Capítulo 8: Una epidemia de ausencia

 La nieve que cubría el pueblo se fue derritiendo, y  además de la nieve embarrada, las plantas fuki mostraban sus colores indicando la llegada de una nueva estación. La alegría de la primavera llenaba el aire, y la dulce esencia floral flotaba por el distrito residencial. La gente se había sacado los pesados abrigos para llevar chaquetas, saboreando la liberación que habían perdido durante tanto tiempo.
Los cerezos de este pueblo florecían a finales de Abril. Depende del año, el momento óptimo para ir a verlos podía ser muy tarde, por tanto, para los habitantes de la ciudad no eran símbolos de encuentros y despedidas, sino flores que complementaban el cambio del tiempo y sugerían el futuro.
Era el primer día de un fin de semana de tres días. Kousaka caminaba holgazanamente por el largo paseo del distrito residencial. Había varias obras por la ciudad. Unas eran para construir un edificio y otras para desmantelarlo. Había áreas donde estaban reparando las carreteras y áreas con mucho bullicio. Era como si la ciudad entera estuviera renaciendo.
-Kousaka, ¿cuándo dices que te vas a mudar?-Preguntó la chica que caminaba a su lado.
-La semana que viene.-respondió.
-Qué rápido. ¿Por qué ahora?
-Pensando en ello, ir a trabajar desde aquí es bastante incómodo. He decidido mudarme más cerca.
Era una chica llamada Matsuo que un compañero le había presentado. Era dos años más joven que Kousaka. Las cejas siempre bajas hacían que diera una impresión tristona, pero si te fijabas, tenía unos rasgos faciales bastante buenos, y una sonrisa preciosa. Había empezado a trabajar mientras estudiaba y había conseguido ser una empleada oficial desde entonces.
Era la tercera vez que Kousaka salía con ella. Se conocían de hacía menos de un mes, pero Matsuo fue afectuosa con él desde la primera vez. Kousaka sentía que con ella podía relajarse.
Cuando hablaron descubrieron que tenían una sorprendente cantidad de cosas en común. Por ejemplo, la misofobia. Hasta hacía dos años, ella se lavaba las manos cientos de veces al día, se cambiaba de ropa cinco veces y se duchaba durante tres horas. Gracias a un tratamiento perseverante, ahora podía vivir una vida normal, pero en su peor momento no había conseguido irse de casa. Cuando Kousaka sacó el tema de la misofobia y de objetos relaciones como desinfectantes o purificadores de aire, los ojos de Matsuo brillaron y habló de ellos.
Gustos musicales y de libros, el sentirse distanciado del trabajo, la carencia de interés en problemas sociales… Las opiniones de Matsuo y Kousaka eran iguales en muchos aspectos. Fue natural que se hicieran amigos.
Ambos continuaron andando sin rumbo hablando de las películas que habían visto últimamente. Conforme se acercaron al rio, el tema cambio a la pesca. Matsuo le explicó sus recuerdos de su padre yendo al mar a pescar.
-Oh, sí. Esa vez me intoxiqué.-Recordó Matsuo.-Tenía ocho años o así. Hicimos sashimi con lo que pescamos y lo comimos en familia. Estaba muy bueno pero más tarde, aquella noche… De repente me empezó a doler mucho la tripa. En serio, me pregunté si me iba a morir. Y era la única afectada – mi padre, mi madre y mi hermana estaban perfectamente bien. Fue horrible.
-Anisakiasis, ¿supongo?-Dijo Kousaka con una sonrisa torcida.-Ese hace agonizar hasta a los adultos, así que tiene que haber sido un infierno para una niña.
-¡Oh, sabes mucho!-Matuo aplaudió con las manos admirada.-Sí, eso tuve. ¿Tú también pescas, Kousaka?
-Nah. No he ido.
-Entonces, ¿comes mucho pez crudo?
-Tengo una conocida que sabe mucho de este tipo de cosas. Sólo repito lo que me dijo.
-Oh, con que es eso.-Matsuo asintió, entonces, profundizó.- ¿Una conocida? ¿Es una amiga?
