Capítulo 3: La ciudad de los gatos

Había escuchado que se conocía esta ciudad como: “La ciudad de los gatos”. Efectivamente, de camino al hotel vi muchos. Como amante de los gatos, estaba impaciente por dejar el equipaje, sacar la cámara e ir de paseo pero decidí contenerme por el momento. Al parecer en ese pequeño pueblo se estaba llevando un funeral.
Una anciana había fallecido, eso es lo que la hija del dueño me había contado. Al parecer el hotel también contenía un restaurante y un bar y habían dejado a la muchacha a cargo del restaurante.
Dicen que la anciana estaba muy encariñada de los gatos y tiraba de un carretón con enormes platos de comida para los gatos del pueblo.
Pregunté:
–Ahora que ya no está, ¿qué será de ellos?
Y la chica me contestó que desde que la mujer se había hecho daño en la pierna hacía unos meses, su nieta se había dedicado a alimentar a los gatos.
–Quizás tendrías que haber ido al funeral.
–De camino hacia aquí me lo han dicho muchas veces, pero lo he rechazado.
–Pues de verdad que tendrías que haber ido. Siempre le había gustado estar en un ambiente animado.
La hija apoyó la barbilla en sus muñecas sobre la barra y sonrió. Sus ojos me recordaron un poco a los de un gato.
Más tarde aquella misma noche los que terminaron de ofrecer el pésame se reunieron en el bar. Cada uno de ellos compartía sus recuerdos de la anciana con el grupo, en el cual me incluía.
Cierta vez la anciana acarició cariñosamente la cabeza de un niño al que sus padres habían regañado y en otra ocasión celebraron una fiesta sorpresa que la pilló desprevenida, también hubo una vez en la que alguien dio a luz y la anciana se regocijó como si hubiera sido su propio hijo. Uno de los presentes habló de su marido, que había muerto tiempo atrás, y de cómo la rutina de la anciana de alimentar a los gatos había empezado el mismo día.
–El corazón de un wake[1] es compartir este tipo de historias. – Dijo alguien y virtió más vino en mi copa.
–Por cierto, ¿la anciana no tenía gatos en su casa?
Esa pregunta me pasó por la mente cuando el alcohol empezó a hacer efecto pero, pensándolo bien, como la mujer amaba tanto a los gatos de la ciudad debía pensar en ellos como sus propias mascotas. Sin embargo…
–Tenía un gato, una hembra persa, blanca como la nieve y con la punta de las orejas marrón.
Antes de darme cuenta, la hija del dueño del hotel estaba sentada a mi lado.
–¿Tenía su propio gato? ¿Y por qué les daba de comer a los callejeros?
–Sí, supongo que le gustaban y ya, o que fuera porque era muy amigable. –hizo una pausa y añadió. – como un gato. – y me sirvió más vino.
Consideré el decir: “pero todo el mundo por aquí es muy amigable”, pero decidí callármelo. No había final para las anécdotas de la anciana, pero no podía seguir bebiendo.
–Lo siento, tengo que levantarme pronto.
Me excusé y volví a mi habitación.
Al día siguiente me desperté temprano y decidí dar un paseo por la ciudad. Había gatos por todas partes, al otro lado del camino, encima de un muro, bajo la sombra de un árbol, debajo de un coche… Después de espiar gatos por toda la ciudad me topé con una jovencita que tiraba de un carretón cargado de platos enormes de comida. Debía tratarse de la nieta de la anciana.  La muchacha llamaba a los gatos, uno a uno, y les daba de comer. Al pasar asentí con la cabeza a modo de saludo, ella me miró a la cara y determinó que yo no era un gato así que se limitó a ignorarme y se apresuró hasta el siguiente lugar.
Para cuando sacié mi deseo de ver a gatos y decidí regresar al hotel y marcharme del pueblo, el sol ya estaba en lo alto de los cielos. Mientras estaba pagando la cuenta para irme, la chica del hotel se me acercó.
–¿Ya te vas?
–Sí, me ha gustado mucho vuestro hotel.
–Vale, cuídate.
Con esas pocas palabras, subió a la segunda planta. Efectivamente, las gentes de esta ciudad eran a veces amigables y a veces indiferentes, pero siempre volubles: como los gatos.
Me subí al coche y decidí dar una vuelta.
Un cementerio. Allí la tumba de la anciana destacaba. Escuché a alguien decir dónde se hallaba así que no tardé mucho en encontrarla, sin embargo, ya había alguien allí: un enorme gato persa con pelaje blanco como la nieve y la punta de las orejas marrón. Estaba sentada en la tumba de la anciana, su dueña. Observaba la lápida en el silencioso cementerio, como si el tiempo se hubiese parado. Era como si estuviese esperando a que su dueña la llamase como siempre hacía.
Nunca sabré cuánto tiempo estuvo allí o si acabó marchándose. Como desconocido que soy, no tenía ningún derecho a interrumpir su tiempo. Me quedé a un lado, callado y metí la mano en la mochila. Apunté con la cámara a la tumba nueva y al único gato que la mujer había criado en su casa.
A través del visor su imagen no salió nada borrosa.



[1] Un wake es una reunión social asociada con la muerte que normalmente se lleva a cabo después de un funeral. El wake se hacía en la casa del fallecido con el cuerpo presente; sin embargo, los wakes modernos se celebran en el tanatorio o en otra localización más conveniente. Suele ser un ritual social que destaca la idea de que la pérdida de alguien afecta a un grupo en sí. 
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