Capítulo 5: Invierno en Gusanolandia


Acabaron saliendo cada día a una hora fija. Sanagi solía ir a su piso como siempre. Los primeros treinta minutos los pasaban juntos sin hacer nada, luego se preparaban y se marchaban; andaban una hora, volvían al piso y se tranquilizaban como quisieran.
Al final del día, estimaban los resultados de su entrenamiento. Sanagi comprobaba cuántos segundos podía mirar a los ojos a Kousaka, y Kousaka comprobaba cuántos segundos podía cogerle de la mano a Sanagi.
Kousaka sentía que cada día mejoraba. Como era normal, no iba en tren solo, pero si iba con Sanagi, podía hasta ir a un restaurante. Aunque iban a un ritmo lento, se lavaba las manos con menos frecuencia, pasaba menos tiempo limpiando y el aroma a desinfectante de su piso se debilitó.
Al ver que la misofobia de Kousaka mejoraba, Sanagi empezó a llevarle a dar de comer a animales callejeros. A los cisnes del lago, a los gatos del parque, a las palomas de la plaza de la estación, a las gaviotas de la costa y con el tiempo, hasta a los cuervos de la basura – Sanagi les daba de comer a todos sin discriminar. Kousaka la observaba desde cierta distancia.
Kousaka le preguntó qué le gustaba de los animales y Sanagi le dio una respuesta algo sorprendente.
-Hace tiempo leí que los animales no tienen la noción de pasado o de futuro, para ellos sólo existe el presente. Así que sin importar el dolor que experimenten, aunque se acumule la experiencia, el dolor no lo hace. Su dolor pasado y futuro dolor sólo lo reconocen como: “mi dolor de ahora”. Gracias a eso, no tienen esperanza y no pueden caer en la desesperación, y parecen estar en ese estado tranquilo. Cierto filósofo lo llamó: “una inversión total del presente”, y yo admiro esa forma de vivir que tienen los animales.
-Eso es un poco complicado. ¿No podrías ser más del palo: “los gatos son monos, me gustan”?
-Claro que son monos.-Dijo Sanagi como herida.-Si pudiera cambiar de forma, me gustaría ser un gato. También me gustaría tener alas como un pájaro.
-¿Quieres ser un gato alado?
-Eso no sería un gato.-Negó con firmeza Sanagi.
Mientras los dos recorrían el pueblo, hicieron varios descubrimientos. Las escenas que Kousaka siempre pasaba de largo junto a Sanagi a su lado le eran una fuente de imaginación.
Me pregunto si así es cómo es el mundo con sus ojos.
Era como si tuviera órganos sensoriales nuevos. Como tener una cámara de lentes nuevas; todo era sujeto de reevaluación.
Tal vez Sanagi sintiera lo mismo. Un día, la joven miró allá a la distancia y murmuró algo:
-Caminar por el pueblo sola y caminar con alguien es completamente diferente, ¿eh?
Sanagi pintó los colores que Kousaka no había podido pintar, y Kousaka pintó los colores que Sanagi no había pintar. Completando los mundos del otro. Al hacer eso, el mundo destacaba con más claridad. La comida estaba más buena cuando comían juntos, era más divertido ir con alguien que solo, era más bello observar con alguien que solo; esto que es tan obvio para la mayoría de la gente que no merece ni mención, para Sanagi y Kousaka fue un enorme descubrimiento que sacudió su visión de la vida.
Ahora sentían que comprendían la razón por la que la gente se iba a vivir junta.
Kousaka no había olvidado la advertencia de Izumi. Obedeció la orden de “dejar las cosas como estaban”, intentando mantener una distancia razonable de Sanagi y evitando ser demasiado familiar con ella. Por cada paso que ella daba hacia él, él retrocedía otro; y si ella retrocedía uno, entonces, él daba un paso adelante. Era como un baile.
