Capítulo 4

El diario de coexistencia con la enfermedad era, en esencia, su testamento – al menos eso es lo que yo creía. Ella escribía cada día lo que veía y sentía en aquella libreta de tapa dura para dejarlo atrás. Evidentemente, parecía que ese método de registro tenía ciertas normas únicas.
No puedo decir que supiera ninguna, pero estaba bastante seguro de ello por lo que había observado.
En primer lugar, no escribía sus experiencias del día a día. En el diario de coexistencia con la enfermedad, sólo reunía las cosas con cierto valor para dejar después de su muerte, algo especial que había visto o sentido.
En segundo lugar, había decidido no dar información gráfica. Al parecer, pensaba que cosas como dibujos o gráficos no cabían en el papel, por lo que escogió escribir sólo con bolígrafo de punta fina negro.
Por último, decidió no enseñarle a nadie su diario hasta haber muerto. A excepción de mí, que ya había visto la primera página a causa de una fuerza superior. Al parecer, les había dicho a sus padres que se lo dejaran a todos sus seres queridos tras su muerto. Sea lo que fuere, aquellos a su alrededor recibirían su mensaje después de su muerte y, por tanto, eso lo convertía en algo similar a un testamento.
Pero, a pesar de que nadie debía tener la capacidad de influenciar ese registro, ni afectarse por ello hasta su muerto, yo le di mi opinión sobre el diario una vez.
Era en cuanto a mi nombre – no quería que apareciese en el diario de coexistencia con la enfermedad, simplemente, porque no quería recibir ningún escudriño, ni juzgamiento tras su muerte. Ella, en medio de nuestro trabajo como comité de la librería, comentó que: “aparecían varias personas” en su diario. Y, entonces, fue cuando le pedí que omitiera mi nombre.
–Yo soy la que escribe, es mi decisión. – Respondió. Yo me tragué fueran cuales fueran las palabras que tenía. – Si me dices que no quieres me dan ganas de escribirlo todavía más. – Añadió.
Me resigné a los problemas que acaecerían sobre mí después de la muerte de mi compañera de clase.
Mi nombre debía aparecer en las partes de la carne a la parrilla y de los postres, pero no en los dos días que precedieron al Paraíso de los Postres.
El motivo de ello es que no crucé ni una sola palabra con ella en clase. No fue algo raro porque siempre habíamos estado en nuestras propias cosas. De hecho, lo raro fueron esos días adornados con carne a la parrilla y postres.
Fui a clase, hice exámenes y volví a casa en silencio. A pesar de que, ocasionalmente, notaba las miradas de su mejor amiga y del grupo, llegué a la conclusión de que no era necesario dejar que me afectase.
Nada especial pasó durante esos dos días. Si tuviese que elegir algo, serían uno o dos incidentes menores. El primero era que un chico que ni siguiera me solía mirar demasiado, se me acercó para hablar conmigo en el pasillo.
–Hey, Compañero-del-montón, ¿estás saliendo con Yamauchi[1]?
Su forma de hablar tan poco elegante tenía cierta frescura. Sospeché que podría darse el caso que el joven albergase cierto afecto por ella, y que estaba lógicamente enfadado conmigo por ello, pero su aspecto sugería otra cosa. A juzgar por su cara, no estaba nada enfadado, de hecho, tenía cierta alegría en él. Debía pertenecer a ese tipo de gente que son manojos de curiosidad.
–No, en absoluto.
–¿Ah, sí? Pero fuisteis a por postres, ¿no?
–Fuimos a comer.
–¿Qué?
–¿Por qué te interesa?
–¿Mmm? Ah, ¿no me digas que te piensas que me gusta Yamauchi? ¡Ni de coña! Mira, me gustan las chicas más refinadas. – A pesar de que no le pregunté nada, él continuó parloteando. Al parecer, lo único en lo que estábamos de acuerdo era que ella no era refinada. – Ya veo, así que no era eso. Pues todo el mundo está hablando de eso, ¿sabes?
–Es un malentendido, así que me da igual.
–Qué maduro. ¿Quieres un chicle?
–No. ¿Podrías sujetarme el recogedor?
–Déjamelo a mí.
Era un chico escamoso que siempre se saltaba la limpieza, así que pensé que me rechazaría. Pero, contrario a mis expectativas, me sujetó el recogedor. Tal vez, no entendía el concepto de “limpiar” y alguien le había enseñado a hacerlo. Había estado dispuesto a hacerlo como debe ser.
No insistió más en ese tema. Este fue el primer incidente que ocurrió en aquellos dos días y que yo consideré irregular.
Conversar con un compañero de clase no era tan desagradable, pero, aunque el siguiente incidente era trivial, me dejó en un estado algo melancólico. El marcapáginas que debería haber estado metido en mi libro había desaparecido. Aunque, por suerte, recordaba en qué escena me había quedado, no se trataba de un marcapáginas gratis de una librería; era uno plastificado que me había comprado en una visita a un museo. No sabía dónde lo había perdido pero, en cualquier caso, hacía bastante tiempo que no me ponía triste y la raíz de mi amargura no era otra que mi propio descuido.
Sin embargo, a pesar de estar triste por algo superficial, aquellos dos días fueron normales para mí. Y como mi normalidad era tranquila, eso significaba que la chica que estaba tan cerca de la muerte, no me había perseguido.
La normalidad empezó a terminar la noche del miércoles. Estaba gozando de mi “normalidad” cuando recibí un mensaje.
Da igual lo mucho que esperase y desease, nada podía cambiar el hecho de que, en ese momento, no me percaté de los signos que anunciaban el principio de lo bizarro – seguramente, porque yo era un personaje. Hasta en las novelas, los únicos que conocen los escenarios son los lectores. Los personajes no saben nada.
El contenido del mensaje era el siguiente:
“¡Bien hecho en los exámenes! Después de los exámenes de mañana tenemos un día de fiesta, ¿no? [carita sonriente] Iré directa al grano, ¿tienes algo que hacer? Sí, ¿a qué sí? ¡Estaba pensando en ir de viaje en tren! [Símbolo de la paz] ¿Hay algún sitio al que quieras ir?”.
Sus suposiciones sobre la vida de los demás me cortó el rollo, pero había dado en el blanco con lo que no tenía nada que hacer, y no vi ningún motivo para rechazarla, así que le contesté:
Por supuesto, este mensaje se volvería en mi contra. Debería haber sido más consciente de lo que significaba dejarle la decisión a ella. Y así, a mi mensaje le siguió uno especificando el lugar y la hora. El lugar era una estación de tren prominente y enorme de la prefectura, y la hora era peculiarmente temprano, pero supuse que era otro de sus muchos caprichos.
Le respondí con sólo dos letras y ella me contestó con el último mensaje que recibiría aquel día:
“No puedes romper esta promesa de ninguna manera, ¿vale?”
Da igual lo opuestos que fuéramos, yo nunca rompía mis promesas, por lo que le contesté un último: “vale” y dejé el móvil en mi escritorio.
La palabra “promesa” era el meollo del truco de la chica. En realidad, tal vez yo era el único que lo interpretaba como un truco. Había creído que con “promesa” se refería a nuestra quedada del día siguiente, pero me equivocaba. Su “promesa” hacía referencia a lo que se me había escapado: “me da igual, podemos ir a cualquier sitio que quieras antes de que te mueras”.
Al día siguiente, me dirigí a nuestro lugar de encuentro bien temprano y me la encontré esperándome. Llevaba una mochila azul cielo que no solía llevar consigo, y un sombrero de paja que no solía ponerse – parecía que se iba de viaje.
Antes de saludarnos, ella se sorprendió por mi apariencia.
–¡Vas muy suelto! ¿Eso es todo lo que llevas? ¿Y tu ropa de recambio?
–¿Ropa de recambio…?
–Mmm, bueno, supongo que te puedes comprar algo allí. Seguro que hay un Uniqlo[2].
–¿“Allí”? ¿“Uniqlo”?
Por primera vez sentía cierta inquietud en mi corazón. Ella, haciendo caso omiso a mis preguntas y recelo, miró su reloj y me contestó con una pregunta.
–¿Has desayunado?
–No me he llenado mucho, pero he comido pan.
–Yo no. ¿Te importa si vamos a por algo?
Pensaba que no habría ningún problema en particular con eso, así que asentí. Ella hizo una mueca y empezó a dirigirse a su destino a grandes zancadas. Asumí que estábamos yendo a una tienda de conveniencia[3], pero fuimos a una de bentos[4].
–¿Eh? ¿Te vas a pillar uno de tren?
–Sí, es para comer en el Shinkansen[5]. ¿Tú no?
–Espera, espera, espera.
Cogí el brazo de la chica que estaba admirando los bentos en fila en la vitrina, y la aparté de la caja. La abuelita que estaba en la caja registradora había estado sonriendo agradablemente a la joven, pero cuando volvieron a encontrar miradas, la chica tenía una expresión de sorpresa que sorprendió a la abuelita.
–Esa debería ser mi cara.
–¿Qué pasa?
–¿Shinkansen? ¿Bento para el tren? Explícate bien, ¿qué vamos a hacer hoy exactamente?
–Nos vamos de viaje en tren, como te dije.
–¿O sea que, por “tren” te referías a “Shinkansen”? ¿Y cómo de lejos vamos a ir en este “viaje”?
Después de mostrar una expresión como si se hubiese acordado de algo por fin, se metió las manos en los bolsillos y sacó dos trozos de papel que reconocí como billetes.
Me pasó uno y, al mirarlo, abrí los ojos como platos.
–Eh, ¿es una broma?
Rió alegremente. Al parecer iba en serio.
–Dice que no vamos a un viaje de un día, parece que todavía podemos repensárnoslo.
–No, no, Me-llevo-bien–kun, no lo has pillado.
–Qué alivio. O sea que sí era una broma.
–No es eso, es que no vamos a un viaje de un día.
–¿Eh…?
A parte de la futileza del ejercicio, desde este momento nuestra conversación fluyó de tal manera que me sentí superado. Por conveniencia omitiré gran parte.
Ella se impuso y cuando intenté persuadirla, ella usó su as en la manga – los mensajes del día anterior. Y así, se benefició de mi intención de no romper promesas.
Antes de darme cuenta, estaba subido en el Shinkansen.
–Ah…
Estaba perdido sobre si debería aceptar esta situación mientras contemplaba la escena repleta de flores por la ventana de mi asiento. A mi lado, la chica disfrutaba de su arroz.
–¡Es la primera vez que me voy de viaje así! , Me-llevo-bien–kun, ¿tú lo habías hecho alguna vez?
–No.
–Te puedes relajar, ¿sabes? He preparado guías para lo de hoy.
–¿Ah, sí?
Hasta los que se dejan llevar tienen un límite; fruncí el ceño.
El dinero para los billetes salió de sus bolsillos, como con la carne en la parrilla. Me dijo que no pasaba nada, pero no podía no devolvérselo, aunque fuera a costa de la dignidad de un humano como yo.
Mientras me preguntaba si debía buscarme un trabajo a media jornada, me metió una naranja en la cara.
–¿Quieres?
–Gracias…
Recibí la naranja y empecé a pelarle la piel.
–No tienes energía, ¿eh? No me digas que tienes ganas de bajarte.
–No, me quedo. Estoy reflexionando en mi decisión de seguir tus planes y subirme en el shinkansen.
–Qué aguafiestas. ¡Hay que estar más alegre cuando te vas de viaje!
–A mí me parece más un secuestro que un viaje.
–¿Qué intentas decir con eso?
Volvió a hacer oídos sordos a mis palabras, cerró la tapa de su bento que acababa de terminarse y ató una goma elástica a su alrededor. Sus movimientos ágiles daban la impresión de que era un ser humano perfectamente vivo.
