Capítulo 12: El territorio del norte (parte 3)

El territorio del norte llevaba bajo el control de los nobles de Taran un incontable número de años, hasta el punto de que su reinado era inquebrantable. Había una regla no escrita que el Emperador no interferiría con las actividades del norte. Y, a pesar de que con semejante poder los duques de Taran podrían haber creado su propio país independiente, no se habían revolucionado en contra del emperador jamás.
La mayoría de la población veía a los duques de Taran como a los reyes del norte. Aun así, su rango sólo era el de un vasallo del emperador. Pagan impuestos, en momentos de guerra eran los primeros en luchar en primera línea, y además, eran los que se ocupaban de los conflictos con los barbaros de las fronteras. El emperador no podía interferir sin llevarse un buen dolor de cabeza. No todas las generaciones de emperador habían compartido esa opinión, pero mientras tuviesen un mínimo de cabeza, entendían que oponerse al duque de Taran no era una buena idea.
Los duques de Taran siempre defendieron su posición de gobernantes del norte y nunca interferían con las políticas de la capital, se centraban en los asuntos del norte. No obstante, eso había empezado a cambiar desde hacía siete años.
El anterior duque padeció una muerte abrupta y el duque actual heredó el título a la tierna edad de dieciocho años. Como futuro duque, tuvo que abandonar su territorio y convertirse en la vanguardia de varias guerras a lo largo del imperio.
Los logros del duque de Taran se sembraron en el campo de batalla. Su forma de luchar hacía temblar hasta a la tierra y al cielo. Los caballeros de las otras unidades no tenían ninguna oportunidad de sobrevivir si se enfrentaban a él y terminaban convirtiéndose en sus seguidores.
El territorio del norte había estado en paz mientras el duque había ido ganando sus méritos en batalla. El norte estaba lejos de la guerra, y sin importar los estrépitos que ocasionase su señor, sus tierras no sufrían ninguna consecuencia.
Hugo jamás recibió ninguna prueba para comprobar si estaba cualificado para gobernar el norte. De hecho, ya muy joven tuvo que abandonar su territorio durante mucho tiempo. La gente empezó a sospechar que su único talento estaba en la guerra y que no valía como gobernante. En otros territorios los duques imponían impuestos en los condados que les garantizaba cierta autonomía. Sin embargo, en el norte no funcionaba así. La familia Taran controlaba cada región al detalle. Eso incluía tanto los impuestos, como las leyes y los ciudadanos.
La anterior generación de Taran había prohibido cualquier forma de tiranía y los plebeyos de sus tierras vivían tranquilamente, sin embargo, muchos de los nobles creían firmemente que los Taran les habían robado sus derechos.
Los nobles que vivían alejados de los barbaros de la frontera sentían que el poder militar del duque era innecesario. Todas las regiones más cercanas a la capital se habían aliado y se burlaban del duque juntos. Incluso planeaban entregar una petición formal al emperador para independizarse del territorio norte. Y no sólo eso, también habían subido los impuestos a espaldas del duque para conseguir fundación para su ejército privado.
No obstante, cometieron un error fatal: ignoraron la verdadera personalidad del duque.
–Ugh…
No podía respirar bien porque le estaban estrangulando. Sentía el cuerpo pesado, como si le estuvieran hundiendo en la tierra. Le dolía la cabeza como si le estuvieran golpeando con un barrote de acero. El Conde Brown parpadeó cansado.
Intentó abrir los ojos, pero no pudo. Un líquido caliente le brotaba de la frente y no dejaba de gotear en su ojo. Se secó la frente con la mano temblorosa y descubrió que la tenía cubierta de sangre.
Una sensación terrorífica le recorrió la espalda. El conde miró atrás y estudió su entorno. Reconocía el lugar, estaba dentro de los muros de palacio.
Escuchaba un lloro ahogado desde algún lugar, se dio la vuelta y abrió los ojos como platos. Había una docena de personas arrodilladas en una esquina. Tenían las caras manchas de lágrimas, hiperventilaban y convulsionaban a la vez. Se tapaban la boca con la palma de la mano y tenían espasmos: era una imagen miserable.
Los conocía a todos: su esposa, hijos e incluso algunos de sus súbditos más leales. Todos aquellos con algún tipo de relación con el conde Brown estaban ahí.
Iba a preguntarles qué hacían allí, pero no le salió la voz. Cuando el conde miró a su familia, sus rostros empeoraron y rompieron a llorar. Sus ojos se llenaron de desesperación y odio hacia el Conde y él no podía hacer nada.
–Hemos dejado escapar a la rata.
–Mis disculpas, mi señor duque.
Se oyeron unas voces seguidas de unos pasos. Los zapatos de cuero pisando el suelo de piedra se hizo más y más fuerte. La puerta se abrió y un grupo de gente entró por el pasillo liderado por un hombre.
