Capítulo 74: Con el joven de hielo

El cliente llegó al Ocelote Bailarín unos pocos días antes del festival nocturno de Ahmar. Era un hombre joven, de buena apariencia, pero su ropa de viaje estaba en tan mal estado que se notaba que había venido deprisa. Corrió entre los clientes habituales de la tienda ansiosamente mirando a su alrededor.
-Bienvenido.
Aunque los regulares notaron que el joven, tenso como estaba, era fuerte, la muchacha cumplió con su trabajo como siempre. Sus pasitos se dirigieron al joven para darle la bienvenida con una sonrisa.
-Es tu primera vez aquí, ¿verdad? ¿Es la primera vez que vienes a Kroix?
-Sí…
La sonrisa de Latina se congeló cuando escuchó las siguientes palabras del joven. El joven abrió de par en par sus enormes ojos azules, sorprendido, y murmuró:
-Así que tú eres la princesa hada de la que hablaba Dale.
Latina se dio la vuelta, todavía con la sonrisa congela, hacia Rita que contenía risa.
-Rita, puedo enfadarme con Dale, ¿no?
-Puedes enfadarte todo lo que quieras.
No sólo Rita sonrió con el pulgar hacia arriba, sino que todos los clientes habituales también la apoyaron en el asunto. Mientras no les afectase, los demás se entretenían de ver cómo se enfadaba con alguien. Todos los presentes vieron como Latina se marchaba con un vaivén indescriptible, y se dirigía a la cocina con pasos más pesados de lo normal dejando atrás al joven qué no sabía qué estaba pasando.
-¿Qué pasa…?
-Dímelo tú, es culpa tuya.
Después de un rato, Dale salió de su habitación y entró en la tienda, devastado. Cuando pensó en lo adorable que era la cara enfadada de Latina, los músculos de su rostro se suavizaron y sonrió en medio de su regañina; algo que no debería haber hecho. Tendría que disculparse, rogar y arrastrarse por el suelo para conseguir que Latina, que estaba totalmente enfadada, le perdonase. Sin embargo, tuvo que usar todas sus habilidades para negociar para evitar que Latina le prohibiese decirlo nunca más. No quería mentirle.
-Vaya, has venido rápido Gregor. Parece que has corrido hasta aquí en cuánto te ha llegado la carta.
-Sí. Si estoy solo tengo bastante libertad.
Gregor, que había estado de pie esperando a Dale pacientemente, estaba sentado en una esquina del Ocelote.
El aura que envolvía a Gregor era un aspecto que definía a los guerreros. No era extraño que los clientes habituales le mirasen con miradas poco amables, llenas de interés. Como aventurero, venía de una buena familia, y Gregor atrajo el interés de los poderosos por su excelente manejo d ela espada. Gregor había notado que entre los clientes regulares del negocio había algunos que poseían habilidades por encima de lo normal. Suspiró para sí. En la capital real no había tanta gente increíble.
-¿Rose está bien?
-Está en la habitación de invitados de la segunda planta. Me ha contado por encima lo que ha pasado pero… ¿Es verdad? ¿La raptaron?
-La atacaron mientras su carruaje se dirigía a la capital. La casa Cornelius no es muy rica, no tenía muchos soldados y criados consigo… Al parecer, el asaltante había investigado la personalidad de Rose. He oído que tomaron como rehenes a los presentes.
-Ah…
Dale jamás habría pensado que se pudiese raptar a Rose tranquilamente, pero si ese era el motivo, entonces…
La familia Cornelius de Rose tenía el rango de Vizconde, y un estatus distinto a la de Gregor que era un familiar del duque Eldishtett. A pesar de ello, la razón principal por la que mantenían contacto era porque sus territorios estaban al lado, además de que los territorios del duque Eldishtett eran clientes de la especialidad de los Cornelius – y así es como llegaron a tener una relación tan íntima. Y, después de que Rose naciera con su materialización mágica, como sacerdotisa poseedora de una protección divina tan rara, esa relación se hizo más íntima aún.
