Capítulo 3: La señorita que amaba los insectos


La primera vez que Kousaka tuvo novia fue en el otoño de sus diecinueve años. Un conocido no demasiado amigable del instituto le presentó a una chica dos años mayor que él y dejándose llevar, empezaron a salir. Su apariencia, personalidad, pasatiempos, destrezas, lo que sea, era completamente del montón. Ni siquiera recordaba su cara. Todo lo que quedaba en sus recuerdos era que tenía el pelo corto y que cuando sonreía tenía hoyuelos.
Antes de empezar a conocerse, Kusaka decidió ser franco con sus hábitos de limpieza. Le explicó que era algo lo suficientemente serio como para impedirle tener una vida normal, pero ella simplemente sonrió y lo aceptó.
-No pasa nada. Yo también soy bastante amante de la limpieza, así que estoy segura que nos llevaremos bien.
Realmente no era mentira. Amaba bastante la limpieza. Siempre llevaba varios productos anti bacterianos, se lavaba las manos con frecuencia y se tomaba una, dos o tres duchas al día. Pero en comparación con Kousaka, no era nada más que una amante de la limpieza. Simplemente le ponía una fuerte atención a la higiene, y era decisivamente distinta a la obsesión que tenía él.
La teoría de ella era que hasta la persona más fastidiosa podía superar el mayor de los obstáculos mientras tuvieran fe. Kousaka insistía que daba igual lo mucho que confiaran entre ellos, si él “no podía”, “no podía” – pero ella lo refutaba diciendo que eso sólo quería decir que no había suficiente confianza. El hecho de que por mucho que pasase el tiempo él no le cogía de la mano ni la besaba, para ella era una prueba de amor insuficiente. Aunque era cierto que había falta de amor, ella no le escuchaba cuando él intentaba hacerle entender el problema más fundamental.
Sus personalidades similares buscaban la calamidad. Ella estaba convencida de entender el fastidio y estaba algo orgullosa de su propio amor por la limpieza. Las acciones de Kousaka – lavarse y cambiarse al llegar a casa, tirar los pantalones que le había dejado a otra persona, saltarse un día de clase por una llovizna – que ella no conseguía entender le hizo decidir que eran causa de algún problema mental, no de miedo a la suciedad.
Ella no era una mala persona, pero tenía una carencia fatal de imaginación. Fue un milagro que durasen tres meses. Después de romper con ella, él no buscó a nadie más. Su primera y última pareja. Bueno, para empezar, puede que no hubiese nada de amor allí.

                  *         *        *        *        *
Hijiri Sanagi fue de visita a las dos de la tarde. El telefonillo sonó, seguido de un sonido en la puerta, como si estuvieran dándole patadas. Él quitó el pestillo y abrió la puerta para encontrarse a Sanagi ahí de pie, con las manos en los bolsillos del cárdigan, apretando los labios disgustada.
-Deberías tenerla abierta. ¿Quieres que vean cómo entro?
-Perdona.-Se disculpó Kousaka.
-Supongo que tienes el dinero.
Él le pasó a Sanagi un sobre, y ella lo abrió y lo comprobó sin moverse del sitio. Una vez se hubo asegurado que dentro había la cantidad especificada, se giró y se lo puso en la mochila.
-Tal y como prometí, seré tu amiga.-Sanagi sonrió.-Encantada.
-Sí, encantado.-Kousaka respondió educadamente.-Aparte de eso, antes de que entres, hay una cosa que quiero pedir…
Iba a pedirle que esperase para que pudiese pasarle las toallitas húmedas con las que poder lavar, al menos, la piel que tenía expuesta, pero era demasiado tarde. Ella lanzó sus mocasines, ignoró las zapatillas que Kousaka le había preparado, entró al comedor y se sentó en la cama como si fuera suya. Kousaka casi chilló.
-Espera, por favor, la cama no, ¿vale?-Rogó Kousaka, señalando su sillón de trabajo.-Si vas a sentarte, usa eso.
-No quiero.
Los ruegos de Kousaka fueron en vano y Sanagi se tumbó boca abajo en la cama, se puso un cojín debajo de la barbilla y empezó a leer un libro de su mochila. Kousaka dejó caer la cabeza. Esto era lo peor. Cuando se fuera tendría que lavar esas sábanas y el cubre cojines.
-Por cierto, ¿cuánto rato vas a quedarte?
-Unas dos horas.-Respondió Sanagi sin apartar la visa del libro.
-Eh… ¿Y qué tengo que hacer durante ese tiempo?
-¿Yo qué sé? Haz virus de ordenador o algo.
Entonces, Sanagi se puso los cascos y empezó a escuchar música. No tenía intención alguna de establecer comunicación con Kousaka.
Kousaka se sentó en el sillón, se alejó de la cama y abrió un libro que había estado leyendo. No tenía ganas de leer, pero no sabía qué más hacer. Unas páginas más tarde, escuchó el sonido de un mechero prendiendo detrás de él. Se dio la vuelta para ver a Sanagi intentando encenderse un cigarro.
-Nada de cigarros.-Advirtió, levantándose apresuradamente para hablarle al oído.-Por favor, aguántate mientras estés en esta habitación.
-Cállate...
Sanagi apagó el mechero de mala gana y volvió a meter el cigarro que tenía en la boca en su caja. Kousaka suspiró aliviado. Aunque, qué agallas, mira que meter el cigarro que ya se ha metido en la boca en su caja. ¿No le parecía algo sucio? Bueno, para empezar seguramente alguien con aptitudes de higiene como las suyas no fumaría.
Después de enterarse de las reglas anti tabaco, Sanagi leyó en la cama obedientemente. Kousaka se preguntó qué tipo de libro estaba leyendo e intentó echarle un vistazo, pero la letra era demasiado pequeña como para adivinarlo y el cuero de la portada oscurecía la parte delantera del libro.
Kousaka volvió a abrir su propio libro, pero no conseguía concentrarse en las palabras y miraba la parte blanca de la página. Empezó a pensar en cosas que no tenían nada que ver con el contenido del libro.
