Capítulo 1:


Los pétalos de cerezo nocturnos se teñían con la luz de las linternas. Las noches en el distrito del placer siempre parecían ser rojas. ¿Por qué?
-Supongo que es el color de la locura.-Musitó Misao, descansando las manos en la barandilla rojiza. Levantó la barbilla ligeramente y entrecerró sus apáticos ojos como un gato.
Una brisa sopló en la noche primaveral haciendo que el cabello de Misao bailase libremente sobre sus hombros, a pesar del hecho de que era un hombre. El movimiento expuso la delicada piel de su cuello estirado. El alegre sonido de las canciones llegaba a través de las puertas correderas, aunque se perdía en la distancia.
Se le escapó un suspiro.
Quería bailar, liberar su mente y jugar sin restricciones, lejos de los grilletes que ataban su cuerpo. En momentos como ese, no quería sentir ni pensar en nada.
-Vaya, hola, Misao.
Una voz le llamó desde el pasillo oeste, arrastrándole otra vez a la realidad.
Escondiendo un suspiro de decepción, Misao giró la cabeza con pereza. Esa era toda la realidad que había. El cliente iba de camino al baño y tenía la cara algo enrojecida por el alcohol. Se acercó a Misao, contento. Era el dueño de una gran tienda de kimonos.
-Vaya, qué escena tan extraña. ¿Nada qué hacer?
El mercader habló alegremente, y Misao mostró una sonrisa modesta y sacudió la cabeza con delicadeza.
-Voy a visitar la habitación de Senô. Había demasiado vino, así que les he dicho que iba a ir abajo a por vino caliente, pero…-Misao se dio la vuelta perezosamente, y entonces, dirigió su mirada vacía por encima de la barandilla.-Los pétalos de cerezo son muy rojos. Me han cautivado.
Pretendió no ver como el hombre se relamía por la esquina de sus ojos.
Desde que era un niño había sabido ganarse el interés de la gente, o conseguir lo que quería sin pensarlo demasiado. Las palabras pueden ser muy poco elegantes. Misao inclinó la cabeza como si siguiese el camino de un único pétalo mientras caía en el aire. Al hacerlo, su mirada por fin cayó en los pies del cliente y Misao alzó las pestañas. El hombre entendió esa mirada y su rostro se llenó de afecto. Tragó saliva.
-¿Ya tienes… dieciocho años?-Preguntó el vendedor de kimonos, deslizándose al lado de Misao con cautela, acortando la distancia entre ellos cómo lo haría con un gato asustadizo.
-Sí, desde el mes pasado.-Asintió Misao con gracia.
-Misao, te conozco desde hace mucho tiempo, pero sigues volviéndote más y más hermoso.-Sus manos gruesas y calientes se posaron sobre la mano derecha de Misao.
-Oh…
Misao dejó escapar un sonido ensayado de sorpresa, mezclado con ingenuidad, y la cara del hombre se relajó.
-No pareces un hombre para nada.
Misao no peleó contra el desagradable sentimiento que le producían las caricias del hombre en la parte posterior de su mano, y simplemente hizo revolotear las pestañas. Su única intención detrás de semejante acto refinado era burlarse del pretendiente.
Habían pasado muchos años desde la primera vez que el vendedor de kimonos había visitado por primera vez a Misao, cuando todavía era un criado de una cortesana. Se les llamaba “criados” en las casas locales. Los criados iban a todos los lados a los que iban las cortesanas para hacer pequeñas tareas. La chica a la que había servido Misao en su momento había sido bastante popular y poseía encantos considerables, pero sólo era bella por fuera: por dentro, era una víbora, exigente y orgullosa. A la mínima provocación explotaba y solía pegar a Misao para sentirse mejor. Sus clientes habituales estaban muy acostumbrados a ese aspecto de su personalidad, pero pagaban por una mujer bonita así que cuando abusaba de la criada que servía los tés, simplemente, miraban hacia otro lado. Pero eso no importaba. El criado de la cortesana lo aborrecía, y para cuando ella se cansó de cuidarle, él ya tenía unos veinte hombres que se habían empezado a comportar de una forma, obviamente, cariñosa con él. La razón estaba clara: conforme Misao empezó a desarrollarse, se impregnó de una belleza asexual que ninguna chica podía superar. Y, después de todo, los hombres que iban a esos burdeles a comprar chicas sólo juzgaban a la gente por su apariencia. Se volvieron lascivos.
-Si tienes un rato libre, ¿por qué no te vienes a mi casa? Me encantaría verte bailar mucho más rato del que puedo aquí, Misao.
Misao respondió al mercader reverenciando la cabeza, encogido.
-Gracias, lo haré.
El vendedor asintió felizmente tres veces y entonces, apartó una de las manos que sujetaban los delicados dedos de Misao y se la metió debajo de la manga. Volvió a sacarla de inmediato y, de nuevo, la dejó descansar sobre la mano de Misao. Misao sintió algo duro contra su piel.
-¿Prometido?
El mercader apretó la mano de Misao con fuerza para sellar la promesa, entonces, la apartó y se apresuró a marcharse por el pasillo interior. En cuanto Misao le perdió de vista, el falso interés desapareció de su rostro. Se sopló en la mano como para limpiarse la suciedad y entonces, abrió la mano para ver qué le había dado el vendedor. Era un billete de cinco yenes.
-Gracias.-Murmuró deshonestamente al papel de su mano.
Misao había estado trabajando en el distrito del placer durante un mes entero sin ni un día de descanso, y por sus espectáculos había ganado exactamente esa cantidad. Apretujó el puño y decidió que ese precio no era tan lamentable. No era demasiado lamentable, pero seguía quedando lejos de la cantidad que necesitaba. Pero si podía soportar todo eso, algún día terminaría.