Los ojos del conde se abrieron y se estremeció. El líder del grupo tenía los ojos rojos y el cabello negro. Todos los habitantes del territorio del norte reconocían esas características inequívocas. Todos los duques de Taran tenían ese pelo y esos ojos. Hasta alguien que no hubiese visto su tierra sabría identificar esos rasgos.
El conde miró a un lado y cuando sus ojos se encontraron con los del duque, entró en pánico y empezó a retirase hacia atrás. El duque se le acercó; era como una serpiente acercándose a una rana temblorosa. El conde no pudo hacer nada, y sin otro remedio, bajó la cabeza al suelo.
El duque se detuvo a un paso de él y le pasó la espada por debajo del cuello para obligarle a levantar la cabeza.
El conde se preguntó por qué no se habría quedado inconsciente en el suelo. La armadura del moreno estaba manchada. No se podía apreciar el color exacto de las manchas, pero era obvio que se trataba de sangre.  El hombre mantenía su espada ensangrentada contra el cuello del duque y, cuando le vio mearse encima, frunció el ceño.
–Conde Brown. ¿Correcto?
–Sí… Sí.
–Tu hijo, que iba a heredar tu posición, ha huido. ¿Sabes dónde ha podido escapar?
–¿Eh?
Hugo chasqueó la lengua. El hombre había perdido casi toda la cordura y era demasiado tarde para conseguir buenas respuestas. Al parecer, atrapar a la rata le costaría un poco más. Hugo extendió la mano e hizo una seña. Un caballero le acercó un documento de inmediato.
–Esa firma es tuya, ¿verdad? – Dijo tirándole los papeles a los pies.
El conde cogió el documento con manos temblorosas y le echó una ojeada: era la petición que iba a enviarle al emperador. Todas las firmas de los otros nobles estaban perfectamente organizadas junto a la suya. El suelo, de repente, le pareció un pozo sin fondo. Era como si la muerte hubiese aparecido a su lado.
–Un… juicio. Deseo un juicio con el emperador…
La mandíbula del conde tembló sin parar. El conde Brown era el vasallo del duque Taran y, al mismo tiempo, el del emperador. Como vasallo del emperador tenía el derecho de solicitar un juicio con él para que mediase a su favor. No podía aceptar un juicio contra la traición al imperio.
–Un juicio. – murmuró. – Dice lo mismo que el tío de esta mañana.
El conde sintió un escalofrío por todo el cuerpo. Había escuchado la muerte susurrarle al oído y, sin titubear, se postró al suelo.
–¡Tenga piedad, por favor! ¡Perdóneme la vida! ¡Mi señor!
Su único pensamiento era salir de esa situación con vida. Estaba preparado para hacer cualquier cosa. El conde quería demostrar toda la riqueza que podía entregarle al duque, pero no consiguió reunir el suficiente valor para hablar. Era como si estuviese teniendo un ataque de corazón, sentía un tirón en el pecho y se le caían las lágrimas.
–Parecen clones. – La voz del duque rebosaba desdén. – Levanta la cabeza.
El conde alzó la cabeza tan rápida como si alguien le hubiese tirado del pelo. Sus ojos se encontraron con los rojos carmesí en los que no se hallaba ni la menos rabia o excitación y era precisamente por esto, que Brown estaba tan asustado. Sentía la intención de matar detrás de aquellos ojos indiferentes. Aquellos eran los ojos de un depredador agazapado a la espera de su presa.
–Tenga… piedad…
El observó cómo la espada se hundía en las profundidades de su pecho. Aun así, no intentó retroceder, simplemente, se quedó allí temblando. La espada continuó apuñalándole y el cuerpo de la víctima convulsionó. El conde Brown escupió sangre por la boca y los ojos se le pusieron en blanco.
Los caballeros ya habían sido testigos de la naturaleza asesina del duque en muchas ocasiones por lo que se habían acostumbrado a esa escena y le miraban con admiración pensando algo del estilo de: “esa maniobra ha sido muy difícil. No ha usado mucha fuerza, pero su espada ha penetrado la armadura y la carne del conde como si fuera tofu”. Y este tipo de pensamientos eran el motivo por el que los caballeros del duque le parecían unos locos a Fabian.
Hugo no se acobardó al ver las muchas expresiones de dolor del moribundo. Continuó empujando la espada hasta que cesaron los espasmos y se convirtió en un cadáver. La víctima había muerto más de miedo que de dolor. En cuanto dejó de respirar, sacó la espada y se la pasó por el cuello.
Se le rompieron los huesos y la cabeza rodó por el suelo.
–¡Aah…!
–¡Aah…!
Los parientes del conde que estaban en una esquina rompieron su silencio y empezaron a gritar.
–Cuánto ruido.
Cuando los caballeros escucharon la voz baja del duque, se miraron entre ellos y se acercaron a la gente del conde. Los nobles empezaron a lloriquear conforme se les aproximaban los soldados.
–¡Mi señor! – Gritó Fabian mientras se acercaba corriendo. – ¡No puede matarlos a todos! ¡Sino no quedará nadie para que trabaje aquí! ¡Habrá un paro en la administración!
Los caballeros se detuvieron; los familiares que quedaban cerraron la boca intentando ahogar su llanto y miraron a Fabian como si fuese su única esperanza. El duque era tan aterrador como un vampiro empapado de sangre. Sin embargo, a Fabian no parecía afectarle y gritaba dando pisotones en el suelo.
–Te he dicho que traigas gente de Roam.