¿Para qué me ha contratado Izumi? ¿Qué clase de rol quiere que lleve a cabo para Sanagi? Izumi había dicho que quería que cuidase de una criatura, y que fuera amigo de Hijiri Sanagi. Parece que la chavala no va a clase demasiado. Tal vez mi rol sea hacer que vuelva a clase…
Pero entonces, el uso que le dio Izumi a la palabra: “adecuado” me hizo preguntarme algo más:
Si lo que buscas es alguien para guiar a una delincuente no puedo ni imaginarme que me consideren “adecuado”. Además está claro que soy un pésimo ejemplo. Quizás tengo que ir a lo fácil. Tal vez los padres de Hijiri Sanagi la consienten, permitiendo que se salte las clases, pero contratan a gente que sea su amiga para que no se aburra. En ese caso, la “adecuación” significaría ser alguien incapaz de encajar en la sociedad como ella. Esto parece estar más cerca de la verdad. En todo caso, dejar a una menor a cargo de un hombre de veintisiete años no está bien. ¿Izumi o los padres de Sanagi comprenden que está en mi cuarto? Tal vez Izumi me ha escogido para ser su amigo porque sabe lo de mi limpieza que garantiza que no tocaré a ninguna mujer. Si ese es el caso, su criterio es apto. No podría ponerle un dedo encima a Hijiri Sanagi ni aunque me lo pidieran. Quizás eso también se considera “adecuado”.
Una hora más tarde, Sanagi se quitó los cascos y Kousaka le preguntó algo.
-Hey, Hijirita. ¿Qué rol crees que Izumi quiere que tenga?
-¿Quién sabe? ¿A lo mejor cree que podrás ayudarme a rehabilitarme?-Dijo Sanagi dándose la vuelta en la cama.-No me llames “Hijirita”[1], es asqueroso.
-Me han dicho que te cuide, pero, ¿qué tengo que hacer?
-Nada.-Escupió Sanagi con frialdad.-Lo mejor es seguir engañando los ojos de Izumi así y esperar a que se rinda. No creo que vaya a ir en serio y me haga amiga tuya de verdad. De todas formas es imposible.
-Entendido…-Asintió Kousaka. Como ella había dicho, eso parecía lo más seguro.
-Oh, pero,-Añadió.-Supongo que intercambiaré información contigo. Sino Izumi lo verá poco natural.
Sanagi extendió su móvil. Kousaka lo miró con el rostro crispado.
-Agrégate.
Kousaka siguió la órden y añadió su número al móvil. Ya se lo esperaba, pero sólo habían tres personas en su agenda y estos tres números ni siquiera tenían nombre, para acabar de mejorar las cosas. No parecía del tipo sociable.
Una vez hecho, Kousaka se lavó las manos con desinfectante en silencio. ¿Quién sabe lo que hay en las pertenencias de otra gente? Sobre todo en las que usan a diario.
Cuando pasaron dos horas más, Sanagi cerró el libro, lo puso en su mochila y se fue de la habitación. Kousaka metió las sábanas en la lavadora y se movió por ahí limpiándolo todo, entonces se duchó durante una hora.
Sanagi le había dicho: “mañana vendré sobre las seis”.
-Esto no es ninguna tontería.-Se lamentó Kousaka.
A ese ritmo, su tierra sagrada acabaría completamente sucia. ¿No había alguna forma de prevenir la contaminación? Lo ideal sería que Sanagi se diera una ducha rápida y se pusiera ropa limpia antes de entrar al comedor, pero semejante petición la molestaría indudablemente. Además, podría causar malentendidos no deseados.
Al final, no se le ocurrió ninguna buena idea. Al día siguiente y al otro, Sanagi llenó de suciedad su piso. Puede que no tuviese ninguna mala intención, pero consecuentemente, Kousaka se volvió un neurótico y no conseguía dormir de noche. Su habitación estaba perdiendo su función de tierra sagrada. Sanagi siempre se tumbaba en medio de la cama, así que él empezó a dormir en las esquinas. Mientras se acostumbraba a ello, casi se cayó al suelo muchas veces, pero con el tiempo, aprendió a posicionarse.
Tal vez si él hubiese pronunciado las palabras: “soy un loco de la limpieza”, Sanagi hubiese mostrado un poco de consideración. Sin embargo, desde que rompió con su novia, Kousaka jamás se lo había revelado a nadie. No sólo eso, sino que también se esforzaba en no hacer nada compulsivo cuando había gente mirando. Sus esfuerzos habían sido lo suficientemente exitosos en algunos de sus puestos de trabajo, donde muchos no se percataron de su trastorno. Simplemente pensaban que era una persona que solía llegar tarde y a la que no se le daba bien socializar.
En ningún momento los pensamientos: “si la gente supiese que soy un loco de la limpieza, quizás me suavizaría un poco mis dificultades” le pasaron por la mente pero no es que fuera una obstinación selectiva. La gente con trastornos obsesivos compulsivos siempre intentan esconder esos pensamientos y acciones del resto. Uno de los rasgos de este trastorno es ser consciente de tu propia anormalidad. Los que lo padecen no intentan que “el resto les comprenda” porque reconocen que no serán capaces de conseguir que lo hagan. Pero a pesar de tener semejante nivel de objetividad sobre sí mismos, eso no significa que puedan detener sus coacciones. Sus argumentos racionales están muy bien, pero no sirven de nada. Dicen que la terapia de prevención de respuesta a la exposición y la farmacoterapia con SSRIs[2] son tratamientos efectivos, pero Kousaka los provó cuando iba a la universidad y sólo empeoraron las cosas.
Que Sanagi notase su trastorno o no era cuestionable. A veces olía el aroma del antiséptico y se quejaba:
-Huele como la enfermería.
Pero eso era todo.
En contraste con su apariencia – pelo plateado y pendientes – Hijiri Sanagi era una rata de biblioteca. Aunque puede que no tuviese interés alguno en poemas y novelas pues solo leía libros técnicos y revistas de ciencias. Una vez, se quedó dormida con el libro abierto, así que Kousaka fue capaz de echarle una ojeada. El libro que leía entonces era sobre enfermedades parasitarias.