Su mente divagó imaginándose el futuro. Se pasó el dinero que había sonsacado en la manga[1] y apoyó su cadera derecha contra la barandilla para mirar el distrito del placer.
A esas horas es cuando el mundo entre las puertas empezaba a tener una energía pervertida. Entre los concurridos flujos de gente, encontró su mirada posada en una joven aprendiz que caminaba a lo largo del camino cargando con el samisén de su hermana mayor geisha[2] y a la que rudamente regañaban. Un bicitaxi apareció detrás de ellas y continuó hasta detenerse bajo los aleros de la propia Casa de té Oumi de Misao.
No pudo ver al pasajero pues la capucha[3] estaba echada, pero bien podría tratarse de un cliente llegando a la tienda como de la llegada de una geisha para actuar en una de las habitaciones. El viento le metió el flequillo en la cara, y él se lo apartó molesto detrás de la oreja. Echó un vistazo al carro y vio bajarse al primer pasajero. Era el dueño de una tienda de té que trabajaba como guía en el mundo de las casas del té y del distrito del placer. Sus dos manos descansaban sobre su cinturón. Se apartó unos pasos del carro e hizo una reverencia refinada mientras el segundo pasajero bajaba. Este era, obviamente, un cliente, y como el dueño no había permitido que los miembros jóvenes de la casa escoltaran al cliente, era obvio que se trataba de un cliente importante.
Misao vio emerger una cabeza de cabello suave y pálido de debajo de la capucha del carro. Entonces, visualizó un hombro cubierto por un abrigo del color de las hojas secas. Sintió una corriente fría detrás del cuello y soltó un grito de sorpresa. Había sido una broma, pero la voz de Misao pareció llegar a oídos del hombre porque este, movió los ojos en dirección al balcón conforme bajaba del carro.
Los ojos de Misao se encontraron con el bello rostro del hombre. Incluso de lejos, era obvio que se trataba de un hombre atractivo. El hombre observó a Misao un buen rato con la misma expresión aburrida antes de mostrarle una sonrisa tímida y devolver la vista al suelo. Toda la serie de acciones se llevaron a cabo con elegancia, al contrario de Misao que le había pillado por sorpresa y había estado mirando al hombre con los ojos abiertos de par en par.


“Venimos de mundo diferentes”, pensó Misao amargamente.
Nada demostraba el verdadero linaje de una persona mejor qué la forma en la que reaccionaba ante una situación inesperada.
-Jojo.-Una voz juguetona que olía ligeramente a alcohol atravesó la oreja de Misao.-Vaya un hombre elegante el de esta noche. A las chicas les encantará.-El hombre se rio alegremente y apoyó los codos en la barandilla para mirar a la calle. Misao miró al muchacho por el rabillo del ojo. Llevaba el kimono desaliñado y emitía una poderosa esencia a…
Siento tener que decir esto, pero no consigo encontrar las páginas 18 y 19 por ningún lado, así que no puedo traducirlas… Por eso de repente salto a la 20.  Pero, bueno, esto es mejor que nada, ¿no?
-¿Quieres?-Preguntó con una sonrisa fría y victoriosa.
Katsuragi perdió el interés por completo y soltó a Misao.
-Eres todo un profesional. ¿Por qué no puedes comportarte más como la niñita dulce qué pretendes ser para Kato?
-¡Qué asco! ¿Nos has espiado?-Misao echó un vistazo a Katsuragi y se mofó de él. Su mirada le pasó de largo y se posicionó en el pasillo.-Lo he pensado.
Misao vio a una mujer vestida con un kimono muy bordado y la nariz algo más levantada de lo normal, mirándoles. Tenía unos ojos finos y achinados a juego con su pelo en punta que la hacía parecer un zorro. Esa era la mujer que normalmente prefería Katsuragi, la segunda cortesana de mayor rango en la casa de té Oumi.
Katsuragi se frotó la parte trasera del cuello y la miró irritado. La gente que menos quieres ver siempre aparece en el peor momento.
-Pensaba que ibas a traernos vino caliente. ¿Qué has estado haciendo todo este rato?
Senô miró a Misao frígidamente, habló con un tono que casi sugeria que había atrapado a Misao encontrándose con su amante ilícito. Era una acusación absurda, pero era cierto que Misao había estado escaqueándose, por lo que decidió permanecer en silencio.
-No te pongas celosa de la ayuda.
No estaba claro si lo que Katsuragi estaba intentando hacer era tranquilizarla o incitarla cuando la cortó despreocupadamente.
-Estoy harta de oír hablar de la ayuda.-Senô se dirigió a Katsuragi con expresión molesta.-La única ayuda que conozco es la de los hombres que trabajan tanto por la casa en el segundo piso. Si te refieres al tipo de trabajo que puede hacer esa persona… Es básicamente adorar la apariencia de los clientes y aburrir a todo el mundo con sus bailes interminables en los cuartos de té. Es como si se creyera geisha.-Senô movió su disgustado rostro hacia Misao.-No sé lo qué pensará el dueño, pero no te queda para nada.-La declaración directa de Senô molestó a Misao, pero antes de poder responderle, Katsuragi se coló apáticamente.
-¿Podrías evitar hablar sobre tus pensamientos delante de los clientes? No me interesan nada estas peleas de gatas.-Murmuró Katsuragi como si lo hiciera para él mismo, y volvió a la sala del té solo.
Pero Senô no pudo contener su irritación con Misao y continuó:
-Me gustaría saber cómo te las has apañado para captar su simpatía tan bien.-Senô le ofreció una mirada de odio a Misao y sus labios rojos se curvaron cruelmente.-A lo mejor eres generoso con tus regalos físicos.
-¿Qué has dicho?-Misao sonrió empalagosamente ante semejante insulto vulgar.-Bueno, controlo el mercado. De todas formas, veo que tú no has conseguido ninguno…
Aparentemente esa respuesta fue buena ya que se escucharon las carcajadas estrepitosas de Katsuragi por todo el pasillo. Senô se indignó y gritó el nombre de Misao. Pero Misao no le prestó atención y se marchó como si no escuchara nada de lo que le decía.
