Capítulo 8

Todas las estrellas serán pozos con poleas oxidadas. Todas las estrellas me sacarán agua para que yo beba…
        Antoine de Saint-Exupéry, El Principito

¿Alguna vez has perdido algo importante? Algo que sabes que existe en este mundo, pero que no lo volverás a encontrar porque vuestros caminos no están destinados a encontrarse. Llorarás y te lamentarás y te enfadarás, pero lo que has perdido no volverá jamás.
Los adultos siempre creen que los niños son tontos. Creen que los niños tienen puños para nada. Creen que se portan mal. Olvidar el amor de su niñez y la desilusión experimentada es el precio de crecer.

Xu Chuan se quedó fuera de la clase de sexto, división tres en la escuela núm. 1 Railes. Iba despeinado por culpa del viento y tenía los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño. Era la hora del patio y muchos niños con sus bufandas rojas corrían y hablaban en los pasillos. Observó a Xu Ping salir de la ruidosa clase con una boina y con la mochila verde.
–Xu Ping. – Dijo la señorita Li. – Tu padre ha venido a recogerte, ya te puedes ir a casa.
Xu Ping mantuvo la cabeza gacha. Xu Chuan se quedó con el foco.
–Gracias, señorita Li. – Entonces, añadió. – ¿Cómo va Xu Ping últimamente?
–El curso le va bien, – respondió ella. – pero no se lleva muy bien con otro de los alumnos. Hasta se pelearon.
Xu Chuan rodeó los hombros del chico con el brazo.
–Depués de todo es un niño, hablaré con él.
La señorita Li sonrió y Xu Chuan sonrió y se marchó. Llevó a su hijo a casa deprisa y sin intercambiar ni una sola palabra. Tres días antes había recibido un telegrama en el que se le informaba que Xu Zheng había desaparecido y que tenía que volver lo antes posible. Pidió ausentarse del trabajo y volvió corriendo de Qinghai. Aun así, no llegó a casa hasta dos días después.
Apenas había pegado ojo. El tren retumbaba de un túnel a otro y las luces y las sombras le zumbaban por la cara. Mientras tanto, los otros hombres del vagón roncaban como truenos. Xu Chuan no pudo conciliar el sueño, mantuvo los ojos totalmente abiertos y contempló las farolas marrones que pasaban por delante de las ventanas como estrellas fugaces.
A veces se le ocurría que llevaba una vida agotadora, trabajando hasta el límite cada día. En la oscuridad de la noche se preguntaba por qué su vida había terminado así.
Su padre le había a la pocilga[1] y la guardia roja[2] asaltó su casa. Estaba a punto de casarse con su novia, pero ella le abandonó rápidamente. Se casó con Liu Yu, que no estaba bien de la cabeza. Su primer hijo nació y el segundo era retrasado… La realidad le había abatido hacía mucho tiempo.  Sus sueños de juventud eran meros pedazos.
Durante todos esos años había tenido esperanzas en su hijo mayor, Xu Ping. Era un chico inteligente y responsable. Sus notas eran buenas, e incluso Xu Zheng, que nunca fue cercano con él, le hacía caso.
Él era un padre egoísta. Amaba a su hijo, pero no le quedaba de otra. Sin embargo, bajo esa presión, Xu Ping había cuidado de su hermano día sí y día también sin ningún percance. Xu Chuan se lo agradecía. No obstante, Xu Zheng había desaparecido. El telegrama no incluía detalles, por lo que volvía corriendo para preguntarle al mismo Xu Ping lo que había ocurrido.

