Mamá, solía odiarte


Una vez me pregunté a mi misma si había experimentado algo tan… inolvidable que se hubiese quedado grabado en mis huesos.
Entonces, pensé en ello.
En realidad, mi vida había sido bastante normal y tranquila.
Seguramente eso se debía a que todavía era joven.
Pero, pensándolo bien, al parecer odié a una persona: mi madre.

*        *        *        *

Por aquel entonces tenía cuatro años.
No conseguía recordar cómo era mi padre después de fallecer por culpa de mi edad y mis recuerdos confusos.
Sólo recordaba ciertos detalles.
El padre de mis recuerdos era un hombre muy, muy feroz.
Usaba algo así como una caña de bambú para pegarme hasta que agonizaba en el suelo.
Cuando no me portaba bien, me ataba a un taburete y no permitía que nadie me soltase.
Siempre me compraba esos libros de veinte céntimos tan baratos y me obligaba a escribir de la primera página hasta la última.
Todo lo que me hacía hacer era llorar y actuar; no sabía muy bien qué pensar de él.
Simplemente, creía que los padres de los demás también les pegaban.
Sin embargo, sus madres seguramente ayudaban a cambiarlo mientras la mía siempre nos observaba desde lejos.
Y por eso, empecé a odiarla.

*        *        *        *

El año que cumplí siete años.
Ella seguía siendo viuda aunque habían pasado tres años desde que mi padre había fallecido.
Totalmente sola, nos crío a mí y a mi hermano – que era dos años más pequeño.
Siempre decía que no cumplía sus expectativas.
Yo solía enfermarme a menudo y me tardaba bastante en curarme así que ella tenía que correr por todos lados en busca de doctores.
Fue entonces cuando debió quedarse sin dinero.
Así pues, se arrodilló delante de mi abuelo, el padre mi padre.
Mi abuelo le dio cien dólares y le dijo que tendría que devolvérselos.
Tantos nuestros amigos como nuestros parientes nos rehuían, sin que les importase si seguíamos vivos.
Por aquel entonces era joven e ignorante.
Siempre sentía que las madres de los demás tenían mucho dinero, pero la mía era tan pobre que tenía que pedírselo a todo el mundo.
Y por eso, la odiaba.

*        *        *        *

Tal vez fuera cuando tenía diez años.
El nuevo profesor de la escuela estaba grabando algo.
El profesor nos preguntó los nombres de nuestros padres.
Por aquel entonces, no sabía que podía escribir el nombre de mi madre así que no sabía qué hacer.
Por lo que el profesor me preguntó: “¿Ni siquiera sabes cómo se llama tu propio padre?”.
Me ruboricé y entonces, una chica del mismo pueblo gritó: “¡No tiene padre!”.
Al instante, todos los niños de la clase estallaron en carcajadas.
Vi la expresión de culpabilidad del profesor.
Sin embargo, yo fui la que bajó la cabeza y lloró durante un año entero.
Era culpa de mi madre por no mencionar nunca cómo se llamaba mi padre.
Mamá, te odio muchísimo.

*        *        *        *

Hubo un año en el que, al parecer, estuve esperando algo en la escuela.
Seguramente era después de clase; la lluvia caía a chorreones y a muchos de mis compañeros se les había olvidado traer paraguas.
Por aquel entonces tenía unos doce años y no dejaba de ver cómo alguien con paraguas venía a recoger a los otros niños.
Seguí esperando y esperando, pero no vino nadie.
Los otros niños tenían madres jóvenes, guapas y ricas, y parecían muy limpias.
Los celos me embargaron mientras les miraba desde un lado.
No obstante, no fue hasta que casi todo el mundo se había marchado que mi madre llegó al fin con un paraguas. Era muy vieja, fea y estaba toda sucia.
Todo el mundo pensó que quien me había venido a recoger había sido mi abuela.
Mi yo joven se preocupó de perder la dignidad así que bajé la cabeza y anduve tan lejos de ella como pude.
Pero ella se apresuró a sujetar el paraguas por encima de mi cabeza y se disculpó.
“¿Qué pasa? ¿Estás enfadada? No pretendía llegar tan tarde. Venía y corriendo y me he caído sin querer…”.
Vi que le sangraba el brazo.
Qué madre tan torpe.
Te odio muchísimo, muérete.