Entró al pasillo se apoyó contra la puerta y anduvo en línea recta, manteniendo el mismo ritmo.
La casa de té Oumi estaba construida alrededor de un jardín central, e incluso en los cuarteles de placer Otobe, cuyas calles estaban a rebosar de burdeles – grandes y pequeños -, el suyo era el más orgulloso de su simplicidad. Había numerosas habitaciones de té para los clientes, pero si se sacaban todas las puertas deslizantes el espacio se convertía en un enorme salón de banquetes. Con las puertas cerradas se veían las sombras de las geishas punteando sus samisenes y de las bailarinas moviéndose al ritmo de los pequeños tambores para animar el ambiente. Ignorando todas las fiestas, Misao giró por el pasillo interior del jardín y entonces, subió las escaleras.
Dos nuevas chicas ligonas bajaron por el pasillo desde otra dirección y estaban en el descansillo de las escaleras. Las chicas nuevas todavía estaban en entrenamiento y no aceptaban clientes todavía. Cuando la cortesana que les hacía de hermana mayor y mentora aceptaba clientes, ellas la acompañaban a los cuartos de té. Ese era el período más fácil de su vida entera. Todavía tenían mucho tiempo libre y, a menudo, se las podía encontrar vagando por los pasillos. Este era uno de esos momentos.
Miraron a la llamada: “área de recepción” para los clientes primerizos, y piaron un: “Hola, guapo”. La habitación se animó e, instantáneamente, soltaron unas risitas, se escondieron detrás de sus mangas y se escabulleron.
“Eran tan inocentes… ¿Cuánto durará?”, se preguntó Misao mientras una expresión despreocupada y desapasionada ocupaba su rostro en el área de recepción. Entonces, vio por qué las chicas habían huido.
Las puertas correderas se habían abierto para crear una habitación lo suficientemente grande como para veinte camas. Habían cuatro nuevos clientes sentados dentro, tres de ellos cruzados de piernas en el suelo. Sus respectivas chicas estaban sentadas a una cierta distancia de cada uno de ellos, con apariencia profesional vestidas con sus kimonos. Sólo uno de los clientes estaba sentado en la posición formal seiza. Estaba muy rígido, parecía que quería empezar una ceremonia del té. Observaba a las chicas sentadas a cierta distancia con una expresión tranquila en el rostro. Parecía ser de, más o menos, la edad de Katsuragi. Era el cliente que había traído personalmente el dueño hacía apenas unos minutos.
Una chica muy joven con un kimono llamativo y el cabello recogido encima de la cabeza, se arrodilló a su lado para ofrecerle una taza de té y un cenicero. Era Sazu, la criada de Ukigumo, una de las prostitutas de la casa de té Oumi. Al parecer iban a ofrecer la más preciada gema de la casa a su más apreciado cliente.
Misao estaba a punto de reiniciar su marcha por las escaleras, demasiado aburrido como para presenciar las ceremonias, cuando escuchó una exclamación en un tono desconocido.
-Muchísimas gracias.
Misao se detuvo, como si hubiese llegado al final de la correa. Se dio la vuelta torpemente y vio a Sazu observando al cliente, con los ojos tan abiertos que parecía que se le iban a salir.
Misao estaba seguro que tenía la misma expresión en su propia cara. Jamás había visto a un cliente reconocer a una criada hasta entonces.
-Y… ¿cuántos años tienes? – le preguntó el hombre a Sazu con amabilidad. Era una rara oportunidad de escuchar a alguien hablar el idioma con un acento culto.
-Si…Si…-Tartamudeó Sazu, con el rostro lleno de sorpresa.-Siente…
El hombre reflexionó sobre la afirmación susurrada de Sazu con una expresión ansiosa por toda la cara.
Ansiosa por escapar de esa situación extraña, Sazu empezó a levantarse de su asiento rápidamente. El hombre le puso una mano en el kimono que le tapaba el tobillo y la paró, entonces, se sacó algo del bolsillo de su abrigo. Lo envolvió con un pañuelo blanco y se lo dio a la chica, la mano de la cual lo cogió titubeante. Acercó su rostro a la de Sazu y le susurró algo al oído.
Sazu le echó una mirada dubitativa, pero cogió el objeto. El hombre le sonrió plácidamente y asintió. Tenía ese tipo de cara. Misao descubrió a sus ojos posándose sobre el silueta del hombre.
-Trabaja para una gran compañía del este. Su abuelo es el presidente de la Corporación Towa.-Dijo alguien de repente en secreto. Misao giró la cara con los ojos abiertos por la sorpresa.-Y él mismo es el intérprete, a pesar de lo joven que es.
Misao no había notado que alguien se había puesto a su lado. Kazushi, un amigo suyo, también estaba en el área de recepción. De todos los hombres de Oumi, Kazushi era el más cercano a Misao en edad: sólo era tres años mayor que él. La cara de Misao se endureció de confusión, lo que pareció incomodar a Kazushi. Le pasó los ojos por encima y alzó las cejas.
-¿Por qué me miras así?-Le preguntó Misao a Kazushi sin parar de mirarle, y entonces, sacudió la cabeza.
Jamás admitiría que un cliente le había cautivado.
-Por nada.
Se puso el pelo detrás de la oreja, bajo los ojos con torpeza y, sólo entonces, notó la bandeja que Kazushi aguantaba sobre un hombro. EN la bandeja había copas de vino, botellas y un plato de pescado. Misao supo que era el menú para los clientes primerizos.
-¿Vas a servirle?
-Como puedes ver. –Kazushi miró a Misao triunfalmente y le guió un ojo.
-¿Puedo hacerlo yo?