Kousaka recordó una historia de Tsutsumi Chūnagon Monogatari[3] que había estudiado en el instituto, “La señorita que amaba los insectos”[4]. Iba sobre una extraña noble que había sido bendecida con belleza, pero no usaba maquillaje ni se oscurecía  los dientes, se limitaba a observar orugas. Parecía un buen mote para esta chica a la que Izumi trataba como a una princesa de forma exagerada y que sólo leía libros sobre parásitos.
Pelo plateado, pendientes, minifaldas, cigarros y parásitos. Para Kousaka, todo eso eran símbolos de impureza y consideraba a Hijiri Sanagi una manifestación de todos ellos. Mientras tanto, Sanagi no había tenido el más mínimo interés en Kousaka desde un principio y no esperaba nada de él aparte de que le proporcionase una habitación en la que poder matar el tiempo. Aunque estaban juntos había un muro alto y grueso entre ellos.

                  *         *        *        *        *

Había pasado una semana desde que había conocido a Sanagi.
Normalmente, el telefonillo sonaba y Sanagi abría la puerta para entrar inmediatamente después, pero aquel día fue diferente. Incluso después de que el eco del telefonillo se disipase, la puerta no se abrió. Kousaka llegó a la conclusión que su visitante no era Sanagi. Fue a abrir la puerta y a quién encontró fue, en efecto, a Izumi. Una vez más, llevaba su abrigo de piel sobre un traje gastado. Como siempre, su cabello estaba aceitoso y tenía la típica barba de dos días o así sin afeitarse.
Kousaka dejó entrar a Izumi en silencio y cerró la puerta. Entonces, pasó por su lado con cuidado de no tocarle y se dio la vuelta en el comedor para mirarle.
-Parece que has hecho migas con Hijiri Sanagi.-Comentó Izumi con lo brazos cruzados.-No tenía esperanzas en ti pero lo has hecho bastante bien, ¿eh?
-Gracias.-Dijo Kousaka con franqueza. Supuso que lo mejor era quedarse callado.
-Me gustaría saber, para tener alguna referencia, cómo te le acercaste. Supongo que el conseguir que estuviera cómoda fue un fracaso.
-Sólo le pedí que fuera mi amiga.-Dijo Kousaka bostezando. Sus ojos se nublaban y su cabeza estaba entumecida por no haber dormido en días.
-¿Y?
-Ya está.
Él frunció el ceño.
-Hey, estás de coña, ¿no? ¿Sólo con eso has conseguido que Hijiri Sanagi venga a tu casa?
-¿Por qué iba a mentir?-Kousaka fingió ignorancia y Izumi resopló burlón.
-No sé qué truca has usado, pero es una cosa grande. Puede que seas un criminal inútil y en paro, pero tienes maña para secuestrar jovencitas.-Le aplaudió mofándose de él.-Bueno, pasemos a tu siguiente misión.
Kousaka le miró categóricamente, sin habla. ¿Siguiente misión? ¿Ser su amigo no era todo?
Izumi le informó.
-Descubre las preocupaciones de HIjiri Sanagi. Por supuesto, no quiero que la fuerces sino que te lo diga ella cuando le salga.
-¿Preocupaciones?-Repitió Kousaka para confirmarlo.-¿Tiene de eso?
-Claro que sí. No hay nadie sin preocupaciones. Mucho menos una chica de su edad. A su edad preocuparte es tu trabajo.
-Puede que eso, en general, vaya así, pero…
-Dicho eso, no quiero que descubras si su cutis no anda bien últimamente o si su lunar es más grande que el de otra gente, o si los pliegues de su ojos derecho e izquierdo están en sitios diferentes – las preocupaciones triviales como esas no sirven de nada. Lo que tienes que descubrir es la razón de su falta de asistencia.
Kousaka reflexionó por unos instantes y entonces, preguntó:
-¿Y si, por ejemplo, le parece un coñazo?
Izumi hizo una mueca algo agresiva.
-Como pensaba. Eres tan sensible a tu propio dolor que no sientes nada de los demás. Ese es el tipo de tío que eres.-Dijo cínicamente.-Así que aquí voy a empatizar contigo. Hijiri Sanagi es una chica más normal de lo que crees. Y cuando una chica normal se viste de una forma que no es normal y hace cosas que no son normales, significa que le pasa algo que no es normal.-Izumi dio un paso adelante y habló categóricamente.-Y te voy a advertir una cosa. Intenta engañarme o hazle daño a Hijiri Sanagi y no pararé sólo con contarle lo del virus a la gente. Puede que acabes en una situación más estresante que ninguna otra. Métete eso en la cabeza.
Kousaka asintió dócilmente. Pero apenas unas horas más tarde, sin querer, le haría daño a Hiriji Sanagi.
Cuando Izumi se marchó, Sanagi apareció, como para ocupar su lugar. Ni siquiera miró a Kousaka, el dueño del piso, se tumbó en la cama que se había convertido en su asiento personal, arropó un cojín debajo de su barbilla y abrió un libro.
“Me siento como un fantasma”, pensó Kousaka. “A lo mejor soy el espíritu de un hombre que murió en esta habitación pero que todavía no se ha dado cuenta que está muerto. La propiedad ya estaba bajo el nombre de Hijiri Sanagi pero ella cree que sólo soy visita”, le parecía una idea bastante agradable.
Sin embargo no podía consentir considerarse un fantasma para siempre. Ahora, Kousaka tenía la misión de descubrir por qué Sanagi no iba a clase. Tendría que iniciar un diálogo con ella de alguna manera y llegar al tema de la escuela. Mientras pensaba en cómo empezar a hablar del tema, su mirada se posó, inconscientemente, sobre Sanagi. Ella se quitó los cascos, alzó la vista y beligerante dijo:
-¿Qué? ¿Quieres decirme algo?
-No.-Kousaka apartó la vista apresuradamente y le soltó una excusa.-Eh, he notado que hoy también llevas ese pendiente.