–¿Cree que hay mucha gente en Roam? Sólo unos cuantos están calificados para trabajar aquí.
–No hay excepciones.
Un total de trece señores habían conspirado juntos y Hugo ya había visitado a siete de las localizaciones. Después de su visita seis regiones se habían visto envueltas en el caos. Los vasallos de los señores y cualquiera de sus hijos eran asesinados a sangre fría y el número de víctimas ya ascendía a unas cien.
–¿No puede hacer alguna excepción?  La cantidad de trabajo se me ha acumulado después de cada una de sus visitas, se me acabará rompiendo la espalda. ¡Rompiendo!
–Exterminaré toda fuente de posibles problemas. ¿Qué hacéis? ¿Esperáis que lo haga todo yo?
Los caballeros obedecieron y desenvainaron las espadas de inmediato. Hubo un pandemónium de gritos, llantos y choques de espada y, en cuestión de momentos, cincuenta personas se convirtieron en un montón de carne. El olor a sangre llenó los pasillos rápidamente.
–Ah…
Fabian suspiró. Podía ver cómo su trabajo aumentaba. ¡Ah, de verdad! ¿Por qué habían tenido que hacer el tonto sin saber su lugar? Fabian estaba más preocupado por sus vacaciones que por los muertos. Para los caballeros, Fabian estaba mucho más loco que ellos.
Ya lo había predicho, pero… Mata a la gente como si fueran bichos.
Fabian le dedicó unos pocos pensamientos a la cruel realidad. Se había acostumbrado demasiado. Toda la culpa recaía en aquellos que habían iniciado el desastre.
Si fuera yo, preferiría el suicidio. Idiotas.
Los nobles no entendían el temperamento del gobernador del norte en absoluto. Hugo odiaba complicar las cosas. Cuando algo se enredaba, prefería cortarlo que desenredarlo. Si algo no le satisfacía, para él no existía el perdón. Fabian de vez en cuando pensaba que su duque era demasiado cruel, pero era cien veces mejor que un líder indecisito.
–Partiremos mañana por la mañana.
–¡Sí! – Respondieron los caballeros con firmeza.
Fabian, que estaba a un lado, suspiró pesadamente. Se ocupaba los problemas a la ligera. A ese ritmo todo estaría arreglado en un mes.
Los señores de las trece regiones no era algo que podía tomarse a la ligera. Individualmente sus territorios eran pequeños, pero unidos, constituían una gran parte del norte. No obstante, los caballeros del duque de Taran no eran del montón. Habían estado luchando contra los bárbaros en la frontera durante años y se habían vuelto exponencialmente más fuertes. Guardaban experiencia real y sus habilidades en la matanza estaban a otro nivel. Además, el duque entrenaba con ellos cada día; no podían relajarse.
El duque y los caballeros habían estado cruzando el territorio, ocupándose de los bárbaros de la frontera hasta convertirse en máquinas de matar. Por eso, para todos ellos, aquella situación era como enfrentarse a un rebaño de ovejas.
Un caballero entró en el salón a paso ligero para pasarle la información al jefe de los caballeros. Elliott informó al duque.
–Le hemos atrapado.
–Traedle.
Muchos soldados se comunicaron entre ellos con asentimientos de cabeza y dejaron el salón. Poco después, dos caballeros entraron arrastrando a un hombre sin soltarle los brazos. El hombre estaba hecho un desastre, pero en cuanto vio el caos de los pasillos, empezó a gritar. Justo entonces, un caballero le pegó detrás del cuello haciéndole tambalearse y caer al suelo.
–¡Gua!
El hombre se arrastró por el suelo, quejándose. El duque no era tan amable como para permitir que continuase llorando e iba a patearle cuando el hombre empezó a reír.
–¡Buajajaja!
¿Estaba loco? Pero sus ojos seguían siendo cuerdos.
–Cállate antes de que decida partirte el cuello.
La amenaza silenciosa del duque acabó con la risotada del hombre, que intentaba calmar su respiración acelerada. Se arrodilló y bajó la cabeza al suelo.
–Máteme, por favor.
Eso era nuevo. Era la primera vez que alguien no le rogaba por su vida.
–¿Qué?
Fabian comprendió la pregunta del duque e intervino.
–Es el hijo de la anterior mujer del conde Brown. Hace un año se decidió que él sería el heredero, pero al parecer, sólo fue para poderle usar de cabeza de turco en caso de que el plan fallase.
–Los otros no preparan nada por el estilo.
–El conde Brown siempre fue muy detallista.
–Déjale a cargo de este lugar.
–¿De veras? – Fabian se regocijo.
–¡Máteme, por favor! ¡Mi señor!
El duque acababa de decir que le dejaría la región para él, pero el hombre continuaba con lo de querer morir. Fabian le miró furtivamente, preguntándose si se habría vuelto loco. Se había regocijado con la idea de que su cantidad de trabajo no iba a aumentar tanto, pero se había adelantado.
–¿Por qué?
–Odio la sangre… que fluye por mis venas.
El hombre se miró las manos con disgusto, mientras el duque se lo miraba con una expresión neutral.
–Odias la sangre de tus venas, – una sonrisa asomó en sus labios. – pero no te puedes matar. Entonces, vive soportando ese dolor.
Al igual que él, que no podía ignorar los lazos de sangre que corrían por sus venas.
El hombre alzó la vista y miró a Hugo sorprendido. El duque le dio la espalda.

