Capítulo 15: La pareja ducal (parte 3)

Bien entrada la mañana, Lucia observó los rayos del sol colándose por la ventana hasta su dormitorio. Parpadeó varias veces para desvelarse y se levantó con ayuda de las manos.
La fatiga atacaba cada centímetro de su cuerpo. Se había acostumbrado a levantarse cansada. Hugo había estado visitando sus aposentos cada noche desde hacía un mes y la penetraba como un animal salvaje.
Los placeres explosivos que compartía con él drenaban toda su estamina. Nunca terminaba rápidamente, sólo paraba cuando ella se desmayaba del agotamiento.
Se había quedado toda la noche despierta con él. Pasaba sus días cabeceando por el sueño y, cuando se las apañaba para conseguir algo de fuerza, ya llegaba la noche. Entonces, él la llevaba a la cama para su acontecimiento nocturno. Había pasado un mes en un abrir y cerrar de ojos malgastando su tiempo.
Su cuerpo ya se había acostumbrado a esas noches y era capaz de despertarse antes sin estar tan cansada. La primera semana se había estado despertando por la tarde.
Por supuesto, Lucia jamás admitiría que su propia estamina había mejorado. De hacerlo, su marido la penetraría con una fuerza todavía más terrorífica. Quería dejar de pasar sus días en cama. Enfrentarse a todas las criadas que la servían era mortificante.
El día anterior había sido más persistente de lo normal, por eso, tenía la sensación de poder sentirle dentro de ella. Si Lucia realmente aborreciese esas actividades, todo lo que necesitaría hacer era negarse. No la iba a violar. Sinceramente, era agotador pero muy bueno.
El sexo gratificante y los orgasmos causas fatiga, pero también acarrean un sentimiento de realización. Él la hacía rodar de izquierda a derecha, complaciendo cada rincón de su cuerpo con la lengua. La joven no podía compararle con otro hombre y nunca tendría la oportunidad de hacer, pero comprendía que se le daba bastante bien.
Él la complacía en la cama, fuera de la cama, en mesas y en sofás. Cada día la complacía de una forma nueva sujetándola en posiciones diversas. Aunque sus noches eran largas, las actividades entre hombres y mujeres no le repugnaban.
Al principio le sorprendió y le tomó por una bestia. Sin embargo, se acabó descubriendo a sí misma aferrándose a él y moviendo las caderas. En un mes le había enseñado las alegrías del placer sexual.
Tiró de la cuerda para llamar al servicio, se lavó y se cambió de ropa. Lucia observó su reflejo extrañada y las sirvientas la contemplaban con timidez.
Lucia se había puesto un vestido con escote bajo que dejaba a la luz muchas marcas rosadas. Era como una especie de enfermedad. El tiempo se estaba volviendo más caluroso día a día, pero tenía que cubrirse.
–…No puedo salir así. – Lucia suspiró. – Traedme otra cosa. Un vestido que me cubra el cuello.
–Sí, señora.
Las criadas se movieron atareadas. La muchacha ya no se avergonzada llegados a este punto. Cualquiera se acostumbraría después de tener que enfrentarse a la misma situación cada mañana.
Era de esperarse porque eran recién casados, pero los demás parecían sorprendidos de que el duque la visitase cada noche. Todas las sirvientes habían sido amigables desde un principio, pero ahora la servían con sudores fríos. Se dio cuenta que nada era más poderoso que poseer el amor de tu marido.
Lucia disfrutó del té en una mesita bajo la sombra en el jardín. Era una de sus costumbres diarias.
Qué jardín tan desolado…
El jardín del castillo era basto y sólo lo cubrían arboles perennes. No había ni una sola flor a la vista y era imposible presenciar el otoño naranja. El jardín permanecía en la misma condición que en invierno. Era un estilo que requería menor mantenimiento, pero llamarlo jardín era absurdo.
¿Y si lo renuevo…?
Era la única persona de la familia Taran, la duquesa, a parte de su marido y su hijo. Normalmente, la duquesa era quien se ocupaba del diseño de interiores y de los jardines.
No hay mucho más que hacer…
A lo largo de su estancia, no había tenido nada que hacer. No aprendía arreglo floral como las otras nobles, ni tenía ningún pasatiempo en particular. No hallaba la felicidad en los lujos como las joyas o los accesorios, así que tampoco tenía la necesidad de irlos a comprar. Cada día leía libros durante muchas horas y el resto del tiempo se lo pasaba tomando el té o dando paseos.