Detrás de Rose había un escudo: la protección de la familia del duque. No era algo malo para el duque Eldishtett el ser capaz de obtener influencia además de la bella princesa, con su alto rango en protección divina. No obstante, contener su propio rango de influencia tenía graves implicaciones. Por eso, Rose y Gregor se conocían. La otra razón era porque a la hermana de Gregor, mona Rose le parecía adorable. Las dos solían contárselo todo desde pequeñas.
-Como sea, quieres comprobar que está bien, ¿no? Le diré a Latina que la traig-…
-No, ya voy yo. Dime qué habitación es.-Dale perdió el habla por un instante ante las palabras de Gregor.
-No… No, no, no. No es una buena idea en absoluto, ¿no? Con sólo escuchar su nombre se ve que Rose es una cabeza hueca. Aunque no tengas intenciones de hacerle nada.
Si se descubriese que una princesa ya en edad de casarse se había reunido con un hombre en su habitación se armaría un gran escándalo.
-Si no dices nada, el honor de Rose seguirá intacto, ¿No?
En el brillo azulado de sus ojos no había ni una pizca de sonrisa, y parecía amenazar a Dale con que si decía algo más, acabaría con él.
Siempre me críticas con que soy un padre devoto que pone a Latina por encima de todo, pero no puedes hablar mucho tampoco, ¿no? – Ese era el monólogo que Dale tuvo internamente mientras un sudor frío le recorría la espalda. Dios los cría y ellos se juntan.
-Mmm. La habitación de Rose es la primera de la segunda planta… No tengo… que ir contigo… ¿no? ¿No?
Dale decidió que hacer cuando Gregor le miró. Los hombros de Dale cayeron tristemente, y la preocupada Latina le llevó un vaso de agua. Aunque se había enfadado con él hacía un rato, su amabilidad la superaba.
-Dale, ¿estás bien?
-Sí… Seguramente… ¿Supongo?
Aunque se preocupaban por personas distintas, Dale susurró plegarias al dios al que adoraba, sin que le importasen los detalles.
Rose tuvo el presentimiento de saber quién era cuando escuchó que llamaban a su puerta. Sorprendida dejó caer el libro que había tomado prestado al suelo. La persona en cuestión seguramente no era consciente, pero tenía una pequeña manía. Ella lo sabía porque le había estado mirando desde que eran pequeños. A su manía.
-Rose.
En el momento en el que escuchó su voz, Rose saltó hacia la puerta. Estaba temblando mientras hacía algo tan sencillo como lo es abrir una puerta, por su impaciente corazón.
-Gregor…-Su voz volvió a temblar una vez más al confirmar quién estaba al otro lado de la puerta.
-Rose, me alegra que estés bien.
-¡Gregor!
Gregor no expresó mucho por fuera, pero el alivio que sentía se volcó en su voz. Al mismo tiempo, Rose se enterró en el pecho de Gregor.
-Gregor… Y-Yo…
-Me alegra muchísimo que estés bien.
Gregor abrazó a Rose llorando, sus delgados hombros temblaban y él, cerró la puerta detrás de él con la mano.
Para Rose, Dale era como mucho un conocido. Aunque la hubiesen raptado y hubiese estado bajo el poder de la definición del miedo: el segundo señor demonio, asustada, herida y aterrorizada, jamás le habría enseñado semejantes emociones a Dale.
Así de digna era, y puede que fuese firme, pero eso no significaba que estuviese bien. Delante de Gregor, alguien a quién podía abrirle el corazón y en quién podía confiar desde pequeña, el cerrojo que la mantenía estable, cedió.
Rose no dijo nada, simplemente se aferró a él y sollozó. Gregor también conocía a Rose muy bien. Podía adivinar que hasta entonces, se había obligado a no llorar, por lo que se hizo paso hasta su habitación solo. Gregor observó en silencio a la chica que tenía entre sus brazos, pasando la mano por el cabello de extraño color de Rose. 

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