-No, es un poco diferente a una amiga.
-¿Entonces? ¿Novia?
-Hace cinco meses trabajé de canguro. Me lo dijo ella.
-Canguro…-Matsuo estaba incrédula.-Kousaka, no pareces del tipo al que se le dan bien los niños.
-Sí. Pero por ciertos motivos tuve que aceptar el trabajo.
-Yo… Ya veo.-Afirmó Matsuo ambigua.-Aun así, ¿no es raro que una niña te hable del Anisakis?
-Supongo.-Dijo Kousaka.

                  *         *        *        *        *

En los menos de cuatro meses desde que Kousaka empezó a tomarse la medicina para la desparasitación, experimentó grandes cambios o, también podría decirse, renació.
Al principio, se curó su misofobia. El trastorno que tan arraigado estaba en Kengo Kousaka desapareció como si no hubiese existido nunca un mes después de empezar el tratamiento. Fue realmente instantáneo. Como un dolor de barriga o una úlcera en la boca: no se puede pensar en nada más pero cuando se cura, apenas recuerdas cómo es.
Para cuando le prestó atención al asunto, se dio cuenta que usaba las mismas toallas durante muchos días y que no le importaba llegar a casa e ir directamente a la cama. No pensaba nada cuando estaba hombro contra hombro con otra persona, y podía cogerse a los soportes si lo necesitaba.
Cuando el callejón sin salida que representaba su misofobia fue curada, el resto procedió sin parar. Fácilmente se asentó en un nuevo trabajo. Buscó por uno orientado a gente que quería intentar volver al mundo laboral después de una rehabilitación, casualmente, sus ojos fueron directamente a una oferta de trabajo altamente favorable. Buscaban programadores web en una compañía de diseño web, y los idiomas de programación requeridos eran en los que él era un experto. Kousaka aceptó la oferta, inscribió su código y dejó que las cosas siguieran su curso. No tenía ninguna esperanza, pero al mes siguiente, ya era un empleado a tiempo completo en la compañía. Las cosas se movían tan bien que le preocupaba. Cuando empezó a trabajar notó que el pasar su tiempo libro creando malware le ayudó muchísimo a desarrollar sus habilidades de programación. Se volvió alguien importante en su trabajo. Ciertamente, no era el trabajo más fácil, pero encontrar un lugar sólido le alegraba.
Kousaka recuperó la confianza lentamente, hasta llegar a un nivel apropiado para su edad. La gente a su alrededor confundió su tranquilidad que derivaba del rechazo y la resignación por una compostura ganada de experiencias vitales ricas, y estaban convencidos de que era una persona soberbia. Creían que sus cambios de trabajo frecuentes eran una prueba de su fe en sus propias habilidades. Cada elemento, milagrosamente, fue positivo. Tan sólo un mes después de unirse a la compañía, ya tenía amigos con los que beber después del trabajo y él mismo casi olvidó que hasta hacía unos pocos meses, era alguien que no encajaba en absoluto con la sociedad.
Pero aun así, a veces, de repente sentía un vacío desmesurado en él. Dicho vacío tenía la forma de una chica. Cuando dormitaba en su escritorio, cuando caminaba por los mismos caminos por los que había paseado con ella, cuando veía cosas asociadas con ellas – cascos, pendientes azules, mecheros. Ante cualquier oportunidad, Kousaka recordaba a Hijiri Sanagi.
Pero todo eso había terminado. Sanagi seguramente había olvidado los días que habían pasado juntos y había empezado su propia vida. Eso era algo que celebrar.

En el último tercio de Marzo, Kousaka, completamente adaptado al trabajo y curado de su misofobia, descubrió que incluso después de librarse de los efectos del gusano, seguía amando a Sanagi. Esa parte que esperaba que fuera la primera en cambiar justo después del tratamiento, empezó a ser lo único en él que no había cambiado ni un poco.
Kousaka sintió una profunda confusión.