Me siento… inútil.
Quien no trabaja, no merece comer. Lucia había vivido con esas palabras en su sueño, por ejemplo, cuando había sido la esposa del Conde Matin se había encargado de participar en fiestas y establecer conexiones con la alta sociedad. Si Hugo se hubiese enterado de aquello estaría confuso. Para él, aunque le quedaba mucho por aprender, estaba cumpliendo con su papel de duquesa a la perfección.
–Señora.
Jerome interrumpió sus pensamientos cuando empezaba a plantearse el volver a entrar. El mayordomo le pasó un sobre en el que encontró un documento. Lucia repasó la hoja de papel con el ceño fruncido.
–…La administración de las cuentas de la casa.
–Sí, señora. Hemos tardado un poco en calcular el presupuesto porque nunca lo habíamos tenido que hacer.
Todas las mujeres casadas administraban los pagos de sus casas. En el palacio real, se les pagaba a las reinas y consortes por ocuparse de todas las señoras de la corte. Las nobles se encargaban de administrar las necesidades básicas de la casa como decorar el interior, contratar al servicio y organizar fiestas para varios eventos.
–Al principio el presupuesto no incluía la contratación del servicio y el mantenimiento del castillo. Es un presupuesto nuevo para que usted sea capaz de contralar los diferentes aspectos.
–¿Un presupuesto nuevo…? ¿Cuánto dinero puedo usar? ¿Este dinero no es sólo para el mantenimiento y los sueldos?
–Habrá cambios. Señora, usted es la que tiene la responsabilidad de decidir cómo se usa este dinero. Mientras esté dentro del presupuesto, es cosa suya.
Aquello se había convertido en la propiedad privada de Lucia y la cantidad de dinero era enorme. Apenas podía contar los ceros que seguían al primer dígito. El presupuesto era extravagante, pero Jerome hablaba de el como algo insignificante. Tal y como cabía esperarse de la casa ducal, sus ingresos estaban a otro nivel.
Con que mi vida como parásito toca a su fin…
Ahora que le habían dado un trabajo tenía que mostrar unos resultados satisfactorios. Cuando el prestigio de un título noble aumentaba, también lo hacía la cantidad de trabajo. Era sentido común que la señora de la casa fuese responsable de mantener la armonía. Además, ostentaban la responsabilidad de apoyar a sus conyugues en el mundo noble.
Empecemos por el jardín…
No sabía mucho de jardines, nunca se había ocupado de esa parte de la casa cuando estuvo casada con el conde. Mantener un jardín costaba mucho dinero y el conde no deseaba malgastarlo en semejantes cosas.
Cuando expresó sus intenciones, Jerome organizó un plan y le transmitió varios consejos.
Era el final de sus agotadores días sin nada qué hacer. Aquel día Lucia cenó sola. Aunque la pareja solía comer y desayunar por su parte, normalmente cenaban juntos, sin embargo, él había tenido asuntos que atender fuera y volvió tarde.
Lucia leyó libros en el estudio privado, se bañó y se secó el pelo en su dormitorio. Normalmente las criadas la atendían, pero a esa hora su marido solía visitar sus cambras.
El señor duque entró en su habitación. Después de retirar a todo el servicio se metió en su habitación llevando solo un albornoz. Lucia estaba igual: se había atado el albornoz y parecía recatada, pero debajo de esa prenda no llevaba nada. Al principio se había sentido rara, pero ahora le parecía normal.
Él se acercó a Lucia, que estaba delante del tocador, la abrazó por la espalda y le besó la parte trasera del cuello. Lucia cerró los ojos al notar sus labios en su nuca. Se sentía ligera. ¿Acaso aquello era la felicidad? Tuvo el terrible miedo de no ser capaz de olvidar este momento en toda su vida y pasar el resto en soledad.
–Le he pedido a Jerome que te diera algo, ¿lo has recibido?
–Sí. He decidido… Quiero modernizar el jardín del castillo.
–¿El jardín?
–He visto que no hay flores, ¿es tu intención? ¿Puedo rediseñarlo?
–La señora de la casa siempre se ha encargado del jardín. Haz lo que quieras.