Pero aunque no fuera esa su intención, la distancia entre ambos se estrechó. Era normal. Siendo personas que pasaban tanto tiempo juntos, compartían sus preocupaciones y sus mundos, era imposible que su relación no avanzase. Sin saberlo, Kousaka había alcanzado un punto sin retorno. Ahora estaban en la frontera del reino de los amigos, pero parecía ser cuestión de tiempo que un latido repentino les hiciera perder el equilibrio y caer más allá. Y pronto llegó ese momento. La noche del veinte de diciembre, una noche de aguanieve.
Kousaka estaba dormitando en su sillón. No estaba cansado ni había tenido insomnio, simplemente le gustaba dormir con Sanagi por ahí. Se había vuelto parte de su rutina. Si dormía mientras Sanagi leía, tenía buenos sueños. No era un sueño con argumento, era simplemente un montón de imágenes y al despertarse, no recordaba ninguna cosa en concreto, pero permanecía un eco de felicidad. Era ese tipo de sueño.
Cuando se despertó aquel día, el rostro de Sanagi estaba delante de él. Kousaka brincó unos centímetros por la sorpresa, pero ella fue quien tuvo la mayor reacción. En el instante en el que él abrió los ojos, Sanagi dio un salto para atrás a prisa. Fue la típica reacción de una niña a la que pillan haciendo una travesura y a la que sorprenden desde atrás.
Sus ojos se encontraron. Sanagi estaba sorprendida, aunque no porque Kousaka se hubiese despertado de repente.
-Buenos días.
Kousaka le sonrió. Su sonrisa decía: “haré ver que no he visto nada”. Pero Sanagi no respondió. Se sentó en el borde de la cama, el puño cerrado de su regazo y se debatió con su confusión interna. Los ojos de ella, que solían apáticos y cansados, estaban abiertos como platos; y sus labios que siempre estaban cerrados estaban entreabiertos. Poco después, volvió en sí y alzó la vista. Cogió aire y entonces habló con la voz ronca.
-Perdona.
Kousaka se confundió por su expresión de agonía, como la de un asesino al que descubren. Justo después se dio cuenta con retraso de lo que Sanagi había intentado hacer. Se percató que el ángulo de su rostro al dormir y el ángulo de cuando ella le besó a través de la máscara era el mismo.
-No ha pasado nada. No me importa.-Dijo Kousaka.-Y esta vez no te he arañado.
-No.-Dijo Sanagi, sacudiendo con fuerza la cabeza.-Estaba a punto de hacer algo que no tiene vuelta atrás.
Así, se abrazó las rodillas en la cama.
¿Sin vuelta atrás? Kousaka se estrujó el cerebro. Sólo había una cosa en la que podía pensar. Seguramente se estaba disculpando por casi cruzar la línea de la norma que había acordado con Izumi. Efectivamente, había estado cerca. Pero aun así, su reacción parecía demasiado dramática. Aunque fuera con una máscara, ella ya había hecho esto una vez antes. Kousaka no pudo evitar sentir que daba igual. No obstante, las palabras de Sanagi le sorprendieron.
-Si seguimos así, creo que te mataré algún día, señor Kousaka.-Ella mantuvo los ojos apartados de él, sonriendo solitariamente. Sanagi se levantó secándose las lágrimas de los ojos.-Así que no voy a volver a venir.
Sin decir nada más, se fue del piso sin dudarlo. Para cuando Kousaka se había recuperado de la confusión y fue tras de ella, Sanagi ya no estaba.
Llovió aguanieve por el pueblo y además, Kousaka volvía a estar solo.

                  *         *        *        *        *

Pasaron unos pocos días.
Kousaka sabía que saber el motivo no haría que Sanagi volviera, pero no podía dejar de pensar sobre por qué se había desvanecido. No creía haber cometido ningún gran error. De hecho, durante los últimos diez días, su relación había sido muy favorable. Estaba seguro de ello. En el fondo, ella disfrutaba de su tiempo juntos. De eso estaba seguro.
Kousaka supuso que no se había marchado porque le odiase, sin embargo, tal y como había dicho, él no sabía mucho sobre ella. Él era el único que creía que sí. Pero, por alguna razón, ahora lo comprendía. Sabía que dentro de ella había “algo” todavía más devastador que la escopofobia que le impedía interactuar con los demás. Aunque no tenía pruebas de ello, su instinto estaba seguro. La escopofobia era sólo un síntoma que derivaba de ello.
