada porque no quería preocupar a su familia.
‒Oh, es el día del control. Bueno, no va a afectar tu salida, pero prefiero que lo sepas por si ibas a ir con algún tonto. No vas con chicos, ¿no?
‒No. ‒ Kate salió del despacho de su padre. ‒ Esto… ¿Pero qué…? ‒ Murmuró.
Había quedado para ir a navegar con la duquesa en tres días. ¿Sería una coincidencia? No lo creía. La joven ya se olía que había gato encerrado desde lo de la pista para montar exclusivamente para mujeres.
‒No puede ser… ¿La está marginando?
Pero la duquesa no parecía estar viviendo oprimida. Lucia, siempre risueña, aseguraba que su marido aceptaba gustosamente cualquier plan que se le ocurriese.
‒Bueno… Esto va a ser divertido. ‒ Susurró Kate con una sonrisa.

*         *        *        *        *

‒Hugh, ‒ Dijo Lucia unos días después de haber ido a navegar. ‒ la señorita Milton se ha pasado por aquí.
Otra vez esa mujer, pensó Hugo frunciendo el ceño al escuchar a su mujer pronunciar el nombre de la desconocida hija del barón.
Ahora estaba seguro de que Kate le estaba dando muchos problemas, no era sólo una sensación.
‒Me ha dicho que hay una caza de zorros.
Que todas las nobles llamasen a su jueguecito “caza” era una blasfemia. Normalmente, se contrataba a algún mozuelo para que cazase un zorro, lo domase y lo soltase por el campo para que acabase con los conejos.
‒Me ha dicho que se van a ir en grupo. Yo no tengo ningún zorro, pero ella dice que sí y que me enseñará.
‒¿Qué harás cuando te encuentres con los animales salvajes en el bosque?
‒No hay animales peligrosos, de hecho, hay un pueblecito viviendo cerca del bosque. El carnívoro más grande es el zorro.
Hugo se hacía una idea de lo que decía. Irían a un bosquecito pequeño, pero aunque fueran a uno grande, podría ordenar que vigilasen el área. Aunque seguía siendo más seguro que fuese sólo con mujeres.
‒¿No puedo ir?
Su ataque de ojos de cordero mejoraba día a día.
‒…Sí puedes.
‒…Hugh, sobre la señorita Milton…
‒¿Ahora qué? ‒ El hombre frunció el ceño a pesar de lo mucho que estaba disfrutando de la piel de su esposa. Cada vez que la escuchaba hablar de su amiga le entraba neurosis. ‒ ¿Qué pasa?
‒Su cumpleaños es en tres días y va a hacer una fiesta en su casa. ¿Puedo ir? Es una fiesta pequeñita, sólo va a invitar a sus amigos más íntimos.
A Hugo le parecía que estaba saliendo mucho últimamente por culpa de la chicote de la hija del Barón de Milton.
Kate Milton era la única chica de los muchos hermanos por eso era la mimada. La joven se había criado entre hombres, así que era famosa por ser poco femenina y los rumores aseguraban que el barón se arrepentía de haber sido tan indulgente con ella.  El duque no se habría molestado en saber de ella si no fuese porque se había hecho amiga de Lucia y la obligaba a salir tanto.
‒¿Por qué tienes que ir a celebrar su cumpleaños?
‒Más que eso, lo que quiero es ir a casa de mi amiga.
Lucia volvió a atacarle con su mirada de corderito degollado porque quería ir y Hugo se sintió desfallecer porque no podía apartarla de su amiga. Pero como era algo para mujeres, se lo permitió.
‒Vale, ve.
‒Y… Después de la fiesta, va a hacer una pijamada…
Me cago en la puta señorita Milton, maldijo Hugo en su cabeza. Cada vez que se encontraba con el barón tenía que reprimir el impulso de soltarle que mantuviese a su hija lejos de su esposa. No obstante, Kate no hacía ningún daño, así que no podía hacerlo.  Además, el barón de Milton era un vasallo muy leal.
‒¿Puedo pasar allí la noche?
‒Eres una mujer casada, ¿cómo te vas a quedar a dormir?
‒…Me lo esperaba, no puedo, ¿no? Pues iré a la fiesta y volveré. ‒ Determinó decepcionada y no volvió a molestarle.
El comportamiento de su esposa era totalmente opuesto al que esperaba Hugo. Nunca le pedía regalos, ni criticaba a nadie, por eso le dolía más tener que negarle nada. Preferiría que le pidiese joyas o ir de compras.
‒Enviaré un carruaje a por ti por la mañana.  ‒ Suspiró y le dio su consentimiento.
‒¡¿De verdad?! ¡Sí!
‒¿Dejar a tu marido solo te pone tan contenta?
Él apretó más los brazos con los que le rodeaba la cintura y ella le estudió la mirada.
‒Sólo es un día… Tú te fuiste cuatro días a inspeccionar.
‒Eso es diferente.
‒…No mucho.
Hugo le mordió los labios y le introdujo la lengua en la boca. Los ojos de Lucia se humedecieron y ella se ruborizó. Su marido le dio la vuelta y empezó a lamerle el cuello con avaricia mientras le manoseaba el trasero.
‒¡Ah!
‒Cada día replicas más. ¿Tú no eras una esposa virtuosa que se toma la palabra de su marido como si fuera ley?
‒Ung… Pero…
‒¿Pero qué?
‒Me han dicho que ser tan virtuosa no es atractivo…
Hugo frunció el ceño. Había notado que sus replicas habían aumentado y se preguntó qué clase de consejos le habían estado metiendo en la cabeza.
‒¿Estás aprendiendo técnicas de seducción?
‒Téc-… No son técnicas.
‒¿Y quién es tu maestra?
‒…La señorita Milton…
Ah, esa maldita señorita Milton.
‒¿No debería ser al revés? La que está casada eres tú.
‒Es una señorita encantadora, quiero aprender…
La pelirroja Kate era totalmente opuesta a Lucia. Sus rasgos eran energéticos, poseía una voz segura, una presencia cautivadora, elocuencia y jamás caía por las ñoñerías de los hombres. Lucia le envidiaba todas esas cualidades. Kate tenía padres que la querían y hermanos protectores, todo lo que ella no tenía.
‒¿Quién debería aprender de quién? Tú eres la duquesa, estás en la cúspide del estatus social. ‒ Dijo mientras tumbaba a Lucia a su lado y la abrazaba por detrás, le manoseaba los pechos e insertaba su miembro entre sus muslos bruscamente.  ‒ No me importa que quedéis, pero no pienso permitir que aprendas a ser un chicote como la hija del barón. No pierdas tu feminidad o tendré que ponerte toque de queda.
La abrió desde atrás e introdujo su pene erecto en ella. Las nalgas y los muslos de Lucia estaban muy apretados, pero sus cuerpos se hicieron uno.  Notar el éxtasis de su mujer por tenerle dentro le satisfago.
‒Nnn…
‒Lo estás haciendo bien, sigue como ahora.
‒Sí…
Hugo no tenía la menor intención de permitir que su esposa cambiase, para él Lucia era muy dulce y cariñosa. Cada vez que posaba la mirada en ella se llenaba de paz, le cautivaba.
El duque levantó el cuerpo de su esposa y la penetró repetidamente. No lo hizo demasiado profundo, quería saborearla y gozar de la posición. Sacó su miembro del interior de ella y la muchacha gimió.
El verano tocaba a su fin.

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Writed by Nana L15R1