–Tenemos que contratar a un paisajista para crear el plan antes de hacer nada. Tendremos que contratar mano de obra al principio y el castillo estará lleno. No sé si eso te puede irritar.
Hugo no sabía nada sobre jardinería. Para empezar, ni siquiera le interesaba.
Jerome es quien se había lamentado del estado árido del jardín y había plantado unos cuantos árboles que precisaban el mínimo de los cuidados durante las cuatro estaciones. Hugo comprendió que rehacerlo costaría mucho trabajo y dinero.
–¿El presupuesto que te he dado no es suficiente? – Hugo se atrevió a adivinar las verdaderas intenciones de Lucia por sacar el tema.
–¿Eh? – Estaba sorprendida, no necesitaba más dinero.
–Aumentar mucho el presupuesto es un poco molesto. Ya hemos aprobado el de este año y su paga se ha sacado del presupuesto provisional, pero lo tendré en cuenta para el año que viene.
El jefe de familia era quien decidía el presupuesto general. Muchas veces, los nobles se aseguraban de constatar su paga antes del matrimonio. Si la pareja estaba enamorada era normal que la esposa recibiese un sueldo mayor, pero si el hombre deseaba divorciarse, lo primero que intentaba conseguir era librarse de la paga de su esposa.
El presupuesto ya estaba decidido y Hugo había dejado a un lado la mayor cantidad posible de lo que sobraba, pero ya tenía intenciones de subirle el sueldo el siguiente año.
El presupuesto monetario de Lucia no era por ser duquesa. La mayoría de las nobles no solían revelar su paga por orgullo y, de hecho, si se enterasen de la cantidad que recibía no se lo habrían creído.
–No es eso. No he sacado el tema por eso. Es que ya hay mucha gente en el castillo, y temía que si traía a todavía más gente te irritase. Quería asegurarme que… renovar el jardín no te sería una molestia.
–Hay un centenar de personas entrando y saliendo de Roam. No es que vayas a aumentar la mano de obra con mil hombres. No pasa nada si traes a unos cuantos más. El jardín siempre lo ha vigilado la duquesa, así que no importa si cortas los árboles o haces un lago. Haz lo que quieras. No necesitas mi permiso para hacer este tipo de cosas.
–…No estoy segura sobre en qué tengo libertad y para qué necesito permiso. ¿Cuáles son los límites de lo que puedo hacer? – Lucia le miró con confusión.
En ese momento, Hugo la levantó como a una princesa y la depositó sobre la cama. Le devolvió la mirada y le sujetó el mentón.
–¿Hasta dónde quieres llegar?
Era una oportunidad. Lucia no era estúpida, esa situación era la misma que cuando un rey les preguntaba a sus amantes “qué quieres”.
Con un poco de coquetería un hombre satisfecho sería indulgente y la mujer podía ganar muchos beneficios. La mayoría de las mujeres se guiaban por eso.
Hugo esperó con expectativas, preguntándose qué palabras saldrían de su boca. Las habilidades de aquella muchacha estaban a otro nivel. Hasta entonces no le había pedido nada, así que había decidido ceder a cualquiera de sus peticiones mientras estuviesen en su mano. Lo mejor sería algo que pudiese comprar con dinero, las mujeres en busca de poder no eran divertidas.
–Te lo pregunto porque no lo sé. Como ya habrás visto… Nadie me ha enseñado nunca lo básico, ni he tenido la oportunidad de aprender. No sé lo que una duquesa debería hacer o no. Quiero aprender.
Lucia no había sido codiciosa desde un principio. Por pequeña que fuese, la codicia siempre crecía y no había ninguna garantía de que ella fuese a estar rodeada de riqueza el resto de su vida por mucho que fuera una duquesa. No deseaba un céntimo más de lo que ya tenía, además, tampoco estaba interesada en el poder político.
–Un profesor…
Hugo hizo una breve pausa y se rascó la barbilla. Era una petición inesperada, una que ya debería haberse imaginado desde un principio. En la familia Taran no había ningún adulto que pudiese ser su mentor, además, ella tampoco tenía ningún pariente que pudiese enseñar y mucho menos aprender.
–Lo buscaré.
–Gracias.