Era extremadamente decepcionante, pero cuando consideró que las otras seis personas antes que él habían fallado, sintió que era normal que Sanagi huyese de él. Tal vez este había sido un juego imposible de ganar desde un principio.
Había algo que no le dejaba tranquilo. ¿Qué habría querido decir con lo de: “creo que algún día te mataré”? ¿Debía interpretarlo como una expresión exagerada de que podría molestarlo o tomárselo literalmente? No, tenía que detenerse. Pensar sobre las cosas que ya estaban hechas y finiquitadas no servía de nada.
La vida de Kousaka volvió a cómo era antes de conocer a Sanagi. Al principio, sintió que no tenía nada al pasar la tarde solo, pero se acostumbró a ello rápidamente. No podía olvidar con tanta facilidad los rituales que había estado llevando a cabo durante cinco años. Limpió el piso a fondo, las manchas de sangre de Sanagi y se duchó muchas veces para eliminar la sensación de Sanagi.

                  *         *        *        *        *

Veinticuatro de diciembre, cuatro de la tarde.
Quedaba menos de una hora antes de que la creación de Kousaka se activase: la NocheSilenciosa. Estaba claro que había infectado muchos aparatos, pero a la baja no serían más que mil porque el malware que él había creado era distinto al que se había hecho antes.
Ni el autor mismo, Kousaka, era consciente de ello, pero NocheSilenciosa era un malware de móvil extremadamente revolucionario. Sí que habían existido malwares anteriores que desconectaban las funciones de comunicación de los móviles, por ejemplo, MururoSilencioso o CortadorDeRadio descubiertos en dos mil nueve. Pero en cualquier caso, la mayoría de los malwares reconocidos en dos mil once eran troyanos por razones técnicas. La NocheSilenciosa, sin embargo, era un gusano de móvil que infectaba la red y podía multiplicarse sólo, por lo que su habilidad para difundirse era incomparable a la de los anteriores malwares. Y al menos, en esos momentos, no había ningún programa antivirus efectivo que lo detectase.
Melissa, un poderoso virus que atacó en mil novecientos noventa y nueve había causado más de ochenta millones de dólares en daños en América. Además, el virus que apareció al año siguiente, CartaDeAmor, costó más de un billón de dólares. Hasta este malware podría estremecer el mundo hasta la médula. Si todo iba bien, NocheSilenciosa captaría la atención de la gente en dos o tres días.
Pero a Kousaka no le apetecía verlo. Aunque había vivido para crear ese malware, ahora, se sentía vacío. Ni el propio Kousaka sabía si se debía a Sanagi o no.
Me entregaré antes de fin de año, decidió Kousaka en silencio. No tenía en cuenta el hecho de que entregarse podría darle la posibilidad de ser condenado más suavemente que en el caso en que lo hiciera Izumi.
El telefonillo sonó. Él sabía que no era Sanagi. Supuso que sería Izumi, pero la intuición de Kousaka volvía  a equivocarse. Ante su puerta había un repartidor. El hombre le pasó un bolígrafo y un resguardo sin andarse con rodeos. Kousaka firmó y el hombre le entregó una bolsa de papel y se fue.
Kousaka volvió al comedor para abrir la bolsa. En su interior había una bufanda roja. Cuando desplegó la bufanda, se cayó una cosa. Era un papel con un dibujo simple y un sobre. El contenido del sobre sobresalían un poco después de haberse caído: un fajo de billetes.
Kousaka recogió el papel y se lo metió en el bolsillo de su abrigo. No contó los billetes. Sabía cuánto había y la razón por la que se los habían enviado. Sanagi, seguramente, le pidió la mitad de la paga para estar a su mismo nivel. No quería sentirse que él la trataba como un trabajo. Ahora que su relación había fracasado, ya no había necesidad alguna de mantener esa igualdad.