*        *        *        *

Cuando mi abuelo materno murió yo tenía catorce años.
Me escondí bajo la mesa y lloré.
Mi hermano pequeño lloró durante días, mi primo se arrodilló delante del cadáver y mis tías corrían dentro y afuera.
Así pues, estuve escondida debajo de la mesa todo el día.
Cuando me encontraron, mi tía dijo: “Niña, ¿por qué estabas ahí escondida? Ves a consolar a tu madre, ha estado llorando mucho y nadie consigue consolarla.”.
Salí temblorosa y bajé las escaleras para encontrar caras felices y tristes.
Ella había estado llorando hasta caerse al suelo.
Rodaba de un lado al otro como una niña montando una pataleta.
Cuando movieron a mi abuelo al coche fúnebre, sus emociones agitadas se convirtieron en histeria.
Todo el mundo lloraba pero de pie.
¿Cómo podía tumbarse en el suelo de esa manera?
Qué forma de quedar en evidencia; parecía tan infantil…
Mi estúpida madre era muy molesta.

*        *        *        *

En un abrir y cerrar de ojos pasaron más años y cumplí los dieciséis.
Era joven, rebelde y rebosante de ignorancia.
Mi madre estaba envejeciendo pero yo estaba en la cúspide de mi juventud.
Así que discutía con ella cada día, día y noche.
Aborrecía su preocupación ciega y sus regañinas, así que empecé a volver a casa tarde y me acerqué a todo tipo de sinvergüenzas.
Intentó tener bien sujeta.
Me llamaba día y noche para persuadirme de volver a casa.
Me fui en plena discusión.
A las tres de la mañana.
Cuando abrí la puerta la vi sentada en la entrada en un taburete de madera.
“¿Ya has vuelto?”.
Mi madre.
Me controlaba muy estrictamente, atándome a ella.
“Te odio mucho”.

*        *        *        *

Tenía tendencia a crear problemas. El siguiente accidente que recuerdo es de cuando tenía dieciocho años.
Tenía dos libros de romance que había estado leyendo.
Cuando lo vio, los hizo pedazos de inmediato.
Y por tanto, lloré y monté un alboroto como si no hubiera crecido aún.
Entonces, ella me dijo que me había criado con la esperanza de que estudiase y que no debería leer ese tipo de paparruchas o sino, me volvería tonta.
Yo le grité que era injusta y que no me dejaba hacer nada.
¿Por qué mi hermano pequeño podía hacer todo lo que quisiera?
Le pregunté por qué tenía ese favoritismo.
Siempre había sido cabezona desde pequeña; después de esa pelea me puse en huelga de hambre durante unos días.
Ella tenía una personalidad suave y era una llorona.
Y al ver que yo no comía ni bebía empezó a ponerse ansiosa.
Recordaré lo que pasó el resto de mi vida.
En otras familias, eran las hijas las que se arrodillaban ante sus madres.
Mi madre se arrodilló ante mí para dejarme ver lo mala hija que soy.
Mamá, siempre eres así.
Te odio muchísimo.

*        *        *        *

Cuando tenía veintiún años, me di cuenta que la mitad de su cabello era blanco.
Salí a la sociedad y empecé a trabajar.
Fue entonces cuando me percaté de lo difícil que era ganar dinero. Pensé en todos aquellos años en los que la había tratado con desdén por ser pobre, fui al mercado y le compré un pijama y se lo envíe.
Su felicidad por recibir el primer regalo de mi parte le duró años.
Siempre presumía de lo buena hija que era.
Hablaba de lo mucho que la quería su hija.
Se le daba de lujo engañarse a sí misma.
La odiaba muchísimo.

*        *        *        *

Cuando tenía veinticinco años empecé a salir con alguien.
Le miró de arriba abajo y le preguntó por su familia y antecedentes antes de relajarse.
Antes de atreverse a entregarme.
Cuando fui a casa él fue cuando me di cuenta de cómo era un hogar de verdad.
Y así, volví a sumergirme en mis recuerdos y recordé lo fea que me parecía de pequeña.
Compré maquillaje y se lo puse en las manos.
Y vi que todo su cabello era blanco.
En realidad, no la odio tanto.

*        *        *        *

A los treinta, ya no me atrevía a rememorar mis recuerdos. No me atrevía a mirarla a ella ni a pensar en todo lo pasado.
Ahora tenía una hija y mientras la miraba dormir fue cuando por fin me di cuenta de lo que mi madre sentía por mí.
Así que así es como se había estado sintiendo…
¿Qué es exactamente el amor maternal?
Aquel año cumpliría los sesenta años. No le quedaban dientes y tenía el pelo blanco.
Sin embargo, cuando me miraba, todavía brillaba.
La gente empezó a ignorarla cuando caminaba por las calles y nuestra familia se irritaba cuando estaba en casa.
Pero descubrí que…
En realidad, no era tan molesta.