Normalmente, Kazushi no dudaría en aceptar. Sabía que Misao tenía una deuda enorme que pagar, así que cuando podía ayudarle a conseguir algo de dinero extra, le pasaba sus bandejas sin dudarlo para que sirviera a los clientes importantes. Después de todo, era cosa de Misao el inspirar las predilecciones de los clientes y hacer aprovechable la situación.
Volvió a mirar al área de recepción. Sazu hizo una reverencia y luego otra al hombre, y por fin, se levantó. Kazushi miró al hombre acompañar a la criada hasta la puerta con gracia.
-Eso es. Estos hombres todavía no están acostumbrados a tus trucos todavía.
-¿No crees que el joven amo Katsuragi me ha hecho demasiado bueno?
Kazushi rio un poco y, entonces, entró en la habitación como si nada hubiese pasado. Sazu le pasó por al lado a trote y se dirigió directamente a Misao. Intentó esquivarle, pero la alcanzó y le cogió los dedos. Sazu se dio la vuelta sorprendida.
-Ven conmigo.-Le ordenó Misao, y arrastró a Sazu a la pared que no se podía ver desde la recepción. Sazu parecía algo culpable mientras la arrastraba. Una chiquilla coqueta, normalmente, habría soltado un chillido, pero ella siguió a Misao tan silenciosamente como un ratón.
Misao se agachó y la miró.
-¿Qué te ha dado?-Le preguntó con una mirada seria.
Sazu hundió los hombros y se remetió el pañuelo al que se aferraba con ambas manos en el kimono, intentando protegerlo. Cerró los ojos fervorosamente. Parecía como una niña con miedo de que la pegaran. La cortesana a cargo de ser la hermana mayor de Sazu, era Ukigumo, una bella mujer que era la combinación de modestia y extravagancia, por dentro y por fuera. Jamás le levantaría la mano a su criada, pero para los niños del burdel, que les pegarán era el pan de cada día. Siempre que pasaba algo, se achicaban de esa forma. Misao recordaba bien el reflejo.
-No voy a quedármelo.-Dijo con una sonrisa triste acariciándole la cabeza.
Misao sólo quería saber lo que le había dado el hombre. Sentía que si no lo hacía le reconcomería.
-¿Lo juras?-Sazu alzó la vista con cautela, y por fin le mostró las manos como unas florecillas a la altura del pecho, floreciendo para revelar su tesoro a Misao. El pañuelo pareció florecer simultáneamente, abriéndose en sus manos. El pañuelo reveló una adorable botella transparente con los colores del arcoíris. Misao la cogió y sus ojos viajaron hasta la procedencia de la botella con celosía. Se acercó la botella al ojo y vi la suavidad de su superficie, sin una sola huella. Al sacudirla de un lado al otro, los caramelos de alta gama de dentro titilaron.
-A Ukigumo le encantan estos.-Murmuró Misao.
Los ojos de Sazu se abrieron de golpe y le respondió:
-¡Me los ha dado a mí!
-¡Oh..!
A Misao se le escapó una pequeña exclamación. Agarró la botellita antes de que cayera a sus pies.
-¿Se lo vas a contar?
La ansiosa pregunta cayó como rocas sobre ellos.
-Tonta.-Misao alzó la mirada, regañándola con voz severa.-Aunque no se lo diga yo, tú sí tendrás que hacerlo. Si no sabe que un cliente le ha hecho un regalo a su criada, entonces no podrá agradecérselo, y eso dejará mal a tu hermana.
El rostro de Sazu parecía tortuosa, con los labios pegados, mientras Misao la regañaba. Cuando vio que la niña no iba a discutir, decidió que lo había comprendido, pero hasta cuando asintió obedientemente, parecía enfadada.
-¿Quién te deja comer todo lo que quieras cada día y llevar kimonos bonitos? ¿Quién paga por eso?
-Mi hermana.-Respondió Sazu en voz tan baja como la de un mosquito.
-Pues entonces, no debes esconderle cosas.-Afirmó Misao con una sonrisa dulce.-¿Crees que tu hermana te lo va a quitar? ¿Cuándo te lo han regalado a ti?
Esta vez la niña sacudió la cabecita de un lado al otro y sus manos titubearon, sin saber qué hacer.
-Ese cliente…-Murmuró Sazu lentamente, mirándose las manos.-Es bueno.
-¿Por qué lo dices?-Sazu se quedó callada incapaz de ofrecer ninguna evidencia sólida cuando Misao le pidió una prueba.- ¿Por qué te ha dado caramelos?
Misao sonrió. Sazu le miró mal, saltando en la defensa del cliente.
-¡Es bueno!
Sazu huyó por el pasillo como un conejo, al parecer, sin estar segura de que su argumento fuera a ser efectivo. Sus largas mangas revolotearon detrás de ella como las alas de una mariposa.
-Estoy seguro de que sí.-Susurró Misao en un tono que sabía que ella no sería capaz de escuchar cuando huyera por el pasillo.
Estaba seguro, aunque su silueta se alejaba, que Sazu todavía se estaba aferrando protectoramente a la botellita de caramelos.
Pero eso no ha sido lo más bueno que ha hecho ese hombre por ti, Sazu.
Misao no creía que la gente bendecida con propiedades y riquezas sólo traía cosas buenas. Era mejor no creer eso, en ese maldito mundo manchado de lujuria y sexo.
Misao miró el pañuelo blanco puro que se le había caído a Sazu, y entonces, lo dobló con cuidado. El pañuelo había protegido la botellita que le habían dado a la niña, y él se arropó esa pequeña amabilidad dentro del kimono, contra su pecho.

A las dos de la mañana, el vigilante de la segunda planta entró a la sala vacía golpeando su vara de madera para que todo el mundo supiera que había llegado la hora del último aviso.