¿El amor entre Sanagi y yo no era cosa del gusano? ¿Por qué se ha curado mi misofobia y misantropía, pero no mi amor? Tal vez he cometido un error terrible. Tal vez el consuelo que le di a Sanagi al separarnos para apaciguarla era la verdad. Parece que era verdad que el gusano hacía que los huéspedes se enamoraran, pero incluso sin eso – o sea, sin el gusano - ¿Sanagi y yo nos podríamos haber amado desde un principio? ¿Puede ser que no me diera cuenta de eso y después de escuchar lo del profesor Kanroji y los Hasegawas dudé de todo y desconfié de mis propios sentimientos?
Su corazón latía violentamente, impulsándole a seguir. Casi inconscientemente, Kousaka llamó a Sanagi. El sonido de la llamada sonó. Él contó. Uno, dos, tres, cuatro… y en el número cinco la llamada terminó.
Kousaka se puso la mano en el pecho y cogió aire, tranquilizando su latido rápido. No había prisa. Ella llamaría con el tiempo. Pero pasó un día entero y no hubo ni rastro de Sanagi. Después, Kousaka llamó cinco veces y le envió tres mensajes, pero hubo cero respuestas.
Consideró el ir a casa de Sanagi directamente. Había pasado un mes y medio desde la última vez que visitó la clínica Urizane. Le habían dado medicina suficiente y no había señal de que sus síntomas fueran a volver, así que no tenía ninguna razón para ir. Pero si fuera a la clínica y dijera: “quiero que me dejéis ver a Sanagi”, ¿tendrían alguna razón para negarse?
Kousaka examinó los pros y los contras, pero sus sentimientos vacilantes, tras cierto punto, empezaron a encogerse rápidamente.
Ahora que lo pensaba, podría haber una o dos razones por las que Sanagi no quisiera responderle. Una o dos, tal vez, cómo no iba a notar los cinco o seis intentos de contactarla. El hecho de que no respondiera a ese intento continuo significaba que ella estaba ignorando a Kousaka intencionadamente.
Sanagi debe estar tratando de olvidarme, concluyó Kousaka.
Tal vez su desparasitación también había tenido éxito y había sido capaz de escapar del control del gusano y al recuperar sus pensamientos normales, no le quedó ni rastro de cariño por Kousaka. Era irónico, pero seguramente eso es lo que pasaba.
Kousaka no tardó mucho en convencerse de ello. Afortunadamente, tenía suficiente trabajo por hacer. En lugar de preocuparse por Sanagi, se concentró en sus tareas. Al hacerlo, acabó conociendo a Matsuo, y todo su corazón se llenó lentamente con cosas para substituir.
Esta forma de vida era la más apropiada y razonable, eso es lo que Kousaka se decía a sí mismo.
Mis días con Sanagi eran como un sueño que desaparece en la consciencia, un tipo de fantasmagoría. Efectivamente, eran lo más bonito. Pero al final, son sólo un sueño. Si intento quedarme ahí para siempre, acabaré muriéndome en vida. Lo que se tiene que hacer para conseguir la felicidad es tener los pies en el suelo, la felicidad es para los vivos.

-¿Kousaka?
Volvió en sí y casi se le cayó el vaso que tenía en la mano derecha.
¿Qué estaba haciendo?, se preguntó Kousaka. Oh, sí. Ya me acuerdo. Estaba bebiendo con Matsuo. Estábamos caminando por el pueblo y decidimos ir a un pub Irlandés que vimos. Seguramente he estado fantaseando por la borrachera y la fatiga.
-Ah, perdona. Estaba en mi mundo.-Kousaka se frotó la sien con firmeza.
-Has estado ahí bastante tiempo.-Dijo Matsuo entre risas.-Parece que ya es casi hora de cerrar. ¿Quieres otra, o no?
Kousaka miró su reloj de pulsera y se lo pensó.
-Creo que hasta aquí. ¿Tú no has tenido suficiente, Matsuo?
-Oh, no.-Matsuo sacudió la cabeza violentamente.-Seguramente ya estoy suficientemente borracha.