*        *        *        *

A los treinta y cinco empecé a acompañarla más a menudo para ver cómo empeoraba más y más.
Tenía que repetir lo que decía varias veces cuando hablaba.
Sus malos hábitos no habían cambiado en absoluto. Cuando yo parecía estar cansada ella empezaba a llorar sin previo aviso.
No paraba de decirle que tenía que cuidar de ella misma y de su cuerpo mejor.
Pero ella me dijo: “¿Ah? Ya he comido, ¿y tú?”.
Yo le dije: “Cuídate mejor, no te agotes”.
Ella me dijo: “¿Qué? ¿Quieres que te haga fideos? Vale, vale…”.
Vi cómo se movía lentamente.
Empezó a trabajar en la cocina.
De repente, una lágrima cayó de mis ojos.
En realidad, ya no la odiaba.
Sólo tenía la esperanza de que llegase a los cien años.

*        *        *        *

Mi predicción se cumplió y llegó a los ciento y un años.
Para entonces yo ya tenía el pelo blanco.
Mi hija era una desobediente y mi hijo montaba alborotos.
Fue entonces cuando me di cuenta lo duro que debió ser para ella durante todos aquellos años.
Pero mi marido seguía conmigo y mi familia era feliz.
Mi madre, por aquel entonces…
¡Criaba a dos niños sola!
Las lágrimas me cayeron por las mejillas en medio de mi histeria mientras observaba al ataúd descender a la tierra.
No quería, me negaba a aceptar la realidad. No podía soportarla.
Me comporté de la misma forma que cuando mi padre me pegaba de pequeña.
De la misma forma que mi madre se había comportado cuando enterraron a mi abuelo.
Lloré y monté un alboroto.
En aquel instante me di cuenta.
Mamá, me gustas mucho.
Me gustas mucho, mucho.
Te quiero mucho, muchísimo.

*        *        *        *

Mi madre.
Fue a la deriva por mi bien y probó todo tipo de sufrimientos.
Cuando comía fuera, siempre se llevaba una bolsa y la llenaba de regalitos.
Si miraba cómo el vecino comía una galleta, ella iba, me compraba una y observaba cómo me la comía con una gran sonrisa.
Cuando era pequeña fui demasiado frívola.
Jamás me di cuenta de lo duro que fue para ella sin su marido.
Sólo sabía lo difícil que era para mí sin mi padre.
Pero se me olvidó que ella estaba criando a dos niños sin su marido.
Mamá, solía odiarte.
Pero ahora has desaparecido en un abrir y cerrar de ojos.
Quiero verte.
Quiero decirte todo lo que guardaba en mi corazón.
En realidad.
Me gusta…
¿Sabías que me gustas?
No se me dan bien la spalabras.
¿Te hice daño?
Ahora, cuando mi hija escribe poesías llena el libro entero.
Ahora, las galletas de treinta céntimos que solía comer cuestan un dólar.
Pero saben igual.
Como la que tú me trajiste aquella vez.
¿Por qué yo…
De repente quiero verte tantísimo?

*        *        *        *

Mi vida era normal.
Nunca experimenté ningún gran dolor o sufrimiento, ni pasé por nada horrible.
Sólo odié a una persona.
Sólo me gustó una persona.
Mi madre.
Hay mucho sufrimiento en este mundo.
No pasa nada.
Espera unos años más e te seguiré.
Cuando llegue el momento,
Quiero volver a llamarte: mamá.

*        *        *        *

Por fin me he convertido en abuela; mi hija ha dado a luz.
La vi volverse más atenta y empezó a hacer la colada y cocinar para mí.
En un abrir y cerrar de ojos, han pasado tres años y he tenido a mi nieto.
Mi oído empeora y la voz de mi hija empieza a ser poco clara.
De vez en cuando cierro los ojos y veo a mi mamá.
Me espera en mis sueños.

*        *        *        *

Al final.
Después de pensar en ello con esmero.
Mamá.
Parece que te debo algo.
En realidad, te quiero muchísimo y…
Lo siento.

Title: Mamá, solía odiarte
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Writed by Nana L15R1