Misao caminó por el pasillo de la segunda planta conteniendo un bostezo. De todas las direcciones llegaban gemidos que se tragaban las almohadas, pero Misao se había acostumbrado a ello desde la infancia. Encontraba totalmente degenerado que los hombres que venían a esos lugares disfrutaran cuando las mujeres hacían esos sonidos. Tras esa crítica, el siguiente pensamiento que le vino a la cabeza fue el cliente del área de recepción que había discutido con Sazu. No era la primera vez que Misao pensaba en él aquella noche. Todo lo que había ocurrido había desencadenado sus recuerdos sobre él.
De todos los clientes que habían ido a la casa de té Oumi, Misao sólo había adorado a uno. La primera vez que se conocieron fue poco después de que Misao se convirtiera en un criado y – jamás lo podría olvidar – se cruzaran por el pasillo.
El hombre le preguntó a Misao cómo se había hecho cierta herida en la cara y, cuando Misao no respondió, hizo que la cortesana que caminaba delante de él se detuviera y empezó a regañarla severamente. La chica pegó a Misao después por ello, pero Misao sabía que pasaría. Que alguien se molestase en preocuparse por él le llenó de alegría. La segunda vez que se encontraron, Misao corrió hasta él. Sentía un aura de amabilidad en él aunque no había venido en meses. ¿Por qué sería que Misao, de repente, pensaba en él con tanta nostalgia? Supuso que se debía al efecto del nuevo cliente.
Masaomi Towa, el intérprete y heredero de la Corporación Towa. Con títulos así tenía el poder de tener a cualquier mujer, y los rumores que circulaban por ahí no eran ninguna broma. Misao no tenía conexión alguna con esa persona, pero extrañamente, su corazón revoloteaba y se rehusaba a calmarse.
-Hey, tú, ¿ya estás?
Kazushi le llamó desde uno de los pasillos del jardín central y mientras le echaba aceite a una de las linternas. Siempre que se veían, Kazushi tenía un rostro de comprensión perfecta. Misao se imaginaba que si se llegara a marchar algún día de la casa de té, sería popular entre las chicas, pero el muchacho permanecía entre los hombres echados a perder del burdel.
-¿Estás de guardia?-Preguntó entre bostezos.
Aquel día Misao había empezado a trabajar a las diez de la mañana, atrayendo clientes de la calle a la casa de té, por lo que se alegraba de que se hubiera acabado su trabajo.
-Sí.
Kazushi parpadeó y curvó la esquina de la boca.
-Y tengo que poner en orden a las chicas antes de que salgan mañana a la calle. No puedo irme a dormir hasta que acabe.
-Qué triste.
-Suenas muy simpático.
Kazushi frunció el ceño y entonces, se rio. Misao salió del pasillo. Las chicas dormían en el segundo piso, pero Misao y el resto de los hombres dormían en la primera planta. Se dirigió a la escalera. Estaba a mitad del pasillo cuando vio una silueta apoyada en la barandilla mirando al jardín. La persona vestida con un kimono de verano, emitía una impresión lánguida, mientras la brisa le acariciaba. Misao abrió un poco los labios y se puso una mano en las costuras cruzadas del cuello. Recordó el objeto que había dejado ahí.
Debería devolverlo…
¿Por qué pensaba hacer algo tan concienzudo?
-¿Problemas para dormir?-Había hablado antes de darse cuenta.
Era el hombre que había estado inundándole la cabeza toda la noche, el hermoso hombre del área de recepción, Masaomi Towa.
Por un momento pareció confundido al mirar a Misao, y entonces, por fin, pareció recordarle. Su expresión se suavizó instantáneamente y se convirtió en una cordial.
-Buenas noches.-Masaomi le saludó elegantemente.
Era la voz que Misao había escuchado hablarle a Sazu en la recepción, llena de romance y fantasí. Había hecho sentir a Misao como si estuviese leyendo un cuento.
Misao hizo una reverencia lentamente. Levantó la cara una vez más a la misma velocidad lánguida y vio que Masaomi todavía le estaba mirando, iluminado por el resplandor de la luna. La pureza de la escena cegó los nervios de Misao y le fue imposible mirar al hombre directamente.
Quizás debería haber esperado hasta haber estado más cerca para hablar. Misao lo lamentaba, bajó la vista, pues para acercarse a Masaomi tendría que caminar bajo su atenta mirada.
¿Por qué estaba siendo tan cortés para devolver un simple pañuelo? Intentó desalentar el nerviosismo incaracterístico de su corazón, pero la tensión se negó a abandonar sus hombros. De hecho, se sintió todavía más estresado.  Se detuvo ante Masaomi, que parecía estar esperándole, y se deslizó los dedos por dentro del cuello del kimono. Casi en ese mismo instante, Masaomi empezó a hablar.
-Esta es mi primera vez en un sitio así. He venido sin tener ni idea de qué hacer.
-¿Mmm?
Misao alzó los ojos casi con rapidez imprudente, cortando el aire con sus largas pestañas. Masaomi le miró con una sonrisa débil, entonces, se dio la vuelta otra vez hacia el jardín. La brisa nocturna jugaba con sus cabellos. El flequillo le cayó sobre los ojos, moldeando sombras sobre su rostro.
-¿Así que una cortesana es una mujer que no habla?
Misao miró con curiosidad la expresión desamparada del hombre, incrédulo ante el sigilo de su voz. Debía estar molestándole. La minúscula duda que flotó por su cabeza no se convirtió en ninguna sospecha: en su lugar, se marchitó en nada rápidamente.
Misao se puso la mano en el kimono, donde todavía escondía el pañuelo. Parecía haber perdido la oportunidad de mencionarlo. No creía que ese hombre fuera el tipo de persona que molestaba al resto por diversión propia.
-Sólo en una recepción.-Explicó Misao en un susurro suave.
Masaomi giró la cabeza para mirarle.