Una sonrisa se extendió por el rostro de Lucia y los de él, inconscientemente, también se curvaron al verla sonreír. Su sonrisa era tan pura como la de una niña, no sonreía para seducirle, pero su parte baja, cada vez que la veía, palpitaba. Igual que en ese momento.
Intentó distraerse con otros temas relacionados con el gobierno, recordó todos los documentos que le esperaban en su oficina y se tranquilizó. Últimamente era como un animal salvaje incapaz de controlarse.
Esperó a que ella continuase hablando, pero sólo halló el silencio, así que fue él quien inició la conversación.
–¿Y?
–¿Eh?
–¿Algo más?
Los ojos de Lucia relucieron, hizo una pausa y respondió negativamente. Él entrecerró los ojos y la observó.
¿Es tonta? ¿No tiene codicia? A lo mejor sólo está siendo astuta.
Y así, Hugo no creyó que Lucia no desease nada. Ya fuese hombre y mujer, muchos retrocedían un paso para poder avanzar tres de golpe.
La joven ahora parecía inocente, pero en cuestión de momentos estaría acurrucada con él susurrándole sus deseos al oído. Siempre era igual. Hasta entonces, nadie se le había acercado sin tales intenciones.
–¿Cansa mucho renovar el jardín?
–No estoy segura porque todavía no he empezado. Pero yo no seré la que planté las flores personalmente, así que… No será para tanto.
–¿Tienes que cambiarlo?
–Pensaba que no te importaba.
–No me importa el jardín, me preocupas tú. No malgastes tu energía con eso. Si tanta energía tienes, gástala en mí.
Rodeó sus caderas con los brazos y Lucia bajó la vista ruborizada y tímidamente.
–¿…Cómo voy a tener más energía que ahora? Dormir cada día hasta por la tarde me da mucha vergüenza.
–¿Qué te avergüenza tanto? Deberías estar orgullosa.
–¿…De qué?
–De la estamina de tu marid-…
Lucia le tapó la boca con la mano y le miró de mala manera conforme sus mejillas enrojecían aún más. Él se vengó lamiéndole la palma de la mano obligándola a apartarla. Sin embargo, él la agarró antes de que pudiese huir y tuvo que soportar que él le lamiese los dedos juguetonamente. Sus tiernos besos provocaron una sensación extraña en ella, haciéndola estremecer.
Increíblemente abochornada, Lucia utilizó toda su fuerza para liberarse, pero no consiguió moverse. Él continuó lamiendo y besándole los dedos como si fuera la más dulce de las piruletas.
Lucia se quedó sin aliento al verle meterse sus dedos en la boca. Los ojos rojos de Hugo se posaron en los de ella, observando cada una de sus reacciones. Lucia sintió electricidad y se retorció mordiéndose los labios.
–Hugh… Para…
Tener unos dedos tan sensibles como para reaccionar de esa forma era vergonzoso. En cuanto Lucia notó como él aflojaba la fuerza que ejercía en su mano, escapó. Intentó huir de él y darse la vuelta, pero él era más rápido. La rodeó por la cadera y tiró de ella para abrazarla.
Lucia apoyó la cabeza contra su pecho mientras se abrazaban. Su mano se deslizó por debajo del albornoz llegando a su espalda desnuda y con la otra le apretó los pechos. El duque la acariciaba sin contenerse, avergonzándola.
Levantó la vista para encontrarse con su mirada. A pesar de que sus ojos eran escarlatas, reflejaban una frialdad helada. De solo un vistazo era capaz de adivinar la vergüenza y el nerviosismo de Lucia. Tampoco le avergonzaba demostrarle su deseo por ella. La joven se sentía sofocada bajo su mirada y no podía mantenérsela durante mucho tiempo.
En cuanto Lucia bajó la vista para evitarle, Hugo le apretó el pecho con un poco más de fuerza y el cuerpo de la muchacha reaccionó algo sorprendido.
Era diferente al resto de mujeres con las que había estado. Las demás eran muy aburridas: gritaban como las estuvieran matando, movían las caderas con técnica y soltaban risitas para ligar. Ella, en cambio, reaccionaba a medias y es que no todas las mujeres tenían que tener las mejores técnicas, sería raro si así fuera. Lo que le extrañaba a Hugo era como su cuerpo ardía como el de un adolescente. Anhelaba muchísimo su cuerpo.
