Capítulo 93: El joven pelirrojo y la joven plateada [Parte 1]

A pesar de que el primer día había bebido hasta quedarse inconsciente y le había mostrado una cara vergonzosa de sí a Latina  - pues la muchacha tuvo que volver a recitar el hechizo para que dejase de estar borracho – eso no le desanimó y al día siguiente volvió al Ocelote Bailarín.
Todos los aventureros novatos pensaban: “¿Ahora que su tutor no está aquí, no me podría acercar a la joven?” mientras observaban con diligencia y esperaban a su oportunidad. Por lo que eran claramente antagónicos con Rudolf quien era extrañamente íntimo con Latina.
Latina tenía una expresión perpleja por el ambiente tenso.
-¿Te has peleado con todos los que están a tu alrededor o algo?
-No, no es eso.
-Mmm… Si tienes problemas, dímelo, ¿vale?
Rudolf, con quien Latina conversaba, bebía sidra de frutas dulces. Si hubiese estado en cualquier otro local se habrían reído de él por beber algo que solo le gusta a las mujeres, pero en el Ocelote Bailarín era una bebida famosa y el motivo era extremadamente simple: era algo que la muchacha había añadido al menú. Tal y como cabía esperarse de Latina que no podía ni probar el alcohol, con una probadita ya se ponía roja como un tomate.
-Chiquilla, eres bastante amiga de ese chaval, ¿eh?
Gilbester la llamó al presenciar la escena de ella hablando con Rudolf. Latina se acercó a su mesa inclinando la cabeza a un lado y respondiéndole como si nada.
-Tú también le conoces, ¿no? Gil. Es Rudi. Solía venir mucho por aquí, ahora es un guardia.
-Chiquilla, verás…
-Al parecer ahora que ha pasado el periodo de pruebas puede venir al Ocelote.
Gilbester sonrió de una forma extraña a la muchacha, que no tenía ninguna mala intención.
-Esta chiquilla… No creo que sea la más indicada para decir nada de aquel…-Murmuró Gilbester soltando un suspiro con el vaso en los labios mientras miraba como la pequeña se alejaba.
A pesar de que todo el mundo notaba  y se burlaba de los sentimientos tan obvios de Rudolf, Latina era ajena a todo aquello. Por eso, había algunos que hasta simpatizaban con él. Sin embargo, Rudolf no se dejó desanimar y siguió visitando el Ocelote cada día.
Ya sabía que su amiga era lenta y había aceptado el reto. Ni de coña se iba a rendir por esto. Y con el tiempo, se dio cuenta.
Se dio cuenta del hecho que desde la tragedia del festival nocturno, la relación entre Latina y Dale se había vuelto algo incómoda. Y que Dale se había ido a trabajar sin arreglar esa relación. Rudolf sabía perfectamente a quién le tenía echado el ojo siempre Latina.
A pesar de que Latina era más pequeña que los de su edad, y parecía joven por su apariencia y forma de hablar, sus amigos sabían muy bien que era mentalmente más madura que ellos. Sus amigos sabían que esos tiernos sentimientos que le profesaba a Dale, que era su tutor y alguien del sexo opuesto, era algo llamado amor.
Latina jamás les había dicho a sus amigos que Dale fuera un reemplazo para su padre. Siendo una chica lista desde pequeña, solía hablar felizmente sobre Dale siendo su persona favorita, comprendiendo que era alguien que la protegía, su tutor. Y ella siempre le perseguía.
Aunque la diferencia de edad entre ellos no se podía disminuir, sus deseos de querer crecer rápidamente y que la trataran como a una adulta, además de sus tareas del hogar y trabajo, eran todo pensamientos más maduros. Siempre había sido alguien que se esforzaba, pero más que nada, se había estado esforzando para estar a su lado. Eso era algo que Rudolf sabía.
Y es precisamente porque sabía que la persona dentro del corazón de Latina era Dale, que a quién él perseguía era también a ese hombre.
Era una figura increíblemente distante que no podría alcanzar con facilidad sin importar lo mucho que le persiguiera y lo intentara. A pesar de eso, por el bien de sus sentimientos inamovibles, se pulía, trabajando desesperadamente y haciéndose más fuerte. Animándose y diciéndose que daba igual los elogios que le dieran los otros, no era suficiente. Es por eso que Rudolf comprendía los sentimientos de Latina más que nadie. Después de todo, sus propios deseos y los de Latina – en cuanto a perseguir a esa persona – muy similares.