Kousaka desconectó el móvil del cargador donde siempre estaba, metió la bufanda en su bolsa y se marchó. Se dirigió a la comisaría. No sabía por qué, pero sentía que debía entregarse, que debía hacerlo directamente en vez de esperar a que lo llamasen.
No llevaba ni guantes ni máscara. Era un castigo para él mismo.
Por el camino, Kousaka sacó la nota y la leyó:
Te he debido sorprender por irme cómo me fui. Lo siento mucho. Me gustaría explicarme, pero no puedo decir nada porque cuántas más palabras te dijera, más te confundiría. Lo que puedo decir con seguridad es que tú no tienes la culpa de nada, y que el problema es totalmente mío. Fue un error desear más de lo que puedo tener.
Para su edad tenía una caligrafía pulcra y su forma de escribir también era distinto a su tono habitual. Pero, extrañamente, no le pareció raro. Kousaka sintió que las palabras de la nota eran más fieles a la verdadera Sanagi que sus palabras que decía.
Kousaka miró la segunda hoja de la nota:
Señor Kousaka, me ha gustado pasar tiempo en tu habitación sin hacer nada, sólo perdiendo el tiempo. Ha sido la primera vez que he experimentado unos días tan tranquilos desde que nací. Creo que ha sido gracias a tener a alguien que me gustaba ahí. Gracias por este tiempo tan maravilloso.
Seguida de un espacio en blanco como un silencio prolongado, Kousaka miró la tercera hoja:
No es exactamente un reembolso, pero te he enviado la bufanda que he tejido. Sí, este es el pasatiempo “femenino” que escondía. Si no te gusta, no me importa si la tiras. Para serte sincera, sólo quería regalarte algo.
La cuarta hoja.
Le he pedido a Izumi directamente que te deje en paz, señor Kousaka. Siempre es increíblemente indulgente conmigo así que estoy segura que hará lo que le he dicho. En realidad… sólo iba a escribir esto último, pero he seguido y seguido escribiendo cosas en exceso. Perdona.
Y así es cómo concluía la nota:
Este será mi último contacto contigo, señor Kousaka. No pasa nada si me borras de tu mente completamente. Adiós.
Más o menos al mismo tiempo que acabó de leer la carta, Kousaka llegó a la comisaría. Kousaka se quedó ahí de pie. El reloj de dentro marcaba las cinco de la tarde.
Se volvió a meter la nota en el bolsillo, sacó la bufanda de su mochila y la sostuvo ante él. Era una bufanda pulcramente tejida con patrón de aran, fácil de confundir con un producto comprado.
Kousaka se puso la bufanda. Lo hizo consciente de que estaba hecha a mano. A él también le pareció raro. Él que odiaba la comida hecha a mano, las cosas escritas a mano, las cosas hechas a mano – cualquier cosa que hubiese tocado una mano – tendría que haberse sentido disgustado por el regalo, aunque lo hubiese hecho Sanagi para él. Era una inconsistencia que no podía explicarse con un: “hace frío y tengo que taparme”.
De pie fuera de la comisaría, Kousaka enterró el rostro en la bufanda, mirando las relucientes farolas rojas.
No estaba seguro cuánto tiempo lo hizo. De repente, se le ocurrió que estaba perdidamente enamorado de Hijiri Sanagi. Era su primer amor, a los veintisiete años y ella era una chica de diecisiete años.
Pero no lo veía como algo vergonzoso. Como personas inherentemente irregulares en circunstancias irregulares tenían un amor irregular. No había nada raro.
Le dio la espalda a la comisaría. Ya no tenía ganas de entregarse.
Sus acciones después de aquello fueron rápidas. Kousaka encendió el móvil por primera vez en días. Llamó a Sanagi pero la llamada se cortaba después de un solo pitido. Era una forma extraña de cortarla. Lo intentó más y más, pero siempre con el mismo resultado. No daba la sensación de que tuviese el móvil apagado o estuviese en algún sitio sin cobertura. ¿Estaría rechazando sus llamadas?