–Me llamo Hue. En mi idioma significa demonio, diablo o algo así.
–¿Hugh? Gua. ¡Nos parecemos y hasta tenemos nombres parecidos! Yo me llamo Hugo.
–No Hugh, Hue. Idiota.
–Hue, Hue, Hugh. Si lo dices rápido suena igual. Hugh. Te llamas Hugh.
Él no contestó.
–Pensaba que estaba solo, pero ya no lo estamos. ¿Verdad, Hugh?
–Idiota. Tienes un cerebro tan brillante que se te ha quemado. ¿No entiendes lo que va a hacer nuestro viejo? Uno de los dos vamos a morir, o tú o yo.
–Te protegeré.
–Bastardo.
–Tú me puedes proteger también.
Al recordar el pasado, le dolió el corazón helado como si le estuviesen clavando agujas.
–Esto es por tu propio bien, Hugh. Te quiero, hermano.

Hugo quiso decirle algo más a su hermano que ya había dejado este mundo.
Te equivocas.
Si fuera por su propio bien, su hermano le habría apuñalado con la espada. Su hermano mayor le había tirado a este patético y sucio mundo.
Necesito alcohol.
Aun así, no se podía emborrachar. Aunque se bebiese todo el alcohol del mundo no se emborracharía. Da igual lo mucho que disfrutase del alcohol, las mujeres o la matanza, no podía embriagarse con todo eso. La familia Taran era así de terrible y él, por tanto, era un monstruo.
Da igual lo mucho que se bañase con la sangre de otros, instantáneamente volvía a ser un noble honorable. Ambas identidades reflejaban su verdadero yo.
Estoy cansado.
El mundo en el que vivía era… demasiado problemático.