Me contuve de transformar en palabras el contraste entre la realidad que ella emanaba y la verdadera realidad, y procedí a comerme la naranja en silencio: un pedazo por bocado. Había comprado las naranjas en el quiosco, pero era inesperadamente dulces y suculentas. Eché un vistazo afuera y vi el paisaje rural que se extendía hasta el más allá, una escena que normalmente no habría visto. Descubrí un espantapájaros en el campo y, por alguna razón, aquello me hizo resignarme y aceptar el hecho de que resistirse era inútil.
–¿No hay un novelista que se llama como tú?
–Sí, aunque no sé a cuál te refieres.
Dos autores me venían a la cabeza con mi nombre y apellido como base.
–¿Por eso te gustan las novelas?
–No te equivocas del todo. Empecé a leer por eso, pero me gustan los libros porque me parecen interesantes.
–Mmm. ¿O sea que tu autor favorito se llama como tú?
–No, mi favorito es Osamu Dazai.
Ella abrió los ojos como platos visiblemente sorprendida al escuchar el nombre de semejante maestro literario.
–¿Con Osamu Dazai te refieres al que escribió: “Indigno de ser humano”?
–Exacto.
–Así que te gustan los libros sombríos como ese, ¿eh?
–Es verdad que la naturaleza meditabunda de Dazai está plasmada en el ambiente de sus libros, pero no se puede descartar ciertas palabras porque sean sombrías, ¿sabes?
Era raro que yo hablase con tanto entusiasmo. Ella me contestó poniendo mala cara, desinteresada.
–Mmm. Bueno, supongo que no va conmigo.
–Parece que no estás muy interesada en la literatura, ¿eh?
–Sí, la verdad es que no. Aunque leo manga[6].
Tal y como esperaba. No es que fuera bueno o malo, simplemente no me la podía ni imaginar leyendo una novela. Y con el manga igual, seguramente lo leía en su casa mientras holgazaneaba y hacía ruiditos por cada cosita.
Era inevitable que mi pareja de conversación no estuviese interesada en lo que tenía que decir, así que le pregunté algo que me daba curiosidad.
–A tus padres no parece importarles que te vayas de viaje. ¿Qué has hecho?
–Les he dicho que me iba de viaje con Kyouko. Si les digo que hay una última cosa que quiero hacer antes de morir, accederán a ello con lágrimas en los ojos. Pero, claro, si les dijese que voy con un chico no sé cómo reaccionarían.
–Eres horrible, ¿eh? Pisoteando los sentimientos de tus padres.
–Bueno, ¿y tú? ¿Qué excusa les has dado a tus padres?
–Como no quería preocuparles, les he estado mintiendo diciéndoles que tengo amigos. Así que les he dicho que me iba a casa de un amigo.
–Qué horrible y solitario.
–Pero ¿a qué se puede decir que nadie sale herido?
Ella sacudió la cabeza consternada y procedió a sacar otra revista de la mochila que había dejado a sus pies. Vaya actitud tenía la culpable de haberme obligado a mentir a los padres que tanto quería. Viendo que estaba absorta con su revista, aproveché la oportunidad para sacar el libro de mi mochila y me concentré en él. No quería hacer otra cosa que abandonarme a la historia y sanar mi corazón del desgaste que había sufrido por el escándalo que llevaba haciendo desde la mañana.
Mientras pensaba en esas cosas, me percaté que estaba tentando a al destino para que ella interrumpiese mi paz; la culpa de que me hubiese vuelto paranoico era de cierta persona. Me concentré durante una hora en la novela hasta que llegué a un buen sitio para parar. Justo entonces, me di cuenta de la paz que me había apañado a conseguir, pero que no esperé. Miré a mi lado para encontrarme a la chica profundamente dormida, con la revista descansando sobre su estómago.
No se despertó en todo el viaje. Ni siquiera cuando el Shinkansen llegó a la estación. Era como si su vida hubiese terminado en el tren, pero la verdad es que era alguien increíblemente difícil de despertar – no era una premonición, ni ninguna equivocación. Le pellizqué las mejillas con delicadeza y la nariz, pero ella se apartó todavía grogui y no mostró señal de despertarse. Cómo último recurso, le disparé una goma elástica que tenía en mi posesión a la mano – dio un brinco del asiento sobre reaccionando.
–¡Podrías haberme llamado para que me despertase o algo! – Dijo mientras me daba un golpe en el hombro.
A pesar de todas las molestias que me había tomado para despertarla – increíble.
–¡Nuestra primera parada! ¡Gua! ¡Huele a ramen!
–¿Eso no son imaginaciones tuyas?
–¡Lo huelo! ¿No será que tienes la nariz podrida?
–Me alegra que mi cerebro no esté podrido como el tuyo.
–Mi páncreas lo está.
–Soy un cobarde, así que mejor vamos a prohibir ese golpe bajo. No es justo.
–¿Y si te diéramos un golpe bajo a ti? – Dijo entre risas.
Pero como no tenía ninguna intención de contraer una enfermedad terminal de momento, la rechacé con educación.
Cogimos las escaleras mecánicas hasta donde estaban la tienda de souvenirs y el área de descanso. Parecía que lo habían renovado hacía poco. Me causó una impresión favorable y tenía un diez en limpieza.
Cogimos otras escaleras mecánicas para llegar a la planta baja, y por fin llegamos a las puertas de los billetes. Una sensación inesperada me asaltó en cuánto puse un pie fuera, tal fue la sensación que dudé de mis propios sentidos. Olía a ramen, como bien había dicho ella antes. Tal vez era verdad eso que se decía de que los de prefecturas urbanas huelen las salsas, mientras que los de prefecturas rurales, huelen el udon. Nunca había sido parte de ninguno, así que no podía negar la posibilidad, pero ¿quién se habría imaginado que un plato tan simple podía calar tan hondo en las vidas humanas?
No me hizo falta mirar a la chica que tenía al lado para saber que se estaba riendo disimuladamente de mí, así que me rehusé a mirarla.
–Bueno, ¿y dónde vamos?
–Jejeje. ¿Eh?
Qué molesto.
–Ah, ¿Que dónde vamos? Vamos a ver al Dios del Estudio. Pero, antes que nada, vamos a comer.
Ahora que lo mencionaba, tenía el estómago vacío.
–¿Qué te parece ramen?
–Ninguna objeción.
Seguí sus zancadas a mi propio paso entre el bullicio de la estación. Al parecer, nos dirigíamos a un restaurante del que había leído en una revista en el Shinkansen. Su modo de andar no mostraba ni signo de duda, ni de tener la intención de detenerse. Bajamos al subsuelo, salimos de la estación a una calle subterránea y nos encontramos delante de un restaurante de ramen antes de lo que habíamos previsto. Conforme nos acercábamos al establecimiento, el aroma a caldo se volvía más notable y había páginas de un famoso manga de cocina promocionando este restaurante pegadas a la pared exterior. Sin embargo, para mi alivio, no parecía una tienda extraña.
El ramen estaba delicioso. La comida llegó rápidamente después de pedir, y nos hinchamos enseguida. Ambos habíamos escogido el menú extra de fideos y, cuando nos preguntaron lo duros que queríamos nuestros fideos, seguí el rollo al es escucharla contestar: “como una viga de acero”. Y pensar que había una clasificación para la dureza de los fideos. Lo mejor sería que nadie se enterase de esto, pues me sonrojé abochornado.
Revitalizados por nuestra comida, nos subimos al siguiente tren. No hacía falta correr porque el templo del Dios del Estudio al que quería ir estaba a treinta minutos en tren, pero el líder de nuestra expedición nos instaba a darnos prisa, así que seguí el rollo.
Recordé un informe que había leído en algún lugar cuando estaba sentado en el tren, y separé los labios.
–Se ve que esta prefectura es un poco peligrosa, será mejor ir con cuidado. Al parecer, los incidentes con disparos son bastante habituales.
–¿SÍ? ¿Pero no pasa lo mismo en todas las prefecturas? ¿No te has enterado del caso de asesinato de la prefectura de al lado del otro día?
–No he estado mirando mucho las noticias últimamente.
–Lo dijo la policía en la tele. Pero al parecer los criminales que atacan aleatoriamente son los más difíciles de atrapar. ¡Dicen que los hijos del mal tienen la suerte del diablo!
–Eso no debería ser el punto clave de la historia.
–Eso lo piensas porque tú vas a seguir viviendo y yo voy a morir.
–Hace poco aprendí que no te puedes fiar de los proverbios. Lo recordaré.
Tardamos treinta minutos de verdad en el tren hasta llegar a nuestro destino. El cielo estaba tan despejado que me estaba poniendo de los nervios; sólo estando de pie ya me empezaba a empapar de sudor. Me pregunté si no pasaría nada por no tener ropa de recambio, pero, al parecer, nuestra siguiente parada estaba cerca de un Uniqlo.
–¡Qué buen tiempo!
Ella subió los escalones al templo a paso ligero con una sonrisa que competía con el sol. La escalera del precinto estaba llena de gente a pesar de ser un día laborable por la tarde. A ambos lados de la calle había tiendas de souvenirs, comida e incluso de una camiseta de apariencia cuestionable – era una escena digna de ver. Una tienda especializada en mochi[7] me llamó la atención y la fragancia dulce que emanaba me cosquilleaba las cavidades nasales.
De vez en cuando, la muchacha entraba a una tienda, pero, al final, no compraba nada. Por suerte, los vendedores eran comprensivos así que fui capaz de disfrutar de mirarlo todo en paz.
Empapados de sudor, por fin llegamos al último escalón y nos dirigimos directamente a una máquina expendedora que vimos. Perder contra una máquina expendedora, especialmente una instalada en una localización tan exquisita para aprovecharse de los transeúntes sedientos, era frustrante, pero era imposible resistirse a un instinto de supervivencia.
Ella sonreía, como siempre. Moviendo el pelo empapado de sudor de un lado al otro.
–¡Vaya si estamos en la primavera de la vida!
–Aunque la hierba esté verde, no es primavera… Hace calor.
–¿Alguna vez has estado en un club de deporte?
–No. Verás, soy de alta cuna, así que no pasa nada si no me muevo.
–No insultes a los de alta cuna. Deberías hacer más ejercicio, estás sudando tanto como yo y yo estoy enferma.
–Eso no tiene nada que ver con mi falta de ejercicio.
Hasta los que nos rodeaban habían llegado al límite – muchos se sentaron bajo la sombra de los árboles. Era un día especialmente cálido.
Nos separamos de los otros jóvenes, dejando a un lado nuestra deshidratación, y volvimos a investigar. Nos lavamos las manos y las pusimos sobre la estatua ardiente de una vaca, cruzamos un puente mientras contemplábamos cómo flotaban las tortugas, y al final, llegamos ante Dios. Recordé haber leído una explicación del porqué había una vaca en el camino, pero el tupido de calor me había hecho olvidarla. Ella, por otra parte, no parecía tener la más mínima intención de leerlo.
Nos posicionamos delante de la caja que usaban como “monedero de Dios” y tiramos una pequeña cantidad de dinero como ofrenda. Entonces, rezamos como tenía que ser: haciendo dos reverencias, dando dos palmas y una última reverencia.
En algún sitio había aprendido que, en realidad, las visitas al templo no eran para pedirles deseos a los dioses, sino que, en un principio, eran una expresión de la determinación de uno ante ellos. Pero, ahora mismo, no podía reunir ninguna determinación. No podía hacer otra cosa, así que decidí ayudar a la chica que tenía al lado y, fingiendo ignorancia, le pedí un deseo a Dios.
“Que se le cure el páncreas”.