Rudolf suspiró profundamente cuando sus pensamientos dieron un giro como este.
Da igual las vueltas que le dé… Siento que esta será la única oportunidad que tenga…
Viendo a la conclusión a la que había llegado, bajó la bebida y volvió a suspirar.
No creo que vaya a tener la oportunidad de decirlo… cuando vuelva a la normalidad…
Habían pasado unos cuantos días desde que su tutor no estaba y a primera vista parecía que ella había vuelto a la normalidad, sin embargo, a los ojos de Rudolf la cosa no era así. El joven sabía que lo que sentía por aquel hombre capaz de deprimir a la muchacha de esa forma eran celos.
Conforme Rudolf posaba la mirada sobre el contenido de su copa, indagó más en sus pensamientos. El ruido de su alrededor se tornó distante, pero sin embargo, sus orejas atrapaban inconscientemente la voz de Latina.
No es que… me vaya a aprovechar de que está débil… ¿no?
Su estado actual no era lo suficientemente bueno como para hacer que retuviese aquellas palabras. No estaba en posición de no aprovechar el momento. En el campo de batalla que representa el corazón se tiene que usar lo que se pueda.
Si me rindo y no hago nada ahora… Dudo que pueda hacerlo en unos años.
En la noche del festival nocturno de Ahmar, la visión de Latina enrojecida hasta las orejas y gritando mientras se aferraba desesperadamente a sus temblores fue vertiginosa para él. Nublado por la envidia de querer que ella se girase para mirarle sumada a la desesperación de no saber si sus sentimientos llegarían a algo, le dejó incapaz de hacer nada.
Por eso, esta vez, no podía huir y perder otra oportunidad. Naturalmente, cuando su tutor estuviese vigilando no podría hacer nada por el miedo.
Era una oportunidad entre un millón, ahora mismo Latina estaba débil, esta era su única oportunidad.
Rudolf, con los patéticos pensamientos de su cabeza, alzó la vista determinado y se encontró de cara con Latina que estaba sorprendentemente cerca de él. Sorprendido, casi tiró el vaso, antes de que devolverlo a la mesa. Con un crujido, las emociones de su corazón se sacudieron.
-¿Qué pasa, Rudi? Pareces preocupado. ¿Te preocupa algo?
Su encantadora cara bien proporcionada estaba llena de preocupación y sus iris enormes y grises le miraban directamente, sin cubrirse. Una acción que no había cambiado desde pequeños.
Tal vez Latina no se daba cuenta que estaba tan cerca que él podría tocarla si se acercase un poco ni de lo mucho que su sonrisa indefensa le conmovía.
-¿Rudi?
El muchacho volvió en sí cuando le volvió a preguntar. Tragó saliva y tosió, tragándose inesperadamente su nerviosismo.
Latina no notó que Rudolf había hecho tal cosa y se giró hacia el vaso que Rudi había dejado en la mesa. Entonces, su expresión se alegró al descubrir que el contenido del vaso estaba casi vacío.
-Rudi, te lo has acabado todo de verdad. ¿Qué tal? ¿Bueno? ¿Si lo hiciera menos dulce crees que estaría mejor?
-Sí, está bien como está, creo.
Rudolf respondió con una afirmación tras ver el entusiasmo de Latina, algo presionado. Al escuchar su respuesta, Latina sonrió feliz sin rastro de tristeza, como una flor que florece de repente.
En aquel momento, el mozo pensó de corazón: “es tan mona” y se olvidó de las preocupaciones que había albergado hasta hacía apenas unos segundos. Lo que quedó de todos sus pensamientos fue una simple frase y una determinación parecida a la obsesión que si no soltaba lamentaría. Eso y nada más.
-Latina.
-¿Sí?
-Me gustas.
-¿Eh?
Latina parpadeó varias veces como si no comprendiese el significado de las palabras que le habían dicho con tanta facilidad.
-Yo… Vengo a la tienda para verte.
-¿Eh…?
-Me has gustado desde hace mucho tiempo… Eso es todo lo que tengo que decir.
-Eh…
Rudolf dejó de hablar encontrando difícil mirar a Latina directamente y se levantó del asiento.
En cuanto Rudolf salió por la puerta y llegó afuera un sonido extremadamente fuerte se escuchó dentro del local como si alguien hubiese dado la vuelta a una mesa. Sin embargo, Rudolf no lo notó en absoluto pues tenía la cabeza llena del latido de su corazón.

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