-¿Pendiente?
-Lo he visto antes, es bonito. Sólo eso.
Sanagi parpadeó con sospecha. Entonces, como si se le hubiese olvidado la existencia del pendiente hasta entonces, se tocó la oreja suavemente y lo palpó.
-¿Quieres verlo más de cerca?
-No… Ya está bien.
-Ya veo.-Sanagi se volvió a poner los cascos y volvió a su lectura.
Su sugerencia fue una sorpresa. Basándose en su actitud habitual, su respuesta normal habría sido que le hubiera ignorado o menospreciado. Kousaka imaginó que tal vez aquel pendiente en forma de flor azul tenía algún significado especial para Sanagi. Si alguien lo elogiaba, sin importar quién, le debía hacer feliz. En realidad a Kousaka no le gustaban los pendientes. Hacerte agujeros en tu cuerpo le parecía increíble y meter algo artificial dentro parecía muy propenso a las bacterias. ¿Se lo quitaba cada día y lo desinfectaba? No eran solo los pendientes; pensaba igual de los relojes de pulsera, los móviles, las gafas, los bolsos y los cascos. ¿Aunque te ducharas cada día, si lo que llevabas estaba sucio, no era inútil?
Kousaka apartó su silla de Sanagi, volvió en sí y empezó a pensar cómo preguntarle sobre sus preocupaciones. Si se lo preguntaba demasiado directamente podría adivinar lo que ocurría y notar que Izumi le había obligado a hacerlo. ¿Cómo podía sacar tema de forma natural? Jamás había tenido ninguna conversación normal con ella. Entonces, Kousaka volvió a repensárselo. No había motivo alguno para hacerlo todo como Izumi le decía. No había mucha diferencia entre una mentira y dos mentiras. Podía decirle a Sanagi: “Izumi me ha ordenado esto”, discutirlo con ella y pagar por su cooperación. ¿No era sencillo?
Kousaka se levantó y cerca de la oreja de Sanagi dijo:
-Sanagi, quería decirte una cosa.
-¿Qué pasa ahora?-Se deslizó los cascos y alzó la vista.
-Izumi me ha ordenado otra cosa hoy. Me ha dicho que te pregunte por qué no vas a clase.
-¿Y…?
-¿No me vas a ayudar? No tienes ni que contarme la verdad. Puedes crear una razón que convenza a Izumi.
La respuesta de Sanagi apareció tras una pausa significativa. Hubo un silencio irritante, como cuando hablas con un contestador automático en un lugar con poca cobertura.
-Te ha dicho que me lo preguntes de forma natural, ¿no?-Sanagi se giró.-¿Entonces por qué no me lo preguntas de forma natural?
-No me creo capaz de hacer eso, por eso te lo pregunto y ya. Te pagaré bien.
-No quiero responder.-Declaró Sanagi sin más.
-Puedes mentir.
-No quiero mentir.
En otras palabras, no quería cooperar. Kousaka consideró otras cosas que pudiese ofrecerle, pero se rindió al poco tiempo y se sentó en su silla. No tenía prisa. Tal vez se había levantado con el pie izquierdo aquel día.
Se quedó dormido en el sillón, seguramente a causa de la falta de sueño. Sintió algo raro en el hombro. Al principio pensó que era solo un picor, pero la sensación se fue volviendo más sólida. Algo estaba pinchándole. Poco después, se dio cuenta que era el dedo de alguien.
¿El dedo de alguien?
Se le pusieron los pelos de punta. Kousaka se movió por reflejo. Apartó la mano que le tocaba el hombro. Cuando lo hizo, sintió como su uña larga del dedo índice tocaba la piel de una persona. Escuchó un pequeño quejido que le despertó de repente. La cara de Sanagi estaba compungida por el dolor y mantenía una de sus manos sobre su mejilla derecha que Kousaka había arañado. Cuando quitó la mano, él vio una herida de un centímetro más o menos sangrando. Lentamente, la muchacha miró la sangre de su palma y se acercó lentamente a Kousaka.
Lo he vuelto a hacer, pensó Kousaka.
-Sólo quería decirte que me voy.-Dijo Sanagi sin inflexión.-¿Tanto odias que te toque?
Kousaka se disculpó precipitadamente pero Sanagi no le escuchó. Con una mirada llena de desdén, cogió su mochila y se fue, dando un portazo al cerrar la puerta. Kousaka se quedó allí de pie un rato. El portazo seguía resonando en sus oídos. Entonces, se acordó de algo, sacó las sábanas de la cama y el cubre almohadas, fue al baño y se quitó la ropa. Lo tiró todo a la lavadora, le dio a la luz y se duchó.
Seguramente ella no volvería.
O eso pensó.
Kousaka no podía hablar sobre su limpieza obsesiva. Era una reacción por todo el mundo, no sólo por Sanagi. Si se lo confesaba podría tomárselo como una excusa barata… Lo mejor era no explicar nada. Hasta era posible que con el tiempo se hiciera la luz sobre las acciones de Kousaka y su comportamiento y lo comprendiese todo. Sin embargo, ya había dejado pasar la oportunidad. Todo había acabado. Izumi no le perdonaría por hacerle daño a Sanagi, emocional y físicamente.
Tras ducharse y volver al comedor, Kousaka se detuvo. Había estado demasiado distraído y no lo había notado, pero en el suelo había unas cuantas gotas de sangre. Debían haber goteado de la herida de la cara de Sanagi. Se agazapó y las miró de cerca. Como consideraba a las otras personas un símbolo de impureza, la sangre era algo muy detestable. Normalmente, lo habría limpiado sin pensárselo dos veces, no obstante, por alguna razón, sintió que tenía que dejar esas gotas de sangre allí. No era “un castigo”. No lo acababa de entender del todo, pero tal vez eran una “conmemoración”.
Se sentó en la silla mirando continuamente las manchas. Entonces, pensó que no debería hacer eso, que debería pensar en algo más divertido.