-Las cortesanas nunca usan la boca delante del invitado en su primera visita. Ni para hablar, ni para beber, ni para fumar.
-Eso es…
Masaomi jadeo, interrumpiéndose a sí mismo, su boca parecía haber huido con su interés. Misao observó al hombre recomponiendo su compostura antes de darse la vuelta y preguntarle de una forma más educada:
-Eso significa que algún día me hablará.
Misao miró a Masaomi sin habla. Masaomi parecía no estar seguro de cómo interpretar el silencio de Misao y dejó escapar una corta risita nerviosa de vergüenza.
-Lo siento. Te debo estar molestando.
-Para nada.-Misao sacudió la cabeza ligeramente, pero no podía continuar quedándose ahí cuando le habían dado el permiso para retirarse.
No…
El hombre ante él era, en cierta forma, similar al cliente que había sido tan bueno con Misao cuando era joven, pero a la vez, eran completamente diferentes.
El cliente que le había tratado tan bien lo había hecho porque entendía cómo funcionaban los burdeles. Siempre se había movido por las salas de té habilidosamente. Podría decirse, que era un entendido de los cuarteles del placer. Pero Masaomi acababa de hacer su primera visita y no entendía nada. Era un principiante. Misao sabía que si ese generoso hombre entrase en una sala del té con su carencia de conocimiento, acabaría dando todo el dinero de su bolsillo.
-Mmm… Estoy seguro que esto es muy directo, pero…-Misao se molestó consigo mismo por su discurso tartamudo. 
Era la primera vez que se había preocupado por bienestar de un cliente. Misao dejó escapar un suspiro de alivio al ver que sus intenciones no habían sido descubiertas y entonces, endureció su corazón.
-Si no conoces la casa de té, ¿te gustaría que te explicara los puntos principales?
-¿Tú?-Preguntó Masaomi, y entonces, pareció notar algo de inmediato y miró abajo a la esquina del jardín.
Misao siguió su mirada. En uno de los puentes un vigilante había alzado su linterna y les miraba con sospecha.
-Ah.-Murmuró Misao fatigado.-Cree que soy una de las chicas.
A oscuras era un error común. Misao no era particularmente bajo, pero al parecer, su largo cabello nublaba la frontera.
-Nos vigila para ver si estamos planeando huir juntos.
-¿Tú y yo?
Seguramente él no quería decir nada con eso, pero Misao se sorprendió por sus palabras. Por un momento, vio una vívida imagen en su cabeza: corriendo con Masaomi, cogidos de las manos.
Casi al mismo tiempo, ambos apartaron los ojos de la linterna del vigilante para mirarse. Sus ojos se trabaron. Misao tragó saliva y Masaomi le sonrió con dulzura. Misao, mientras el aire nocturno jugaba con su pelo, pensó que era como una suave brisa de primavera.
Masaomi se apartó un poco de la barandilla y le dio la espalda.
-Entonces, al parecer, tendremos que irnos a otro sitio.-Volvió a mirar a Misao una vez más e inclinó la cabeza con una expresión suave expresando sus pensamientos.-Aunque sólo vayas a halagarme.

Las delgadas lámparas de papel habían atraído a pequeñas mariposas, y las llamas de dentro hacían que sus sombras revolotearan por las paredes.
Estaban en una habitación con dos camas, con paredes correderas y colchones esparcidos por el suelo de madera. No había señal de que lo hubieran usado.
Misao se sintió un poco incómodo por el hecho de que esa era una de las habitaciones en las que dormían las chicas, pero quizás fuera porque la habitación estaba tan limpia; o quizás porque el hombre estaba sentado muy formalmente ante él. Masaomi era alguien que compraba mujeres con dinero, pero al mismo tiempo, daba una impresión de pulcredad.
-La segunda vez que vengas, harán lo mismo.-Masaomi asintió sin hablar. La luz de las lámparas mostró un ligero alivio en su rostro serio.-Las cortesanas te hablarán más informalmente, pero al igual que hoy, tendrás que dormir solo. Una cortesana sólo se afloja la faja por un cliente que la visita tres veces.
Misao le informó de diversos métodos de pagamiento como la propina, el regalo monetario, e incluso de la flor de dinero de la cortesana, y la propiedad. Masaomi, de vez en cuando, le preguntaba algo a Misao y él respondía, hasta que por fin terminó de explicarle lo básico. Tardó más de una hora. Era imposible calcular la hora dentro de la habitación por lo que no sabían la hora exacta, pero debía ser alrededor de las cuatro de la mañana.  Masaomi no cambió de posición durante la conversación. Apenas le había quitado los ojos de encima a Misao en todo el rato. La intensidad de su atención era casi temible.  Misao pretendió haber recordado algo y miró la pared, huyendo de la mirada directa de Masaomi.
-¿Cuándo te va a llevar a casa la casa de té?-Preguntó sin devolver los ojos a Masaomi.
La propina, normalmente, se pagaba al irse de la casa del té y, a menudo, las casas de té enviaban a alguien para llevar a casa al cliente.
-Pedí que lo hicieran a primera hora de la mañana.-Respondió Masaomi.
En los burdeles, “la primera hora de la mañana”, significaba las cuatro de la tarde.
Misao se giró para mirar a Masaomi otra vez. Todavía le estaba mirando. Era una mirada perfectamente relajada, sin nerviosismo alguno.
-Entonces deberían venir a por ti pronto. ¿Quieres cambiarte? Te puedo ayudar.
-Oh, no. Todavía es demasiado pronto para eso.-Rechazó la sugerencia completamente seguro, como si tuviese un reloj en la cabeza.
Su tranquilidad pareció transmitirse, extrañamente, al ambiente. Misao empezó a levantarse, pero al sonido de la voz del hombre, se volvió a sentar y suspiró. Lo último que quería hacer era molestarle.
-¿Necesitas algo más?