Xu Chuan se sentó en el sillón del comedor y se dirigió a Xu Ping, que estaba de pie delante de él.
–Vale, habla.
Xu Ping no sabía ni por dónde empezar. El asunto era demasiado complicado y desastroso. ¿Cuál era el motivo? Tenía dos aros verdosos colgándole debajo de los ojos. No había podido dormir desde que su hermano había desaparecido. Temía la llegada de este momento. Todo el esfuerzo que había empleado en cuidar de su hermano había sido teatro. Si su corta vida de doce años tenía algún significado, era para que este hombre, la persona más importante para él de toda su vida, estuviese orgulloso de él. Pero ahora él mismo lo había destrozado. Se había arrancado su bello cascarón y había mostrado la fealdad que había en su interior. Tenía que contarle a su padre que por dentro era un demonio malvado y venenoso, ese era su verdadero yo.
Xu Ping cogió aire.
–Hace seis días, volví tarde a casa porque la reunión se alargó…
Le contó la historia lentamente y con sumo detalle, sin que faltase nada. Como si le estuviesen deshollinando, las palabras le abrieron y le empezó a rezumar sangre por dentro. Describió cómo había visto a Lu Jia pegar a su hermano y sacarle fotos; describió cómo le habían ridiculizado y pegado con un ladrillo; describió cómo Xu Zheng le había empujado y le había abierto las heridas, hasta repitió las palabras que no debería haber dicho jamás: “muérete, no quiero volverte a ver”.
Fue como si le hubiesen partido el alma en dos con un hacha invisible. Una mitad estaba encadenada a él. El dolor, la decepción, la ira y la culpa le quemaban como si fuera fuego. No podía moverse; apretó los dientes y tensó los músculos, apenas sentía su cuerpo. La otra mitad volaba en el aire como una cometa. Había fingido ser un buen hermano durante mucho tiempo y sabía que este momento iba a llegar algún día porque lo falso no se puede hacer verdad. Finalmente, había decepcionado a su padre, finalmente había demostrado que sólo causaba dolor o miedo.
Se quedó de pie ante su padre en silencio, cabizbajo, después de terminar de contarle su historia. Llevaba unos pantalones caqui y una camiseta azul. Su madre le había tejido el gorro que tenía sobre la cabeza del cual ya sobresalían algunos hilos y estaba malgastado.
–Quítate el gorro. – Le ordenó Xu Chuan.
Xu Ping se lo quitó y se aferró a él, dejando a la vista la nuca pálida y los vendajes blancos.
–Acércate. – Volvió a ordenar su padre.
Xu Ping avanzó un paso. Xu Chuan echó atrás la mano y abofeteó la cara del muchacho con fuerza. Xu Ping se tambaleó hacia atrás del impacto y consiguió tenderse en pie gracias a cogerse de la mesa. Le empezaron a pitar los oídos.
Su padre le estaba diciendo algo, pero todo lo que podía oír eran trenes pitando y pitando dentro de su cráneo.
Sacudió la cabeza un par de veces y se las apañó para comprender unas cuantas palabras.
–Tú… Yo… pegarte…
Ni siquiera había podido procesarlo antes de decir:
–Un padre tiene todo el derecho de pegar a su hijo.
Xu Chuan volvió a abofetearle. Esta vez no pudo oír nada. Observó la cólera de su padre como quien mira una película muda. No sintió ningún dolor mientras su padre la rugía con tanto fervor que hasta escupió. Todavía con el gorro en la mano, se preguntó por qué había temido tanto el decepcionarle o enfadarle. No se le ocurría ningún motivo.
Su mente empezó a divagar. Recordó cuando su madre le tejió el gorro para él, era una mujer tan callada y hermosa que nadie habría adivinado que era retrasada.
Papá amaba muchísimo a mamá, pensó Xu Ping, no me ha pegado hasta que me he quitado el gorro. No quiere que madre se entere y lloré allá arriba.
Xu Ping se alegró.  Estaba seguro de que la madre de Lu Jia había mentido, después de todo, era la madre de ese hijo de puta. Su padre no se casó con su madre porque estuviera sucio, y él no era un niño cualquiera que había acogido… Qué fantástico hubiese sido si la reunión de clase no se hubiera alargado. Xu Zheng no se habría enfadado con él y él no habría ido a la librería. Se habría vuelto a casa con su hermano antes de que Lu Jia le cogiese. Habrían evitado ese episodio y crecido sin ningún dolor.
Miró a su padre. El hombre de mediana edad seguía siendo muy atractivo. Si no fuera por su hijo retrasado, su rostro cincelado, su altura y sus hombros sólidos le habrían conseguido un segundo matrimonio. Y cuando eso ocurriese, tendría otro hijo – un niño sano, activo e inteligente. Pero no sería Xu Zheng.
Su madre había muerto, así que no tendría más hermanos. Xu Zheng le pareció terriblemente lamentable.
–No te vuelvas a casar, papá. – Interrumpió Xu Ping.
Xu Chuan se detuvo, enfadado y confuso.
–Xu Zheng volverá, y si no lo hace, iré a buscarle. – Continuó su hijo. – Si muere, lo pagaré con mi vida.
Xu Chuan había pasado por tanto en su vida y se había construido una armadura tan fuerte que pensaba que nada podría romperla, pero las palabras de su hijo se abrieron paso hasta su corazón, marchitándolo.
Miró furtivamente a su hijo mayor como lo haría un loco. Quería gritarle: “¡Eres una decepción! ¡Eres un mal hermano!”, pero no consiguió animarse a hacerlo.
Se agarró el pecho, necesitaba estar solo.
Xu Chuan hizo un movimiento con la mano para indicarle a Xu Ping que llevase a su miserable persona a su cuarto.



[1] La pocilga era un término que hacía referencia al lugar donde enviaban a los intelectuales como castigo por ir en contra del estado. El término “intelectual” también tenía una connotación negativa, ya que eran visto como rebeldes que retaban al gobierno y como gente dañina para la armonía de la sociedad.
[2] La guardia roja o Hóng Wèi Bīng (红卫兵) fueron un movimiento de masas, compuesto en su mayor parte por estudiantes universitarios y de escuelas secundarias en China, promovido y manipulado por Mao Zedong entre 1966 y 1967, durante la Revolución Cultural, en contra de los elementos elitistas de la sociedad en una estrategia de reconquista del poder.
Title: Capítulo 8
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