Capítulo 102: Con la señorita de pelo plateado


–¿Qué te pasa, Latina? Estás como ida.
La muchacha parpadeó varias veces e inclinó un poco la cabeza cuando le preguntaron aquello.
–No sé…
–Últimamente estás mucho así, como ausente. ¿Te encuentras mal?
–Ah, no. Estoy bien, de verdad.
Sacudió la cabeza riéndose un poquito como cuando era pequeña. No obstante, ese rostro que le sonreía había perdido la mayoría de su inmadurez.  A pesar de que él era capaz de ver a través de su sonrisa que algo la preocupaba, se aseguró de no empeorarlo.
–Ya veo.
Le cogeré de la mano para hacerle saber que siempre estaré a su lado. En aquel momento, me percato que hay cierta rareza en el aire. Al parecer no soy el único en darme cuenta y oigo el bullicio de fuera.
–¿Un arcoíris…?
Fue un espectáculo misterioso. Un arcoíris había escondido el cielo. Muchos arcoíris distintos ocultaban una parte del cielo. Él jamás había visto el cielo de esa forma.
–Los arcoíris aparecen cuando los Dioses nos miran…
–Sí… ¿La raza Demonio también cree eso?
–Sí. Cuando nací me dijeron que también se extendió un arcoíris por los cielos. Rag siempre decía que… yo había nacido bajo la atenta protección de los Dioses.
–¿Ah, sí?
Un arcoíris era una porción de divinidad ya que albergaba cada uno de los colores que representaban a los dioses y, por tanto, se decía que un arcoíris en los cielos era la prueba de que los dioses estaban interfiriendo con algún punto del mundo.
Al parecer cuando Dale nació también había aparecido uno. Aparentemente, este era un fenómeno recurrente entre aquellos con una protección divina de alto rango. Sin embargo, jamás se había oído hablar de que tantos arcoíris aparecieran a la vez.
Desde las ventanas se podían ver creyentes devotos por los suelos, rezando, y a otros temblando de miedo. Dale atrajo a Latina hacía sí casi sin notarlo, y ella frotó la cabeza contra sus hombros.
De repente, ella susurra un hilo de palabras que él no logra comprender.
–******, ***.
–¿Latina?
Al oír su voz, Latina le respondió con la expresión que solía tener aquellos días, como si estuviese soñando, con los ojos nublados.
–Un Rey… Ha nacido… Un nuevo Rey…
–¿Eh?
–Eso es lo que esto nos dice.
–¡Latina!
Dale exclamó su nombre con firmeza, agarrándola por los hombros. Dale se sintió una inquietud indescriptible viendo lo extrañamente que se comportaba Latina. En su cabeza estalló el pensamiento de tener que devolverla a la realidad.
–¿Eh…?
Sus enormes ojos parpadearon de forma exagerada con la misma expresión que tendría si la hubiese sorprendido un ruido. Latina miró a Dale quien se sintió aliviado desde lo más profundo de su ser volviendo a verla con aquella expresión inocente y normal.
–¿Estás bien, Latina?
–¿Qué? ¿Qué pasa, Dale? Me has sorprendido…
–Aquí el sorprendido soy yo. Estando tan  ida… ¿Qué pasa? – Latina pareció confundida al escucharle hablar e inclinó la cabeza a un lado. – ¿A qué te referías con lo de “Rey”?
–¿Eh? Verás… Este arcoíris significa que ha aparecido un nuevo Rey Demonio.
Dale frunció el ceño y juntó las cejas ante la respuesta tan natural de Latina.
–¿Eso es una leyenda de la Raza Demonio?
–No lo sé… – Latina volvió a inclinar la cabeza a un lado perpleja. – Rag… No, espera… A lo mejor fue… ¿Mov…? No sé quién me lo dijo… No fuiste tú, ¿no, Dale?
–Nunca lo había oído.
–Ya veo… Me preguntó quién me lo dijo…
Miró el cielo intentando recordar pero no lo consiguió.

