Capítulo 1: Consciente

De pequeño descubrí un secreto: podía ver números con mis ojos. En aquel entonces no le presté mucha atención a aquello hasta cierto día, a mis siete años. Los números de mis ojos disminuían rápidamente a cada paso que daba conforme me acercaba a una esquina. Estaba a punto de alcanzar la esquina y los números casi habían llegado a cero.
Me detuve.
En ese instante, un coche se chocó a cinco centímetros de mí y se estampó contra la pared del otro lado.
Salí ileso y el tiempo pareció retroceder cuando los números reaparecieron en mi campo de visión.
Crecí y empecé la escuela. Aprendí a sumar y a restar, intenté buscarles el sentido a los números de mis ojos, pero descubrí que no era suficiente. Una vez le pregunté a otros si ellos también veían números, pero creyeron que estaba gastándoles una broma y siendo travieso.  Así que, como nadie me creía, decidí guardarme el secreto hasta que aprendí a multiplicar y a dividir.
Un minuto son sesenta segundos; una hora son sesenta minutos. Un día tiene veinticuatro horas, por lo que un año tiene unos treinta y un coma cincuenta y siete millones de segundos. En ese momento, en mis ojos ponía: “dos mil trescientos sesenta y cinco millones doscientos setenta y ocho mil doscientos ochenta y uno”.  Hice los cálculos en un papel y me dio un resultado de, aproximadamente, setenta y cinco años. ¿Era mi esperanza de vida?
Al principio me pareció ridículo. Descubrí que había muchos factores que alteraban los números de mis ojos, como los exámenes. Si escogía la opción “C” en esta pregunta, mis números bajaban diez segundos, pero si la borraba y escogía la opción “B”, sumaban siete números más.
Sin que me importarse si las respuestas eran o no correctas, terminé el examen después de hacer muchos cambios, asegurándome de que se me restaba la mínima cantidad de tiempo. Sin embargo, sólo saqué un sesenta y tres. Las respuestas que reducían mi tiempo, por lo menos, no eran necesariamente incorrectas. Y pensé que los números de mis ojos me ayudarían a hacer trampas en este tipo de situaciones.
Ahora sólo podía apoyarme en mí mismo, por lo que contesté todas las preguntas con total seriedad desde ese momento.
El año en el que hice el examen de admisión a la universidad contesté todo el papel como debía. Pero cuando terminé la última pregunta, descubrí que mis números habían bajado significativamente. Pensé que había hecho mal los cálculos, por lo que revisé mis respuestas hasta tres veces, pero estaban bien.
Calculé mi tiempo y determiné que había perdido cinco años, así que cambié mis respuestas y mis números volvieron a subir.
Una buena nota a cambio de cinco años de vida.
Sonreí amargamente, ¡qué ironía!
Vacilé, pero por el bien de mi futuro, renunciaría a esos cinco años y conseguí una buena nota. 
Cuando salieron los resultados descubrí que había conseguido entrar en una buena universidad de la ciudad. De camino a casa estaba tan contento que no me fijé por donde pasaba, no vigilé dónde pisaba y me fracturé un hueso, así que tuve que guardar reposo durante tres meses y mi tiempo se redujo. Eso me hizo percatarme de algo: tenía que vigilar los cambios del tiempo que de mis ojos, porque a veces el cambio podía suceder en cuestión de segundos y no quería acortar mi vida por semejante margen.
Por supuesto, sucedieron muchos acontecimientos inesperados.
–¡Para, hazme caso y no entres a ese túnel! – Grité.
–¿Estás loco? Nos lo estamos pasando bien todos, ¿qué quieres hacer? – Mi amigo me miró descontento.
–Para, no voy a avanzar más. – Volví a gritar.
–¿Qué dices? – Me contestó mi amigo enfadado.
El coche aminoró la velocidad sin intención de detenerse y los números de mis ojos empezaron a bajar. Me precipité adelante y tiré del freno de mano: el coche se paró.
–¿Estás loco? ¡Loco! – Los otros tres pasajeros me miraron de una manera peculiar.
–Lo siento, no voy a seguir. No os preocupéis por mí. – Y me bajé del coche de inmediato.
–Estamos en la carretera, ¿estás loco? – Replicó mi amigo indignado.
Pero yo me limité a alejarme más y más por donde habíamos venido. Ya estaba a salvo, los números volvieron a su nivel habitual y mis amigos se marcharon para enfrentarse a una avalancha de rocas que engulleron el túnel entero.
Nadie sobrevivió y yo no supe qué hacer.
Empecé a huir de las multitudes, temía que mis números disminuyeran. Dejé de comunicarme y actuaba según los números que veía: cada minuto, cada segundo. Pero el tiempo continuaba bajando, inevitablemente.
Ante los ojos de mi yo de veinte años sólo quedaban treinta y cinco años. No había hecho nada, por lo que empecé a huir. El laboratorio era la localización más tranquila de mi universidad. Tenía buenas notas, por lo que creía que podría ser científico. Además, cada vez que algo iba a explotar – ya fuese por mi culpa o no – lo sabía y podía escapar.
Después de graduarme me convertí en el jefe farmacéutico de una empresa que manufacturaba productos de salud. No trabaja de eso porque fuera particularmente inteligente, sino porque así podría evitar el peligro. Tampoco me sabía los ingredientes de los fármacos, pero cada vez que experimentábamos, me inyectaba algo. No siempre me pinchaba, con acercármelo a la piel era capaz de ver si mi tiempo disminuiría o no. Si el tiempo disminuía, significaba que era un fracaso.
Ningún bajón de números podía ser un éxito. En estos cinco años no había sucedido tal cosa. ¡Qué ironía!
Hasta aquel día.
Mientras comprobaba las diferentes cantidades de químicos de una probeta, tiré una aguja que estaba manchada con lo que había en el tubito y cayó cerca de mí. Los números de mis ojos empezaron a aumentar por esa droga y me dediqué a memorizar los ingredientes y a experimentar sin parar. Hundía la punta de la aguja en una droga distinta y me la acercaba. Caí en un estado de frenesí total. Si el tiempo bajaba, volvía a la fórmula anterior y, así, al principio conseguí que mi tiempo aumentase uno o dos segundos; después, empezó a subir de diez en diez o de cien en cien hasta llegar al infinito.
Había inventado la inmortalidad.
En éxtasis me acerqué la aguja y me inyecté la droga. Fue increíblemente novedoso y, entonces, sentí cierta presión en mi cuerpo, y empecé a anhelar ciertas cosas. Los números crecieron enseguida hasta formar un ocho horizontal.

*        *        *        *

–Hola, soy la periodista Xiao Mei. Acabamos de recibir información de que un organismo desconocido ha aparecido en la empresa farmacéutica. Acompáñenme a comprobarlo.
–¿Y el cámara? ¿Por qué se ha empezado a correr? ¿…Hay algo detrás de mí…? ¡Ah…!
En las televisiones de cada hogar apareció una imagen estática. Todos los del vecindario se pusieron los abrigos y se prepararon para huir.

Porque había aparecido un zombi.

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Writed by Nana L15R1