Capítulo 2

1983.
Xu Ping acabó llegando tarde porque la reunión de sexto, división tres de la escuela Ferrocarril Núm. 1 se alargó.
Recogió las cosas y cuando salió corriendo de la clase se chocó con Lu Jia. Normalmente, se solían pelear, pero aquel día la tutora, la señorita Li, estaba en el pasillo, y por eso, Lu Jia se limitó a resoplar con desdén y pasar por su lado dándole un empujón.
La profesora había regañado a Lu Jia en la reunión. Solía llegar tarde y ser el primer en irse, parloteaba en la hora de estudio y hasta copiaba los deberes. La profesora le hizo reflexionar sobre sus malas acciones delante de la clase.
Lu Jia le lanzó dagas con los ojos a Xu Ping cuando se alzó en el pódium, como diciendo: “¡Tú sólo espera, mierdecita!”.  Xu Ping, por su parte, estaba ocupado preguntándose cuánto iba a continuar aquella reunión, preocupado porque Xu Zhen iba a impacientarse.
Mientras corría a casa, pasó por el lado de la librería donde se habían juntado sus compañeros de clase. Recordó que aquel era el día en que sacaban el quinto volumen de Los héroes de Sui y Tang[1], pero en esos momentos no tenía tiempo de comprarlo.
Abrió la puerta con la llave que llevaba colgada del cuello para encontrarse a Xu Zheng de ocho años sentado en una silla junto a la ventana, con las piernas plegadas contra su pecho.
–Vale, vamos. – Le dijo el sudoroso Xu Ping a su hermano sin pararse ni para beber.
Xu Zheng posó la vista en el reloj de la pared y, entonces, la pasó a su hermano.
–Cinco y media. – Puso mala cara.
–Me he entretenido en clase. – Xu Ping se secó el sudor de la frente. – No ha sido adrede.
–¡Cinco y media! – Repitió más fuerte Xu Zheng.
Xu Ping le echó un vistazo al reloj y se encogió de hombros.
–Sí, llegamos treinta minutos tarde.
–¡La caja de arena es a las cinco en punto!
Xu Ping habría perdido la paciencia ya si se tratase de cualquier otra persona, aunque fuese su padre, pero Xu Zheng era otra historia. Era un niño especial.
–También podemos ir a las cinco y media. – Xi Ping intentó controlar su enfado. – Vamos.
Xu Zheng se sentó abrazándose las rodillas y gritó al techo.
–¡A las cinco en punto! ¡No a las cinco y media!
Xu Ping estaba a punto de perder la cordura. ¿Quién se molestaba con esos detalles? Sólo era arena.
–¿Qué diferencia hay entre las cinco y las cinco y media?
Xu Zheng miró a su hermano.
–Tú dijiste. Cinco en punto. ¡Hora de la caja de arena! – Se dio toquecitos en su propia cabeza. – Tú lo dijiste. ¿Te acuerdas?
Xu Ping estaba enfadado. Sabía que su hermano era deficiente, pero nunca le había parecido tan inmaduro y molesto.
–Bueno, pues ahora digo que es a las cinco y media, ¿vale? ¿Te vienes o no? ¡Todavía tengo que hacer los deberes!
Se enzarzaron en una lucha de poder con sus miradas. Xu Ping no se contuvo, ya tenía doce años y hacía tiempo que su edad para jugar en las cajas de arena había pasado. Si no fuera por su hermano retrasado, participaría en actividades extraescolares en lugar de ir a la caja de arena cada día.
Xu Zheng saltó de la silla con la cabeza gacha y sacó un cubo de metal rojo de debajo de la mesa. Dentro, había una pala y una pelota.
Ir a la caja de arena era la obligación diaria de Xu Zheng. Su hermano se lo había prometido, hasta habían cruzado los dedos. Lo recordaba con total precisión. ¡Su hermano era el malo! Cuánto más lo pensaba, más agraviado se sentía. Arrastró el cubo ruidosamente y a Xu Ping le frustró tanto que podía reírse y todo.
¡Mocoso! Si no fuera por mi hermano, si no fuera porque es retrasado, yo… Yo…
Xu Ping no sabía terminar este pensamiento, pero sabía que su vida sería cien veces mejor si no fuera porque su hermano le retenía. Si no estuviera, podría unirse a las actividades extraescolares como los demás niños, leer comics después de clases, ir a los viajes de primavera y otoño, y lo más importante de todo, no tendría que padecer los cuchicheos de sus compañeros de clase.