Misao sabía que necesitaban ocupar este tiempo de alguna manera, pero Masaomi simplemente sacudió la cabeza. Y un instante más tarde, todavía parecía más relajado.
-Has sido de gran ayuda, gracias.
Misao parpadeó lentamente ante su gratitud. Qué hombre tan extraño. No tenía fallos. Misao se preguntaba por qué un hombre así iría a un luar como ese. Se lo había estado preguntando toda la noche.
Masaomi debía atraer montones de mujeres sin necesidad de ir a un burdel. ¿Se trataba de la indulgencia de un hombre con demasiado tiempo y dinero, como Katsuragi? Misao no podía adivinarlo. Había tantas razones por las que podía visitar un burdel por primera vez… Para apreciar mujeres, simplemente, un costumbre familiar, para ver a alguien del trabajo, para animarse… Entre todas, había una razón que era un motivo mucho más puro que el resto.
Bueno… Eso debe ser.
Todo se puso en su sitio.
Pues nada.
-¿Sabías que a Ukigumo le gustan los caramelos?
Masaomi se sorprendió por la pregunta repentina de Misao.
Debía ser eso, estaba casi seguro. Masaomi debía de haber visto a Ukigumi por la calle yendo a saludar a un cliente y debía haberse enamorado a primera vista. De repente, todo tenía sentido. Nadie le había regalado algo así a Ukigumo, sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
La confusión se apoderó del rostro de Masaomi cuando Misao se sacó el objeto del kimono y se lo dio.
Al principio miró con curiosidad el pañuelo que Misao le dio, pero instantes más tarde murmuró:
-Ah… Eso es mío, ¿no?
-Te lo devuelvo.
Masaomi asintió ligeramente. Ni siquiera le preguntó cómo lo había conseguido, simplemente, lo cogió.
-Perdona las molestias.
Misao miró como apartaba la mano. Momentáneamente se arrepintió de habérselo devuelto con un extraño tipo de cariño en su corazón; pero cuando Masaomi se levantó, Misao dejó de comprender por qué se sentía así.
Todo lo que podía hacer era sacudir la cabeza por su extraño humor misterioso.
Masaomi, al parecer, dobló el pañuelo y se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta, que estaba colgada en una esquina de la habitación. Estaba de espaldas por lo que Misao no podía ver lo qué estaba haciendo. Habían estado hablando toda la noche así que era la primera vez que Misao le veía la espalda. ¿Por qué su corazón se sentía tan vacío?
-¿No crees que ha sido un poco arrogante darle un pañuelo a una criada como regalo para su cortesana?-Preguntó Misao en voz baja.
Parecía poco probable que Masaomi llevase algo así con él como hábito. Era mucho más fácil imaginar que había estado investigando los gustos de Ukigumo. Masaomi volvió con Misao y se rio. No lo negó así que, realmente, había ido a la casa de té Oumi para intentar ganarse a Ukigumo.
-¿No te da pena?
Misao no sabía por qué había dicho algo tan quisquilloso. Casi sentía nauseas al decir esas palabras enfadadas y su rostro se contrajo. Los ojos del hombre frente a él le devolvieron la mirada. Era el rostro de un hombre que había descubierto algo inesperado de repente. Entonces, bajó la vista y se sumió en sus pensamientos. Al parecer, las palabras de Misao habían llegado a algo muy dentro de él. El silencio que continuó era tan absoluto que se podía escuchar el crujir del fuego ardiendo en las linternas. Misao lamentó su rudeza brevemente. No había razón alguna para atacar a Masaomi. Misao sabía muy bien lo feliz que había hecho a Suzu ese pequeño acto de caridad, aunque fuera inintencionado. También sabía lo importante que sería ese recuerdo para ella el resto de su vida. ¿Así que, por qué lo había dicho? Un enfado repentino, rápido como la flecha de un partido, se apoderó de sus emociones.
Masaomi dejó escapar un único suspiro largo.
Misao contuvo la respiración y apretó los labios.
-Ya veo.-Se dijo Masaomi a sí mismo, cerrando sus grandes ojos redondeados brevemente.-Sin lugar a dudas, una arrogancia así es muy poco atractiva en una persona.-Se giró para mirar a Misao, castigándose.
Misao escuchó el palpitante corazón de su pecho.
-Todo es para sentirse bien contigo mismo.
Misao siempre había pensado que ese lugar no era más que una mentira. Los hombres y las mujeres mantenían la fea realidad sobre ellos mismos bajo capas y capas de dorado. Ahí no había lugar para la verdad. Una respiración raspada se escapó de los labios algo abiertos de Misao.
-Perdóname.-Inclinó la cabeza.-Ha sido muy mezquino de mi parte decir eso.
No tenía dudas de que había hecho que Masaomi dijera cosas que hubiese preferido no decir. El hombre había hablado de sus sentimientos con honestidad, sin pretensa alguna.
-Perdóname.-repitió Misao.
Masaomi se movió en silencio para sentarse en diagonal de él.
-Siéntate.
Todo lo que Misao podía ver eran las manos de Masaomi descansando en el largo kimono que le cubría los tobillos.
-No quiero que me pidas perdón. De hecho, me alegra de que lo hayas dicho. Tengo que ser consciente de mi lado egoísta.-Misao sintió un poco de sospecha sobre ese acto de auto disciplina.
Se sentó lentamente y giró la cabeza vacilantemente. Era lo más cerca que había estado de Masaomi en todo el día. Vio que los rasgos plácidos del hombre no albergaban rencor alguno.
-Hey, aún no te he preguntado tu nombre.-Dijo Masaomi con una risita.-Me llamo Masaomi. Masaomi Towa. ¿Y tú eres…?
-Perdona por no haberme presentado antes.-Misao se enderezó y reorientó su cuerpo hacia Masaomi.-Misao. Me llamo así por un festival.
Masaomi asintió.