Sí… En NocheSilenciosa por ejemplo. Ese gusano ya está esparcido por todos los rincones de la red de móviles. Pase lo que me pase, seguramente nadie podrá pararlo. Aunque Izumi vaya corriendo a la policía, seguramente sea demasiado tarde. El veinticuatro de diciembre se activará el gusano y un gran número de móviles serán inútiles. Las calles estarán atestadas de gente que no encuentra a sus amigos.
Se sintió bien imaginándoselo. Por supuesto, no era una simple bromita. Aunque NocheSilenciosa estaba diseñada para reestablecer las conexiones en caso de que se llamase a cierto número, podía arruinar las vidas de mucha gente con sus efectos. No sería sorprendente que ocurriese alguna fatalidad. Si se descubrieran sus actos criminales, tendría que cargar con un pesado pecado.
“¿Y qué más me da? Apenas tengo algo que perder. Ni siquiera tengo recuerdos a los que aferrarme”, pensó Kousaka.
Durante unos días, Kousaka llevó una vida todavía más decente que antes. Ni siquiera tocaba su ordenador, dormía en la esquina de su cama y esperaba su sentencia en silencio. Lo único que hacía era limpiar y una serie de rituales de limpieza. Comer le parecía una molestia, por lo que lo único que se metía en la boca era agua y comida pre-cocinada. Cuatro días después, se le acabó la comida así que pasó a sobrevivir con agua y dejó la sangre de la herida de Sanagi en su sitio.
No era la primera vez que su trastorno le hacía daño a alguien. Había cometido errores como este muchas veces. Había habido demasiados pequeños incidentes como para contarlos. Le caía mal a la mayoría de la gente de forma natural, pero dolía más cuando le hacía este tipo de cosas a la gente que le extendían la mano cordialmente.
Tenía todas sus expresiones de cuando les hizo daño grabadas en la cabeza, sin excepción. Tan sólo había sido un malentendido que les había hecho odiarle o enfadarse, se podía cubrir las orejas y dejar caer la cabeza pero no deshacerse de la culpa por negar un simple gesto de amabilidad.
Normalmente, Sanagi se marchaba del piso sin decir nada, así que hubiese intentado despertar a Kousaka para despedirse era una señal de que se había abierto un poco después de que elogiase su pendiente. Si ese era el caso, entonces había pisoteado su buena intención.
“¿Cuánto voy a seguir así?”, se preguntó Kousaka.
-También podrían intentar matarme mientras duermo.-Dijo en voz alta.
Esa idea que dijo en un capricho resonó por su cabeza. Sin duda eso es lo que quería de verdad.
“¿Entonces, para qué he vivido estos veintisiete años? A lo mejor han sido veintisiete años de búsqueda de la forma para morirme. No sé cómo vivir, así que al menos puedo elegir cómo morir. Si la hipótesis es correcta, entonces, mientras encuentra una buena forma de hacerlo, puedo llevarla a cabo en cualquier momento”
Kousaka tenía una imagen tan clara como el cristal. Se levantaba de la cama en una enfermería. La habitación estaba a oscuras y totalmente en silencio. Fuera estaba nublado, y fijándose bien, se veía cómo nevaba. No veía si había alguien con él, pero allí tenía la molestia de que alguien se acaba de marchar hacía un instante. Parándose a escuchar con atención, escuchaba cómo se cerraban las puertas y unos pasos. Todo parecía tan lejano…  
“¿Cuánto tiempo he dormido?”, pero se preocupaba por nada, tan sólo eran las cuatro de la tarde. Todavía podía seguir durmiendo. Aliviado, volvió a tumbarse, se envolvió con la manta y cerró los ojos con suavidad. Y jamás se volvió a despertar.
“Estaría bien morirse así”, pensó.

                  *         *        *        *        *

La llamada sonó la tarde del diez de diciembre, cuatro días después de que Sanagi dejase de ir al piso. Cuando Kousaka escuchó el sonido, casi inconscientemente, cogió el móvil y al ver las palabras: “Hajiri Sanagi” en la pantalla pulsó el botón de llamada de inmediato.
-Hola.-Dijo.
Hubo un largo silencio. Cuando empezó a preguntarse si el móvil de Sanagi no funcionaba bien, esta habló por fin.
-Estoy debajo del puente Sagae.
Kousaka rebuscó entre sus recuerdos. Creyó recordar que uno de los puentes sobre el rio que separaba el área residencial de su apartamento y la parte central de la ciudad se llamaba así.
-¿Y?-Preguntó.
-Ven.
Tal vez fuera porque estaba hablando por teléfono, pero su voz parecía débil, sin su espesura habitual.
-Perdona, no soporto salir.
-Lo sé, pero quiero que vengas. Por favor.-Añadió Sanagi.
Kousaka se preguntó si de verdad era Hijiri Sanagi. No se podía creer que esa chica pudiese ser tan modesta.
-Vale.-Afirmó. No entendía la situación, pero podía adivinar que estaba bajo presión.-Ahora mismo voy. Creo que llegaré en treinta minutos.
-Gracias…-Dijo Sanagi con voz fina.
Después de colgar, Kousaka se puso una máscara facial y unos guantes de látex, comprobó los bienes antibacterianos de su bolsa y se marchó de su piso totalmente preparado.
Sus ojos, seguramente como resultado de tener las cortinas bajadas todo el tiempo, no se acostumbraban al brillo a pesar de que la luz del sol no era especialmente fuerte. El sol se reflejaba sobre la nieve apilada en el suelo, punzándole los ojos continuamente. Aquellos últimos días debió perder mucho peso, pero su cuerpo se sentía pesado. Sus músculos debían haberse debilitado.
Aunque en bus habría tardado diez minutos, recorrer esa distancia andando costó mucho más. Por fin, el puente Sagae entró en su campo de visión. Vio a alguien agachado escondiendo la cara.
-Sanagi.
Kousaka habló desde su lado y Sanagi alzó la vista lentamente. Estaba oscuro por culpa de la sombra del puente, pero pudo ver la apariencia poco saludable de su rostro. Su cuello estaba empapado de sudor a pesar de estar a mitad de invierno.
-¿Te encuentras mal?