*         *        *        *        *

En su tiempo libre, Lucia fue a explorar Roam. Las estructuras estaban construidas alrededor de la torre central y unos muros enormes bordeaban el castillo. Al norte, sur, este y oeste había otras torres y desde arriba de todas ellas se veía el territorio con vista de pájaro. Sin embargo, tenía prohibido ir a la torre oeste cuya puerta estaba firmemente cerrada. Se había acercado al lugar muchas veces, pero siempre estaba cerrado, por lo que decidió preguntarles a las criadas sobre ello.
–¿Por qué está cerrado? Traedme las llaves.
–Señora, será mejor que no entre.
–¿Por qué?
–Hay fantasmas. – Las criadas le respondieron con una incomodidad total y se estremeció como si estuviese explicando un cuento secreto.
–¿Fantasmas? ¿Los ha visto alguien?
La criada continuó con un discurso apasionado sobre todas las personas que habían sido testigos del horripilante fantasma, e incluso sacó una anécdota de una amiga. Aun así, eso significaba que ella no lo había visto personalmente, y la muchacha que sí lo había visto no era muy cercana a ella. Sólo era un rumor del que se había enterado.
–¿Y por qué aparece aquí? Debe haber un motivo, ¿no?
–…Yo tampoco sé la razón exacta, pero todo el mundo dice que los fantasmas aparecen aquí.
Lucia continuó preguntándole varias cosas sobre el tema y descubrió que la mayoría de los habitantes de Roam conocían la historia. Si se había esparcido hasta tal punto, entonces, ya no era un rumor cualquiera, debía haber otro motivo. Lucia recordó a alguien que podría saciar su curiosidad.

