Capítulo 11


– ¡Li Ge, no lo sabía! ¡De verdad que no lo sabía! – el hombre de mediana edad cayó al suyo y rogó. – Pensaba que sólo había alguien vendiendo narcóticos. ¡De verdad que no sabía que era uno de los subordinados de Luo Dong! ¡No lo sabía!
– Entonces, ¿estás diciendo que te he acusado injustamente? – Xiao Li se le acercó con todo el cuerpo emitiendo un aura espantosa. – No me has traicionado, simplemente, eres tonto.
El hombre, asustado, apoyó un codo al suelo y se echó un poco hacia atrás.
– Li ge, soy un poco tonto, pero no te he traicionado… Sólo soy un poco tonto… Perdóname, por favor…
Xiao Li entrecerró sus afilados ojos, su voz albergaba una frialdad que no podía pertenecerle a un vivo.
– ¡Pues sé más listo en tu próxima vida! – Rugió.
–¡Ah…! – Temiendo por su vida, el hombre dejó escapar un chillido ensangrentado y su voz de rompió por el dolor. Mientras gritaba, sentía su propio estómago contrayéndose por el miedo. – ¡Te lo diré! ¡Te lo diré! ¡Lo que quieras saber, te lo diré todo!
–Sacadle de la sala de interrogaciones. – Ordenó Xiao Li mientras le hacía una seña a los otros subordinados.
Un par de hombres arrastraron al hombre. En el suelo quedó una mancha distintiva de agua.
– Caray, caray. ¿No es la hostia? El muy tonto estaba tan asustado que se ha meado. – Han Jia se cubrió la nariz asqueado. Entonces, llamó a alguien para que entrase a limpiar el desastre antes de marcharse junto a Xiao Li.
– Aunque Luo Dong es una molestia sus últimas acciones no han sido demasiado grandes. Creo que es un rencor personal.
– Ten cuidado, va a por ti.
–Pues entonces también debe tener la habilidad de decir algo. – Dijo Han Jia con desdén, después, sonrió. – Vale, vale. No hace falta que menciones a ese viejo verde. Hey, cuéntame. ¿Cómo jugasteis ayer? Ese enano sabía bien, ¿eh?
– Le llevé a casa. – contestó Xiao Li sin tapujos.
– ¿De verdad? El héroe salva a la princesa, ¿eh? – Se burló Han Jia mientras chocaba el hombro de Xiao Li con el suyo. – ¡Has dejado escapar una gran oportunidad! No creas que un truco así va a engatusar a una belleza como esa. Ten cuidado con el bestia de ese profesor. Estoy seguro que es de la misma acera… Debe haber tenido los ojos puestos en su estudiante desde hace tiempo…
– Eso no tiene nada que ver conmigo. – Le interrumpió Xiao Li.
Han Jia no le comprendió y le dijo mirándole:
-¿Pues qué quieres que haga con él? ¿Cuándo vas a volver?
Xiao Li se quedó callado unos instantes y entonces, le contestó.
– No le busques. El niño no quiere.
– ¿Qué coño dices? ¿Quién cojones quiere hacer nada? ¿Eh? – Han Jia miró como absorto a Xiao Li y contraatacó de inmediato.
Cuándo más lo pensaba, más se enfadaba. El enfado era tan fuerte que le temblaba todo el cuerpo, entonces, empezó a dispararle las mismas palabras a Xiao Li una y otra vez.
– Te he preguntado, ¿quién cojones quiere hacer nada? ¿Eh? Dime, venga, ¿quién coño querría? ¿Eh? ¿Quién, aparte de putas baratas, querría? ¿Eh? ¿Yo quise hacerlo? ¡Dime! ¿O me vas a decir que tú querías cuando-…?
– Cálmate un poco. – Xiao Li le cogió de la mano y lo arrastró a su lado. – La situación es distinta. ¿Por qué te pones tan a lo loco?
Xiao Li se percató que había perdido su autocontrol por los bramidos de Han Jia. Tranquilizó la voz con calma y miró a su alrededor, a derecha e izquierda.
– Perdona, Han Jia. Me he entrometido. – Xiao Li suspiró y se disculpó.
Han Jia resopló burleta, de alguna manera su enfado había desaparecido.
– Bueno, este negocio no es mío. Pero, ¿de verdad quieres aprender de Lei Feng o… O-…?
Xiao Li le explicó.
– El profesor de ayer es amigo de Xiao Yang.
Han Jia le miró, abriendo los ojos con incredulidad.
– Tú, acabas de… – se había quedado sin palabras y puso toda su energía en aquella mirada suya. – Vaya sí que vale la pena ser tu hermano. Has ayudado a su amigo aunque él ni siquiera se ha presentado ante ti. Tú… – Suspiró. – No puedes ser así. Con Xiao Yang por aquí no puedes ser despiadado. – Después de reflexionar unos segundos, volvió a hablar. – Podrías no meterte en los asuntos de Xiao Yang, pero eres jodidamente cabezón. En cualquier caso, no puedes volver al buen camino y, ser un criminal también tiene sus cosas buenas, así que, ¿para qué molestarse?
Xiao Li no dijo nada.
– ¿Por qué no aprendes de mí? Disfruta el momento mientras puedas, Xiao Li.
Han Jia la dio una palmadita en el hombro a Xiao Li y se río con una expresión coqueta.
– Come cuando quieras comer, duerme cuando quieras dormir y diviértete cuando quieras divertirte. ¡Así es como vale la pena vivir!