No me di cuenta de que había estado rezando más tiempo que ella hasta que terminé mi plegaria. Era más fácil desear algo que sabíamos que no se iba a hacer realidad. Tal vez ella había pedido algo distinto a lo mío. No sentí la necesidad de preguntarse porque las plegarias se ofrecían en silencio, en soledad.
–He deseado estar alegre hasta que me muera. ¿Y tú, Me-Llevo-Bien–kun?
–Siempre pisoteas mis intenciones, eh.
–¿Eh? ¿No me digas que has pedido que me vaya debilitando lentamente? ¡Eres lo peor! ¡Me he equivocado contigo!
–¿Y para qué iba a pedir la desgracia de otra persona?
La verdad es que había deseado totalmente lo contrario de lo que ella había especulado, pero no se lo dije. Ahora que lo mencionaba, ¿no era el Dios de los estudios? Bueno, era un Dios, así que no creo que se preocupase por los detalles.
–Hey, ¡vamos a ver nuestra suerte[8]!
Fruncí el ceño ante su propuesta. Consideré que la fortuna no tendría ninguna conexión con su destino. Las predicciones eran sobre el futuro, pero esta chica no tenía futuro.
Ella corrió al puestecito donde vendían los papelitos de la suerte, metió cien yenes en la caja con seguridad y sacó un papelito. No me quedó de otra, así que tuve que seguirle el rollo.
–¡El que tenga mejor suerte gana!
–¿Qué te crees que son los papeles de la suerte?
–Ah, me ha salido excelente suerte futura.
Sonreía de oreja a oreja y yo, en mi corazón, estaba atónito. ¿Qué pensaban los dioses de esta chica? Así se demostró que los papelitos de la fortuna no tenían ningún tipo de poder. O, tal vez, se tratase de un acto de amabilidad por parte de los dioses para la chica sobre la que había acaecido una gran maldición.
–¡Jajaja! – Alzó la voz. – ¡Mira, mira! Pone: “tu enfermedad se curará pronto”. ¡Es imposible!
–¿Qué te gusta de esto…?
–¿Qué te ha salido?
–Pequeña suerte futura.
–¿Menos que suerte futura?
–Bueno, es menos que excelente suerte futura.
–Da igual, he ganado yo, jeje.
–¿Qué te gusta de esto?
–Guau. En el tuyo pone que encontrarás una buena pareja para el amor, ¡qué bien!
–Si tan bien te parece, no lo digas con desdén.
Inclinó el cuello y acercó su rostro al mío con una mueca en la cara.
“Es mona” – acabé pensado algo así de torpe. La escuché cacarear mientras yo miraba a otro lado. La chica no volvió hablar cuando dejó de reírse.
Nos fuimos del templo y volvimos por donde habíamos llegado, pero en lugar de cruzar el puente de antes, giramos a la izquierda y llegamos a la casa del tesoro, también conocida como el “Pozo de Iris”. Como había muchas tortugas flotando por el agua, fuimos a comprarles comida y se la echamos. Me distraje un poco por el calor y no salí de mi aturdimiento hasta que me di cuenta de que ella había empezado a hablar con una niña pequeña.
“No me sorprende de una humana opuesta a mí”, pensé mientras miraba su rostro risueño.
–¿Es tu novio? – Preguntó la niña.
–¡No, sólo nos llevamos bien! – Su respuesta confundió a la niñita.
Caminamos por un lado de la piscina cuando terminamos de darles de comer a las tortugas y nos topamos con un restaurante al que entramos por sugerencia suya. Era un local con aire acondicionado y ambos suspiramos aliviados. Había otros tres grupos de clientes además de nosotros: una familia, una pareja de ancianos elegantes y un grupo de cuatro señoras enzarzadas en una cháchara estridente. Nos sentamos en la mesa que daba a la ventana. Una abuelita de apariencia agradable apareció al poco tiempo con dos vasos de agua[9] y nos cogió el pedido.
–Dos umegae-mochi[10] y supongo que té. ¿Tú también quieres té?
Asentí con la cabeza y la abuelita sonrió antes de volver a la trastienda.
Me bebí el agua fría y sentí cómo la temperatura de mi cuerpo descendía. Sentir la frialdad de mis dedos fue un placer.
–Has dicho… algo así como “umegae-mochi”, ¿no?
–Es una especialidad de aquí. Salía en la revista.
–¡Disculpen las molestias!
Antes de que pudiese comentar que no habíamos esperado nada, nos dejaron dos platos de umegae-mochi y dos tazas de té verde en la mesa. Nos repartimos la cuenta, que teníamos que pagar por adelantado, y le dimos las monedas al camarero.
Cogí el pastelito de arroz blanco que parecía ser de producción habitual en la tienda, y su exterior crujiente se me hizo evidente. La dulzura junto a la sutil sensación salada de la pasta de judías rojas me llenó la boca en el primer bocado. Estaba buenísimo y el té verde iba muy bien con el dulce.
–¿A qué está bueno? Seguirme ha sido una buena decisión.
–Un poco.
–No eres sincero, ¿eh? ¿Si sigues así no volverás a estar solo cuando yo no esté?
Pensé que eso no me molestaría. Lo raro para mí era la situación actual. Cuando ella desapareciese, volvería a mi vida normal. Me encerraría en el mundo de las novelas sin hablar con nadie. Volvería a ese tipo de rutina. No es algo tan malo, pero, no creí conseguir que lo entendiese.
Cuando terminamos de comer, ella abrió la revista en la mesa.
–¿Qué hacemos ahora?
–Oh, te estás metiendo, ¿eh?
–He decidido que lamería el plato cuando he visto un espantapájaros en el tren bala.
–Ah, vale. No he entendido lo que acabas de decir, pero se me ha ocurrido una lista de cosas que quiero hacer antes de morir.
Eso era algo bueno. Seguramente se acababa de dar cuenta de lo inútil que era pasar tiempo conmigo.
–Cosas como ir de viaje con un chico, comer ramen de cerdo en su lugar de origen, y aunque acabamos de zambullirnos en el viaje de hoy, mi última meta de hoy es cenar estofado de asado. Si consigo todo eso, estaré muy contenta. Nos-llevamos-bien–kun, ¿hay algún sitio al que quieras ir?
–La verdad, no. Soy indiferente a las atracciones turísticas, así que no sé ningún sitio para ir. Ya te lo dije ayer en el mensaje, voy donde tú quieras.
Mmm, ya veo… ¿Pues qué hacemos…? ¡Ah!
Exclamó un sonido estúpido y el motivo para ello fue el sonido de algo rompiéndose y unos gritos. Me di la vuelta hacia el alboroto y me di cuenta de que una de las señoras ruidosas había alzado la voz histéricamente. La abuelita agachaba la cabeza a su lado. Al parecer, se había tropezado y se le había caído la taza de té. El estruendo de la cerámica al romperse sorprendió a mi compañera.
Seguí observando la situación y la estudié. A pesar de que la abuelita no dejaba de disculparse, la señora seguía poseída por la histeria porque le había salpicado y parecía estar loca. Miré delante de mí y también la vi a ella observar mientras sorbía su té.
Pensé que la situación se resolvería de alguna manera, pero mis expectativas fallaron: la señora explotó y empujó a la anciana de mala manera. La abuelita se tambaleó y se chocó con una mesa que dio la vuelta y cayó al suelo. La salsa de soja y el montón de palillos de usar y tirar se esparcieron por los suelos. El único que continuaba a un lado después de presenciar el estado de aquel asunto, era yo.
–¡Un momento!
La chica que compartía la mesa conmigo levantó la voz a un volumen que todavía no le había oído nunca y corrió al lado de la abuelita.
“Lo sabía”, pensé yo, que continuaba de espectador. Ella quería involucrarse en algo así. Puedo decir convencido que, si me cambiase y fuera ella, yo también me habría levantado.
La chica ayudó a la abuelita a levantarse mientras les gritaba a las señoras que consideraba sus enemigas. Por supuesto, sus contrincantes le rebatieron, pero ese debía ser su verdadero valor. El padre de la familia y la pareja de ancianos se unieron a la pelea y apoyaron a la chica al verla en acción.
El grupo de señoras enrojeció al recibir las críticas de todos los lados y se marchó a prisa del local quejándose en voz baja. Mi compañera comprobó que la anciana estuviera bien cuando las mujeres se fueron y la elogiaron. Yo seguía bebiéndome mi té.
La chica volvió después de poner la mesa cómo estaba, todavía un poco enfadada. Pensaba que estaría enfadada porque yo no hice nada, pero no era eso.
–¡Qué horrible! La abuelita se ha caído porque la señora esa le ha hecho la trabita.
–Ya.
En este mundo existe el concepto de que, tanto los testigos como los criminales, comparten culpa. Por eso, yo no era muy distinto a esas señoras y, por tanto, no las condené.  Pensé en que los hijos del demonio tienen el demonio de la suerte mientras miraba a la muchacha que se había enfadado por el bien de la justicia y que tenía los días contados.
–Muchos humanos van a morir antes que tú, ¿eh?
–¡Sí!
Sonreí con amargura ante su respuesta. Tal y como pensaba, cuando desapareciera, volvería a estar solo.
La abuelita le dio seis umegae-mochi de regalo cuando nos íbamos. Al principio los rechazó, pero los acabó aceptando por la insistencia de la anciana. A mí también me dio uno y disfruté de su textura. Estaba buenísimo.
–De momento vamos a la ciudad, tenemos que buscar un Uniqlo.
–Sí. He sudado más de lo que pensaba. Lo siento, te lo pagaré antes de que te mueras, ¿puedes prestarme un poco de dinero?
–Eh, no quiero.
–Eres un engendro del demonio, ¿eh? Nos veremos en el infierno.
–¡Guajaja! Es mentira. Iba en broma, broma. No hace falta que me lo devuelvas.
–No, también te devolveré todo lo que has pagado hasta ahora.
–¡Qué cabezón!
Cogimos el tren y nos dirigimos a la estación de la que habíamos salido. El interior del tren estaba tranquilo. Los ancianos dormitaban y los jóvenes se juntaban y susurraban. Yo me dediqué a mirar afuera porque la chica estaba leyendo su revista. La hora indicaba que se acercaba la noche, pero seguía habiendo luz en el cielo. Sería fantástico que siempre hubiese luz. Empecé a pensar en todo aquello por capricho.
“Si le hubiese pedido eso a Dios…”, murmuré para mí mismo mientras ella guardaba la revista y cerraba los ojos. Se quedó así, dormida, hasta que llegamos a nuestra estación.
Caminamos entre los estudiantes y trabajadores de la estación despreocupadamente. Pensé que los habitantes de esta prefectura iban más rápido y que, tal vez, fuera para evitar los problemas.
Lo hablamos y decidimos ir al único distrito que había Investigamos con los móviles y vimos que había un Uniqlo. Seguimos mirándolo y, al parecer, tendríamos que haber continuado en la primera línea sin salir, pero ella nunca había sido lo suficientemente meticulosa para preocuparse de algo así.
Nos subimos al metro y nos dirigimos hacia allá.
La noche había caído por completo y eran las ocho de la tarde. Estábamos sentados en un horigotatsu[11] comiendo estofado. El sabor me había dejado sin habla a mí, que había declarado que la carne era mejor a las entrañas. Por supuesto, la chica era tan molesta como siempre.
–¡Me alegra estar viva!
–No mientes, ¿eh?
Me bebí la sopa de mi tazón. Terriblemente delicioso.