Continuó masajeando sus suaves pechos, entonces, deslizó la misma mano por sus caderas y empezó a masajearle los muslos. El cuerpo de ella se estremeció y la punta de los dedos del hombre se empaparon de una substancia resbaladiza.
Él soltó una risita. Esto era lo que le volvía loco: sólo la había tocado un poco, pero el cuerpo de la muchacha ya estaba en ese estado.
La substancia resbaladiza que forma el cuerpo de una mujer es uno de los aspectos más importantes en el sexo. Hugo no había tenido la necesidad de usar afrodisiacos en ninguno de sus encuentros, su interior estaba húmedo y fluía como un riachuelo. Esa sensación era incomparable.
Con un beso, sus ojos se ponían borrosos; con un simple toque, su cuerpo temblaba. El cuerpo de Lucia se había acostumbrado a su tacto, pero no había habido ningún cambio drástico. Seguía tan tímida como en su primera vez, pesé a ello, su cuerpo reaccionaba con hambre, como si estuviese sedienta por un hombre. Su miembro ya había crecido y palpitaba, frunció el ceño intentando contenerse: estaba al límite.
Levantó el cuerpo de ella, posicionando sus muslos debajo de sus nalgas y dejando que la parte superior de la muchacha flotase en el aire para poder penetrarla. Vio como se le dilataban los ojos y la penetró.
–¡Hk!
No necesitaba esforzarse, su interior engullía a su miembro. Le gustaba besar y manosearle el cuerpo antes de antes de embestirla, pero de vez en cuando, la penetraba sin avisar: como aquel día. La respiración de Lucia se aceleró por su ataque repentino, pero él no le permitió acostumbrarse al ritmo y empezó a penetrarla.
–¡Hk! ¡Ah! ¡Ah…! ¡Hk!
La penetró duro y luego suave. Su miembro entraba en ella y su fuerza la hacía temblar como una muñeca mientras que se le escapaba la voz. Cada vez que llegaba a las profundidades de su cuerpo ella se sentía dominada.
A pesar de tener la visión borrosa, podía apreciar como los músculos de su marido se tensaban por la estimulación, y su propio pecho se calentaba. En ese momento, pensó en lo hermoso que era el cuerpo masculino y que no se podía ni comparar con el de una mujer.
Sus ojos calabaza se volvieron brumosos, como si estuviese borracha. Él miró a Lucia, embriagada por la euforia sexual, admirándola. Notó que su miembro crecía y que ella le apretaba todavía más.
Permitió que ella se le sentase encima y le apretó las nalgas sin contenerse. El sonido del choque de la carne se oía cada vez que sus cuerpos se sacudían arriba y abajo. Él le mordió los pechos, que botaban arriba y abajo, atacando sus sensibles pezones, haciéndola maullar con el cuello echado para atrás.
Hugo deslizó la mano para sujetarle la espalda sudorosa. Ella le rodeó el cuello con las manos y permitió que su miembro jugase a su aire mientras ella intentaba regular su frenética respiración. Cada vez que la embestía una sensación cálida le cubría el cuerpo.
Él desenredó sus brazos del cuello y la levantó para darle la vuelta. Estaba sentada en su regazó con la espalda contra su pecho, así él podía penetrarla con mayor facilidad y poder mientras ella jadeaba y chillaba.
–¡Hk! ¡Uk! ¡Ah! ¡Hugh! ¡Nn!
Cuando lucía dejó que su nombre escapase de sus labios, él le mordió el lóbulo de la oreja y se lo chupó.
–Más. Grita más fuerte.
–Hk… ¡Ung!
Él se aferró a uno de sus pechos, con ella apoyando la espalda en su pecho, y le mordió el cuello. Ella gritó por el dolor y el placer, y él le lamió el punto adolorido del cuello. Lucia sintió que volaba y, en cuestión de segundos, se encontró tumbada en la cama con el culo arriba.
–¡Ah!
Hugo la penetró sin previo aviso. La aporreó con vigor. Cada vez que sus pieles sudorosas entraban en contacto se escuchaba un sonido lujurioso. Lucia se aferró a las sábanas de la cama, cerró los ojos y sintió como su interior cantaba cada vez que él entraba en ella mientras que su cabeza se frotaba contra las sábanas a cada embestida.
