Capítulo 17

Dijo el poder al mundo,
<<Eres mío>>.
Y el mundo lo mantuvo cautivo en su trono.
Dijo al mundo el amor,
<<Tuyo soy>>.
Y el mundo le brindó la libertad de su hogar.
        Rabindranath Tagore, Pájaros perdidos

Un tranvía azul y blanco aceleró el motor y pasó por el lado de casi una docena de bicicletas que esperaban en el semáforo rojo, batiendo un poco de polvo.
Un hombre de mediana edad que esperaba al tranvía al otro lado se acercó.
–Hola, joven camarada. ¿Cómo llego a la Escuela Municipal del Partido[1] desde aquí?
Xu Ping rebuscó la respuesta en su cabeza.
–Coja el autobús número quince y espere tres paradas.
–Gracias.
–De nada.
La luz pasó de verde a amarilla y de amarilla a roja. Xu Ping empujó el suelo con un pie y condujo su bicicleta por la intersección y la multitud.
Su hermano iba cogido fuertemente de su cintura. Las piernas del chico eran demasiado largas, así que tenía que sentarse en una posición ridícula y curvada. Al cabo de un rato, se le durmieron las piernas y las acabó bajando.
–Levanta las piernas. No arrastres los pies por el suelo.
–Vale. – Respondió Xu Zheng como un buen chico.
El joven estaba creciendo rápido y Xu Ping empezaba a tener dificultades para cargar con él en la bicicleta.
Flexionó los dedos y procedió a ejercer toda su fuerza para pedalear.
–¿Qué te parece baozi para desayunar?
Xu Zheng reflexionó mientras jugueteaba con el borde de la camiseta de su hermano.
–Vale.
Los vendedores empezaban su trabajo. Todos los aromas les daba en la cara mientras pasaban de largo: leche de soja, donut fritos, tofu y pastel de dátil rojo.
Xu Ping paró a un lado y entró a una tienda con una enorme montaña de buques de vapor que se habían vuelto negros de tanto usarlos.
–¿Me podría dar una docena de cerda y bok choy? – Le dijo a la dueña.
Los Xu eran clientes desde hacía mucho tiempo de esa tienda de baozi y la dueña era un fan total de Xu Chuan. Había dos cosas colgadas de la pared que medía poco más de cuatro metros: un retrato del presidente Mao y un póster firmado de una de las películas de Xu Chuan.
La rechoncha dueña le escuchó y salió de detrás de la cortina.
–Oh, eres tú, Xu Ping. – Exclamó el dueño contento.
–Buenos días, señora. – Xu Ping la saludó con una sonrisa.
–¿Tu padre te ha pedido que vengas a por el desayuno?
–Mi padre está grabando fuera de la ciudad. Sólo estamos mi hermano y yo. Nos apetecía baozi.
En la mujer apareció cierta lástima.
–Vaya, vaya. ¿Cómo puede dejar a dos niños en casa? ¡Además uno de ellos está a punto de hacer el examen de admisión a la universidad! – Entonces, se dio la vuelta hacia su delgaducho y bajito marido. – Hey, ¿dónde está el baozi de Xiao Xu? Dales un poquito más a los pobres niños.
Xu Ping movió las manos.
–No, no. Ya está bien.
–¡No, no está bien! – Respondió la mujer apasionadamente antes de volver a gritarle a su marido. – ¡¿Por qué coges los de encima?! ¡Están fríos! ¡Coge los que están recién hechos de abajo!
Al final, en la bolsa de papel había dieciséis baozi. La mujer quiso meter dos donuts fritos extra, pero Xu Ping se apresuró a rechazarla.
A Xu Ping le emocionó su generosidad y le recordó a su hermano que le diera las gracias.
–Guau, – la mujer le miró de arriba abajo. – ¡has crecido mucho, ¿eh?! Mira, si estás más grande que tu hermano. Cada vez te pareces más y más a tu padre. ¡De aquí unos años serás un zagal apuesto!
Xu Zheng continuó con la cabeza gacha y permaneció en silencio.
–No le gusta hablar con la gente. – Explicó Xu Ping mientras le frotaba la espalda. – No se lo tome a pecho.
La mujer conocía la condición de su hermano pequeño y se sintió todavía peor por aquellos dos hermanos, así que se las apañó para meter dos donuts en la bolsa.
Xu Ping reconoció la emoción que mostraba en su rostro y aceptó el obsequio con una sonrisa. Entonces, tiró de su hermano y se despidieron.
–¿Es tu sobrino? – Preguntó un cliente que estaba en la tienda de al lado.
–¿Sobrino? ¡Es mi nieto!