Sanagi sacudió la cabeza. Parecía decir: “no, pero es difícil de explicar”.
-¿Te puedes levantar?
Se quedó callada. Más que no querer contestar, parecía no estar segura de la respuesta.
-No hay prisa.-Dijo Kousaka preocupado por ella.-Esperaré hasta que te mejores.
Kousaka se sentó nerviosamente a unos cincuenta metros de Sanagi. Sinceramente, quería irse de ese lugar húmedo y estacando lo antes posible, pero marchase a prisa en esos momentos sería demasiado cruel.
Pasó una hora y Sanagi por fin se levantó. Kousaka se levantó después de ella y ella le cogió de la manga del abrigo con modestia. Él fue capaz de soportar ese nivel de contacto indirecto. Los dos empezaron a andar. De repente, Kousaka se dio cuenta que los cascos que siempre llevaba Sanagi no estaban. Tal vez fuera eso lo que la hacía parecer tan indefensa aquel día.
Sanagi, después de llegar al piso, se abrazó las rodillas en la cama durante un rato. Kousaka intentó preguntarle si quería algo de beber, pero ella no respondió. El sol estaba a punto de ponerse, así que fue a encender las luces pero Sanagi dijo:
-No enciendas la luz.
Y él retiró el brazo.
Después de eso transcurrió casi una hora. El sol se había puesto del todo así que la habitación estaba a oscuras menos por la pantalla del ordenador y las luces del router.
Sanagi se levantó sin aviso previo y encendió la luz. La luz artificial iluminó cada esquina del cuarto y todo se clareció. Entonces, volvió a la cama y se tumbó con un cojín debajo de la barbilla pero no abrió un libro.
-¿Qué ha pasado?-Preguntó Kousaka.
Sanagi empezó a darse la vuelta, entonces de rindió a medio camino y hundió la barbilla en el cojín.
-Hay alguna razón por la que no puedes volver a casa sola, ¿no?
Tras una larga pausa, Sanagi lo reconoció.
-Sí. Eh…-habló.-Me da miedo mirar a los ojos a la gente.
-¿Qué quieres decir?
Entonces, Sanagi lo explicó vacilantemente.
-Soy plenamente consciente que es pura inseguridad, pero da igual. Siento que todas las personas que me encuentro me miran directamente. Pero, o sea, el problema no es su mirada en sí… Cuando piensas que te miran tú miras en esa dirección, ¿no? Y cuando lo haces, aunque estén mirando hacia otro lado, sientes que tienen sus ojos en ti. Cuando miro a los ojos a alguien así… Me siento mal. No lo puedo describir con palabras. Como cuando alguien pisotea por tu casa con los zapatos sucios, rebusca por tus cajones y armarios – me asalta ese tipo de sensación.
Kousaka se sorprendió. Ahora que lo decía, desde que se habían conocido hasta entonces, apenas había mirado a los ojos a Sanagi. Sus ojos se habían cruzado un número de veces, pero tal vez no se podía considerar “contacto visual”.
Sanagi prosiguió:
-Pero eso no significa que no pueda ir afuera o caminar con los ojos cerrados, ¿no? He intentado ver si podía hacer algo, y he descubierto que apoyarme en ciertos objetos minimizan los síntomas. He intentado un par de cosas, pero… Por alguna razón, lo más efectivo no fueron las gafas, una mascarilla o un sombrero, sino los cascos.
-Ah…-Asintió Kousaka comprendiéndolo.-¿Pero eso siempre llevas esos cascos tan grandes?
-Sí. No tiene mucho sentido que me cubra los oídos cuando tengo miedo de que me miren, ¿eh?-Sanagi se río burlándose de sí misma.
-No,-Kousaka sacudió la cabeza.-creo que lo entiendo.
No mentía. Conocía muy bien por experiencia propia lo ilógicas que podían ser las compulsiones, y no era la primera vez que Kousaka oía hablar de la escopofobia. Mientras leía libros sobre la misofobia, adquirió conocimientos sobre otros trastornos compulsivos sin querer. En algún lugar había leído que había gente que no podía caminar entre multitudes sin llevar cascos, y que había gente a la que le daba miedo que les mirasen pero que a pesar de ello, se vestían de forma extraña y se teñía el pelo de colores llamativos. Kousaka podía entender sus sentimientos hasta ese punto. La razón por la que los cascos eran más efectivos que las gafas y las mascarillas para contrarrestar la escopofobia de Sanagi seguramente era debido a que el ocupar su audición diluía la sensación de: “estar ahí”. Y puede que se hubiese teñido el pelo de un color llamativo y se vistiera de una forma que llamase la atención para proteger su frágil corazón, o tal vez, para ahuyentar al resto. Si se comportaba como una delincuente, al menos en apariencia – aunque eso haría que le pusieran más los ojos encima – reduciría las probabilidades de hacer contacto visual, como un insecto que adopta el color de uno peligroso para evitar a los depredadores.
-Ya veo… Escopofobia…-Reafirmó Kousaka.-No me he dado cuenta hasta que me lo has dicho. Lo has escondido muy bien.
-Puede que delante de ti… Pero con los demás no funciona tan bien.-Sanagi le robó un vistazo a Kousaka y entonces, se dio la vuelta.-Tú no miras a la gente a los ojos cuando habla, ¿no?
Tenía toda la razón. Aunque no llegaba tan lejos como a la escopofobia, Kousaka apenas miraba a los ojos a la gente, aunque por supuesto el motivo no era porque le diese miedo, sino porque no quería mirar su suciedad de forma tan directa. Fue llegados a ese punto cuando por fin se dio cuenta de qué quería decir Izumi con lo de: “adecuado”. En resumen, esta chica sólo se podía llevar bien con cobardes que no se atrevieran a mirarla a ls ojos.
Sanagi empezó a explicar las circunstancias que la habían llevado a llamar a Kousaka.
Aquella tarde, como siempre, se había dirigido a la biblioteca. Al devolver un libro que había alquilado y buscaba uno nuevo, de repente, notó que sus síntomas eran menos severos de lo habitual. Quizás sus visitas diarias a Kousaka estaban empezando a surgir efecto. Se detuvo y pensó:
“Como me estoy rehabilitando, ¿por qué no leer en la biblioteca?”
