Capítulo 90: Deprimida

Kenneth sudaba incómodo.
Por esto no quería decírselo, pensó.
Debería haberle perseguido con todas sus fuerzas y haberle arrastrado otra vez para dentro. El haber juzgado mal era el precio que tenía que pagar.
Delante del buen hombre, que pensaba de esa forma, estaba Latina.
-¿Por qué… se ha marchado tan de repente…? Él nunca ha… Ni siquiera he podido decirle… que le vaya bien… Él nunca…
Latina parecía totalmente atónita, estaba pálida y murmuraba. Las lágrimas se habían formado en sus pupilas antes de que mirase a Kenneth.
Dale había tenido que marcharse – huir – a la capital por trabajo. Eso es lo que le había dicho a la muchacha y el motivo de la situación actual.
-¿Por qué… no me lo ha dicho a mí directamente?
Kenneth no podía decirle la verdad. Si dijera que Dale había huido al haber comprendido los verdaderos sentimientos de Latina, sólo complicaría más las cosas. ¿Qué tenía que decir? No se le ocurría nada. Kenneth sudaba todavía más.
-¿Es porque me he distanciado de él? ¿Porque he sido egoísta? ¿Porque no he sido una buena chica…?
Aunque quien se había distanciado de él había sido ella, verla así, culpándose entre murmureos era muy difícil de mirar.
Daba igual lo mucho que Kenneth negase sus palabras, Latina no se lo creía.  Kenneth sabía desde que era pequeña que las palabras no podían hacerla cambiar. En cualquier caso, Kenneth maldijo a Dale internamente pues él era quién se había comportado peor. No podía seguir así.
-Voy a… la panadería de Marcel. Después de todo hoy es el último día…
A pesar de estar tan blanca que parecía que iba a derrumbarse, Latina dijo eso y se marchó sin desayunar. Mientras Kenneth miraba como se iba, se echó las manos sobre la cabeza, tan inquieto como estaba, fue a contarle a su mujer lo peor que Dale había podido hacer.

*        *        *       *       *

Aunque todo el mundo se preguntaba por qué la muchacha se comportaba de una forma tan, obviamente, extraña; la moza no permitía que eso afectase a su trabajo. Latina sonreía como siempre mientras trabajaba y servía a los clientes de la Panadería del Callejón.
A pesar de ello, Marcel que había estado con ella mucho tiempo se percató del estado de humor de Latina de inmediato por como de vez en cuando detenía las manos y suspiraba. La veía intentando contener sus pupilas borrosas y calmarse. La veía esconder su soledad, que últimamente había mejorado mucho. La veía en ese estado de cuando él no estaba.
Sin embargo, era raro que ella estuviese tan acongojada. Justo cuando estaba en blanco sobre qué hacer, su cliente habitual más nuevo – y seguramente temporal – su amigo de la infancia, entró a la tienda.
-¿Qué te pasa, Latina…?
Rudolf también adivinó su estado de ánimo de un vistazo.  Pero aun así, Latina le sonrió.
-Estoy bien. No es nada… ¿Lo de siempre?
-Ni de coña no te pasa nada. No pareces estar bien.
-¡Te he dicho que no es nada!
Ella estaba sorprendida por haberse agitado tanto. Enseñó una sonrisa como para cubrirse y suavizó la voz. Sin embargo, incluso con todo eso, había incomodidad y era una escena dolorosa de mirar teniendo en cuento que habían sido amigos tantos años.
-Lo siento, Rudi… De verdad que no pasa nada. Estoy bien.
Ah… Así que se ha marchado, eso era lo que Rudolf supuso. La chica que habitualmente disfrutaba de su vida diaria de corazón estaba en un estado en el que se encerraba y en el que escondía todos sus deseos. La muchacha había sido así desde pequeña, así que el joven lo comprendió de inmediato. Comprendió que aunque fuera Chloe la que la arrastrase fuera a la fuerza para hablar, sería como si su corazón no estuviera ahí y acabaría quedándose mirando el suelo. A pesar del hecho de que se estaba metiendo más de lo normal, incapaz de seguir mirando, sabía que seguramente todo eso acabaría siendo un buen recuerdo.
Y después de todo, esos enormes ojos grises algo húmedos le estaban mirando a él directamente. Hasta el sonido de sus quejas y sus mejillas algo hinchadas era adorable. Durante sus pequeñas peleas, al menos, ella le miraba sólo a él y no a sus otros amigos.
En ese momento se le ocurrió una cosa. ¿Qué cara pondría si de repente le pellizcase las mejillas mientras hacía los bocadillos? Para empezar, no cabía duda de que se enfadaría. No obstante, daba igual si gracias a eso Latina podía olvidar su tristeza y sus sentimientos actuales por un momento. Mientras pensaba en ello, Rudolf esperó en silencio a que la muchacha acabase los bocadillos que había pedido.