-Eso parece.-Afirmó Kousaka, viendo el débil rubor de su cara.
-Sí, estoy lo suficientemente borracha como para pensar que eres genial, Kousaka.
-Esa es una enfermedad grave. Lo mejor será irse a casa y descansar.
-Sí, eso haré.
Así, Matsuo cogió la copa delante de ella y se la tragó entera. Entonces, sus ojos se encontraron con los de Kousaka, alzó la barbilla y sonrió juguetona. Pero Kousaka observó que en sus ojos, aunque era poco notable, había una pizca de decepción.
Tal vez mi respuesta no era lo que esperaba, pensó Kousaka. A lo mejor Matsuo quiere que llevemos nuestra relación al siguiente nivel. Está enviando señales que hasta alguien como yo que no pilla ni una las puede adivinar. Si lo sé, ¿por qué no respondo? A lo mejor en algún lugar de mi corazón todavía me aferro a Sanagi.
Después de dejar a Matsuo, Kousaka se dirigió a la estación de tren, pero retractó sus pasos para entrar a otro bar para beber más. Ni siquiera él se explicaba por qué había hecho eso. Tal vez fuera porque si volvía a su piso, le gustase o no, acabaría recordando su tiempo con Sanagi. Quizás el motivo por el que dudaba en avanzar con su relación con Matsuo también era porque no podía permitir que entrara gente extraña en la habitación en la que había estado con Sanagi. Sentía que por fin comprendía el por qué tenía tanta prisa en superarlo. Qué patético. Kousaka se burló de sí mismo.
Quiero pensar que me he convertido en un buen humano, pero en lo más hondo de mi corazón, mi flechazo con una chiquilla de diecisiete años continúa.

                  *         *        *        *        *

Perdió el último tren así que tuvo que pillar un taxi para ir a casa. Sacó el dinero del monedero sin contarlo, se lo dio al conductor y recibió el cambio. Cuando salió del coche al distrito residencial, el aroma a flores de primavera le cosquilleó la nariz.
Subió las escaleras de su piso a pasos inestables. Y, después de abrir la puerta, se derrumbó sobre la cama. Esas noches de primavera eran cálidas, el colchón suave y las sábanas frías. Dejó que su conocimiento desapareciera.
Al principio, pensó que le pitaban los oídos, pero como no dejaba de repetirse el mismo pitido, se dio cuenta que era el sonido del telefonillo. Pensó que ya era por la mañana pero cuando se sentó y miró por la ventana, todavía era de noche. Miró el reloj, eran las dos de la mañana. ¿Quién iría a verle a esas horas…? Justo cuando se preguntó eso, recordó que algo similar había ocurrido antes.
Su embriaguez y modorra desaparecieron al instante. Se puso en pie de un salto y fue a abrir la puerta.
Su predicción estaba en lo correcto. Ahí de pie estaba Izumi, con una mano en el bolsillo de su traje desgastado. El hombre se frotó la barba sin afeitar con la mano libre. No llevaba su abrigo de siempre.
-Hey, ¿qué tal?
-¿Izumi? – Preguntó Kousaka, atónito.- ¿Para qué estás aquí?
-¿Puedo entrar? ¿O todavía no se te ha curado la misofobia?
-No, no me importa que pases…
Izumi se sacó los zapatos de cuero y entró al piso.
-¿Quieres café?-Preguntó Kousaka.
-No, estoy ben.
Izumi miró la habitación. Como Kousaka estaba a punto de mudarse, estaba casi vacía. No había nada más que un montón de cajas blancas de cartón en una esquina y muebles minimalistas. Su sillón y escritorio, una estantería vacía, un perchero y la cama. Izumi reflexionó durante un rato, entonces, se sentó suavmente sobre la caja de cartón.
Kousaka se sentó en la silla y preguntó:
-Si estás aquí, entonces tiene que tener algo que ver con el gusano, más o menos.
-Correcto.-Respondió Izumi sin mover ni una ceja.
-¿Ha habido algún problema?