–Uk… Hugh… Aau…
Cada vez que pronunciaba su nombre, era como si le apretujase el corazón, y no sus partes bajas. El doloroso placer rebasó su cuerpo y cerró los ojos. Se aferró al brazo de la joven y continuó entrando en ella.
Consiguió llegar más hondo gracias a hacerlo por detrás. Para ella fue agotador porque no le dio ni un momento para descansar, no obstante, a pesar de su fatiga, su cuerpo continuó ardiendo.
–¡Hk!
El placer la inundó. Una oleada de orgasmos le recorrió el cuerpo entero mientras apretaba y chupaba su miembro. Él se detuvo unos instantes para dejarla respirar, pero no era el final.
Sacó su miembro, le dio la vuelta para que estuviese de espaldas, se agazapó sobre ella y volvió a entrar de golpe.
–¡Uuk!
Su interior estaba demasiado sensible y su cuerpo tuvo un espasmo. Aplastó sus labios contra los de ella y le masajeó el interior de la boca enrollando las lenguas. El beso fue corto pero profundo y lo acompañó de movimientos circulares con las caderas, llegando a puntos secretos de Lucia que le absorbían con gran alegría.
–Ah… Ah…
Hugo le quitó el pelo de la frente sudorosa y le lamió las mejillas encendidas que sabían como el resto de su cuerpo salado y dulce.
Como si remase, empujó las caderas con la respiración estable. Los labios de Lucia estaban hinchados y entreabiertos, así que Hugo aprovechó la oportunidad para besarla. Al parecer ese mes de enseñanza no había sido completamente inútil, ya que ella tomó la iniciativa de rodearle las caderas con las piernas y siguió sus movimientos.
A diferencia de antes, él se movió lo más lento posible. Su interior estaba hipersensible y hasta el menor de los movimientos la hacían palpitar. La respiración de Lucia se acrecentó y su mirada cayó sobre él.
Los ojos de él insistían en encontrarse con los de ella. El duque le cogió los pechos y le pellizcó los pezones. Le gustaba hacerla temblar y sacudirse.
–¿Estás incómoda?
–¿…Eh?
–Aquí. ¿Ya te sientes cómoda?
–Sí.
De vez en cuando le hacía preguntas para escuchar su voz. No es que le temiese o no confiase en él, simplemente nunca tomaba la iniciativa de acercarse a él y eso le estaba empezando a molestar.
–Si estás demasiado cómoda será un problema porque cuando terminemos todos los trabajos del ducado habrá que volver a la capital.
La capital.
Aquello sacó a Lucia de su aturdimiento sensual. Su cuerpo, que había estado ardiendo, se enfrió de repente.
El emperador moriría al año siguiente y el príncipe heredero ascendería al trono. El príncipe heredero y el duque de Taran habían mantenido un vínculo cercano, más que lealtad y subordinación lo suyo era compañerismo.
Cuando el príncipe heredero llegase al trono, el duque tendría que obedecer todas sus órdenes y ese sería el final de sus días de paz.
Lucia pensó que entonces tendría que conocer a la esposa original del duque. A pesar de que se sabía que el matrimonio del duque había sido de conveniencia, él no llegó a confirmar los rumores jamás.
Tal vez Lucia lo había malentendido y realmente habían sido una pareja locamente enamorada. La joven siempre se consideraba en deuda con ellos y odiaba el pensamiento de haber obligado a dos corazones a separarse.
Una mano le agarró por el mentón, sacándola de su ensimismamiento. Él la miró insatisfecho y la penetró para hacerla perder el aliento. Hugo continuó mirando a su esposa con intensidad mientras se subía las dos piernas en los hombros.
–¿Tienes tiempo para pensar en otras cosas? – Gruñó en voz baja mientras empezaba a mover las caderas.
Se preguntó en qué debía pensar la joven para parecer tan triste y le irritó que fuese algo sin ninguna relación con él. Sin embargo, no comprendía porqué aquello le irritaba y tampoco intentó comprenderlo.

*         *        *        *        *

Unos días después, Hugo habló mientras cenaban.
–Mañana vendrá la condesa de Corzan.
El súbito anuncio tomó por sorpresa a la muchacha.
–¿Tienes algo pensado?
Lucia asintió sin quejarse a pesar de lo molesto que era cuando alguien preparaba un plan y, sólo entonces, preguntaba si no había nada más que hacer.