Llegamos a la ciudad, fuimos al Uniqlo y, seguidamente, deambulamos por ahí. Entramos a una tienda de gafas porque quería comprarse unas gafas de sol y, después, fuimos a una librería que encontré. Contemplar el paisaje que no conocía era bastante agradable. Aun más tarde, perseguimos palomas en el parque y probamos las especialidades de la prefectura. El tiempo pasó volando. Conforme la oscuridad se abría paso, los residentes empezaron a hacer cola en las paraditas de comida de la calle mientras nosotros nos movíamos hacia el restaurante de estofado que le había llamado la atención. Como era un día de cada día – o tal vez por pura suerte – nos llevaron a la mesa enseguida.
–Todo gracias a mí. – Presumió, pero la verdad era que no había reservado ni nada parecido, no tenía nada que ver con ella.
No hablamos durante la mayoría de la cena. Estalló en halagos al estofado mientras yo me limitaba a comer. Me las apañé para disfrutar de la cena sin decir nada inútil. Yo no era de hacer otra cosa cuando tenía ante mí buena comida.
La siguiente vez que ella abrió la boca fue cuando el camarero añadió los fideos chinos a la sopa.
–Con esto ahora también somos compañeros de estofado.
–¿Estás intentando que parezca que vivimos bajo el mismo techo y comemos del mismo cazo?
–Más que eso. Nunca he comido estofado con ninguno de mis novios.
Soltó una risita. El motivo por el que su risa era diferente a lo normal era porque el alcohol había entrado en su sistema. A pesar de su estatus de estudiante de instituto, pidió vino. El camarero no intentó saber nada más y le confirió una copa de vino blanco, aunque a mí me habría alegrado más que hubiese llamado a la policía.
La chica estaba de mejor humor de lo normal y quería hablar más de ella de lo normal. Para mí era conveniente porque prefería escuchar lo que los otros humanos decían a hablar sobre mí.
En cuanto a nuestra conversación, ella empezó hablando de su primer novio que, al parecer, también era compañero mío.
–Es un chico súper majo. Sí, de verdad, se me confesó y pensé que como es tan buena persona y un buen amigo, pues me iría bien, por eso me costó entender que no era así. O sea, ya lo he dicho con bastante sinceridad, ¿no? Cuando empezamos a salir se enfadaba muy fácilmente y si discutíamos seguía cabreado mucho tiempo. Como amigos hubiéramos estado bien, pero ya no quería estar con él. – Se acercó el vino a la boca. Yo me mantuve callado, incapaz de simpatizar, y escuché lo que decía. – Hasta Kyouko puede decir cosas buenas sobre mi ex, porque parecía un chico majísimo por fuera.
–No parece tener nada que ver conmigo.
–Sí, Kyouko te evita después de todo.
–¿No has pensado que decir eso me haría daño?
–¿Te he hecho daño?
–No. Yo también la evito, así que estamos en paz.
–Aun así, quiero que te lleves bien con ella cuando me muera, eh.
Me miró directamente a los ojos con una expresión distinta a la de hasta ahora. Evidentemente, parecía haber dicho esas palabras con total seriedad. Sin otra salida, tuve que responder.
–Pensaré en ello.
–Sí, por favor. – Contestó ella.
Habló con sincera convicción. Mi corazón, que ya había decidido que no nos llevaríamos bien, vaciló un poco.
Nos fuimos del restaurante después de satisfacernos con el estofado y la agradable brisa nocturna nos acarició el rostro. En el restaurante había aire acondicionado pero los estofados le restaban utilidad. Ella salió después de mí del local porque había ido a pagar la cuenta y yo, acepté con la condición de que se lo devolvería todo.
–¡Gua! ¡Qué gustito!
–De noche sigue haciendo fresquito, eh.
–¿A qué sí? Bueno, supongo que es hora de ir al hotel.
Por la mañana me había hablado del hotel. Era un establecimiento de bastante gama que estaba conectado a la estación de esa mañana y, al parecer, era bastante conocido. En realidad, mi compañera había querido estar en un motel modesto, pero cuando sus padres se enteraron de sus planes le propusieron que se quedase en un sitio mejor y le proporcionaron el subsidio. No había ningún motivo para no aprovecharse de su amabilidad ahora que había llegado tan lejos. Por supuesto, la mitad del dinero que habían puesto sus padres era para su mejor amiga, pero la culpabilidad de aquello era suya, no era asunto mío.
No tardamos mucho en llegar al hotel. No, no es que dudase de su información, sino que el hotel estaba mucho más cerca de lo que esperaba.
El lujo y la elegancia del interior del hotel no me abrumó porque ya me había enterado de todo ello gracias a la revista que ella había traído. Seguramente, si no hubiese preparado mi corazón se me hubiese caído la mandíbula al suelo y también tendría que haberle hecho una reverencia a ella. Pero mi pizca de orgullo propio me lo impidió y me contenté con sorprenderme por fuera.
Aunque evité quedarme muerto, me inquieté en ese ambiente que no armonizaba con mi estatus social. Por eso, la dejé a ella hacer el registro mientras yo me quedaba sentado en el refinado sofá de la entrada y la esperaba en silencio. La comodidad de ese sofá era profunda y gentil.
Ella se dirigió al mostrador audazmente, como si estuviese acostumbrada a ello, y los empleados se inclinaron al verla. No dudé ni un momento que ella nunca sería una adulta decente, pero entonces recordé que no sería adulta a secas.
Observé como se ocupaba del recepcionista mientras bebía té de mi botella, claramente fuera de lugar. El recepcionista era delgado y llevaba el pelo hacia atrás – un joven con el porte de un recepcionista de hotel.
Justo cuando empecé a reflexionar sobre todas las molestias que el recepcionista tendría que aguantar, ella empezó a rellenar un formulario. No escuché su conversación, pero le devolvió el papel con suma refinación y el recepcionista empezó a introducir los datos en el ordenador. Confirmada la reserva, se dio la vuelta sin dejar de hablar cortésmente.
Ella se sorprendió y sacudió la cabeza. El rostro del recepcionista se puso rígido en respuesta mientras toqueteaba el ordenador una vez más, todo eso mientras hablaban. Ella volvió a sacudir la cabeza, se sacó la mochila de los hombros y le entregó un papel.
El recepcionista comparó el papel con la pantalla del ordenador y frunció el ceño conforme se alejaba del mostrador. Al igual que ella, esperé sin hacer nada en particular hasta que el recepcionista volvió con un hombre mayor; ambos inclinaron la cabeza después de lo cual, el más joven se disculpó y volvió a hablar con ella. Ella sonrió algo turbada.
Observé cómo se desarrollaba la situación preguntándome si habría pasado algo. Pensando haciendo uso de la lógica, el hotel debía haber cometido un error guardando la reserva mal, pero sentí que eso no era suficiente para explicar su sonrisa. Esperé que el hotel se ocupase del asunto como tenía que ser, por lo que no pensé demasiado en ello. En el peor de los casos, podrían esperar a que pasase la noche en alguna cafetería de ordenadores.
Ella no dejó de echarme vistazos aún con aquella sonrisa preocupada y, por ninguna razón en particular, asentí. No hubo ningún significado escondido en mis acciones, pero tras ver mi respuesta, le dijo algo a los dos hombres del mostrador y sus rostros se iluminaron de repente. Continuaron con la cabeza hacia abajo, pero esa vez, parecían estar dándole las gracias. El yo de minutos más tarde iba a desear darle una buena paliza al yo que había pensado que lo mejor era que se terminase su conversación. Como ya he dicho muchas veces, carezco de la habilidad de ocuparme de las cosas.
Ella volvió con la cabeza gacha después de aceptar la llave.
–Parece que has tenido un problemilla, ¿eh? – le dije mirándola a la cara.
Ella me devolvió mis esfuerzos con su expresión. Primero, apretó los labios para mostrar aprensión y bochorno, entonces, contempló la mía y por fin, como para hacer desaparecer todo lo anterior, me sonrió.
–Hey, parece que la han liado un poco.
–Sí.
–Han reservado las habitaciones que ya había reservado yo.
–Ya veo.
–Sí, y como es culpa suya, nos prepararán una habitación mucho mejor de la que habíamos reservado para nosotros.
–Eso es bastante bueno, eh.
–Hey…
Movió la llave al lado de su cara.
–Tendremos que compartir habitación, pero no pasa nada, ¿no?
–¿Eh…?
No había nada inteligente que pudiese contestarle a su sonrisa. Me estaba hartando de explicar este tipo de cosas y, si alguien pudiese ver lo que había dentro de mi corazón, el desarrollo de una situación como esta era bastante obvio, pero me abrumó y acabé compartiendo habitación.
Me gustaría que nadie pensase que era tan débil al flirteo que accedí a quedarme en la misma habitación que alguien del sexo opuesto fácilmente. Para resumirlo, tenemos problemas financieros y con sólo mencionar eso, se me negó la posibilidad de buscar otro sitio para mí. Dicho esto, ¿a quién le estoy dando excusas?
Sí, excusas. Si me hubiese mantenido firme y me hubiese ido en otra dirección, algo que podría haber hecho, ella no me habría podido detener. Sin embargo, no lo hice. ¿El motivo? Bueno, no estoy seguro.
En cualquier caso, acabé compartiendo habitación con ella. Y dicho esto, no pasó nada de lo que me pudiese sentir culpable. Puedo garantizar que seguimos siendo puros.
–¿A que dormir en la misma cama es emocionante?
Vale, el único puro era yo.
–¿Tú eres tonta?
Le fruncí el ceño a la chica que acababa de decir algo raro después de dar vueltas como si bailase bajo la luz de producía la lámpara que había en medio de la habitación. Me senté en el sofá de estilo occidental y le contesté lo que tenía más sentido.
–Yo me quedaré aquí.
–Venga ya, ¡tendrías que probar la cama ya que hemos conseguido una habitación mejor!
–Pues me tumbaré un poco en la cama luego.
–¿No deberías alegrarte de poder dormir con una chica?
–Para ya con esos atentos injustificados de asesinar la personalidad de uno. Mira, soy un caballero vaya donde vaya. Guárdate esas cosas para un novio.
–¿No sería divertido hacer cosas que no deberíamos porque no estamos saliendo?
Dicho eso, pensó en algo, sacó el Diario de Coexistencia con la Enfermedad de la mochila y se hizo unas notas. Solía ver ese comportamiento.
–¡Gua…! ¡Hay un jazuzzi!
Abrí la puerta de cristal y salí al balcón mientras la oía retozar por el baño. La habitación estaba en la décimo quinta planta del edificio y, aunque no era una suite, era demasiado lujosa para unos estudiantes de instituto. El baño y el lavabo estaban separados y la vista nocturna era espectacular.
-¡Gua! ¡Es maravilloso!
Antes de que pudiera darme cuenta, ella había salido y estaba disfrutando de la vista nocturna. Su melena larga se mecía en el susurro del viento.
-¿No te parece romántico que estemos los dos solos contemplando la noche?
Volví a la habitación sin responder. Me senté en el sofá, cogí el mando a distancia, encendí la televisión – que era enorme con la habitación – y zapeé por los canales. Había muchos programas locales que no solía tener la oportunidad de ver y los dialectos de los presentadores me llamaron más la atención que las tonterías de mi compañera.
Ella, abandonó el balcón, cerró la puerta de cristal y pasó por delante de mí para sentarse en la cama. Pude adivinar lo esponjosa que era la cama por su exclamación y expresión.
Como yo, miró la enorme televisión.
–Los dialectos son interesantes, ¿eh? “¿Has comido[12]?”, suena como un guerrero de antaño. ¡Qué raro! Aunque es un pueblo innovador, su dialecto suena antiguo.
Había dicho algo con bastante sentido para ser ella.
–Sería bastante divertido trabajar estudiando dialectos.
–Supongo que de vez en cuando sí que estamos de acuerdo, ¿eh? Hasta he pensado en estudiar estas cosas en la universidad.
–Qué bien, yo también quería ir a la universidad.
–¿Qué quieres que te conteste a eso?