-Eso es lo que me gustaría preguntarte a ti, para serte sincero. - ¿Algo que comentar?-Izumi respondió con una pregunta.- ¿Algún cambio extraño últimamente?
-No, no ningún cambio destacable. Me estoy recuperando bastante bien.-Kousaka notó, de repente, que todavía llevaba su reloj de pulsera, así que se lo sacó y lo tiró a la cama.-Gracias a vosotros, también se me ha curado la misantropía. Parece que todos los gusanos han muerto.
-No es verdad. Tus gusanos siguen ahí.
El silencio acaeció sobre ellos.
-¿Qué dices…?-Dijo Kousaka con una sonrisa rígida.-Verás, me he curado de la misofobia. He conseguido un trabajo nuevo y mis relaciones humanas van bien. No queda ni rastro de los efectos del gusano.
Izumi sacudió la cabeza.
-Es un estado de calma. No sé por qué, pero los gusanos de tu cuerpo parecen ser resistentes a la medicina. No es que lo haya comprobado, pero no se me ocurre otra cosa. Por ahora están debilitados, pero si dejas de tomarte la medicina un tiempo, seguramente volverán a la carga de inmediato.-Entonces, sonrió de repente.-Y eso es una cosa muy buena.
-¿Buena?
-Digo, que agradezco que tus gusanos sean tan resistentes.
Izumi cogió aire, como si estuviese soportando algo, y lentamente lo soltó. Entonces, le informó:
-Aparte de ti, la medicina desparasitaría ha sido extremadamente efectiva en los afectados, y cuando los gusanos de sus cuerpos han desparecido… Todos sus huéspedes, también han escogido morir.
La expresión de Kousaka se quedó helada. No le salió ni una sola palabra de la boca.
Izumi continuó:
-El profesor Kanroji y Urizane tenían la misma opinión sobre que el gusano causaba la muerte. Pensaban que cuando el número de gusanos en el huésped superaba cierto punto, no podían soportar vivir en la sociedad y aceptaban su muerte. Bueno, supongo que eso tiene su sentido… Pero hubo un error fatal en esa forma de pensar. Asumimos que  el suicidio era igual a anormalidad. Esa es la trampa en la que caímos de cuatro patas. Conforme nuestra investigación continuó, salieron a la luz ciertos hechos. Está claro que el huésped final de estos parásitos son los humanos, sí, pero parece que no afectan a cualquier humano. De hecho, a la mayoría no les afecta; aunque se meta en su cuerpo, el sistema inmunológico acaba con ellos rápidamente. Pero hay casos, como el tuyo, en los que el cuerpo no solo no los elimina, sino que se aferra a ellos. Como si aceptasen la infección activamente. Esto es subjetivo, pero… Tal vez el gusano no tenga el poder de hacer que sus huéspedes se maten. Sí, los margina, pero tal vez no tiene nada que ver con su muerte. De hecho, el Dr. Urizane ha descubierto un nuevo hecho: que el gusano elimina la habilidad del huésped de albergar malos sentimientos. Enfado, tristeza, celos, odio… El gusano debilita cualquiera de estas emociones negativas. No sé cómo funciona, pero el Dr. Urizane dijo que podría ser que el gusano consume selectivamente las enzimas que el sistema nervioso necesita para crear dichas señales. Si esa teoría está en lo cierto entonces, podríamos decir que el gusano se alimenta de la agonía del huésped. Además, seguramente margina a su huésped de la sociedad para proveerse esa agonía. Supongo que el estrés del cada día no es suficiente. Y entonces es cuando se me ocurrió esta hipótesis. Quizás los infectados, antes de que el gusano les atacase, siempre han sido gente propensa a la enfermedad – para serte sincero, siempre han sido personas con deseos de morir y pensamientos suicidas. ¿Y si los gusanos van a por la gente que se acabaría suicidando si no estuvieran? Con esta teoría muchas cosas cobran sentido. La mayoría de la gente no se angustia  lo suficiente para mantener el gusano con vida. Si ignoramos al gusano, se debilitará y morirá por un ataque del sistema inmunológico. Por otra parte, los cuerpos de la gente con ganas de morirse son lo mejor que le podría pasar al gusano. Así que, ¿qué pasa si intentas exterminar a un gusano así con la medicina? Toda la angustia no va a ningún sitio y ataca al huésped de repente. El huésped, como el gusano le protege, se va haciendo más inocente hasta que no le queda fuerza para soportarlo. Pierde lo que le ha hecho seguir viviendo; nada les frena de anhelar la muerte. Estamos convencidos de que las muertes de los afectados las causó la presencia de los parásitos. Pero, en realidad, es todo lo contrario. Fue la ausencia de parásitos lo que les ha causado la muerte. Esa es mi conclusión.
