Capítulo 82: Al festival nocturno del dios Rojo [parte 5]

Para terminar el festival se celebraba un espectáculo de fuegos artificiales a gran escala hechos con magia de fuego. Los colores se limitaban todos a rojo para que fueran bien con el festival de Ahmar, pero los enormes anillos de petardos que coloreaban el cielo nocturno era un espectáculo que no se podía ver en ningún otro sitio.
Toda la gente miraba al cielo. De repente, en medio de todo eso, Latina se dio la vuelta sintiendo que alguien la estaba llamando. Sus amigas notaron sus acciones e inclinaron la cabeza, perplejas.
-¿Qué pasa, Latina?
-Mmm… Alguien… Acaba de…
Delante de ella estaban los trabajadores del ayuntamiento que les habían proveído la localización. Latina encontró a su amigo de la infancia, Anthony, entre ellos y ladeó la cabeza ligeramente. Al lado de su amigo había muchos hombres vestidos en uniformes de soldado, aunque parecían algo más débiles que los que solían ir al Ocelote.
-¿El soldado?
-Eh.
A diferencia de Latina que parecía confundida, a Silvia se la veía visiblemente disgustada.
Su padre era el vice general de los soldados. Aunque era una plebeya era una princesa de buena familia, y la casa de Silvia actual era estricta y formal a su modo. Para Silvia, que se había marchado al mundo exterior conocido como el templo de Akdar, el dios verde, su vida en su casa era sofocante. Además, los que pertenecían a las tropas eran símbolos de esa casa, gente que trabajaba para su padre.
Uno de los soldados con los que hablaba Anthony estaba mirando hacia ellas. Se estremeció y dejó de moverse. Parecía que el soldado estaba sorprendido al ver que las chicas le miraban. Los soldados a su lado también parecían sorprendidos pero parecía que su sorpresa tenía un significado algo distinto. Emitían un aura de incredulidad. Creyendo que quizás tuviese algo extraño en ella, Latina miró detrás de sí para comprobar y tras ver a la gente mirando al cielo nocturno sin hallar razón alguna para sorprenderse, volvió a mirar al frente y ladeó la cabeza.
-¿Eh? ¿Ese no es Rudi?
-¿Eh?
Al escuchar a Chloe, Latina volvió a mirar una vez más y por fin se dio cuenta que el soldado con el que había estado hablando su amigo de la infancia, Anthony, era Rudi.
-Ah.
-Tienes razón. ¿Qué? ¿Ya sale con las tropas de reserva?
Tal y como Silvia había murmurado, antes de que las tropas formasen parte del ejército de Kroix, tenían que recibir entrenamiento y educación. Cuando se les reconocía en ambas tareas, por fin podrían vestir el uniforme militar y llevar a cabo su deber. Aunque también habían rangos en el ejército, no era una armada complicada a gran escala al ser local.
Su amigo de la infancia todavía tenía una apariencia fidedigna y era demasiado joven como para que le llamasen “joven adulto”, daba la sensación que era el uniforme quién vestía al muchacho. Su figura delgada se debía al proceso de la madurez. Sin embargo, se podía ver que su cuerpo estaba bien proporcionado y entrenado. Aunque su cuerpo solía ser más grande que el de sus amigos cuando era más joven, al crecer se volvió un hecho menos notable. Anthony a su lado le había superado en temas de altura.
Latina se dirigió al lado del amigo al que no había visto en tanto tiempo. Sus pasos eran los mismos que cuando era pequeña y se podrían describir como trotes. Como era una persona extremadamente curiosa por naturaleza, se dirigió a él sin dudar, sólo con un poco de interés.
-Rudi, cuánto tiempo. Se te ve bien.
Latina le sonrió y, a pesar de que aún tenía rastros de su niñez, el jovencito que parecía estar convirtiéndose en un joven hombrecito mostró una expresión algo complicada.
-¿Podéis dejar el Rudi ya…?
Sin siquiera saludarla, su amigo de la infancia soltó una voz más grave que la que tenía en sus recuerdos y dijo esa frase. Latina inclinó la cabeza perpleja.
-Rudi… ¿No es Rudi?
-Que me llamen de una forma tan infantil a esta edad es un poco…
-¿Rudolf…?
Por alguna razón cuando Latina dijo esas palabras poco familiares, él, que quería que le llamaran así, volvió a dejar de moverse otra vez.
-¿Mmm…? Suena… raro.-Murmuró Latina frunciendo el ceño, y volvió a decir.-Rudi es Rudi, ¿no?
-Haz lo que quieras.
Incapaz de mirar directamente al rostro de Latina que le miraba de cerca Rudolf se dio la vuelta y le contestó por encima del hombro. Sus amigos les habían estado mirando cálidamente.
-¿Sólo le ha crecido el cuerpo? Bueno, no queda de otra, después de todo hablamos de RUdi.
-Ni siquiera el entrenamiento militar le ha curado de su enfermedad de perdedor. Oh, bueno, es Rudi.
-Chloe y Silvia también. Estáis siendo muy duras… por tener tantas expectativas de él. Es Rudolf, sabéis.
