Capítulo 2: Conversación en el coche

Mi coche tenía dos asientos. No era un coche muy grande o, tal vez debería decir que era un coche muy pequeño y estrujado. Por eso ese tipo de cosas no pasan muy a menudo. En ese momento, a su lado, había un hombre sentado.
¿Cómo había pasado esto? Tal vez debería explicar cómo había llegado a esto. Sin embargo, creo que con decir que en ocasiones hay cosas que pasan basta. No obstante, estaba llevando al hombre a algún lugar de las montañas, a una hora desde aquí.
–No, de verdad. – El hombre se removió. – Puede que no deba decir esto porque me estás llevando y tal, pero anda que no es pequeño tu coche.
Estoy seguro que el asiento era demasiado pequeño para un chico tan voluminoso y, para empeorar las cosas, llevaba su enorme mochila en el regazo. En cuanto subimos al coche rebuscó un mechero en su bolsillo pero la mochila se lo puso difícil. Cuando por fin consiguió sacarlo se le cayó al suelo. Y yo, como no fumador que soy, no podría haber estado más feliz.
Por cierto, mi coche era convertible pero abrir el techo era demasiado trabajo. ¿Por qué tenía que decirle que podía abrirlo para tener más espacio?
–Bueno, ¿y por qué?
El hombre insistía en hablar conmigo, no sé si sería por el tabaco o por su personalidad innata.
–¿Por qué, qué?
–Que por qué demonios te vas de viaje solo.
–¿Necesito tener un motivo?
–Te vas de viaje sin rumbo fijo, ¿no? Normalmente hacer una locura como esa es por una o dos razones.
–Admito que es una locura, pero no tengo ningún motivo en particular.
–No estoy seguro de que estés diciendo la verdad.
–Pues sí.
Silencio.
La conversación se murió y era un poco incómodo, pero al menos, tranquilo. La carretera acababa de empezar a empinarse. Tal vez ya habíamos entrado en las montañas. Preocupado por que algún animal pudiese cruzarse o saltar delante del coche empecé a conducir de una forma más defensiva y el chico me dejaba concentrarme en conducir.
–Vale, pues te preguntaré otra cosa.
O no.
–¿Por qué sigues viajando?
–Pensaba que ibas a cambiar la pregunta.
–Eso he hecho. Antes te he preguntado por qué has empezado a viajar solo, ahora te pregunta por qué sigues viajando.
–Ya veo.
–¿Y?
–Veamos… Se podría decir que conduzco de un lado a otro por los paisajes, los encuentros con gente y por los recuerdos que hago.
Otra vez silencio.
–No me lo creo.
–Vale, me has pillado.
–Todo eso es el resultado de tu viaje, no la razón por la que viajas.
–En esto estoy de acuerdo contigo.
–¿Lo que significa…?
–Lo que significa que no se me ocurre ninguna razón en particular por la que siga viajando.
–Te apetecía y ya, ¿eh?
–Sí, sólo me apetecía.
Y así proseguí.
–No creo que se necesite una razón para nada. Sin embargo, tampoco pienso que no se necesite ninguna razón. Creo que la gente hace las cosas haya una razón o no. Es un ejemplo muy recurrido pero creo que es similar a la pregunta de por qué existimos. Unos dicen que hay una razón para eso y otros dicen que si no hay un motivo para su existencia, ellos mismos la crearán. No hay respuestas equivocadas. Así que esa es mi respuesta a tu pregunta. Sin un motivo, uno puede no irse de viaje o seguir un viaje; sin un motivo podemos dejar de vivir o seguir viviendo. Creo que es una lógica un poco sofocante. También creo que hay gente demasiado buena y que sería mejor que hicieran las cosas que quieran hacer y ya. Eso es lo que pienso. Y mientras debato esto contigo, mi argumento se va yendo más por las ramas, pero por ahí es por donde voy a ir.
–Interesante.
–¿Te he convencido?
El hombre río desdeñosamente.
–Ni un poquito.
–Oh, vaya.
–Pero, ¿sabes? Eres de esa gente tan molesta que tanto les gusta argumentar las cosas.
–Eso me dice todo el mundo.
–Aunque no tengas una razón para irte de viaje, hay una razón por la que no hay una razón.
–Aunque no me disgustan los juegos de palabras, tengo que admitir que tú también eres uno de esos tan molestos que les gusta discutirlo todo.
–Sí, eso es lo que todo el mundo me dice.
Pero entonces.
–Aquí ya va bien; para el coche.
–Creo que estamos lejos de donde me habías dicho.
–Está lo suficientemente cerca. Aparca al otro lado de la carretera esa.
Había un sitio donde la carretera se hacía más grande así que aparqué allí. El hombre abrió la puerta y sacó una pierna, estirando el cuerpo.
–Sí, qué apretado es eso. Nunca me habría imaginado que acabaría en un coche como este.
Después de decir eso entre bostezos y apartó la mano con la que había estado apretando un cuchillo contra mi garganta.
–Escucha. Cuando me vaya quiero que hagas un cambio de dirección de inmediato y vuelvas a bajar la montaña. Después de eso puedes irte done quieras y continuar con tu viaje sin motivo.
–Sinceramente, no creo que sea buena idea que dejes ir así como si nada.
–Bueno, me ha sorprendido que hayas podido hablar conmigo como si nada.
–Te equivocas, no tengo ni idea de qué hemos estado hablando. Tengo la camiseta empapada de sudor.
–Perdona. Por cierto, más para adelante me esperan mis amigos. Si te digo la verdad, en un principio tenía pensado dejar que te hicieran lo que quisieran.
–¿Por qué has cambiado de opinión?
–¿Quién sabe?
El hombre se bajó del coche con la pesada mochila llena de dinero que había robado del banco. Se sacó el mechero del bolsillo. Supongo que había recuperado el mechero del suelo de mi coche sin que me diera cuenta. Encendió el cigarro lentamente, inhaló y exhaló con todavía más lentitud, Y entonces…
–¿Necesito una razón?

Dicho esto, empezó a caminar por la carretera de montaña sin esperar mi respuesta. 
Title: Capítulo 2: Conversación en el coche
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Writed by Nana L15R1

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