Al ser un festivo, la biblioteca estaba bastante llena, pero tal vez eso fuera más efectivo para entrenarse. Sanagi se sentó en un asiento vacío y abrió el libro. Al principio no conseguía concentrarse a causa de las miradas que se imaginaba, pero finalmente centró la fijó la mirada y pudo centrarse en las palabras. Después de leerse la mitad del libro, decidió tomarse un descanso. Se levantó para relajar su rígido cuerpo y deambuló entre las estanterías. Le gustaba caminar por la biblioteca así, sin ninguna razón en particular. Le gustaba coger libros que no le interesaban lo más mínimo y mirar su forma, olor, peso, tacto y encuadernación. No habían pasado ni tres minutos desde que se había marchado de su asiento cuando volvió, pero faltaba algo importante. No encontró los cascos que había dejado en la silla por ningún lado.
Sanagi miró por ahí de inmediato. El libro que había estado leyendo estaba en la mesa y sus otras pertenencias también, así que no era como si los hubiese perdido, se los habían robado. Maldijo el poco cuidado que había tenido por salirse de su sitio dejando sus cascos. Sin ellos, no podía subirse al tren ni caminar entre la gente - ¿Cómo había podido ser tan negligente?
Se metió el libro en la mochila y se fue de la biblioteca con paso poco firme.
“¿Voy una hora andando hasta casa o me aguanto y voy en tren? Las dos opciones parecen igual de difíciles. Me lo tomaré con optimismo”, se dijo a sí misma. “Me lo tomaré como una oportunidad, cuando superé esta prueba estaré segura de que mi trastorno ha mejorado mucho”. Pero en menos de cinco minutos tras marcharse de la biblioteca, su corazón estaba hecho trizas. No recordaba cómo andar. Su expresión, donde posaba la vista, la velocidad a la que caminaba; cuánto más incómoda se sentía, más se intensificaba su escopofobia. Para alejarse, se salió del camino y bajó las escaleras, se escondió debajo del puente Sagae y llamó a Kousaka mientras arrancaba hierba. Ese era el final de la historia.
-Pensaba que estaba mejorando…-Murmuró Sanagi al final.
Durante un rato, Kousaka la escuchó sollozar. Sabía muy bien lo doloroso que era perder la confianza y acobardarse después de un golpe así. Y sabía que el consuelo de las palabras no surgía ningún efecto en estos momentos, por lo que Kousaka estuvo callado. Dejándola llorar. Pero al contrario de lo que esperaba, Sanagi dejó de llorar rápidamente. Se secó las lágrimas, contuvo la respiración, se sentó y se dio la vuelta y se sentó al borde de la cama. Y por un momento, miró con seriedad a Kousaka. Tal vez Sanagi estaba esperando algo de él, o tal vez él quería hacer algo por ella, eso es lo que el hombre le intentaba proyectar con la mirada. En cualquier caso, la conclusión era la misma. Kousaka pensó con firmeza: “Tengo que hacer algo por Sanagi. A diferencia de mí, ella está en una edad en la que todavía tiene que descubrir muchas cosas, en la que eres frágil y te hacen daño fácilmente. Ahora es cuando más apoyo necesita”.
Kousaka se sentó al lado de Sanagi y le ofreció la mano con timidez, su mano desnuda ya que se había quitado los guantes antes de volver al piso, y tocó la cabeza de Sanagi. De inmediato, le vinieron a la cabeza muchísimas palabras asquerosas como: poros, piel grasienta, queratina, staphylococcus epidermidis[5] y Demodex folliculorum[6]. Pero Kousaka los disuadió con un escalofrió. Si iba a gritar, lo haría cuando ella se marchase, ahora no era el momento.
Sanigi alzó la vista sorprendida, pero no mostró disgusto alguno. Kousaka movió con torpeza la mano que había posado en su cabeza. Intentaba acariciarla.
-No tienes que forzarte…-Suspiró Sanagi.
-No me estoy forzando.-Contestó Kousaka con una sonrisa. Pero sentía todo su cuerpo temblar desde su mano.
Acarició, obstinadamente, la cabeza de Sanagi. Quizás se percató de que jamás lo volvería a hacer cuando acabase, así que lo mejor sería hacerlo todo lo posible.
-Ya está bien.-Se rehúso Sanagi pero Kousaka no le escuchó.
-No, no lo está.
-Vale, vale. Ya me siento mejor. Ya puedes dejar de consolarme.
Al escuchar eso, Kousaka por fin apartó la mano de su cabeza.
-¿Te ha distraído?
-¿Tú eres tonto?-Dijo Sanagi sorprendida, pero al parecer no negó que sí la había distraído. Su voz recuperó un poco de alegría.
-Perdona por haberte hecho daño en la mejilla.-Kousaka se disculpó.-¿Todavía duele?
-Nah, no es nada.-Sanagi se pasó un dedo por la herida.-¿Te vas a lavar las manos…?
-No, da igual.
-¿Eh?
Kousaka se miró la mano que había usado para tocar a Sanagi. Todavía temblaba levemente, pero se las apañó para contener el impulso de ir a tomar una ducha de inmediato.
-Te contaré algo gracioso.-Dijo Kousaka.
-¿Algo gracioso?
-Para serte sincero, soy un loco de la limpieza.
-Ya, lo sé.
-Claro.-Kousaka sonrió irónicamente.-Siento que todos menos yo están horriblemente sucios. El mero hecho de que me toquen, de tocar algo que hayan tocado, el respirar el mismo aire, me pone enfermo. Sé mejor que nadie que es un tema de sentimientos y ya está, pero no hay nada que pueda hacer. He intentado varios tratamientos, pero sólo me han hecho empeorar.
Kousaka echó un vistazo a la expresión de Sanagi.
-Continua.-Dijo.
