Capítulo 4: Cinco pistas sobre su identidad

-¿Está bueno?
Para mí ser cordial me era molesto. Ya había tenido bastante de ser educada todo este tiempo en la empresa. Ni siquiera hablaba, así que, ¿se quejaría? ¿Cuánto tiempo había pasado desde que había cocinado para alguien? Estaba un poco quemado, pero él se lo comía y eso me hizo sentir agradecida.
-¿Por qué no hablas? No creo que no sepas…
Este bastardo seguía ignorándome. Si hubiera sido mucho antes, me habría enfadado, pero ya estaba acostumbrada. Llevaba mucho tiempo hablando sola por lo que me sentía mejor de tener al menos a alguien que escuchase.
-Pero… Tengo mucha curiosidad sobre tu identidad. ¿No me puedes ni decir tu nombre?
No esperaba que me dijera donde vivía. Sólo quería saber su nombre. Le mostré una expresión desesperada. Él dejó de comer y me observó sin decir nada. Justo así, me miraba justo así.
-¿No… tienes nombre? No me digas que no lo sabes.
Él empezó a comer de nuevo.
¡Creo que no sabe su nombre!
Cuando le pregunté si tenía nombre se quedó mirándome y sólo volvió a comer cuando le pregunté si sabía cuál era.
Creo que tendré que comunicarme con este bastarde con la mirada… Vaya… mascota tan rara.
-Mmm…
Me fui porque me pareció raro mirar cómo comía un apersona. No podía dejar la ropa mojada tal cual. Tenía que poner una lavadora o algo. Además, yo también me tenía que duchar y cambiarme. Estaba empapada… Y esa estúpida paloma se me había cagado en la cabeza. Llevé un cambio de ropa y ropa interior al baño.
-Ah… Primero me ducharé y luego lo meteré todo en la lavadora.
El agua caliente me calentaba el cuerpo. Me limpié toda y después de secarme, me cambié.
-Veamos.
Cuando recogí mi ropa y la de ese bastardo…
-¿Eh? ¿Tenía algo en el bols-…? ¡Ah!
Me dio la sensación de que se me había caído algo así que me agaché. Lo que tenía los pies era… era…
-¡Dinero!
Rápidamente tiré todo lo que sujetaba y me senté en el suelo. Me temblaban las manos.
-Esta… Esta sensación… Es dinero de verdad. ¡No es dinero falso!
Ante mí había uno de esos fajos de billetes que solo se ven en las manos de los banqueros. Ese aroma y esa sensación… Era dinero de verdad. Era imposible que alguien como yo, desesperada por dinero, no supiera distinguir el falso del verdadero.
El bastardo salió de la cocina mientras yo me frotaba la mejilla con el dinero, llorando de felicidad, y tuvimos contacto visual.
¿Este dinero… es de ese bastardo…?
Entonces, se me ocurrió algo y recopilé todas sus pertenencias y metí las manos en todos los bolsillos.
-¡Ah! ¡Esto!
Dentro de la chaqueta descubrí algo. Era un bulto blanco con un tacto distinto al dinero. Una sorpresa tras otra; creí que se me iba a caer la mandíbula.
-¡Cheques! ¡Cheques! A ver…
Mis manos estaban a punto de paralizarse. Era la primera vez en toda mi vida que tocaba una cantidad tan grande de dinero. Con cuidado, con mucho cuidado, saqué uno de los cheques del montón y empecé a contar los ceros.
-Uno… Dos… Tres… Tres ceros y un uno… Mil… ¡Mil euros!
Me enorgullezco de no haberme desmayado en aquel entonces. Tenía un fajo de billetes y un cheque de mil euros en la mano. Ese fajo… era de ¿dos mil? ¿De otros mil? Si había cien cheques de mil euros, entonces… ¡¿Cien mil euros?! Estaba tan sorprendida que casi se me caen los ojos de las orbitas. Me podría haber quedado ciega de lo perpleja que estaba. Aquel bastardo estaba ahí sentado, como ausente, delante de mí en la misma postura que yo. Apenas pude mover la mano para meterla en otro bolsillo.
-Esta vez… Es un fajo de cheques… de cien euros…
Cada bolsillo tenía un montón de dinero. Si lo sacaba todo podría haberme muerto de un ataque al corazón, pero seguí buscando por los bolsillos. Tras indagar por todos ellos, por fin lo junté todo.
-Ja… Ja…
Después de contarlo todo era incapaz de musitar palabra. Un montón de cheques de mil euros, un montón de cheques de cien euros, un montón de billetes de diez, un montón de cinco… Y por último, también había billetes de uno. Además de monedas de cincuenta céntimos, diez y de cinco en ese orden.
¿Esto qué es? ¿Es una broma?
Al principio estaba muy sorprendida por la cantidad de dinero, pero cuando la cantidad fue reduciéndose digito a digito, me hizo reír.