Justo entonces, se le ocurrió una posibilidad. Tal vez fuera culpa de NocheSilenciosa. Tal vez había excedido sus expectativas y se había extendido en masa hasta infectar el móvil de Sanagi. Pensando en ello, era plausible.
Kousaka estaba atónito. Si estaba en lo correcto, entonces ella había perdido la comunicación hacía unos minutos. Aunque quisiera encontrarse con ella en persona, no sabía la dirección de Sanagi. ¿Tendría que esperar hasta que pasaran los efectos del gusano? Sacudió la cabeza; no, eso no bastaría. Sentía que tenía que decirlo aquel mismo día a Sanagi o perdería la oportunidad para siempre. No había tiempo que perder. ¿Pero dónde iba a buscarla? Rebuscó frenéticamente por su cabeza, pero no se le ocurrió nada.
Qué irónico, se rio Kousaka. El gusano que hice para darle problemas a las parejas se ha dado la vuelta y me ha mordido a mí. Así que esto es lo que significa: “donde las dan, las toman”.
Sintió algo frío en la mejilla y alzó la vista. ¿Había empezado a nevar? Extendió la mano y esperó a que la nieve cayese en ella. Cuando lo hizo, de repente se preguntó por qué no llevaba guantes. De ahí, su mente saltó de una cosa a otra. Guantes, entrenamiento, cogerse de las manos, la mano de Sanagi, fuera de la estación, luces de Navidad, víspera de Navidad.
“… ¿Qué te parece? En la víspera de Navidad podré caminar por el pueblo sin que las miradas de la gente me molesten. Señor Kousaka, tú podrás ir de la mano de alguien sin que te moleste la suciedad. Si conseguimos estas metas, entonces en la víspera de Navidad, nos cogeremos de la mano y caminaremos por las luces de Navidad de fuera de la estación y haremos una fiestita.”
Si está en algún sitio, tiene que ser ahí, concluyó Kousaka.
Corrió a la estación y saltó a un tren justo antes de que se fuera. Había unos cuantos asientos libres, pero no los usó y se quedó al lado de la pared recuperando la respiración. Sacó el móvil y comprobó el estado de la infección del gusano, comprobó si alguien lo había mencionado online en la última hora. Por lo que veía, sólo habían cinco o seis persona diciendo que de repente habían perdido la comunicación. Kousaka casi se sintió aliviado por ello pero poco después se dio cuenta de su estupidez. Los afectados por el gusano, a no ser que tuviesen otro aparato no podían meterse en internet y decir algo. Usar internet para comprobar cuántas personas habían perdido internet era como contar víctimas por lista de asistencia.
Dejó de revisar el estado de la infección y devolvió el móvil al bolsillo. Seguramente todavía quedaba tiempo antes de que los daños fueran evidentes.
Después de bajarse del tren y pasar la puerta, un hombre de mediana edad le llamó.
-Perdone por pedirle un favor tan grosero, pero, ¿puede prestarme su teléfono?-Dijo.-Hay alguien con quien quiero ponerme en contacto lo antes posible pero parece que mi móvil ha dejado de funcionar de repente. No puedo llamar ni enviar mensajes, pero puedo ver mis contactos. Iba a usar el teléfono público, pero como puede ver…
Fuera de las tres cabinas de teléfono a cierta distancia de la puerta había enormes filas. Delante de todo había una persona mirando el móvil y marcando en la cabina. Seguramente todos ellos eran víctimas del gusano.
Kousaka tragó saliva. Tal vez era más serio de lo que había anticipado. Aunque era una carrera contra el tiempo, Kousaka le prestó el móvil al hombre. Ignorando que ese amable joven era en realidad la causa de toda esa conmoción, el señor inclinó la cabeza y se lo agradeció.
Mientras el hombre llamaba, Kousaka intentó pensar cómo contactar a Sanagi. Entonces, de repente se dio cuenta. No era necesario contactarla. Si Sanagi todavía quería verle, aparecería fuera de la estación aquella noche sin lugar a dudas. Eso es lo que había prometido. Por otra parte, sino quería, entonces llamarla sería inútil.