Me hubiese gustado que dejase todas esas cosas serias y sentimentales. Ni siquiera sabía cómo se suponía que tenía que sentirme.
–¿No tienes ningún juego de preguntas de dialectos o algo?
–Veamos, bueno, a nosotros todos nos suenan como el de Kansai, pero en realidad hay un número bastante grande de variantes. ¿Cuántas variantes crees que hay?
–¡Diez mil!
–Eso es… simplemente imposible. Si no dejas de contestar tonterías me voy a enfadar, ¿sabes? Hay varias perspectivas, pero algunos dicen que el número real es alrededor de treinta.
–¿Eh? Vaya.
–Me pregunto a cuánta gente le has hecho daño hasta ahora…
Como era una chica con una red de conocidos amplía el número debía ser inmensurable. Vaya humana tan pecaminosa. Yo, que no me relacionaba con nadie más que conmigo mismo, nunca le haría daño a nadie. Y, en cuanto a cuál de nosotros era el más justo, creo que habría división de opiniones.
Ella miró la televisión en silencio un rato, pero poco después, incapaz de quedarse quieta, empezó a dar vueltas por la cama y, después de volverla un completo desastre, exclamó:
–¡Me voy a bañar!
Seguidamente, entró en el baño y empezó a llenar la bañera de agua caliente. Sacó varios objetos pequeños de su maleta con el agua corriente de música de fondo y encendió el agua del lavabo, que estaba en otra habitación que la bañera. Seguramente se estaba quitando el maquillaje. Aunque no es que me interesase.
Desapareció en el baño cuando la bañera rebosaba agua caliente con una mueca encantada.
–No se puede espiar.
Ese fue el estúpido consejo que me dio, pero yo ni siquiera la vi entrar en el baño. Porque era un caballero, ¿sabes?
La escuché canturrear en el baño, era una canción que había escuchado antes, seguramente en un anuncio. Me preguntó cómo demonios había acabado en esa situación en la que estaba sentado tan cerca de una compañera mientras se bañaba. Reflexioné y rememoré en mis planes y acciones. Observé el techo y la lámpara parpadeó.
Justo cuando llegué a la parte de mis recuerdos en la que ella me asaltaba en el tren bala, me llamaron.
–¡Me-llevo-bien–kun! ¿Me podrías pasar la crema limpiadora facial de mi mochila?
Cogí la mochila azul cielo, sin sentir nada en especial y sometiéndome a la voz que hacía eco desde el baño, que estaba a la izquierda de la cama y miré dentro.
No había sentido nada.
Por eso mi corazón dio un vuelco como si le hubiese atacado un terremoto cuando posé la mirada en el contenido.
El interior de la mochila era tan brillante como ella y, aunque no debería haber ningún motivo por el que agitarme, me latía el corazón. A pesar de que debería haberlo sabido, a pesar de que debería haberlo comprendido, a pesar de que ya debería haber pillado la premisa de su existencia, al verlo, me ahogué.
“Cálmate”, me dije.
Dentro de la mochila había muchas jeringuillas, una cantidad improcedente de pastillas, y lo que parecía un aparato para medir que no sabía usar. De algún modo, me las apañé para volver en mí y evitar que mis pensamientos divagaran.
Lo sabía, esta era la realidad. La verdad de que ella mantenía su vida con el poder de la ciencia. Cuando miré donde había posado mis ojos, sentí un horror acaecer sobre mí. Y en ese preciso instante, el rostro del miedo emergió se mostró.
–¿Pasa algo?
Me di la vuelta hacia el baño y le vi mover el brazo mojado a ella, que ignoraba el estado de mi corazón. Para evitar que se percatase de los sentimientos que habían nacido en mí, me apresuré a buscar la crema y se la pasé.
–¡Gracias…! Ah, esto es porque estoy desnuda. – Antes de que pudiese siquiera reunir una respuesta, ella empezó a reírse. – ¡Di algo al menos! ¡Esto da vergüenza! – Habiendo cumplido el rol de un hombre hetero en su pequeña rutina, cerró la puerta del baño.
Me acerqué a la cama que ella había ocupado antes y lancé mi cuerpo. Su elasticidad me engullo y, el cielo blanco, pareció tragarse mi conocimiento.
Estaba confundido, pero ¿por qué?
Debería haber sido consciente, debería haberlo sabido y debería haberlo comprendido. Pero, aun así, seguía apartando los ojos. Apartando los ojos de la realidad.
En realidad, con sólo ver esos objetos me gobernaban sentimientos erróneos. Como si un monstruo estuviese royendo mi corazón. ¿Por qué?
Mis pensamientos intranquilos dieron vueltas y vueltas, y yo me quedé dormido en la cama seguramente con los ojos dando vueltas también.
Desperté cuando la chica con el pelo mojado me sacudió el hombro. El monstruo había retrocedido por ahora.
–O sea que sí querías dormir en la cama.
–Como he dicho… Sólo quería probarla. Ya está.
Me levanté y me senté en el sofá y, para que ella no notase las heridas que había dejado el monstruo, observé la televisión lo más neutral que pude. Recuperé la serenidad y, el hecho de que pudiese conseguirlo fue un alivio.
La chica se estaba secando el pelo con el secador del hotel.
–Nos-llevamos-bien–kun, tú también deberías bañarte, ¡el jacuzzi es genial!
–Supongo que sí. Nada de espiar, que me voy a quitar la piel humana cuando entre en el baño.
–¿Te has quemado con el sol?
–Sí, supongo que eso también sirve.
Me dirigí al baño con la bolsa de Uniqlo llena de la ropa que había comprado con el dinero que ella me había prestado. Había una humedad pesada y una esencia dulce bailaba por ahí, pero sabiamente, lo ignoré con mi imaginación. Por si acaso, cerré la puerta con pestillo, entonces, me quité la ropa y me empapé debajo de la ducha. Una vez duchado, me sumergí en la bañera. Tal y como ella había dicho, cuando activé la función de jacuzzi me envolvió una sensación de felicidad imposible de describir con palabras. Los rastros del monstruo de mi corazón desaparecieron lentamente. Los baños son geniales. Gocé del baño del hotel de cinco estrellas al máximo ya que supuse que no volvería a tener una oportunidad como esta en los siguientes diez años.
Salí del baño y me encontré las luces apagadas, dejando la habitación en penumbra. La chica estaba sentada en el sofá que debería ser mi cama y en la mesa había una bolsa de una tienda veinticuatro horas que no había visto.
–¡He comprado aperitivos y cosas de la tienda de abajo! ¿Puedes coger esos dos vasos de esa estantería de ahí?
Como pidió, cogí los vasos y se los llevé a la mesa. Como el sofá estaba ocupado, me senté en el sillón elegante de al otro lado de la mesa. Como el sofá, su elasticidad tranquilizaba el corazón humano.
Me puse cómodo, ella bajó la bolsa de la tienda y sacó una botella cuyo contenido vertió en los vasos. Los llenó hasta la mitad de un líquido rojizo y, entonces, continuó llenándolos hasta que casi rebasaban con una bebida con gas de otra botella. Ambos líquidos se mezclaron creando un cocktail misterioro.
–¿Y esto es…?
–Licor de ciruela con soda. Me pregunto si lo he hecho bien.
–Lo llevo pensando desde el restaurante de estofado, pero sólo eres una estudiante.
–No me estoy haciendo la chula ni nada, sólo me gustan las bebidas alcohólicas. ¿No vas a beber?
–No me queda de otra…
Me llevé el vaso a la boca, con cuidado de no derramar el licor. Era el primer sorbo de alcohol que había bebido desde hacía tiempo y tenía un aroma nuevo y era inesperadamente dulce.
Ella se deleitó con su licor de ciruela, como ella había dicho, y esparció los aperitivos por la mesa, uno a uno.
–¿De qué tipo de sabor de patatas eres? Yo soy de consomé.
–Cualquier cosa que no sea sal es un ultraje.
–Vaya si vamos en direcciones diferentes, ¿eh? Pues sólo he comprado consomé, lo tienes merecido.
Observé que la chica parecía estar divirtiéndose y, por supuesto, el licor se estaba endulzando demasiado. El estofado me había dejado lleno, pero la comida basura me despertó el apetito otra vez. Le daba sorbos al licor mientras masticaba las patatas de consomé.
Cuando nos terminamos el primer vaso, ella los rellenó y propuso:
–Vamos a jugar a un juego.
–¿Un juego? ¿Vamos a jugar al shogi[13]?
–Tengo el suficiente nivel como para entender las reglas del shogi, pero me pareces un contrincante demasiado fuerte.
–Bueno, me gusta el tsume-shogi[14] porque lo puedo jugar solo.
–Qué solitario. Pues he traído cartas de póker.
Caminó hacia la cama y sacó una caja con una baraja de cartas de la mochila.
–Creo que jugar a cartas nosotros dos da más pena. ¿A qué quieres jugar tú?
–¿Al monopoli?
–Será una revolución tras otra y no habrá ningún ciudadano de a pie.
Ella soltó una risita, aparentemente, de buen humor.
–Mmm.
Parecía estar pensando en algo conforme sacaba las cartas de la bolsita de plástico y arrastraba los pies. Sin ser particularmente intrusivo, cogí un poky[15] que había traído y lo mordí.
Ella dejó de barajar las cartas a la quinta vez. Asintió la cabeza para sí, y sus ojos relucieron ante una nueva idea.
–Como estamos bebiendo podemos seguir el rollo y jugar a Verdad o Atrevimiento.
Junté las cejas al escuchar el nombre de un juego que no estaba acostumbrado a oír.
–¿Qué clase de juego tiene un nombre tan pesado como ese?
–¿No lo conoces? Pues te iré explicando las reglas mientras jugamos. Pero primero, la regla más importante: no puedes salirte del juego, ¿vale?
–En otras palabras, no puedo darle la vuelta al tablón de shogi, ¿no? Vale, no haría algo de tan poca clase.
–Tú lo has dicho, ¿eh?
Su risa traviese tenía un matiz odioso. Depositó todos los aperitivos en el suelo y puso las cartas de póker en un círculo boca abajo. Supe por su expresión que iba a explotar la diferencia de experiencia que teníamos para ganarme, y esa vuelta me animó: me decidí a vencerle una o dos veces. No sería ningún problema ya que la mayoría de juegos de cartas son batallas de ingenio y suerte. En cuanto entendiese las reglas la experiencia no serviría de mucho.
–Usamos cartas porque las tenemos, pero el piedra-papel-tijeras también serviría.
–Devuélveme mi fuego.
–Ya me lo he comido. Bueno, el que le dé la vuelta a la carta más alta del círculo será el ganador, y el ganador consigue el derecho.
–¿El derecho?
–El derecho a preguntar: “verdad o atrevimiento”. Ahora que hablamos del tema, con diez rondas creo que será suficiente. Por ahora, escoge una carta.
Tal y como me indicó, le di la vuelta a una carta: era un ocho de espadas.
–¿Y si cogemos el mismo número?
–Pues sería una faena, así que si eso pasa escogeremos otra. Ya te lo he dicho antes, me acabo de inventar esta norma porque pega, este juego no tiene nada que ver con el póker.
Giró una carta mientras se bebía su licor de ciruela. Era un once de corazones. No lo acababa de entender, pero sabía que estaba en desventaja, por lo que me preparé a mí mismo.
–¡Bien…! Ahora tengo el derecho. Ahora te pregunto: ¿verdad o atrevimiento? Y tú vas a contestarme que: “verdad”. Vale, ¿verdad o atrevimiento?
–Verdad… ¿Y ahora?
–Para empezar, ¿quién crees que es la más mona de la clase?
–¿Qué preguntas de repente…?