*        *        *        *

Qi Xiu Yuan había borrado el número de Xiao Li cruelmente y, de buena mañana y por un buen rato, su corazón estuvo desolado y vacío, como si alguien hubiese llegado a él y le hubiese despojado de sus emociones.
A pesar de lo difícil que le era marcar el número de Xiao Li y escuchar su voz tranquila, ahora que lo había borrado se sentía aún peor. El dolor era más surrealista de lo que había imaginado. Era como si cumplir o no tus deseos no importasen, sólo tenerlo.
Jiang Xiao Zhu le preguntó sobre esa persona que “le había ayudado”, y su constante acoso tan sólo consiguió empeorar el humor de Qi Xiu Yuan.  Con el tiempo, Jiang Xiao Zhu dejó de preguntarle, pero cada vez que le veía no podía evitar acorarse de aquella persona hasta llegar al punto de no querer verle la cara a Xiao Zhu ni en clase.
Lo peor de todo era la noche. Intentaba con todas sus fuerzas evitar carcomerse la cabeza pero sus deseos eran el reflejo de sus sentimientos y, cuanto más los contenía, más intensos se volvían.
No había podido dormir durante los últimos días lo que le agotó y volvió débil durante el día. A pesar de que estaba muy animado en sus horas de clase, en cuanto acababan, lo único que quería era apoyarse y quedarse quieto en su escritorio para dejar la mente en blanco.
La líder de grupo que estaba en su equipo era muy amable y como una hermana mayor.
– Xiao Qi, ¿ocurre algo en casa?
–No. – Le respondió él rápidamente, sin molestarse en levantar la cabeza del escritorio.
– ¿Y por qué estás tan agotado?
– La inaguantable ligereza del ser.
La amable mujer se quedó callada unos diez segundos antes de darle un golpecito con un libro en la cabeza a Qi Xiu Yuan.
– A lo mejor te he dado muy fuerte esta vez. – Estiró la mano hacia su escritorio y tiró de un folio.  – Hay un seminario al que deberías ir. Es en el condado Yuncheng. Tiene muchos ríos, riachuelos y montañas; deberías ir a poner en orden tus sentimientos.
Qi Xiu Yuan estuvo muy dispuesto a ello. Escapar de la ciudad era lo mismo que escapar de los pensamientos que plagaban su mente.
Las montañas y el agua que le rodeaban en Yuncheng le absorbieron rápidamente. Estudió durante varios días y se hizo un horario para no tener tiempo en pensar en quién no debía.
Los otros del seminario creyeron que no era alguien capaz de llevarse bien con el grupo, básicamente, le tomaron por un antisocial. No sólo no se quedaba en el hotel para jugar al póker o al ajedrez con ellos, sino que tampoco iba a las reuniones inérvalas del grupo. Siempre se iba a algún lugar solo y volvía muy tarde cubierto de polvo.
Los líderes y participantes del seminario, el día antes de que terminase, fueron a un terreno de montaña que habían abierto hacía poco para ver las vistas. La montaña era muy alta así que todo el mundo subió en teleférico, pero Qi Xiu Yuan ya se había adelantado a seguir el camino a pie.
No se sabe cuánto caminó, pero el camino de la montaña cambió de dirección en lugar de seguir recto. Al lado del camino se encontró con un templo simple y crudo, y con un viejo monje budista sentado con las piernas cruzadas.
El anciano sostenía un bol y a su lado había un cartel rojo donde ponía: “Dona y protégete de las calamidades del destino”. Debajo las enormes letras, habían otras más pequeñas.
Qi Xiu Yuan de repente se sintió agotado y se sentó al lado del viejo monje. Miró el lamentable tazón que aguantaba entre sus manos con sólo cinco monedas y volvió a mirarle la cara. Entonces, miró las letras y pensó qué había de bueno en matar, en hacer daño o en desear a alguien. Qi Xiu Yuan, aturdido, continuó mirando el cartel un buen rato. Los dibujos narraban cómo alguien que cae en el infierno sufre todo tipo de dolores como tener que escalar montañas de espadas, caer en una gran caldera llena de aceite hirviendo y más.
Qi Xiu Yuan sintió un atisbo de dolor en el pecho. Se cogió la cabeza con las manos unos segundos con el cuerpo temblando.
El viejo monje se asustó por su movimiento súbito y le preguntó:
– ¿Qué pasa?
Qi Xiu Yuan sacudió la cabeza y, después de lo que parecieron años, se levantó. Rebuscó en los bolsillos el dinero que había traído que llegó hasta los tres cientos kuai y los depositó en el bol del monje junto con su propio reloj de pulsera.
El monje se quedó atontado y tartamudeó sin saber qué decir. Sin embargo, Qi Xiu no se giró a escucharle, se limitó a seguir el camino que había estado siguiendo para bajar. No se atrevió a volver a mirar a aquel cartel.
Acompañado por los silbidos de los pájaros regresó lentamente con una suave brisa acuñándole.
Qi Xiu Yuan tranquilizó la respiración.
¿Sigues confundido a pesar de sufrir tanto por él?
Sacó el móvil y marcó el número que había borrado pero que hacía tanto había memorizado.
Tenía el dedo justo encima del botón de llamada pero no lo pulsó. Titubeó durante un buen rato, entonces, sonrió de repente y se dijo a sí mismo en voz alta:
– ¡Qi Xiu Yuan, ¿eres un hombre?!

Title: Capítulo 11
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