“Xu Ping es el hermano del retrasado”, cada vez que lo escuchaba sentía como si le hubiesen dado una bofetada de vergüenza en la cara.
Xu Zheng siguió arrastrando el cubo fuera de la puerta, mientras que Xu Ping ya se había dado la vuelta y estaba bajando las escaleras.
El cubo no era para nada ligero y Xu Zheng no podía cargarlo durante demasiado tiempo. Normalmente, Xu Ping le ayudaba a llevarlo con el ceño fruncido, pero aquel día se limitó a mirar con el rabillo del ojo cómo su hermano tonto andaba arrastrando los pies con mucho esfuerzo. Sintió un súbito ataque de ira y gritó:
–¡¿Qué haces?! ¡Muévete! ¡¿Quieres ir o no?!
Xu Zheng continuó con la cabeza gacha en silencio. Si se hubiese quejado como un niño de ocho años normal, o tal vez se hubiese quejado de que el cubo era demasiado pesado para él, Xu Ping habría parado, pero Xu Zheng no lo hizo. No sabía cómo, y de saberlo, no lo haría. También estaba enfadado con su hermano mayor, tanto como Xu Ping lo estaba con él. Arrastró el cubo, golpeándolo mientras bajaba, llenando la escalera de ruido. Xu Ping se enfureció todavía más al ver el comportamiento de su hermano, resopló y se adelantó.
Los dos niños llegaron a la caja de arena del patio. Solía estar lleno de niños jugando a peleas y tirando bolsas de judías y demás, pero el centro de informática de al lado se había recolocado hacía poco y aun no habían demolido el edificio, así que los niños del barrio empezaron a jugar por allí.
Xu Ping se sacudió la bolsa verde de los hombros y se desplomó en el suelo bajo la sombra de un árbol.  Era setiembre, pero hacía un calor horrible. El suelo estaba caliente por el sol y Xu Ping tuvo que retorcerse un poco para encontrar un lugar cómodo.
Se sacó el libro de ejercicios de la mochila: los deberes era una redacción de seiscientas palabras y el tema era “mi adorable…” y cada estudiante tenía que añadir una persona o un animal en el espacio, como “hermano”, “gatito” o “perrito”.
Hablando del rey de Roma, cuando Xu Ping acababa de hacerle un agujero al papel cuando su hermano pasó por su lado con el cubo. En su rodilla había un moratón enorme y sangrienta que le hacía parecer pálido y enfermizo. Llevaba una camiseta, un par de pantalones cortos que habían perdido su color azul de tantos lavados, unas sandalias grises y una gorra en la cabeza. Xu Ping bajó la vista y fingió trabajar en sus deberes.
Su madre había muerto pronto, su padre solía estar ausente por sus actuaciones con la tropa cultural[2] y su hermano… Xi Ping tachó la posibilidad de “mi adorable hermano” con un enorme permanente rojo dentro de su cabeza. ¿Y gatos y perros? Xu Ping recurrió a los animales, aunque nunca habían tenido una mascota.
Una vez, XU Ping encontró una camada de gatitos que su madre había abandonado en una caja de cartón al borde de la inanición. Se los llevó a casa e intentó darles gachas para comer, pero los gatitos no comieron y no dejaron de maullar. Les cogió en brazos y les acarició con mucho cariño, sin embargo, su padre tiró a las tres lamentables criaturas cuando llegó de trabajar por la noche sin que le importasen sus suplicas.
–¿Qué clase de hermano eres tú? ¿No sabes que tu hermano es alérgico a su pelaje?
Xu Ping estuvo llorando por esto sin que nadie se enterase. Su hermano retrasado siempre era lo más importante y él tenía que tener en mente que, antes que nada, era “el hermano de Xu Zheng”.
Xu Ping se preguntó que les debió pasar a esos gatitos mientras se ponía el lápiz detrás de la oreja como los fumadores hacían con su cigarrillo. Seguramente debieron morir de hambre después de que los tiraran. No podía escribir eso en su redacción, a pesar de que nadie se lo había enseñado nunca, sabía que no se debía escribir sobre lo triste y lo feo, aunque fuese la verdad.
“Mamá murió.
Papá tiró los gatitos.
Odio a mi hermano”.