Esto es Verdad o Atrevimiento, ¿sabes? Si no puedes responder, tendrás que escoger atrevimiento. Y si escoges atrevimiento, entonces, decidiré lo que tendrás que hacer. No puedes evitar escoger una de las dos.
–Qué juego tan malévolo.
–Ya te lo he dicho antes, ahora no puedes salirte. ¿No has estado de acuerdo? No harías nada sin clase, ¿no?
Me quedé inexpresivo ante ella pensando en cómo mi resentimiento formaba parte de su plan y ella reía desagradablemente mientras se bebía el licor.
No, era demasiado pronto para rendirse. Debía haber alguna forma de salir de esta.
–¿De verdad existe este juego? ¿Estás segura de que no te lo estás inventando? Si es eso, insisto en que eso invalida mi aceptación de no salirme del juego.
–Qué lástima, ¿eh? ¿De verdad crees que soy el tipo de humana que no piensa sus planes a fondo?
–Sí.
–¡Muajaja! Es un juego que ha aparecido en muchas películas. Te aseguro que es real porque lo busqué después de ver una película. Así que gracias por reiterar que no te saldrás del juego.
Cacareaba como los habitantes del infierno, una malicia acechaba claramente en sus ojos. De alguna forma me daba la sensación de que había vuelto a caer en una trampa. ¿Cuántas veces iban con esta?
–Pero nada de violar el orden público ni la moral de nuestras verdades y atrevimientos. Ah, pero tú nunca has experimentado nada erótico, ¿eh? Vaya por dios, recuerda controlarte, ¿vale?
–Cállate, tonta.
–¡Qué malo!
Se terminó el licor del vaso y se sirvió por tercera vez. Su media sonrisa perpetua indicaba que el alcohol ya había empezado a circular por su sistema. De hecho, mi cara estaba roja desde hacía un rato.
–Antes que nada, mi pregunta: ¿quién te parece la más mona de la clase?
–No juzgo a la gente por su apariencia, ¿sabes?
–La personalidad no importa, es sobre la que te parece más mona. Si eliges atrevimiento no pienso ser misericordiosa.
Lo único que sentí fue malas vibraciones por sus palabras. Pensé en cuál sería la mejor manera de evitar daño en esta situación y, no me quedó de otra: elegí verdad.
–Esa chica es guapa. La que se le dan bien las mates.
–¡Ah! ¡Te refieres a Hina! Es una octava parte alemana, ¿sabes? Mmm, o sea que te gusta ese tipo de chica. No creo que tenga novio o algo, aunque sea guapa, y si yo fuera un chico seguramente también la elegiría a ella. Tienes buen ojo, ¡eh!
–Qué enorme ego tienes para decir que tengo buen ojo porque coincido contigo, eh.
Bebí más licor. Me había acostumbrado a su sabor.
Bajo sus órdenes, volví a coger una carta: quedaban nueve rondas. Era poco probable que pudiese escapar a medias, así que esperé que las preguntas que quedaban fueran mías. Sin embargo, no parecía estar teniendo mucha suerte. Saqué un dos de corazones y ella un seis de diamantes.
–¡Guuuo! Supongo que los cielos favorecen a los niños de buen corazón.
–De repente soy incapaz de creer en ningún dios.
–¿Verdad o atrevimiento?
–Verdad…
–Si Hina es el número uno, en términos de apariencia, ¿cuál es mi puesto?
–Entre las caras humanas que me puedo obligar a recordar: la tres.
Bebí más licor para prepararme con ayuda de su poder. Al mismo tiempo, ella también se llevó su vaso a la boca y bebió con más vigor que yo.
–Guau. ¡Soy yo la que lo ha preguntado, pero me da mucha vergüenza! O sea, ¿quién se iba a imaginar que Me-llevo-bien–kun respondería con tanta sinceridad! Es demasiado.
–Sólo quiero acabar esto rápido, me he resignado.
Su rostro se ruborizó, seguramente a causa del licor.
–Me-llevo-bien–kun, tómatelo con calma, la noche es larga.
–Eso es verdad. Sí que se dice que si no te lo pasas bien se hace más larga.
–Pues yo me lo estoy pasando muy bien. – Dijo sirviéndose dos vasos más de licor.
Como ya no quedaba soda, se llenó el vaso hasta el borde del fuerte licor de ciruela. Aún sin probarle sabía lo dulce que era por la fragancia que emanaba.
–Ya veo, o sea que soy la tercera más mona, ¿eh? Jejeje.
–Deja eso. Voy a sacar la carta. Vale, el doce de diamantes.
–¿De verdad no te vas a animar? Aquí voy. ¡Gua! El dos de corazones.
Eché un vistazo a su expresión decepcionada y me sentí aliviado desde lo más profundo de mi corazón. Lo único que quería en estas diez rondas era ganarle la mano. Juré que cuando acabase esto no volvería a unirme a estas actividades incomprensibles que llamaba juegos.
–Venga, Me-llevo-bien–kun, dilo.
–Ah, ¿verdad o atrevimiento?
–¡Verdad!
–Eh… Vale… Mmm…
Me pregunté qué quería saber de ella y se me ocurrió enseguida. No había otra cosa que quisiera saber de ella aparte de esto.
–Vale, ya me he decidido.
–¡Esto está empezando a hacer que me lata el corazón!
–¿Qué tipo de niña eras?
–Eh… ¿De verdad? Hasta me he preparado para revelar mis tres medidas.
–Cállate, tonta.
–¡Qué horrible!
Se inclinó hacia atrás y miró arriba, aparentemente disfrutando. Por supuesto, la intención que había tras mi pregunta no era escuchar sus recuerdos más apreciados. Lo que quería saber era cómo una humana cómo ella había llegado a ser así. Quería saber cómo ella, mi opuesta, había crecido. Cómo su entorno le había impactado y cómo les había impactado ella.
La razón era simplemente porque me parecía misterioso. Me pregunté cuán grande debía ser la diferencia de nuestras vidas para haber tanta diferencia entre nuestras naturalezas. Me interesaba si hubiese acabado como ella de haber dado un paso en falso.
–¿Cómo era de niña…? Eh… Bueno, me decían que era inquieta.
–Tiene sentido, eh. Me lo puedo imaginar.
–¿A qué sí? Como las chicas son más altas en primaria, solía pelearme con el chico más grandote de mi clase. Hasta rompí unas cuántas cosas: fui una niña problemática.
Efectivamente, debía haber una relación entre el tamaño del cuerpo de alguien y su personalidad. Mi cuerpo siempre había sido diminuto y débil. Tal vez era por eso que me he convertido en un humano introvertido.
–¿Con esto vale?
–Supongo. Sigamos.
A partir de ahí se ve que los dioses sí favorecen a los niños de buen corazón y, de alguna u otra manera, gané cinco veces seguidas. La orgullosa chica de cuando había empezado el juego desapareció, dejando a la chica a la que los dioses habían abandonado junto a su páncreas que bebía más licor a cada pérdida y que se había puesto de mal humor. No, para ser precisos, se disgustaba cada vez que escuchaba mis preguntas. A dos rondas para el final, tenía la cara roja y los labios apretados, y parecía que iba a deslizarse por el sofá. Era como si fuera una niña enfurruñada.
Las cinco preguntas y las respuestas que le había hecho decir en las cinco rondas eran las siguientes:
–¿Es una entrevista?
–¿Cuál es el interés que has tenido desde hace más tiempo?
–Si tuviese que escoger, supongo que siempre me han gustado las películas.
–¿Cuál es el famoso al que más respetas y por qué?
–¡Chiune Sugihara[16]! El que les dio visas a los judíos. Creo que es súper guay que hiciera lo que creía que era lo correcto.
–¿Cuáles crees que son tus puntos buenos y malos?
–El bueno es que me llevo bien con todo el mundo, y no estoy del todo segura de cuál es mi punto malo, pero supongo que me distraigo con facilidad.
–¿Cuál ha sido el momento más feliz de tu vida?
–Jeje, supongo que conocerte. Jeje.
–Sin contar lo de tu páncreas, ¿cuál ha sido el momento más doloroso de tu vida?
–Supongo que cuando se me murió el perro… Hey, ¿esto es una entrevista?
Hice una cara espléndida de ignorancia y respondí:
–No, es un juego.
–¡Pues pregunta cosas más divertidas!  – Chilló con ojos llorosos. Después de lo cual, procedió a beber otro vaso de licor. – Bebe.
Para no ofender a la borracha que me miraba con un semblante vulgar, yo también bebí. Así, me achispé un poco, pero se me daba mejor mantener la cara de póker que a ella.
–Quedan dos rondas; voy a sacar… El once de espadas.
–¡¿Qué…?! ¡¿Por qué tanto…?! ¡Gah!
Gimiendo de todo corazón de pena, frustración y exasperación, le dio la vuelta a la carta. Miré el número que había sacado y a mí, que hasta entonces estaba convencido de ganar, me recorrió el sudor por la espalda. El trece de espadas: un rey.
–¡L-Lo he conseguido…! ¿Mmm?
Al parecer el alcohol había llegado a las piernas de la chica que animaba y se levantaba a la vez, por lo que se tambaleó y volvió a caer en el sofá. Con una apariencia totalmente distinta a la de antes, se burló del estado anormal de su propio cuerpo.
–Hey, Me-llevo-bien–kun, perdona, pero, ¿esta vez puedes elegir después de que te haya dicho la pregunta y la orden?
–Por fin muestras tus verdaderos colores, ¿eh? Sin decir nada de las preguntas, sólo quieres dar órdenes.
–Ah, sí, sí. Al fin y al cabo, es verdad o atrevimiento.
–Bueno, supongo que no rompe las reglas.
–Vale. ¿Verdad o atrevimiento? La verdad es que me digas tres cosas que creas que son adorables de mí, y el atrevimiento es que me lleves a la cama.
Mi cuerpo se movió por sí mismo, tal vez incluso antes de que ella terminase de hablar. Aunque escogiese verdad, tendría que moverla de todas formas, así que no tenía nada que dudar antes de escoger la opción que me permitiría matar dos pájaros de un tiro. Sin hablar de que la verdad era asquerosa.
Al levantarme me dio la sensación de ser más ligero de lo normal. Me dirigí al sofá donde ella estaba sentada. Ella cacareó, regocijándose. Al parecer, el alcohol le había llegado a la cabeza. Le tendí la mano ante los ojos para llevarla por la mano. Cuando lo hice, ella dejó de reír.
–¿Y esa mano?
–Te estoy echando una mano, venga, levanta.
–No, no me voy a levantar porque no consigo darles fuerzas a las piernas – Levantó la esquina de los labios lentamente. – ¿No te lo he dicho? Llé–va–me.  Venga, vamos, que me lleves a caballito estaría bien, o hasta como una prince-… ¡Ah!
Antes de que pudiese terminar de mencionar esa bochornoso nombre, enterré los brazos detrás de sus rodillas y espalda y la levanté. Hasta el débil de mi persona tenía la suficiente fuerza para cargar con ella unos pocos metros. No podía vacilar, eso es lo que pensé. No había ningún problema. Como estábamos borrachos parte de la vergüenza había desaparecido.
Antes de que ella pudiese reaccionar, tiré a la chica que tenía en los brazos a la cama. El calor se deslizó de mis brazos. Ella permaneció paralizada con una aparente sorpresa en la cara. Sin aliento y no gracias al alcohol y a la fuerza física, vi cómo su rostro sonreía antes de empezar a reír como murciélagos.
–¡Qué sorpresa! ¡Gracias…! – Dicho esto, con acciones perezosas y lentas, se movió al lado izquierdo de la enorme cama y cerró los ojos.
