Capítulo 106: Entre los sueños y la alegría


Nunca había sido demasiado sincera con lo que realmente sentía y, ahora que había crecido, se percató que era porque siempre les había dado la espalda a sus propios sentimientos. Era mentira que se hubiese rendido, era mentira que pudiese soportarlo.
Si conseguía la culminación de su felicidad y alegría, ¿continuaría poseyendo tanto? Si lo perdía, ¿qué haría? ¿Qué sería de ella el resto de sus días? La joven reflexionó sobre ello conforme le caían las gotas de… “sudor”.

Dale acarició a Latina, preocupado. La muchacha se sobresaltó y se alarmó.
‒Latina.
‒¿Dale…?
‒Sí, estoy… Estoy aquí.
La sonrisilla de la muchacha le recordó a Dale a un niño desamparado. El brazalete de la joven había empezado a atraer la atención de los transeúntes y, al percatarse de ello, Latina hizo el ademán de esconderlo, sin embargo, Dale lo evitó.  Esa pulsera era la marca que demostraba que era alguien importante para otra persona.
Aquella misma noche, Rudolf y otros tantos muchachos se lanzaron a la bebida. Los ancianos les molestaron y se burlaron de ellos y la taberna se llenó de mucha más gente de lo normal.
Aunque Latina era del tipo que rechazaba toda propina, aquella noche llovieron tantas que le fue imposible. La joven se paseaba ruborizada y de vez en cuando apretaba los labios con fuerza. Su belleza era despampanante pero su alegría la hacían todavía más deslumbrante. Mientras tanto, Dale terminó en medio de un sinfín de ovaciones de los otros clientes.

Los días posteriores a aquello, Latina parecía tremendamente feliz. Cada vez que Dale la abrazaba o la besaba, la muchacha enrojecía: era adorable y daban ganas de molestarla. Y de hecho, el joven no dejaba de demostrarle sus mimos a su prometida, como si hubiese estado conteniéndose durante demasiado tiempo, tanto estaba encima de la chica, que los de su alrededor acabaron aborreciéndole.  Aunque las palabras que le dedicaban no habían cambiado demasiado.
‒Latina es adorable, no quiero ir a trabajar.
‒Lo sé.
Dale decidió informar a Rita de sus problemas en medio del papeleo. Rita trabajaba como oficinista, por lo que era mucho más fácil pillarla y usarla para parlotear.
‒Es monísima, ¿sabes…? Es súper mona, ¿sabes?
‒Mira, ¿por qué tengo que escuchar tus tonterías?
‒Si la abrazas, aunque sea un poquito, le da vergüenza. Si le das un beso de repente, se pone toda roja. Y si le preguntas que, si está enfadada, te contesta que no con una voz monísima.
‒¡Vint! ¡¿Dónde demonios está?! ¡Ven y acaba con este!
‒¡No le tengo miedo a nada ahora mismo!
Dale estalló en carcajadas y la paciencia de Rita estaba en su límite.
‒Ah… Lo que sí me da miedo es pensar que podría decirme que me odia… Pero, hey, ¡Latina no me diría una cosa así nunca!
‒¡Latina, por dios, ocúpate de este idiota! ‒ La voz de Rita llegó hasta la cocina y Latina sacó la cabeza.
‒Eh… Rita… Si me acerco a Dale, voy a… ‒ Latina no pudo ni terminar.
‒¡Latina!
‒¡Ah!
Dale la atrapó en menos de un segundo.
Dale, siendo un guerrero y aventurero de su categoría, disponía de unos dotes físicos superiores a lo normal que Latina no podía ni soñar con esquivar. En cuestión de segundos, se vio atrapada en su abrazo del cuál no podía soltarse ni al que podía resistirse.
Se le pusieron rojas hasta las orejas y, nerviosa, miró a su alrededor en busca de ayuda mientras que Dale la llenaba de besos.
‒¡Dale, Dale! ¡Qué vergüenza! ¡Para…!
‒Qué adorable eres cuando tienes vergüenza…
Era inútil, este hombre no se contenía.
Los ojos de Rita relucieron: había llegado al punto más alto de la resignación.
‒Al menos… Hacedme el favor de haceros carantoñas en privado…
‒¡R-Rita!
‒Vale, eso te lo concedo. ‒ Dijo, levantando a Latina del suelo y dirigiéndose a su habitación.
Rita volvió a concentrarse en su trabajo pero estaba preocupada sobre si la joven sería capaz de soportarlo cuando decidieran dar un paso más.
La chiquilla es un demonio… Su cuerpo lo pondrá difícil para tener hijos… Espero que a Dale no se le vaya la pinza…
Kolmozei era el dios de la cosecha y la reproducción que le había otorgado su divina protección a Dale.
Bueno, Latina sabe magia curativa…

Latina estaba entre la realidad y el sueño, avergonzada en los brazos de su prometido. Él la estrechó y bajó la cabeza para apoyarla sobre la punta del hombro.
‒Latina…
‒Dale… ‒ Hasta que no la llamó la muchacha no dijo nada.
‒Latina…
Él le besó el párpado y siguió por su mejilla. Lo hizo tantas veces que Latina acabó recuperando sus fuerzas.
‒Dale, dale, me haces cosquillas.
El alivio de escuchar sus dulces protestas casi hacen llorar al joven que no halló motivo por el que tener que detenerse y volvió a abrazarla pidiéndole permiso cada una de las veces.
Ella siempre accedía y, de hecho, ignoraba que siempre andaba perdida en su propio mundo. Era muchísimo más inteligente que él, por lo que ella debería haberse dado cuenta la primera de que algo no andaba bien, no obstante, no había sido así y eso atemorizaba a Dale que estaba seguro que algo que no sabía había ocurrido.
‒Yo… Estoy aquí contigo, ¿sabes?
‒Sí… ‒ Latina asintió feliz, ladeando un poco la cabeza.
El verdadero motivo por el que Dale había esperado tanto para que Latina madurase tanto en cuerpo como en mente era, únicamente, por su propia ansiedad. Quería hacer todo lo posible para atarla a él, contaba todo, y era por sus propios deseos. Si besar sus párpados no era suficiente, ni sus mejillas, ni sus labios; entonces besaría cada centímetro de su piel: deseaba marcarla y todo por su anhelo de no soltarla jamás y su deseo de estar junto a ella para siempre.

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