Lo otro que encontré fue una pistola de juguete y una daga con caracteres chinos. Ese cuchillo era real. Muy afilado y brillante.
-¿Eh? Esto…
Pensaba que ya se había terminado todo, pero cuando estaba a punto de apartar la ropa, una llave se cayó. ¿La de una casa? Era una llave personalizada. Si hubiese tenido un llavero con la dirección me habría ayudado a saber la identidad, pero sólo estaba la llave.
-En serio… No tiene ni una cartera y lleva esta estúpida cantidad de dinero así como si nada en los bolsillos… ¿Se cree un asesino o algo? ¿Por qué tiene una pistola de juguete? Además… ¿Se cree duro? ¿Una llave y ya está?-Murmuré mientras le miraba.
¿Cómo iba a arreglar todo esto? No podía tocar ese dinero porque no era mío. Ah… Tenía que pensar. Era una cantidad que sólo podría tocar en el caso en que ganase la lotería. ¿Le tenía que pedir permiso? No tenía mucho sentido, ¿no?
-¡Miau!
¿Eh? Creo que el gatito está despierto.
Miré el lugar del que procedía el sonido. ¿Cuándo había ido ahí? Él sujetaba el gatito, parecía… muy tierno. Al parecer al gatito también le gustaba. El cachorrito también estaba despierto e intentaba subírsele a la pierna. De alguna manera, no parecía como los otros dueños y sus mascotas, eran más como hermanos. ¿A qué se debía…?
-Puede… que se crea que es igual que ellos. ¿Y si está confundido? Uno es un gato, el otro un perro, el otro un conejo…
Todos jugaban juntos. Con ese enorme cuerpo que tenía, jugaba con el gatito, el cachorrito y el conejito. ¿Cómo? Estaba nadando por el suelo… Un chico guapo, está guapo aunque haga el tonto.
¿Le hago más tonto? Vale, bien.
-Ah, pues les pondré nombre.
Me arrastré hasta él. Estábamos en la misma casa, levantarse no servía para nada. Él quedaba bien entre los animales no entre las personas. Su raza… Digamos que era una mezcla. Me puse a su lado y cogí el gatito.
-¡Tú te llamarás: Ahrong! ¡Perrito, tú serás: Yurong! Conejito, tú… ¡Haerong! Y por último, tú…-Mis labios sonreían. Creo que él sabía que le iba a poner un nombre porque me miraba con los ojos reluciendo.
Ay, si me miras así… Mi consciencia… ¡No servirá para nada! ¡Tu nombre será…!
-Tú eres Darong.-Grité con seguridad.
Era un nombre muy raro. Más para animales que pare humanos. Era un nombre muy cutre.
No creo que supiera lo que significaba, pero por primera vez sonreía felizmente.
¿Te gusta el nombre…? No entiendo qué tienes en la cabeza. No, para empezar no sé nada. Me alegra que le guste. Tendría que haberle llamado Maerong[1]. Bueno, a trabajar.
-¡Darong!-Cuando le llamé se dio la vuelta de inmediato.
¡Qué listo es! Ah, es una persona. ¿Qué cojones me pasa?
Sacudí la cabeza y apenas volví en mí.
-¿Darong? ¿Sabes que cuidarte cuesta dinero? Voy a guardarte el dinero y lo usaré para comprarte la comida y pagar el hospital y demás. Si te importa, grita.-Silencio.- ¿Te da igual? Pues desde hoy cuida bien de tu dueña.
¡Jojojo! He decidido cuidarle. Por supuesto es porque se lleva bien con Ahrong, Yurong y Haerong. Como hermanos de verdad. Para nada es por el dinero… Es atento. Nunca… En realidad… Es por el dinero. ¡Jojojo!
-Por cierto, es imposible saber quién eres. Si tuviese tu DNI sería más rápido.-Murmuraba mientras abrazaba el dinero con cariño. Si nadie se iba a llevar a mi Darong, entonces no le devolvería nunca. Lo único que podía adivinar sobre su identidad eran cinco pistas.
-Un montón de dinero, una pistola de juguete, una llave – sospecho que de una casa – y… una herida en la cabeza.
Algún día tendré que llevarle al hospital… ¿Dónde hay un veterinari-…? Espera, no. ¿Qué me pasa? ¡¿Cómo le voy a llevar al veterinario?! No importa cómo, tengo que llevar a Darong al hospital. Lo que más me preocupa es esa herida que tiene en la cabeza. No habla bien, no sabe su nombre y ni siquiera tiene los conocimientos básicos de este mundo. Así que… Lo único que se me ocurre es que tenga amnesia, y no de un año o así, sino de todos sus recuerdos.
-Bueno, no sé. Ahora eres parte de mi familia. No te dejaré ir jamás, a no ser que se me acabe el dinero.
Los fajos al armario y el resto… ¡Ya lo pensaré mañana!


[1] Maerong: Es la onomatopeya que emplean cuando sacan la lengua. Para ponerlo de forma gráfica: 8P

Title: Capítulo 4: Cinco pistas sobre su identidad
Rating: 10 out of 10 based on 24 ratings. 5 user reviews.
Writed by Nana L15R1