Xu Ping abrió la puerta de casa y dejó la bolsa con los baozi sobre la mesa del comedor.
–Lávate las manos antes de comer. – Le dijo a su hermano mientras cogía la tetera para hervir agua.
Pensó en que ya casi tocaba cambiar el butano mientras sacaba una cerilla para encender el fogón. Levantó la cortina de tela que separaba la cocina del comedor y se encontró a su hermano sentado en la mesa.
Xu Ping dejó la salsa de soja y el vinagre que había preparado sobre la mesa.
–Enséñame las manos.
Xu Zheng movió las manos delante de él. Xu Ping las giró una y otra vez, e incluso inspeccionó las uñas.
–Vale, puedes comer.
Xu Zheng siempre estaba particularmente hambriento después de hacer ejercicio, así que devoró la bolsa al poco tiempo. Xu Ping sólo comió dos antes de perder el apetito.
–Todos tuyos. – Empujó la bolsa hacia él. – Come.
Se limpió la grasa de los dedos y abrió las cortinas del comedor gracias a lo cual, la estancia se llenó de una luz deslumbrante.
–Después de desayunar, dúchate. Vas a aprender a hacerlo tú solo. Desde hoy no te voy a ayudar.
Xu Zheng le pegó un bocado al baozi que tenía en la mano y empezó a masticar con las majillas llenas. Se esforzó por tragar, pero no consiguió acabarse la otra mitad.
–No quiero más, Gege.
Xu Ping miró dentro de la bolsa de papel.
–Sólo has comido siete. ¿Seguro que estás lleno?
Xu Zheng dejó la mitad que quedaba en el plato.
Xu Ping le puso la mano en la cabeza con los labios pensativos.
–Vale, pues a la ducha, marrano.
Cogió el baozi a medio comer y le dio un mordisco.
–¿Sabes cómo? EL champú está en el bote azul. La pastilla marrón es jabón. Hacia la izquierda es agua caliente y para la derecha, fría. Te ayudaré a conseguir la temperatura que toca. Lávate el pelo y luego el resto del cuerpo. La toalla está en la carretilla. Y no olvides cerrar las cortinas.
Xu Zheng dejó caer la cabeza y no contestó.
Cuando Xu Ping se terminó el baozi, el agua ya hervía. El vapor salía por la boquilla y silbaba al pasar por el agujerito de la tapa.
Xu Ping cerró la válvula de gas y vertió el contenido de la tetera en los termos verdes de la mesa.
–Da Zhi me ha invitado a jugar a básquet. – Le dijo como si nada a su hermano. – ¿quieres venir conmigo?