¿Quién querría ver eso? Y si le descubrieran también conseguiría un buen azote con el cinturón.
La profesora les había dicho que su meta debía ser el cielo y que tenían que ser positivos. Por ejemplo, en las redacciones de los niños de primaria del libro “el rey de las redacciones” que se había comprado, nueve de diez empezaban con “era un día precioso, el sol brillaba y no había ni una sola nube en el cielo”, como si nunca nevase o lloviese.
Xu Ping se cambió de oreja el lápiz, de izquierda a derecha y, entonces, de derecha a izquierda. Sin embargo, su hoja continuaba en blanco.
Miró a su hermano.
Xu Zheng estaba concentrado en la arena. Metía tierra en su cubo, la apretaba y ponía el cubo del revés para dejar una montaña. Sinceramente, Xu Ping no le veía la gracia, pero Xu Zheng hacía lo mismo una y otra vez durante minutos, horas, e incluso hasta que toda la arena había desaparecido.
Xu Ping apretó los labios y volvió a contemplar el cielo. Lu Jia le había mirado de mala manera. Siempre había sido un niño odioso, y desde lo de su hermano pequeño, Lu Xi, se seguían guardando rencor.
Ahora tenemos otro asunto pendiente, pensó Xu Ping frotándose la nariz.
Lu Jia vivía en el mismo complejo de apartamentos e iba a la misma escuela. Su hermano, Lu Xi, era un año más pequeño que Xu Zheng e iba a segundo. Tenía ojos pequeños y la nariz chata, pero era un chico listo que siempre sonreía, saludaba a todo el mundo y tenía una boca tan dulce como la miel. En año nuevo era el que más bolsitas rojas[3] recibía. Xu Zheng, por otra parte, era adorable pero su cabeza estaba podrida. Solía esconderse de la gente o quedarse ahí plantado como un tonto, negándose a hablar ni aunque le empujaran. Excepto cuando discutía con él, Xu Zheng era como una almeja cerrada hasta con su padre.
Xu Ping le echó una mirada decepcionada a su hermano pequeño que seguía en la caja de arena llenando cubos, ajeno a todo. Su perfil recordaba a Xu Chuan, claramente definido con la nariz alta. No obstante, sus ojos no eran tan fuertes y afilados, sino más bien redondos y grandes y le hacían parecer un cachorro leal cuando te miraba.
Xu Ping controló su estremecimiento y se giró. ¿Cómo podía un retrasado que siempre le daba problemas ser adorable como un cachorrito? ¡Debía estar loco! Mientras se enfadaba consigo mismo, pisoteó el tema “mi adorable hermano” hasta hacerlo trizas.
Incapaz de pensar en un tema para su redacción, Xu Ping sacó el cuchillo y empezó a afilar sus lápices. Tenía cinco lápices Chung Hwa en su estuche de metal. Su cuerpo era rojo y negro, y en un extremo tenía una goma de borrar rosa. En un costado estaba gravado el nombre: “Marca Shanghai Chung Hwa de China” con letras doradas.
Xu Ping los organizó por longitud, del más largo al más corto y talló las virutas de madera como un jardinero haría con su jardín. Tenía los largos y fuertes dedos curvados sobre la punta. Se le daba bien usar las manos y conseguía que afilar un lápiz pareciese algo grácil.
–Se te debe dar bien cuidar de los demás. – Le había dicho su profesora, la señorita Li, una vez.
Xu Ping reflexionó sobre ello y frunció el ceño sin entender cómo su maestra había llegado a semejante conclusión. Su explicación final fue que su rostro del montón la había engañado. En realidad, era extremadamente impaciente, tenía mal carácter y odiaba ocuparse de los demás.
Xu Ping quitó las sobras de la madera y se levantó para estirarse. Se preguntó si ya habrían vendido todas las existencias del nuevo volumen de Los héroes de Sui y Tang. La historia se había quedado en la parte en la que Cheng Yaojin[4] aprendía a usar el hacha de guerra en un sueño. Aprendió tres maniobras: la rompe cráneos, la rompe mandíbulas y la rompe cuellos. Eran extremadamente mortales y, sólo con la primera, había conseguido acabar con la vida del general Luo Fang y devolverle el tributo que Yang Lin le había entregado al gobierno, lo que llevo a que su primo, Qin Qiong, pidiese que la policía se encargase de él.