-Cuando tuve mi primera novia, no pude ni besarla, ni cogerle de la mano por eso. Un día me hizo la comida. Todas esas cosas familiares se le daban bien, y su comida estaba bien hecha. Pero aunque se había esforzado tanto en hacérmelo – o tal vez fuera exactamente por eso – vacile en comérmelo. Aunque intenté considerarlo comida, no podía soportar el pensamiento de que había tocado los ingredientes. Sinceramente, no quería ni probarlo. Pero aun así, sabía que no comerme la comida que me había hecho era una grosería, así que me vacíe la cabeza y me obligué a comérmelo. ¿Y qué crees que pasó?
Sanagi sacudió la cabeza en silencio, como diciendo que no quería ni pensar en ello.
-Después de comerme la mitad, lo vomité todo delante de ella. No puedo olvidar la expresión de su cara. Rompimos poco menos de diez días después de aquello. A veces aún sueño con ello. Cada vez comer se me hace más difícil, y desde que rompí con ella no he vuelto a tener novia.
Sanagi sacudió la cabeza lentamente.
-Eso no ha sido muy divertido…
-¿De verdad? ¿No es ni un poco gracioso que a mis veintisiete años todavía no haya besado a nadie?
Después de que la historieta divertida de Kousaka llegase a su fin, Sanagi se levantó de la cama y se estiró un poco. Entonces, se le ocurrió algo, se acercó a una estantería y se cubrió las manos de desinfectante, después, se puso los guantes de látex dispensables con cuidado e incluso se puso una mascarilla, y se dio la vuelta hacia Kousaka cuando estuvo lista. No le dio tiempo a Kousaka de preguntarle qué estaba haciendo. Sanagi agarró a Kousaka por los hombros con ambas manos y, a través de la mascarilla, puso sus labios sobre los suyos. A pesar de que les separaba una ropa fina, él sintió los suaves labios de ella un poco. Para cuando Kousaka comprendió la intención de sus acciones, ella ya se había apartado.
-Así tendrás que aguantarte.-Dijo Sanagi quitándose la mascarilla.
Kousaka no dijo nada, se quedó quieto como un juguete sin pilas. Hasta puede que olvidase respirar.
-¿Qué intentas hacer?-Preguntó disperso.
-Me has dado tant apena que te he dado un beso. De nada.
-Eso es… muy educado de tu parte…
Siguiendo el agradecimiento confuso de Kousaka, Sanagi añadió:
-Además, yo tampoco he besado a nadie nunca, así que supongo que no pasa nada.
Él no entendió con exactitud a qué se refería ella con: “no pasa nada”, pero a juzgar por su expresión, no parecía nada malo.
-Bueno, pues, es hora de que me despida.
Sanagi se levantó y cogió su mochila.
-¿Puedes llegar a casa sola?-Preguntó Kousaka con preocupación.
-Sí, no está lejos y ya no hay tanta gente.
-Ya veo…
Kousaka juzgó que por su tono de voz, seguramente no le pasaba nada. Entonces, se le ocurrió algo de repente, abrió el cajón de su escritorio, sacó unos auriculares y se los puso alrededor del cuello a Sanagi.
-¿Estás seguro? ¿Te das cuenta que los voy a ensuciar?-Preguntó Sanagi algo nerviosa.
-No los volveré a usar, puedes quedártelos.
Sanagi cogió los auriculares con las manos y habló felizmente:
-Ya veo… Eres un héroe, gracias.
-Sí, buenas noches, Sanagi.
-Buenas noches, señor Kousaka.
Ella sonrió mirando directamente a los ojos de Kousaka.
Cuando Sanagi se hubo marchado, Kousaka se sentó en la silla con los ojos cerrados, pensando sin objetivo fijo en los acontecimientos que acababan de tener lugar. Pensó muchas veces en cosas inútiles como: “pensándolo bien, seguramente es la primera vez que me ha llamado ‘señor Kousaka’”. Treinta minutos después, se dio cuenta de repente que todavía no había empezado a limpiar ni se había duchado. Hacía mucho que evadía su tendencia de hacer limpieza tanto tiempo.
“Algo dentro de mí empieza a cambiar”, eso es lo que sintió.


[1] “No me llames “Hijirita”, es asqueroso”: Kousaka la llama usando el honorífico “-chan” (ちゃん) un sufijo diminutivo que indica afecto. Por este motivo, dirigirse con el sufijo honorífico chan a un superior se consideraría condescendiente y de mala educación. Este sufijo se utiliza en general para referirse a adolescentes de sexo femenino y niños, aunque puede utilizarse para expresar cariño, por ejemplo hablando de un amigo o una mascota.
[2] “…la farmacoterapia con SSRIs”: Los inhibidores Selectivos del reuptake de la serotonina (SSRIs) son una clase de los antidepresivos que se utilizan en el tratamiento de la depresión clínica. Estos agentes son también útiles en varias otras condiciones de salud mental tales como desorden de ansiedad, desorden obsesivo, trastorno de pánico y algunas fobias tales como fobia social y agorafobia (miedo de espacios abiertos).
[3]Tsutsumi Chūnagon Monogatari: (堤中納言物語) traducido como “Los cuentos del consejero de la orilla del medio” es una colección de historias cortas de finales del período Heian cuya autoría – a excepción de una de las historias – es desconocida. Seguramente todas las historietas fueron escritas por distintos autores en momentos diferentes y recopiladas, más tarde, en un único libro.
[4] “La señorita que amaba los insectos”: Mushi mezuru himegimi (虫めづる姫君) es un cuento japonés del siglo XII que desafía las convicciones sociales y viola el decoro que se esperaba de una señorita de la corte en el período Heian.
[5] Staphylococcus epidermidis: es una especie bacteriana perfectamente redonda del género Staphylococcus y familia Staphylococcaceae. Crece en grupos y vive generalmente en la piel humana.
[6] Demodex folliculorum: ácaro del folículo piloso, es un parásito frecuente y extendido, que ocasiona blefaritis eccematosa crónica, con diagnóstico clínico infrecuente.

Title: Capítulo 3: La señorita que amaba los insectos
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Writed by Nana L15R1