*        *        *        *

En seis meses Latina iba a cumplir los dieciséis. Ya había pasado un año y medio desde que Dale la había reconocido como mujer y había cambiado sus pensamientos hacia ella pero ambos habían mantenido una distancia sutil entre ellos. Era como si su relación hubiese cambiado pero no mucho.
Aunque Dale había reconocido a Latina como una chica especial para él, también pensaba que sólo era una chiquilla. Que hubiese aceptado que Latina había crecido no significaba que, de repente, fuera a querer ponerle una mano encima. De hecho, creía que de ser ese el caso habría fracasado como persona. Y por eso y otros cuantos motivos aleatorios, habían acabado manteniendo esa situación – o, al menos, eso pensaba él.
Latina tampoco dijo nada de querer algo por su parte. Simplemente creía en las palabras de Dale y le sonreía con dulzura. Dicho todo eso es fácil pensar que Latina mimaba totalmente a Dale, aunque tampoco es que el buen hombre estuviese tranquilo.
Cuando empezó la pubertad el crecimiento de Latina había sido mucho más lento que el de las otras chicas de su edad, pero al parecer sólo había sido eso: era más lento. Su estatura no había cambiado demasiado pero cierta área sí se había hecho bastante más grande. Según parece esos genes de su madre que tanto le preocupaban no la habían afectado demasiado. A causa de su trabajo se movía muchísimo cada día y por ello era muy atlética, además, tanto sus piernas como sus brazos eran delgado pero no tanto como para dar la sensación de que podrían romperse en cualquier momento. Su cintura, por toda su actividad diaria, era bastante delgada dándole unas encantadoras curvas. Hablando claro: estaba muy bien proporcionada. La única niñez que emitía eran los restos de su inocencia.
En ocasiones, verla perdida en sus pensamientos sorprendía hasta a los que eran mayores que ella como Dale. Tal era su apariencia que sería apropiado describirla tanto como hermosa como hechizante.
Hablando con franqueza, la versión ya madura de Latina sólo podía describirse como hermosa. A pesar de ello, Latina seguía siendo tan indefensa como cuando era una niña y seguía mimando a Dale.
Era imposible que Dale, sin ser un monje ilustrado ni estar muerto por dentro, no sintiera nada teniendo a semejante belleza anhelándole.  Siendo conocedor de que todo lo ocurrido hasta el momento había sido culpa suya por no ser sincero con ella, Dale a veces pasaba sus días preocupándose por ella.
–Si no vais a estar juntos, pues vente conmigo.
–Me gusta Dale. Me dijo que espera a que crezca, por eso. Sólo está esperando.
–Pues ahora mismo puedes estar conmigo, ¿sabes?
–Dale es mejor.
Desde hacía un año y medio era habitual ver los dimes y diretes de Latina y Rudolf.
Rudolf había declarado que no tenía intención de retroceder e iba casi cada día al Ocelote Bailarín tal y como había prometido. Aunque al principio ambos estaban algo incómodos en presencia del otro, sobretodo después de que él se le confesara, Rudolf echó a un lado esos sentimientos e intentó tentar a Latina casi cada día por lo que no pasó mucho tiempo hasta que Latina fue capaz de rechazar sus acercamientos directamente.
Al principio, los clientes regulares asaltaban a Rudolf con sus miradas asesinas, sin embargo, todos los señores fueron disminuyendo su agresividad al ver que a Latina no le molestaba conversar con él y ser testimonios del corazón duro y resistente del muchacho. Otro motivo por el que se relajaron fue porque Rudolf, al acercarse tanto a Latina, se había convertido en el primero de la cola de pretendientes.
Rudolf tenía un motivo por el que mostraba tan abiertamente sus intenciones por Latina, aunque no era necesario. La razón por la que Rudolf se atrevía a hablarle incluso en el Ocelote era para mantener a raya a los otros hombres que la tenían en el punto de mira. Había detenido la corriente de confesiones de amor a Latina y había establecido el estatus actual de Rudolf. Se había esforzado muchísimo.
–Por cierto, Latina.
–¿Sí?
Rudolf, que durante aquel año se había acostumbrado al sabor de algo que no era zumo de fruta adulzado, la llamó mientras bajaba su copa de licor.
–Ahora mismo hay un viajante de la raza Demonio en la ciudad.
–¿Eh?
Latina inclinó la cabeza a un lado, perpleja, al oír sus palabras.

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