Mi principal preocupación ahora mismo es que, aparezca o no Sanagi, no sea capaz de encontrarla.
Kousaka vio cómo un trabajador de la estación ponía un cartel fuera de la puerta y la gente empezó a acercarse. El hombre por fin terminó su llamada y le devolvió el teléfono a Kousaka, le dio las gracias y se marchó. Kousaka resistió el impulso de desinfectar el móvil y se lo metió en el bolsillo. Y se marchó del edificio para dirigirse a la plaza. Si Sanagi apareció ese era el lugar que escogería.
Parecía que en la plaza había mucha gente sola. Seguramente no todos lo estaban, pero sin duda había un porcentaje que había perdido la comunicación por el gusano y no podían encontrarse con quien pretendían. La gente fumaba cigarros disgustados y mirando a la distancia, otros se sentaban en los bancos mirando a su alrededor constantemente, y otros tantos se paseaban inquietos por la plaza. La escena le recordó de un tiempo en el que los teléfonos todavía no estaban tan extendidos.
Kousaka se sentó en el banco al lado del reloj y siguió mirando a la gente que se marchaba de la estación. Agudizó los sentidos para no perderse a nadie que entrase o saliera de ella. Pero pasó una hora y dos y todavía no había ni rastro de Sanagi. Cada vez que veía a una mujer con el cabello corto y brillante, alzaba la vista esperanzado, pero todas eran desconocidas.
La nieve se amontonó y la gente que llenaba la plaza fue bajando en número. Antes de que pudiera darse cuenta, quedaban menos que dedos en una mano. Eran pocos los que entraban y salían de la estación, ya no hacía falta concentrarse. Pasaron un total de tres horas.
A lo mejor esperar no sirve de nada, pensó.
La promesa había perdido su efecto hacía ya mucho. Suspiró y miró el cielo nocturno. Estaba helado; tenía muchísimo frío específicamente debajo de las rodillas. Pero el frío físico no era la gran cosa. La calidez que sentía en su pecho desde que había salido parecía reforzar el frío.
Ah, o sea que esto es la soledad, Kousaka a los veintisiete años por fin se dio cuenta de algo como esto. La venda le cayó de los ojos. Hasta entonces había sido ligeramente consciente de las formas de amar y sentirse solo, pero había decidido que semejantes cosas le eran irrelevantes.
Y pensar que llegaría el día que me sentiría así. A lo mejor fue el beso de Sanagi que me ha hecho reescribir mis datos, pensó.
El reloj sonó informándole que era las nueve. Quedaba menos de una hora para que apagaran las luces de Navidad. Llegados a ese punto lo único que hacía que Kousaka siguiera allí era terquedad.
Seguramente no vendrá, pensaba, empezaba a descartar sus esperanzas – y en cierta manera, tenía razón.
Cuando la campana dejó de zona, Kousaka miró a su alrededor. Casi todo el mundo de la plaza se había desvanecido; todo lo que quedaba era él mismo y una única chica. Parecía una chica dócil en un atuendo modesto. Tenía la cara enterrada en la bufanda para resistir el frío, con la cabeza gacha. A causa de haber estado haciendo eso durante mucho tiempo tenía la cabeza y los hombros cubiertos de nieve blanca.
Tal vez era otra persona que no había conseguido encontrarse con su ser querido. Ese pensamiento llenó a Kousaka de lamentos. Ahora, entendía esos sentimientos a un doloroso grado.
Quiero disculparme con ella. Le diré que soy el que ha liado todo esto, que tenía envidia de las parejas y que creé un gusano para que pasase esto, pensó Kousaka. Seguramente ella no le iba a creer sino que pensaría que estaba loco, pero su razón estaba fuera de sí a causa del frío y la desesperación.
Kousaka se levantó del banco y anduvo hasta la chica. Todos sus músculos estaban rígidos por lo que caminó como una marioneta.
-Eh, perdone.
La chica alzó la vista cuando le habló y ella sonrió.