Pensé que habría estado bien que se quedase dormida así, pero ella soltó una risita y golpeó la superficie de la cama con ambos brazos. Por desgracia, no parecía tener intención de perdonar la última ronda. Endurecí mi resolución.
–Bueno, es la última ronda, ¿eh? Le daré la vuelta a la que quieras especialmente para ti. Dime cuál quieres.
–Vale, supongo que la que está justo al lado de mi vaso.
Se quedó callada y dejó caer los brazos sobre el lecho. Yo, que seguía de pie, giré la carta cuya esquina estaba debajo del vaso. El siete de tréboles.
–Siete.
–¡Gua! ¡Ambi!
–¿Me lo puedo tomar como que eres ambivalente?
–Sí, ambi.
Ignoré a la chica que no dejaba de decir: “ambi”, después de que le gustase la palabra y observé el círculo de cartas para escoger la última. En momentos como este, hay gente que reflexionaría y haría su elección con sumo cuidado: pero se equivocan. Como escogemos bajo las mismas condiciones, no hay otro factor involucrado excepto la suerte. En estos casos, lo mejor es decidirse rápido sin mirar atrás.
Cogí una carta cualquiera del círculo y, con la mejor de mis formas, me aclaré la cabeza y le di la vuelta.
Lo que necesitaba era suerte.
Daba igual que fuera digno de hombría o no, el número no iba a cambiar. El número que saqué fue…
–¿Qué número es?
–El seis…
En este tipo de momentos yo, que era sincero hasta el punto de no poder mentir, estaba en desventaja. Seguramente habría sido más fácil si fuese un humano capaz de darle la vuelta al tablón de shogi, pero no quería ser uno así y no podía.
–¡Guo! ¿Me pregunto qué podría hacerte hacer…?
Dicho esto, se quedó callada. Yo me quedé de pie, sintiéndome como un preso en el corredor de la muerte, a la espera de su pregunta.
Por primera vez en un buen rato el silencio acaeció en el interior. Quizás fuera parte de la fianza del hotel y por eso no se escuchaba nada desde fuera, ni siquiera ruidos de las habitaciones de al lado. Era desagradable ya que, como estaba borracho, podía oír con total claridad los sonidos de mi propia respiración y corazón. También podía escuchar su respiración profunda y regular. Pensé que se había quedado dormida, pero cuando la miré, tenía los ojos abiertos como platos fijados en el techo.
Miré afuera entre las cortinas porque tenía mucho tiempo entre manos. Las calles bulliciosas todavía brillaban.
–¿Verdad o atrevimiento?
De repente, esas palabras llegaron desde detrás de mí, como si por fin hubiese llegado a una conclusión y, mientras rezaba por que no fuera nada que no amenazase a mi corazón, le respondí dándole la espalda.
–Verdad.
Cogió aire una sola vez – escuché el flujo de aire y pronunció la última pregunta de la noche.
–Si yo… Si yo te dijera que me da mucho, mucho miedo morir, ¿qué harías?
Sin decir nada, me di la vuelta.
Su voz era demasiado suave y eso me hizo pensar que mi corazón se paralizaría. Para escapar de los escalofríos tenía que asegurarme de que seguía viva, y por eso, me di la vuelta.
Podía sentir mi mirada posada en ella, pero, aun así, la chica continuó observando el techo inmóvil, con los labios sellados, sin interés en decir nada más.
Tal vez iba en serio. No conseguía comprender sus verdaderas intenciones. No sería raro, aunque fuera en serio. No sería raro, aunque estuviera bromeando. Si me lo tomaba demasiado en serio, no sabría contestar. Si me lo tomaba en broma, no sabría cómo contestar.
No sabía.
Como burlándose de lo débil que era mi imaginación, el monstruo de las profundidades de mi corazón volvió a respirar una vez más. Aterrorizado, ignoré mis propias intenciones y abrí la boca.
–Atrevimiento…
Ella no dijo si mi elección era buena o mala. Simplemente permaneció mirando al techo y me dio la siguiente orden:
–Duerme en la cama también, no se permiten objeciones ni oposiciones. Ambi… – Repitió cantándolo con una melodía.
Me frustré por la acción que tenía que llevar a cabo, pero como esperaba, fui incapaz de darle la vuelta al tablón de shogi. Apagué la electricidad, me tumbé a su lado y, simplemente, esperé a dormirme. De vez en cuando, la cama que no era solo mía se mecía porque ella se revolvía y daba vueltas en sueños. Parecía que no era de compartir.
La cama tenía el suficiente espacio para que los dos pudiéramos dormir con las espaldas bien puestas.
Éramos inocentes.
Inocentes y puros.
No tenía que buscar el perdón de nadie.
Ambos nos levantamos al mismo tiempo por la misma razón. Sonaba un móvil. Saqué el móvil de la mochila, pero no había ni una sola notificación – como eso significaba que debía ser el suyo, cogí el móvil del sofá y se lo pasé a la chica que estaba sentada en la cama. La chica de ojos adormilados abrió el móvil y se lo sujetó junto a la oreja.
De inmediato yo, que no estaba exactamente a su lado, pudo oír un rugido.
–¡Sakura…! ¡Dime dónde estás ahora mismo! – Sujetó el móvil a cierta distancia del oído con el ceño fruncido. Cuando la que hablaba se tranquilizó, se lo acercó a la oreja otra vez.
–Buenos días, ¿qué pasa?
–¡No me preguntes qué pasa! ¡Te pregunto que dónde estás!
Algo insegura, informó a la voz del nombre de la prefectura donde habíamos puesto los pies. Pude adivinar que la persona al otro lado de la línea estaba horrorizada.
–¿Qu-? ¡¿Por qué has ido hasta ahí y hasta le has mentido a tus padres diciéndoles que te has ido de viaje conmigo?!
Con eso, supe que la otra persona era Mejor-Amiga–san. Ella bostezó despreocupadamente en respuesta a su amiga que le estaba montando un pollo.
–¿Cómo lo has sabido?
–Tu madre ha llamado y lo he cogido yo – ¡Me ha costado engañarla!
–¿La has engañado por mí? Como esperaba de ti. Muchas gracias. ¿Cómo lo has hecho?
–Me he hecho pasar por mi hermana, ¡pero eso da igual! ¿Por qué has ido tan lejos como para engañar a tus padres para ir allí?
–Mmm…
–Además, si de verdad querías ir no tenías por qué mentir, podrías haberte ido de viaje. Yo te habría seguido.
–Ah, suena bien, vamos en verano. ¿Cuándo tienes vacaciones de las actividades del club?
–Miraré al calendario y te aviso, ¿vale…? ¡Venga ya!
El brillante halago y respuesta llegó a mis oídos con volumen para repartir. Aunque estuvieran hablando en tono normal, era posible escuchar cierta parte del contenido en una habitación silenciosa. Me lavé la cara y me lavé los dientes mientras la miraba hablar por teléfono. La pasta de dientes sabía más a menta que la que solía usar.
–Básicamente, te has ido a algún sitio lejano tú sola – No eres un gato a punto de morir, ¿sabes?
Era una broma que no se podía reír, pensé mientras escuchaba y ella le contestaba con algo todavía más difícil de pasar por alto pero que, en realidad, era verdad.
–No estoy sola.
Me dirigió una mirada con los ojos inyectados en sangre por el alcohol de anoche y aparentemente disfrutando el momento. Yo quería enterrar la cara entre mis manos, pero por desgracia, estaban demasiado ocupadas sujetando una taza y el cepillo de dientes.
–¿No estás sola? Eh, ¿con quién…? ¿Tu novio?
–Ni de coña, ¡ya sabes que he roto con él!
–¿Pues con quién?
–Me-llevo-bien–kun.
Pude escuchar la inocuidad al otro lado del teléfono. Continué cepillándome los dientes sin preocuparme más por cómo acabaría la cosa.
–¿Sabes? Tú-…
–Escucha lo que tengo que decir, Kyouko. Puede que te parezca raro y que no lo entiendas, pero algún día te lo explicaré sin falta. Por eso, aunque no acabes de estar del todo convencida, déjalo pasar. Y espero que te guardes el asunto para ti por ahora.
Su tono parecía haberse vuelto algo serio y, antes de que pudiera darme cuenta, había dejado a su mejor amiga sin palabras. Pensé que era normal. Después de todo, la chica había dejado a su mejor amiga para irse de viaje con un compañero de clase desconocido.
Mejor-Amiga–san continuó murmurando un rato al otro lado del teléfono. La chica sujetó el móvil contra su oreja pacientemente. Al fin, se pudo escuchar una voz.
–Vale…
–Gracias, Kyouko.
–Tengo unas cuantas condiciones.
–Lo que desees.
–Vuelve a salvo y cómprame un recuerdo. También tienes que ir de viaje conmigo durante las vacaciones de verano y, por último, dile al Compañero-que-tiene-una-relación-incomprensible-con-mi-mejor-amiga que si te hace algo, lo mataré.
–Jajaja, vale.
La chica colgó después de intercambiar un par de bromas. Yo me lavé la boca y me senté en el sofá que ella me había robado el día anterior. Mientras recogía las cartas de póker que estaban esparcidas por toda la mesa, le eché un vistazo y la vi acariciándose el pelo que todavía estaba despeinado por acabarse de levantar.
–Qué bonito es tener una mejor amiga que piensa en ti, ¿eh?
–A qué sí. Ah, a lo mejor ya lo has oído, pero parece que Kyouko va a matarte.
–Sólo si hago algo raro, ¿no? Además de ser inocente, explica las cosas bien, por favor.
–¿Y cuando me llevaste como una princesa?
–Oh, era un juego. Me sentía parte de una compañía de mudanzas.
–Supongo que Kyouko te matará oiga lo que oiga.
Cuando terminó de ducharse para arreglarse el pelo, nos dirigimos a la primera planta para desayunar en el hotel. El desayuno se provenía en forma de buffet, y como cabía esperar, demostraba la clase que tenía. Escogí comida como tofu y pescado en su mayoría, y me hice un desayuno de estilo japonés. Me senté al lado de la ventana y esperé a que llegase con una cantidad ridícula de comida en la bandeja.
–Tengo que comer mucho por la mana. – Dijo, pero al final se dejó un tercio de la comida sin tocar y me la tuve que comer.
Mientras comíamos le anuncie las alegrías de la planificación.
Otra vez en la habitación, herví agua e hice café; ella se contentó con té negro. Descansamos y miramos los programas matutinos en las mismas posiciones de la noche anterior. Era como si ambos hubiésemos olvidado la última pregunta del día anterior con los cegadores rayos del sol.
–¿Cuál es el plan para hoy?
Cuando le pregunté, ella se levantó enérgicamente, anduvo hacia su mochila azul cielo y sacó una libreta donde parecía haber metido los billetes del tren bala.
–Cogeremos el Shinkansen a las dos y media, así que nos da tiempo a comer y comprar recuerdos. ¿Vamos a algún sitio antes de eso?
–No conozco el área, así que te lo dejo a ti.
Pagamos la cuenta e inclinamos las cabezas a los empleados, siguiendo su decisión, nos subimos a un bus que iba al centro comercial que era, presuntamente, famoso. El centro estaba construido de forma que un rio pasaba por debajo. Tenía de todo, desde un teatro a tiendas para necesidades diarias, y parecía haber mucho turista extranjero. El edificio rojo causaba un impacto sin rival, un verdadero punto de referencia.
No sabíamos donde ir del edificio creado para ser complicadamente magnífico, pero cuando deambulamos nos encontramos con el espectáculo callejero de un payaso en el enorme espacio al borde del agua, y nos mezclamos entre los espectadores.
El espectáculo de unos veinte minutos fue entretenido y, al acabar, siguiendo las señas cómicas del payaso, deposité cien yenes en su sombro, como típico estudiante. Ella puso quinientos yenes pues parecía habérselo pasado en grande.