*         *        *        *        *

–Jerome, hay algo que me gustaría preguntarte.
Las palabras: “hay algo que me gustaría preguntarte” eran las que Jerome había acabado temiendo más. Su corazón se hundió y empezó a tener sudores fríos.
–Sí, señora. Hable, por favor.
–Es sobre la torre oeste. He visto que está cerrada y todo el mundo dice que hay un fantasma. ¿De verdad habita un fantasma allí?
Jerome tragó saliva. Como cabía esperar se su señora, no preguntaba nada normal.
–…Existen esos rumores, pero jamás he visto ningún fantasma.
–¿Eso significa que has entrado en la torre?
–Sí, sin embargo, la gente no deja de decir que todo aquel que entra en la torre se enfrenta a la mala suerte. Así que hemos decidido prohibir la entrada.
–Debe haber un motivo… ¿Por qué el rumor continúa existiendo?
–…Porque alguien murió allí.
–No fue… un accidente, ¿verdad?
–Sí, le asesinaron.
–Vaya. – Suspiró con tristeza, pero sus ojos brillaban. – ¿Quién, por qué y cómo? ¿Cómo se puede asesinar a alguien dentro de los muros del castillo? No debió ser un caso de asesinato normal.
Jerome dejó escapar un suspiro pesado. Reflexionó sobre si realmente debería contárselo a su señora, pero, al final, decidió que era algo que la señora de la casa debía saber. Para Jerome, Lucia ya era la duquesa perfecta de la casa de los Taran.
–Es un caso de antes que entrase a trabajar en la casa como mayordomo, así que todo lo que sé es de segunda mano. Los que murieron en la torre fueron el anterior duque y duquesa de Taran.
Lucia le había estado inquiriendo sobre el tema como quien lee una novela de misterio, pero al oír esas palabras, su rostro se endureció.
–…Cielos, no… ¿Por qué?
–Eso forma parte de la historia secreta de los Taran. Sucedió hace mucho tiempo, así que poca gente lo sabe. Creía que mi señora lo sabría. – Lucia había llevado una investigación muy larga y escuchó con atención. – Le dije que mi señor tenía un hermano gemelo.
–Lo recuerdo.
–El anterior duque temía que sus hijos luchasen por su título, así pues, tomó una decisión cruel: decidió permitir que uno de sus hijos le sucediese y abandonar al otro. No estoy seguro de si intentó matar a su propio hijo, sin embargo, el niño al que abandonó maduró y apareció ante la pareja ducal y acabó con sus vidas con sus propias manos.
Dios mío.
La estremecedora verdad de la familia Taran le caló y la hizo temblar.
–En ese momento, mi señor no estaba en Roam y pudo escapar de la muerte. Yo tampoco estaba en el castillo, así que desconozco los detalles del caso.
Lucia había asumido que su marido no había experimentado nada doloroso en toda su vida y, sin embargo, había tenido que pesar por algo así.
–Entonces… Su hermano gemelo… ¿mató a sus padres?
–El duque era su padre, pero la duquesa no era su madre. He oído que la madre pereció mientras daba a luz.
Era grotesco que un niño matase a su propio padre, pero le alivio que no hubiese asesinado a su madre. Tal vez fuera por sus propias experiencias. El padre de Lucia era alguien que no merecía ni desdén, pero su madre era todo el amor del que había disfrutado en ese mundo.
–Es alguien… muy fuerte. Jamás hubiese imaginado que ha pasado por algo tan cruel…
–Sí, mi señor es muy fuerte.

Lucia se entristeció como si comprendiese de donde había nacido aquella fuerza y deseó poder abrazarle en aquel momento. Tal vez ya no le importaba su pasado y, por eso, los sentimientos de ella podían ser una molestia para él, sin embargo, quería consolarle de algún modo. Puede que fuese un hombre algo egoísta y que dijera cosas hirientes, pero en ese momento, la joven sintió que podría perdonárselo todo. 
Title: Capítulo 12: El territorio del norte (parte 3)
Rating: 10 out of 10 based on 24 ratings. 5 user reviews.
Writed by Nana L15R1

2 comentarios

avatar
Anónimo

Muchas gracias por traducir, eres la mejor <3

avatar
Anónimo

Muchísimas gracias esta impresionante la historia esperando el que sigue >—< n_n