Y así, Kousaka fue incapaz de decir palabra.
Estaba muy sorprendido, tanto que se le olvidó respirar por un momento. Era como si toda la energía de su cuerpo hubiera desaparecido.
-Esperaba a ver cuándo te dabas cuenta.-Dijo la chica.
-Es injusto…-Dijo Kousaka.-Estás muy cambiada. Es imposible que lo adivinase.
-Pero si no cambio mucho no tiene sentido que cambie, ¿no?
Sanagi se levantó lentamente y se limpió la nieve del pelo y el abrigo. Tal vez había estado allí durante mucho tiempo. Kousaka simplemente la pasó por alto aunque ella había estado a la vista todo el tiempo. No es que no viese bien, a nueve de diez personas les hubiera pasado lo mismo.
Cuando Kousaka imaginaba a Hijiri Sanagi, lo primero que le venía era su pelo teñido, después sus cascos descuidados, la minifalda y su pendiente azul. La chica delante de él no cumplía con ninguna de estas condiciones. Tenía el pelo negro, no llevaba cascos, su faldilla era de una longitud normal. El pendiente seguía allí, pero no se veía de lejos.
-Estaba a punto de rendirme y dar por supuesto que no vendrías. Ah… Sanagi, qué mala eres.-Dijo Kousaka incrédulamente.
-Es lo que te digo, es culpa tuya por no darte cuenta, señor Kousaka.
-Fue a hablar.-Kousaka frunció el ceño.- ¿Me has reconocido desde el princiio?
-Sí, por la bufanda.-Sanagi miró el cuello de Kousaka.-Lo he sabido al instante. Me alegra que la estés usando.
-Sí. Hoy hace mucho frío, así que…-Dijo Kousaka algo avergonzado.-Aparte de eso, ¿tu color natural significa que vas a volver a clase?
-Bueno, esto también.
-¿Hay otra razón?
-Eh…-La mirada de Sanagi se desvió diagonalmente, y habló jugueteando con su pelo húmedo por la nieve.-Supuse que te gustaría este aspecto más diligente, así que…
Sanagi se rio como si fuera una broma, pero Kousaka no lo hizo. El frío de su cuerpo entró en calor como una llama encendida.
Un momento después, Kousaka abrazaba a Sanagi.
-¿Eh?-Sanagi exclamó sorprendida.- ¿No pasa nada…?-Preguntó ella preocupada entre los brazos de él.
-Sinceramente, sí.-Dijo Kousaka, acariciándole la cabeza cariñosamente.-Pero por alguna razón si eres tú no me importa ensuciarme.
-Qué grosero eres.-Dijo Sanagi entre risas, y rodeó su espalda con los brazos.

*        *        *        *        *

En los siete días antes de fin de año, Kousaka y Sanagi pasaron el tiempo más tranquilo y satisfactorio de su vida. Todo lo que habían perdido anteriormente en sus vidas, lo que no podían conseguir, en lo que se habían rendido, todo volvió de una sentada. Era una felicidad que para la mayoría de la gente no es extraña, sólo trivial y andrajosa, pero para los dos era como un sueño. El simple hecho de cogerse de las manos, estar hombro contra hombro, mirándose a los ojos eran grandes acontecimientos en sus historias personales.
En esos siete días, Kousaka jamás se lanzó con Sanagi. No era en honor a lo que había acordado con Izumi, ni porque le pareciera impura, ni porque careciese de valor para cruzar la línea. Simplemente quería atesorarla. Podía esperar a que llegase a la edad adecuada para pensar en esas cosas. Tal vez, sintiendo esa consideración, Sanagi también se contuvo en cuanto a tocar y mostrar piel, con prudencia para no estimularle más de lo necesario. Kousaka estaba muy agradecido por su actitud cooperativa. A pesar de la diferencia de edad, el autocontrol era algo que podía derrumbarse muy rápidamente si se tocaba demasiado.