Se preguntó qué había pasado cuando le había torcido el cuello. Había muchos más de su clase que eran adictos a estos comics. El argumento era novedoso y las ilustraciones eran preciosas, por lo que las escenas de lucha eran mucho más emocionantes. Era uno de los más únicos de su tipo y tenía a los chicos bajo su hechizo. Cada día iban a la librería para ver si había llegado el nuevo volumen. Solo de pensarlo Xu Ping se ponía ansioso. No iba a progresar nada con su redacción, así que, ¿por qué no ir a la librería cuando todavía había luz?
Miró a Xu Zheng que estaba en la caja de arena. Sólo había usado un tercio de la arena y, como era tan flexible como el metal, no pararía hasta terminar. Los montones de arena eran horribles y eso molestó a Xu Ping. No entendía la vida de su hermano.
Xu Zheng se levantaba a las seis y media cada mañana y Xu Ping le llevaba al colegio a las siete y media. Su profesor le traía a casa a las cuatro y media y a las cinco él le llevaba a la caja de arena. Después de hacer treinta pilas de montaña idénticas, volvían a casa para cenar. Después de cenar se duchaba y a las nueve en punto era la hora de dormir. Cuando cerraba los ojos no volvía a abrirlos, y el día anterior era exactamente igual al siguiente.
¿Qué clase de vida era esa? A Xu Ping le costaba respirar y quería escapar de ello, pero volvía a casa cada día después de clases y sacaba a su hermano a jugar. ¡Lo odiaba! Odiaba al idiota de su hermano, pero al mismo tiempo, se odiaba a sí mismo por ser un cobardica.
Xu Zheng era como un caramelo que se niega a suavizarse. No era cercano a nadie, ni siquiera su padre conseguía sonsacarle unas cuantas palabras. Lo único que sabía hacer era aferrarse única y exclusivamente a Xu Ping.
–Hey.
Nadie le contestó.
–¡Xiao Zheng!
Xu Zheng giró la cabeza lentamente pare mirarle antes de volver a la arena después de un buen rato.
–Deja de jugar, te llevaré a la librería.
Xu Zheng no dejó lo que estaba haciendo.
–¡¿Me estás escuchando?
Xu Zheng no respondió y Xu Ping pisoteó una montaña de arena con el pie.
–¿Qué te pasa? ¡¿No me escuchas?!
Xu Zheng giró la cabeza lentamente, miró la arena esparcida un rato y, entonces, alzó la vista hacia su hermano.
–Voy a la librería. ¿Vienes?
Xu Zheng se dio la vuelta y empezó a cavar más deprisa. La pala arañó el cubo haciendo ruidos chirriantes.
Debe estar enfadado conmigo, pensó Xu Ping, pero le dio igual. Recogió su mochila y se la colgó del hombro.
–Si no vienes, quédate y juega con tu arena. Vendré a buscarte después. – Después de hacer una pausa añadió. – No te vayas con desconocidos. Cuando vuelva te traeré un polo.
Xu Zheng no habló.
–¿Me oyes? – Xu Ping le pegó a su hermano en el hombro.
Xu Zheng apartó el hombro.
–¡Sí! – Gritó enfadado.
Xu Ping estaba demasiado nervioso por Los héroes de Sui y Tang para preocuparse por eso. Pescó los dos yuanes que su padre le había dado antes de marcharse. Un polo costaba cinco fen[5] y un comic eran treinta y cinco fen, lo que le dejaba con…
Xu Ping calculó con los dedos mientras iba dando saltos alegremente.



[1] “Los héroes de Sui y Tang” es una novela histórica de Chu Renhuo que romantiza los acontecimientos históricos que causaron la caída de la dinastía Sui y el alza de la dinastía Tang. En 2013 se adaptó a serie de televisión.
[2] La tropa cultural era parte el ejército cuya obligación era entretener a los soldados y promover un espíritu patriota en su público.
[3] Las bolsitas rojas o tao hongbao (討紅包) son sobres rojos que suelen dar las parejas casadas a los solteros sin importar la edad en las fiestas. Suele ser un obsequio monetario.
[4] Cheng Yaojin (程咬金) fue un general chino que sirvió a los emperadores Gaozu, Taizong y Gaozong a principios de la dinastía Tang.
[5] Un yuan son diez jiao que, a su vez, son diez fen. 
Title: Capítulo 2
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Writed by Nana L15R1