Las diversas cosas de las que había hablado con Sanagi emergieron en forma de flashback en la cabeza de Kousaka.
-Además… El trabajo del sistema inmunodepresor está relacionado con los trastornos de inmunidad. Al parecer, estos parásitos traen estás células T reguladoras. Por lo que, en esencia, la ausencia de parásitos, una situación extremadamente limpia, puede hacer que aumenten las alergias y las enfermedades autoinmunes. El D.Paradoxum no abandona a sus compañeros hasta el final. Cuando se junta con su pareja, no se sueltan. Si intentas separarles, mueren. Las pistas habían estado ahí todo el tiempo. Los parásitos nos han dado la vida y deberíamos aferrarnos a ella.
-Sanagi.-Esa fue la primera palabra que salió de su boca.-¿Qué le ha pasado a Sanagi?
-Ella fue la primera víctima.-Dijo Izumi.-Hijiri Sanagi fue la primera en experimentar los efectos de la ausencia de los parásitos. Una mañana, el Dr. Urizane se preocupó porque su nieta no se levantaba, así que fue a su habitación y se la encontró tumbada en el suelo, inmóvil. Había pruebas de que se había tragado una tonelada de pastillas para dormir y alcohol. Eso pasó hace un mes.
El mundo cayó a sus pies. Su visión se anubló y le pitaban los oídos.
Pero las siguientes palabras de Izumi salvaron a Kousaka de caer en el infierno.
-Pero  no te preocupes. Hijiri Sanagi todavía no está muerta. Falló en suicidarse. Fue demasiado excesiva – su fuerte deseo de morir se la devolvió. Se tomó tantas pastillas y tanto alcohol y lo vomitó todo antes de que pudiese hacer efecto. O tal vez a mitad se asustó y vomitó a propósito, pero en cualquier caso, está a salvo. Aunque…  
Izumi estaba atascado y miró hacia la ventana para pensar. Kousaka también miró hacia allí, pero no había nada que mirar, sólo oscuridad. Con el tiempo, Izumi abrió la boca.
-Después de un tratamiento en la clínica, la transfirieron a un hospital decente. Su vida no parecía estar en peligro por el momento, así que el Dr. Urizane estaba tranquilo. Pero los intentos de suicidio de Hijiri Sanagi acababan de empezar. Era como un canario en una mina de carbón.
Kousaka tomó la iniciativa de preguntar:
-Los otros pacientes… ¿Los Hasewaga se comportaron igual?
-Sí.-Izumi asintió.-Una semana después del incidente de Hijiri Sanagi, Yuuji Hasewaga nos llamó de repente. Nos dijo que Satoko Hasewaga se había suicidado y colgó. Al día siguiente decidimos ir a su casa a pedirle los detalles, pero era demasiado tarde. Yuuji Hasewaga ya había seguido a su mujer. Los dos murieron acurrucados. Y mientras investigábamos los suicidios de los Hasewaga, Hijiri Sanagi desapareció del hospital.
-¿Desapareció?
-Sí. Dejó una nota donde lo único que ponía era: “muchísimas gracias”. Pusimos una orden de búsqueda, y yo la he estado buscando durante días, pero no la he encontrado. Pensaba que podría haber venido a tu casa, pero supongo que no. ¿Dónde puede estar…?