*        *        *       *       *

Cuando Latina se marchó de la tienda finalizando así su trabajo en la Panadería del callejón y habiendo agradecido a los dueños por permitirle trabajar allí durante una semana, se le escapó una voz de sorpresa.
-¿Rudi?
-Sí.
Su amigo de la infancia no llevaba su uniforme militar y estaba fuera con su ropa de cada día.
-¿Qué pasa? Si buscas a Marcel está dentro.
-Te espero a ti.
-¿A mí?
-Te voy a llevar a casa.
-¿Eh?-Latina inclinó la cabeza a un lado, perpleja, tras escuchar a Rudolf.- ¿Por qué? Conozco el camino a casa.
-No es que me preocupe que te pierdas.-Rudolf tenía una expresión de incredulidad pero si algo así le desanimase, no habría podido seguir con esta amiga de la infancia tan lenta.-Pareces estar muy enferma. Si te desmayases a mitad de camino sería terrible. Y todavía hay unos cuantos extranjeros por lo del festival.
Cuando entregó los bocadillos al volver a la oficina, Rudolf le informó a su superior de la condición de Latina entre susurros. Rudolf sabía muy bien que todos sus superiores eran clientes habituales en el Ocelote Bailarín donde vivía y que querían mimarla. Y por alguna razón, como consecuencia de haberle contado a su superior que el motivo de su infelicidad era que su tutor no estaba, todo acabó con que él tenía que llevarla a casa para eliminar cualquier oportunidad de que algún malhechor se aprovechase de ella, de su amiga de la infancia que por el momento no estaba en su mejor condición. Como no tenía razones para negarse, y pensando que no tenía forma de negarse a una orden, Rudolf se encontró otra vez en la Panadería del Callejón.
-¿Tan mal estoy?
-La Latina de siempre estaría feliz sin venir a cuento.
-¿Sin venir a cuento…?
-Deja de ser tan tonta. Mira, estás sonriendo.
-Rudi, pensaba que habías madurado un poco, pero no vas a cambiar nunca con lo de molestarme…
Las mejillas de Latina se hincharon en respuesta a lo agitada que estaba y se animó un poco.
Rudolf no cambió su expresión y fue a tener la última palabra.
-Tengo que ir con cuidado cuando te hablo, ¿sabes?
Rudolf también tenía que ir con cuidado cuando trataba con sus superiores. Si se descuidaba y les hablaba de forma casual, le harían sufrir. Tendría un entrenamiento agotador bajo el nombre de: “enseñamiento”. Había habido muchas veces en las que se sintió morir por el entrenamiento infernal, pero cerca había un templo del dios Índigo, Nili, y los magos usaban magia curativa con ellos para que pudieran recuperarse completamente.
-¿Es duro ser un guardia?
-Acabo de empezar mis deberes como miembro oficial de las tropas, ¿sabes? Hay mucho que hacer para acordarme de todo. El entrenamiento ha sido duro desde que me uní así que… A lo mejor estoy acostumbrado.
-Buen trabajo, Rudi.
-Tú también has hecho un buen trabajo, ¿no?
Cuando Rudolf dijo eso, Latina cambió de expresión a una confusa y tristona.
-¿Sí?
-Sí.
La cara de Latina se suavizó un poco. No importa qué, cuando alguien elogia tus esfuerzos y los reconoce, te hace feliz.
-Gracias, Rudi.
Rudolf intentó coger de la mano a Latina al ver la sonrisa de su rostro, sin embargo, la muchacha no notó como él no dejaba de mover la mano después de rendirse a la mitad.

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