–¿No ha sido divertido? Me-llevo-bien–kun, también deberías hacerte artista callejero.
–Por favor, ten en cuenta con quien hablas. Me es imposible hacer un trabajo en el que tenga que atraer a otros. Por eso él me parece increíble.
–Ya veo, qué pena. A lo mejor yo lo pruebo. Ah, se me había olvidado que me moriré dentro de poco.
–¿Has sacado el tema para poder decir eso? Tienes un año, aunque será imposible llegar a su nivel, si practicas acabarás haciéndolo bastante bien.
Ella sonrió resplandecientemente ante mi sugerencia. Era una sonrisa que parecía contagiosa.
–¡Sí! ¡Es verdad! ¡A lo mejor lo pruebo!
Emocionada con sus prospectos de futuro, compró un par de objetos para practicar de la tienda de magia. Yo ni siquiera entré en la tienda durante todas sus compras. Como algún día actuaría para mí, no tenía sentido que la ayudase a elegir – por eso. No tuve otra alternativa, por lo que miré el anuncio de cosas de magia que tenían puesto en la vitrina con unos cuantos estudiantes de primaria.
–Ah, a lo mejor con esto emergeré como un cometa y las generaciones futuras conocerán mi nombre como: “la legendaria maga que desapareció de repente”.
–Si tienes talento a lo mejor sí.
–Un año de mi vida vale cinco del resto, así que funcionará. Lo espero con ganas.
–¿El valor del día de una persona no era incambiable?
Era seria sobre el asunto, su expresión rebosaba con un mayor brío de lo normal. Lo que hace brillar a los humanos es su habilidad para conseguir sus metas a pesar de su falta de tiempo. Ella, a mi lado, seguramente relucía con mucha prominencia.
El tiempo pasó volando mientras caminaba por el edificio con la chica brillante. Ella se compró algo de ropa. No dejaba de venir conmigo a enseñarme camisetas adorables y faldillas, y pidiéndome que las alabase todas, pero como no entendía lo que era bueno o malo en la moda femenina, decidí decir que le quedaba bien – unas palabras que carecían halago y crítica. Inesperadamente, esas palabras la pusieron de buen humor, así que me alegré. Y como no mentí, mi corazón no sintió ninguna punzada de culpabilidad.
Nos dejamos caer por una tienda que vendía cosas de Ultraman[17] por el camino, y ella me compró una figura de vinilo del monstruo que parecía un esqueleto de dinosaurio de regalo, pero yo no comprendí el motivo de su elección. Cuando le pregunté, ella me dijo que me quedaba bien. No me puso de buen humor. A cambio, yo le compré una figura de vinilo de Ultraman. Cuando le dije que le quedaba bien, ella se puso de buen humor: como siempre.
Dejamos las figuras entre nuestros dedos y, después de comer helado, nos volvimos para la estación. Cuando llegamos a la estación ya era casi por la tarde y nosotros, que sólo habíamos comido helado, fuimos a buscar los recuerdos antes de ir a comer. En el recinto de la estación había un espacio enorme donde sólo se vendían recuerdos y eso le llamó la atención.
Probó varios productos de comida y compró aperitivos y huevas de pescado para su familia y su mejor amiga. Yo también me compré unos aperitivos que habían recibido el premio de oro durante varios años consecutivos por la Monde Selection[18].  No podía llevar ningún recuerdo a mi casa porque había dicho que estaba en casa de un amigo. Era una lástima, pero no podía hacer otra cosa.
Comimos ramen en una tienda diferente a la del día anterior, y como todavía nos quedaba tiempo, bebimos té en la cafetería antes de subirnos al tren bala. Empecé a ponerse sentimental por el viaje. El yo del pasado al que ella había arrastrado estaba algo expectante.
–Tenemos que repetir el viaje. Supongo que el siguiente será en invierno. – Dijo la chica que observaba el paisaje desde la ventana de su asiento.
Yo estaba algo perdido sin saber cómo responder, pero al final, contesté con sinceridad.
–Sí, estaría bien.
–Oh, qué terriblemente sincero por tu parte. ¿Te has divertido?
–Sí, me he divertido.
Me había divertido. Eso es lo que sentía. Había crecido en una familia laissez-faire donde mis dos padres estaban ocupados y, por supuesto, no tenía ningún amigo con el que poder irme de viaje, por lo que me lo pasé mejor de lo que había esperado.
Por alguna razón, ella se sorprendió y, después de mirar, volvió a su sonrisa habitual y me cogió del brazo. Sin saber qué hacer, me asusté. Tal vez fuera porque se percató de cómo me sentía que ella me miró avergonzada, retiró la mano y susurró:
–Perdona.
–¿Qué? ¿Estabas intentando quitarme el páncreas a la fuerza?
–No, es que es raro que seas tan sincero, así que me he dejado llevar. Sí, yo también me he divertido muchísimo. Muchas gracias por venir. Me pregunto dónde podríamos ir a la próxima. Supongo que ir al norte estaría bien. Quiero saborear el frío.
–¿Por qué tienes que tratar tan mal a tu cuerpo? Odio el frío así que quiero escaparme más al sur.
–¡Gua! ¡Vaya, sí que vamos en direcciones opuestas!
Abrí el precinto del recuerdo que me había comprado para mí todavía mirando a la chica que había hinchado las mejillas con burla molesta. Le di un poco de los aperitivos y mordí el bollo. El sabor de la mantequilla era casi demasiado dulce.
Cuando llegamos al pueblo en el que vivía, el cielo veraniego había empezado a adoptar tonos ultramarinos. Cogimos el tren en nuestra estación habitual y montamos en nuestras bicicletas hasta llegar cerca de la escuela antes de separarnos en el sitio de siempre. Nos despedimos y nos fuimos por nuestros respectivos caminos para casa porque nos veríamos el lunes de todas formas.
Cuando llegué a casa, ni mi madre, ni mi padre habían llegado todavía. Me quedé en mi habitación después de lavarme las manos y la boca. Cuando me tumbé en la cama, una oleada de sueño se apoderó de mí y me quedé dormido mientras me preguntaba si estaba cansado físicamente, con falta de sueño o, tal vez, ambos.
Mi madre me despertó cuando fue la hora de cenar y me comí los fideos fritos mientras miraba la televisión. Aunque la mayoría dicen que todo hasta llegar a casa es un viaje, yo aprendí que el viaje sólo termina cuando comes tu comida de siempre en casa. Había vuelto a mi rutina.
No tuve ninguna noticia de ella durante el resto de la semana. Como siempre, me quedé en mi habitación leyendo libros y sólo salí por la tarde para ir a comprar helado. Pasé los dos días que faltaban sin hacer nada destacable y, la noche del domingo, me di cuenta de algo: había estado esperando que se pusiera en contacto conmigo.
El hecho de que me había ido de viaje con ella ya se había extendido por toda la clase en lunes.
No estoy seguro de sí estaba relacionado con eso, pero me encontré mis zapatos de interiores en la basura.
Fuera como fuere, no parecía que yo los hubiese tirado sin querer.



[1] En Japón, si no eres particularmente cercano a alguien, lo adecuado es referirte a esa persona por su apellido e, incluso, añadir honoríficos, como el “–san”.
[2] Uniqlo es una tienda de ropa japonesa. Es como decir: “Bershka” o “Zara”.
[3] Los konbini (コンビニ) o tiendas de conveniencia son una parte muy importante de la vida en Japón, ya que están abiertos 24 horas al día, 7 días a la semana, y en ellos podemos encontrar todo tipo de productos.
[4]  El bento(弁当), u obento – el término honorífico – es la palabra japonesa para una comida servida en una caja. Tradicionalmente, el bento era una ración de comida sencilla preparada para llevar, y que contenía arroz, pescado o carne y una guarnición o acompañamiento, por lo general a base de vegetales. Hoy en día, hay que pensar que casi todo vale en cuanto al tipo de caja o contenedor utilizado, así como en cuanto al contenido de la caja.
[5] El Shinkansen (新幹線) es la red ferroviaria de alta velocidad de Japón, operada inicialmente por la compañía Japanese National Railways JNR.
[6] Manga (漫画) es la palabra japonesa para designar a las historietas en general. Fuera de Japón se utiliza tanto para referirse a las historietas de origen japonés como al estilo de dibujo utilizado en estas.
[7] El mochi () es un pastel de arroz glutinoso tradicional japonés.
[8] Los omikuji (おみくじ) son pequeños papeles, doblados o enrollados, que podemos adquirir en la gran mayoría de templos y santuarios japoneses, que nos predicen el futuro y la fortuna. Y por su bajo precio son uno de los amuletos o engimono más populares en Japón. La predicción general puede tener uno de los siguientes grados, de mayor a menor fortuna: Daikichi (大吉), excelente buena suerte, Chūkichi (中吉), buena suerte moderada, Shōkichi (小吉), pequeña buena suerte, Kichi (), suerte, Hankichi (半吉), media suerte, Suekichi (末吉), suerte futura, Sueshōkichi (末小吉), pequeña suerte futura, Kyō (), mala suerte, Shōkyō (小凶), pequeña mala suerte, Hankyō (半凶), media mala suerte, Suekyō (末凶), mala suerte futura y Daikyō (大凶), gran mala suerte.
[9] En los restaurantes y bares de Japón antes de empezar a comer se proporciona a los clientes un vaso de agua y oshibori (おしぼり) que es una toalla de mano húmeda, fría o caliente para lavarse las manos.
[10] Los umegae-mochi son un tipo de croqueta dulce rellena de pasta de judía roja y envuelta en pastel de arroz originaria de Dazaifu. Es un dulce tradicional se suele comer caliente y recién sacado de la parrilla.
[11] EL horigotatsu es un tipo de kotatsu, una mesa con calefactor, en forma de comedor de patas largas y con sillas.
[12] Está imitando el dialecto.
[13] El shogi (将棋) es un juego similar al ajedrez. La principal diferencia está en que las piezas capturadas pueden utilizarse por el jugador que las captura. Esta diferencia hace que el juego tenga constantemente giros inesperados, sin saber cuál será el resultado del juego.
[14] Tsumeshogi (詰将棋) o tsume es el término en japonés para un problema de shogi cuya meta u objetivo final es hacer jaque mate al rey del adversario. Los problemas de Tsume presentan una situación que podría ocurrir en una partida de shogi y el revolvedor debe averiguar cómo realizar el jaque mate. Es similar a un problema de ajedrez.
[15] Pocky (ポッキー) es una golosina japonesa que consiste de un palito de pan cubierto con chocolate (también existen otros sabores) y es producido por Ezaki Glico Company.
[16] Chiune Sugihara (杉原千畝).  1 de enero de 1900 – 31 de julio de 1986. Fue un diplomático japonés que ejerció de vicecónsul del Imperio del Japón en Lituania. Durante la Segunda Guerra Mundial ayudó a alrededor de 6000 judíos a dejar dicho país y la Polonia ocupada por la Alemania Nazi y por la Unión Soviética mediante la expedición de visados de tránsito para que pudieran viajar a territorio japonés, hecho por el que puso en peligro su carrera y la vida de su familia.
[17] Ultraman (ウルトラマン) es un superhéroe ficticio de 40 metros de altura que apareció en la serie tokusatsu de la televisión japonesa, y la segunda Ultraserie Ultraman - Una Serie de Fantasía con Efectos Especiales (ウルトラマン - 空想特撮シルーズ), frecuentemente abreviado como Ultraman, la secuela de la serie Ultra Q.
[18] Monde Selection analiza, evalúa y premia, a través de sus sellos exclusivos, la calidad de un gran número de productos de consumo.
Title: Capítulo 4
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Writed by Nana L15R1