Entonces, Izumi se sumió en el silencio. Su rostro parecía cansado. Como fatigado, impotente y todo tipo de emociones.
-Estoy exhausto.-Dijo entre suspiros Izumi.-Al final, lo que hemos estado haciendo ha sido inútil. No hemos salvado ningún paciente, los hemos inducido al suicidio. Nos hemos metido con algo que estaba bien como estaba. Vaya comedia. Los ánimos del Dr. Urizane están por los suelos, es como si estuviese paralizado. Puede que se acabe matando él antes que su nieta.-Después de una risita, Izumi se levantó perezosamente.-Es egoísta, pero… Voy a abandonar al Dr. Urizane. Dudo que te vuelva a ver.
Izumi le dio la espalda a Kousaka. Kousaka le llamó.
-Izumi.
-¿Qué?-dijo Izumi sin girarse.
-No te mueras, por favor.
-Si te preocupas por eso, estoy acabado.-Los hombros de Izumi se sacudieron con una risita.- Hasta luego. Llévate bien con ese gusano. Te guste o no, es una parte importante de ti.
Y con ese comentario, se fue.

Un intento de suicidio. Esa era la verdadera razón por la que Sanagi no había respondido a sus llamadas o a sus mensajes. Cuando Kouska la llamó, los gusanos de Sanagi ya habían muerto, y ella estaba en una encrucijada entre la vida y la muerte. O tal vez estaba preparando el suicidio. En cualquier caso, eso es lo que le llenaba la cabeza, y no podía permitirse pensar en nada más Así que la ausencia de respuesta por parte de Sanagi no fue porque le odiase  - esa fue la primera impresión de Kousaka.
Esta felicidad que siento ahora mismo lo es todo. Amo a Sanagi. No hay nada más claro que eso. El gusano y nuestras edades no cambian eso. Si este sentimiento es una mentira, entonces seguiré engañándome hasta el día en que muera, pensó Kousaka.
Tras saborear esa felicidad, Kousaka consideró el paradero de Sanagi. Las localizaciones que albergasen un interés especial para ella eran escasas. Por lo que las posibilidades disminuían. Tal vez Sanagi se había intentado matar en el mismo lugar que sus padres. Él había escuchado que ambos habían saltado de un puento de las montañas famoso por los suicidios. No sería raro que ella quisiera saltar del mismo sitio.
No tengo pruebas reales, pero ahora mismo, no tengo otras pistas que suenen mejor. Tengo que ir para allá, pensó Kousaka.
Llamó a un taxi con el móvil. Se subió al que llegó a los diez minutos y le dijo al conductor su destino. El conductor maduro empezó a conducir en silencio sin ninguna palabra de afirmación.
Pero veinte minutos más tarde, Kousaka le dijo que se había olvidado algo y le hizo dar la vuelta. A decir verdad, no se le había olvidado nada. Simplemente pensó de repente que tenía que llevar la bufanda roja que Sanagi le había dado en Navidad.
Aunque era una carrera contra el tiempo, no pudo evitar sentir que era algo necesario. Era como un ruego. Sentía que esa bufanda era un hilo rojo[1] que les unía.
Para adelantar las cosas, la premonición que tuvo dio en el blanco. Quizás fue el gusano de su cabeza quién se lo dijo. En el apartamento, Kousaka subió las escaleras corriendo y llegó a la puerta de su piso sin aliento. Mientras metí ala llave se dio cuenta que su puerta ya estaba abierta. Debía haberse olvidado de cerrarla al salir de casa.
Cuando entró, vio una luz colándose desde el comedor. Al parecer también se le había olvidado apagar las luces, pero no le importó. Kousaka entró en la habitación sin quitarse los zapatos, pasó la cocina hasta el comedor y allí, profundamente dormida, encontró a Sanagi.


[1] Hay una creencia japonesa que dice que las personas predestinadas tienen un hilo rojo atado en sus meñiques. 

Title: Capítulo 8: Una epidemia de ausencia
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Writed by Nana L15R1