-Tienes razón, somos muy duras…
-Sí…
-¡Hey! ¡Os puedo oír! ¡No os estáis guardando nada, ¿eh?!
No es como si estuviese a punto de llorar pero comparando a Ruldolf, no había madurado demasiado.
Anthony era el que había ido al ejército. Sabía que si de pura casualidad algunos rufianes atacasen a la princesa hada plateada o algún pervertido se la comiese con los ojos de forma lasciva, se volvería un gran escándalo -  Entendía que la persona que hiciese algo así le sería, seguramente, imposible abandonar la ciudad vivo.
Latina era, de alguna forma, mucho más peligrosa que lo que se podría pensar. Aunque era una maga y es cierto que poseía magia ofensiva, era posible que no fuese capaz de hablar por el miedo o la sorpresa. Si eso ocurría, entonces, la resistencia de una chiquilla delicada y delgada era limitada.
A pesar de ello, sus amigos de la infancia planeaban vagar sin rumbo en una noche como aquella, en la que habían muchos más extranjeros de lo habitual. También tenía que hacer algo por el bien de la paz y la tranquilidad de Kroix. Por eso, fue a la oficina del ejército a hablar de ello, pero se sorprendió más de lo esperado cuando consiguió unos cuantos principiantes que se acababan de graduar de la policía de reserva. Ese resultado se debía a que el general supremo estaba aún más preocupado por la seguridad de la princesa hada que el propio Anthony, y su subordinado directo, el vice general, se sentía ansioso por su hija que últimamente no pisaba su casa. Aunque eso era un claro abuso de poder, no había nadie que pudiese criticar su decisión. Fueron las órdenes de sus superiores las que decidieron que Rudolf formase parte de esto.
No había ningún superior que desconociera quién era su querida y precisamente había sido por eso que desde que había entrado en el ejército hacía cuatro años le habían tratado con tanto “amor”, es decir, le habían hecho entrenar como loco.
Tal vez fuese por influencia de su tutor o señor, pero la princesa hada se sentía más cómoda alrededor de los aventureros. Los clientes habituales no podían dejar de preocuparse por ella. Pensando en ello, la muchacha solía visitar los cuarteles militares con frecuencia para ver al joven a quién sonreía de forma adorable y saludaba a sus superiores, es decir, a ellos. A veces, les llevaba la comida y les decía: “Comed todos”.
A pesar de que los hombretones le hacían estar en desventaja intencionadamente, esos mandamases tenían sus propias razones para hacerle entrenar tan duramente con amor. Si el muchacho no conseguía, siquiera, alcanzar el punto de no ser asesinado instantáneamente por el tutor legal de ella – Dale – no valía la pena que se plantease nada.
Desde el punto de vista de los superiores, pensaban que no pasaba nada por desahogarse con el jovencito amándole más cuando les molestaba algo.
Sin importar qué, para Rudolf era un infierno, un camino espinoso que él mismo había escogido desde un principio.
-Rudi, ahora eres un soldado, ¿no? ¿Desde cuándo?
-Acabo de empezar… Pero como no hay mucha gente en guardia esta noche en el festival, hasta los nuevos como nosotros tenemos que ir de rondas.
-¿Los que hay detrás de ti también son nuevos? No les he visto en la tienda nunca.
-Del Oce-… La mayoría de los soldados que van a ese establecimiento son de alto rango.
-Eh… Encantada de conocerte, soy Latina del Ocelote en el distrito sur. Soy amiga de Rudi desde que éramos niños, ¿sabes?
Ignorando por completo el esfuerzo que Rudolf hacía a propósito por no nombrar el nombre de la tienda, el Ocelote Bailarín, Latina sonrió a los jóvenes de una edad similar a la suya de su lado. Aunque tenían poca diferencia de edad entre ellos, los muchachos a los que habían ascendido hacía poco miraban a Latina atónitos.
Sinceramente, Rudolf también estaba extremadamente sorprendido.
El muchacho sabía que la persona que tenía como su “amada” desde pequeño era una chiquilla adorable, pero en el poco tiempo que habían estado separados, se había vuelto todavía más hermosa de lo que recordaba – eso fue lo que pensó.
El entrenamiento, visto desde otra perspectiva, era terrible. Él mismo había sentido que su propio entrenamiento era, muchas veces, más duro que el de otros cadetes, pero no podía decir que pensaba que su entrenamiento era completamente irrazonable. No obstante, Latina sí que había madurado de una forma más bella de lo que jamás habría imaginado. Sus camaradas también se quedaron sin habla al verla. En la sociedad masculina conocida como “el ejército”, se solía hablar a menudo de lo guapa que era la chica de tal bar o de lo buena mujer que es, sin embargo, Latina había superado las expectativas y aun así, cada movimiento, cada expresión, era tan encantadora como lo había sido cuando era más pequeña.
Mirarla directamente era demasiado cegador para él. A pesar de eso, como siempre, la persona en cuestión no se daba cuenta.
-¡Gua!
Al lado de Latina que animó el último cohete que cubría todo el cielo nocturno, él, que la miraba a escondidas, tenía una expresión rígida a causa de su nerviosismo que era totalmente razonable. 


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