Xu Ping estaba sentado en la mesa haciendo sus exámenes de prueba de matemáticas cuando escuchó cómo el agua empezaba a salpicar en la bañera. Se quedó con el bolígrafo en la mano un ratito más. Le sonaban las preguntas de la hoja, pero tenía la mente en blanco. Contó cada minuto desde que Xu Zheng se había ido hasta llegar a quince y no había ni rastro de su hermano. Tiró el bolígrafo a la mesa y se levantó tan deprisa que la silla se cayó de espaldas. Corrió al baño y abrió la puerta de una sentada. El pestillo llevaba roto desde aquella mañana, por lo que la puerta golpeó la pared.
–¡Xiao Zheng!
Su hermano estaba sentado al borde de la bañera con la cabeza gacha. El agua caliente le daba en la espalda y expelía vapor.
–Gege. – El chico alzó la cabeza, atontado.
Xu Ping se tranquilizó, pero no su ira. Cerró el agua y le pegó detrás de la cabeza.
–¡Te he dicho que te duches, no que te quedes aquí sentado! ¡Si no entiendes algo puedes preguntármelo! ¿Te piensas que el agua es gratis? ¡Has dejado que corra durante quince minutos!
Xu Zheng parecía alegrarse bastante de que le hubieran pegado.
–Vale. – Dijo, y empezó a quitarse la ropa.
Xu Ping se quedó allí de pie y observó como el torpe de su hermano se quitaba la camiseta, la camiseta interior, los pantalones y los calzoncillos. Vio los hombros sólidos y amplios de su hermano, sus fuertes brazos, su cintura delgada, sus muslos llenos, sus piernas musculosas y largas, y el enorme miembro flácido de sus arbustos.
Se dio la vuelta para marcharse después de haber estado allí aturdido. Entonces, escuchó como su hermano le llamaba por atrás.
–¡Dúchate bien si no quieres una buena tunda! – Advirtió, decidido a no dejarse engañar otra vez.
Fue poner un pie fuera del baño que ya escuchó el sonido del agua y de su hermano.
No seas tonto, no le va a pasar nada, le aseguró su cerebro, pero se dio la vuelta para echar un vistazo de todas maneras.
El agua ardiendo caía sobre la piel enrojecida de su hermano. Cuando apartó al muchacho ya era demasiado tarde. Xu Zheng se observó su propio brazo como si no entendiese qué eran esas burbujitas hinchadas que le habían salido en la piel y estiró la mano para tocarlas.
Xu Ping le cogió la mano enfadado y ofendido.
–¡¿Quién te ha dicho que abras el agua caliente primero?! ¡Cuántas veces te lo tengo que decir! ¡Primero va la fría! ¡La fría! ¡¿Por qué no te acuerdas?! – Giró la manecilla del grifo para que saliese el agua fría antes de meter el brazo de su hermano debajo. Xu Zheng se estremeció y le dio un apretón en la mano. – ¡Tonto! ¡Idiota! – Xu Ping no soportaba su propia frustración. – ¡Eres muy tonto! ¡¿Cómo puedes ser tan tonto?! – Mientras tanto, se culpaba a sí mismo por dentro. Todo era culpa suya.
Arrastró a su hermano al dormitorio de su padre donde encontró un ungüento verde con el que cubrió las quemaduras. Seguía inquieto hasta en esos momentos.
Xu Zheng miró a su hermano, que le estaba inspeccionando el brazo de una forma casi psicótica, con la cabeza inclinada.
–Gege.
–¡¿Qué?! – Gritó Xu Ping.
–No me duele.
Xu Ping miró a su hermano. Tenía los ojos vidriosos.
–Serás tonto. – Dijo con una sonrisa forzada. – Ni siquiera sabes lo que es el dolor.
A Xu Zheng no le importaba su herida en absoluto. El simple hecho de volver a tener a su hermano con él le hacía feliz.
Esperó delante de la pica de la cocina mientras su hermano le lavaba el pelo como cuando eran niños. Pero ahora, era demasiado alto y tenía que inclinarse y bajar la cabeza. Los dedos de su hermano eran largos y fríos. Eran como copos de nieve que se derretían en su nuca cuando le masajeaba la cabeza.
Las ventanas de la cocina estaban abiertas. El sol ya estaba en lo alto del cielo. Xu Ping podía ver las macetas con cebollas verdes y los girasoles del balcón del edificio de enfrente. También escuchó a un vecino cantar la ópera pequinesa, Mu Guiying[2], que sonaba en la radio.
–Los tambores de guerra truenan y braman, despertando la voluntad y el poder que hay en mí para romper las puertas celestiales. Antaño monté mi glorioso caballo de batalla, me empapé la falda con la sangre de mis enemigos-…
Vertió lentamente el cubo de agua caliente por encima de la cabeza de su hermano. La luz del sol sesgaba el mármol, moldeando la sombra de la ventana en el suelo.
Xu Ping agitó la toalla muchas veces para quitarle el exceso de humedad del pelo a su hermano.
Xu Zheng le sonrió.
Xu Ping notó como se ruborizaba y apartó la vista.
Xu Zheng, que sólo llevaba puestos unos bóxer, esperaba sentado en el taburete a que su hermano le secase.



[1] En la Escuela Municipal del Partido los jóvenes estudiaban en medio de la práctica el socialismo con peculiaridades chinas y el comunismo, así como un ayudante y una fuerza de reserva para el Partido.
[2] Mu Guiying (穆桂英) es una heroína legendaria de la canción de la Dinastía de la antigua China y un personaje distinguido en Los generales de la familia Yang.  Valiente, decidida y leal, es el símbolo cultural de una mujer tenaz. 
Title: Capítulo 17
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Writed by Nana L15R1