Lucia hizo una breve pausa esperando más detalles del acontecimiento del día siguiente, pero él no se molestó añadir nada más, por lo que se aventuró a preguntar.
–¿Debo preparar algo para la invitada?
–Es la mentora que me pediste. Como la trates es cosa tuya.
–…Sí.
Era un hombre muy poco amigable. Su expresión era estoica y sus palabras cortas. Nunca había decía demasiado y tampoco se molestaba en explicar ninguna de sus palabras o lógica. Aun así, era interesante que respondía pacientemente todas las preguntas.
Luego le preguntaré los detalles a Jerome.
Jerome debía saber más sobre la condesa. El mayordomo no revelaba la información con facilidad, pero le había contado pequeñas anécdotas sobre el duque. Lucia le había ido preguntando sobre el pasado de su marido en sus conversaciones y con el tiempo había recopilado suficiente información como para entender la naturaleza de Hugo.
Sus hallazgos eran que trataba a todos sus subordinados de la misma antipática manera y, por supuesto, odiaba tener que dar explicaciones.
Si continuó molestándole con preguntas se irritará.
Redujo sus palabras a su alrededor drásticamente, guardando sus críticas en su corazón. Hugo echó un vistazo a su esposa, que estaba bebiendo vino tranquilamente sin la más mínima inquietud.
Hugo deseaba que su boquita pronunciase más palabras, aunque sólo fuesen unas pocas más. En su primera noche juntos había parloteado bastante, pero, después de que le pidiese que se callase y durmiese, ese lado suyo había desaparecido por completo.
–…La condesa de Corzan es la madre del actual conde de Corzan. Para ser exactos, es la condesa viuda. – Quería continuar hablando así que no le quedó otro remedio que romper el hielo proactivamente de nuevo.  – Su título es honorario. Se la considera la diosa madre de los nobles. Perdió a su marido muy joven y, aun así, no se volvió a casar y continuó protegiendo el condado de los Corzan criando a sus hijos ella sola.
–Ah… Qué persona tan increíble.
–Muchas familias nobles quieren que sus hijos aprendan de ella.
–¿Ya está bien pedirle a una persona tan increíble que me enseñe? Ya debe tener las manos llenas…
–No hay mayor honor que conseguir la posición de maestra en la casa ducal.
El conde de Corzan era el vasallo del duque, pero eso no convertía a su madre en su subordinada directa. Aun así, Hugo habló con arrogancia, dejándola atónita. Lucia continuó observándole y se preguntó cómo podía haberse encontrado con un hombre tan atroz. Sus sentimientos fueron convirtiéndose en orgullo.
No puede ser… No puede ser tan infantil…
Lucia le había estado describiendo como el adulto perfecto. Cada vez que bromeaba o se arrastraba hasta su lado para tocarla, ella lo dejaba pasar pensando en que era un jugador.
–Ya veo, gracias. Todo esto es posible gracias a que soy la esposa del duque.
–¿Sólo me lo agradeces con palabras?
–¿…Disculpa?
Hugo movió la mano y Jerome, que se percató, se apresuró a marcharse con el resto de las criadas y sirvientes.
En cuanto se quedaron asolas en el comedor, Hugo se levantó y se acercó a Lucia, que seguía perpleja y confusa. La atrapó poniendo las manos en su silla y se aproximó todavía más a ella.
–La condesa de Corzan no es fácil de impresionar. Es quisquillosa y muy particular. No parpadea por mucho que te involucres con su hijo durante tres meses o diez días.
–¿Y cómo la has convencido?
–No hace falta que sepas los detalles, sólo que me he esforzado mucho por ti.
¿Qué quería que hiciera? De vez en cuando, no le entendía en absoluto. ¿Quería que le halagase? ¿Tenía que sentirse honrada y agradecida?
Lucia vaciló, entonces, estiró su cuerpo y presionó sus labios contra los de él suavemente. Su respuesta fue casi correcta, pero no del todo. Él la miró como si tuviese un agujero en la frente, entonces, hizo una mueca.

–¿Sólo esto?
Title: Capítulo 15: La pareja ducal (parte 3)
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Writed by Nana L15R1

1 comentarios:

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Anónimo

Muchísimas gracias por los 3 capitulazos si que hubo acción n_n ese duque si se la devora jajajaja