Sinceramente, en los últimos días del año, hubo bastante pánico por el gusano de móvil que había causado estragos en la víspera de Navidad y Navidad. El primer gusano de móvil en el mundo que se había expandido a semejante escala, la NocheSilenciosa causó un aguafuerte en la historia del malware. Pero era imposible que Kousaka, que no miró las noticias durante esos siete días, supiese eso.
En esos momentos nada le importaba. Sentía que lo único a lo que valía la pena prestar atención era Sanagi. Más tarde, reflexionaría y llegaría a la conclusión: a lo mejor sabía en algún lugar de mi corazón que esta sería la primera y última oportunidad así que quise pasar cada segundo con prudencia y sin arrepentirme de nada.
Kousaka estaba muy convencido de que aquella felicidad ni iba a durar mucho, era como si hubiera visto el futuro con sus propios ojos. Tal vez se trataba de un sentimiento arrastrándose por su cabeza. Decidió no preguntar a Sanagi el significado de: “creo que algún día te mataré”. Sentía que hacer que revelase su secreto sólo conseguiría acortar su momento. Aunque el posponer aquello causase que Sanagi le matase, no le importaba.
Si quiere matarme, dejaré que lo haga, pensó Kousaka para sí porque si Sanagi se marchase su vida no tendría significado alguno.
Izumi apareció en la tarde del día uno de enero. Después de ir a hacer una visita al templo por año nuevo, no hicieron nada y se limitaron a holgazanear en el piso con las cortinas cerradas. Justo cuando Kousaka estaba a punto de quedarse dormido, el telefonillo le devolvió a la realidad. Depositó a Sanagi, que dormía profundamente en su regazo, en la cama sin despertarla y entonces fue a abrir a su invitado. Su rostro se endureció al ver a Izumi en la puerta.
-Ya pensaba que era hora de que vinieras.-Dijo Kousaka entrecerrando los ojos por la luz.
-¿Hijiri Sanagi está aquí?-Preguntó Izumi. Por culpa de la luz de detrás Kousaka no podía leerle la expresión de la cara.
-Sí. Está dormida, ¿la despierto?
-Sí, perdona pero sí.
Kousaka volvió al piso y sacudió los hombros de Sanagi con gentileza.
-Te llama Izumi.-Dijo y ella abrió los ojos rápidamente y se levantó.
Ambos hicieron lo que les dijo Izumi, y entraron al asiento trasero del coche que estaba aparcado fuera del apartamento. Era un coche gris que daba la impresión que si se aparcaba en un parking grande se podía perder con facilidad. Había calefacción y los asientos tenían un olor aromático.
Ninguno de los tres dijo nada durante un rato después de que el conductor empezase. Fueron a la autopista y cuando se detuvieron en un semáforo, Izumi por fin habló.
-Kengo Kousaka. Te voy a tener que contar un hecho bastante sorprendente.
-Izumi,-Sanagi le interrumpió.-no…
Pero Izumi la ignoró y continuó.
-Hay un nuevo tipo de parásito en tu cabeza. Todavía no tiene nombre oficial, así que simplemente le llamamos: “gusano”. Para evitarte las explicaciones tediosas. Ese “gusano” tiene la culpa de que no seas adecuado para la sociedad.
Kousaka pensó que era una broma. Algún tipo de broma que sólo tenía sentido para Izumi y Sanagi, pero al mirar la expresión de ella, quedó muy claro que no se trataba de ninguna broma.
Los labios de ella temblaron, su rostro empalideció y dejó caer la cabeza.
Como si estuviera profundamente avergonzada de que Kousaka escuchara eso.
-Y este “gusano” también está en la cabeza de Hijiri Sanagi.-Continuó Izumi.-El gusano de tu cabeza y el gusano de la cabeza de Hijiri Sanagi se llaman. Puede que pienses que Hijiri Sanagi es tu persona destinada, pero eso sólo es un sentimiento que el gusano ha creado. No eres más que una marioneta.
La expresión de Izumi, a través del espejo interior, era completamente seria.
Kousaka miró a Sanagi buscando palabras de negación pero todo lo que salió de su boca fue:

-Siento haberte engañado…
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Writed by Nana L15R1