-Es un nombre bonito. ¿Podría tener la audacia de cogerte la mano?
-¿Mi mano? No lo entiendo…-Inclinó la cabeza y extendió las manos con las palmas hacia arriba. Masaomi barrió una con su mano izquierda.
Misao tragó saliva y sus ojos se agrandaron. Siguió el camino de su mano con los ojos sobresalidos mientras llegaba a estar a la altura del pecho del hombre y tocaba su piel. Entonces, volvió a poner los ojos en el rostro de Masaomi. Sus ojos estaban en la mano de Misao. La débil luz de las linternas creaba sombras en sus pestañas y cara.
El pulso de la muñeca de Misao iba como loco, como si compitiese con el latido de su corazón. Sintió como un único dedo le tocaba la palma y, entonces, se deslizaba por encima. Una sensación atravesó a Misao, amenazando con ahogarle. El dedo dibujó una letra en la parte trasera de su mano. Era su nombre.
Los párpados de Misao revolotearon a cada caricia. Cuando terminó la última línea, el hombre retiró el dedo.
-No sé si esto te ha sido de ayuda porque lo he escrito al revés.-Masaomi levantó la cabeza y miró a los ojos de Misao directamente. Un temblor le recorrió la cara como si hubiese estado conteniendo la respiración y sus hombros se agitaron un poco.
Misao imagino lo extraña que debía parecer su cara en ese momento. Bajo circunstancias normales, Misao tenía un control perfecto de sus expresiones. Sabía que sería tal y como había practicado delante del espejo, pero en ese momento, no tenía ni idea de cómo estaba. Jamás se había sentido tan inquieto.
-Sobre el…-Miró a Masaomi ansiosamente, después, miró a todos lados menos a él. Misao escuchó su propia débil voz flotando a su alrededor, como una bola de papel empujada por la brisa.-Tu pañuelo… ¿Me lo puedo quedar?
-¿Qué?
Masaomi pareció sorprendido. Misao mismo estaba sorprendido por lo que acababa de decir. Se cubrió la boca con la mano ante su inesperada petición. Masaomi estaba a punto de decir algo cuando una luz osciló en la puerta corredera.
-Ese es el dueño haciendo su ronda.
Había un ruido en el pasillo. Era la voz de Kazushi. Instintivamente, Misao se preparó para levantarse en cuanto escuchase la noticia. En frente de él, Masaomi giró la cabeza con lentitud, como un hombre de hojalata oxidado, hacia las sombras que provocaba la linterna del hombre de la puerta.
-Perdona, todavía no me he vestido.-Dijo Masaomi a través de la puerta. Su voz era la más profesional que había escuchado Misao en toda la noche.-¿Podrías esperar un momento?
-¿Necesita ayuda?
Masaomi rechazó la oferta de Kazushi.
-No, gracias.
-Permíteme.-Se ofreció Misao en voz baja.
Masaomi asintió y se levantó. Misao también se levantó para ayudarle. Al ser una situación urgente, el corazón de Misao latió tan erráticamente que temía que se fuera a parar, lo que no habría sido de gran ayuda, pero eventualmente, se calmó.
El hombre se quitó la ropa y Misao le pasó la camisa por los brazos. Masaomi le miró por encima del hombro.
-Gracias.
Misao estaba ajustándole el cuello del abrigo cuando dijo eso y por alguna razón que no acabó de entender, le emocionó. Sacudió la cabeza. De nuevo, sus sentimientos eran extrañamente confusos.
-Perdona por hacerte esperar.
Masaomi abrió la puerta. Kazushi había dejado la linterna en el suelo y se había arrodillado al lado de la puerta para esperar. Alzó la cabeza y notó a Misao detrás de Masaomi con la boca abierta y expresión estúpida.
-¿Pasa algo?-Preguntó Masaomi.
-Eh… No, señor. Sígame, por favor.
Kazushi recogió la linterna y dirigió a Masaomi por el pasillo, y Misao les siguió por detrás. Cuando llegaron a la primera planta,  él salió por la puerta.
Una taxicoche de dos plazas le esperaba en la puerta de la calle con una pequeña linterna colgando a un lado. El dueño  estaba de pie bajo la luz, esperando a su cliente. Masaomi se giró hacia Misao. Misao se sorprendió por su repentino cambio de dirección y dio un paso atrás, pero los pasos de Masaomi eran mucho más grande sque lo suyos y recortó la distancia cogiendo las manos de Misao con dulzura. El tacto de su piel cubrió la mano de Misao e hizo que le faltara el aliento.
-Gracias por tu ayuda.-Susurro captando la vista de Misao.
Entonces, apartó las manos en silencio y caminó hacia la carreta. El dueño se sentó a su lado y ordenó al conductor que se pusiera en marcha, y se fueron a un ritmo tranquilo.
-Supongo que me había equivocado contigo y él.-Picó Kazushi sujetando la linterna. Misao no respondió, simplemente, bajó la mirada a sus manos.
El pañuelo estaba doblado en cuatro partes, y por la mitad. Había diez yenes dentro. Misao sintió que un peso de plomo le oprimía el corazón.
Era una cantidad demasiado grande como para llamarla “propina”, y cuando Kazushi le echó un vistazo, silbó.
-¿Qué le has hecho?
Una de las esquinas de la boca de Kazushi se curvó hacia arriba, y por alguna razón, Misao lo encontró extremadamente ofensivo.
-No ha sido así.-Respondió lóbrego, y caminó por l apuerta. Fue hacia la habitación del dueño – en la parte trasera. Quedaba cierto tiempo para terminar su trabajo. Se metió la mano derecha en la manga y cogió todos los billetes que ahí guardaba. Era todo lo que había ganado de los clientes aquella noche. En total debía haber unos ocho yens, pero no incluyó los diez yenes de Masaomi.
Entró en la habitación. El dueño había extendido su lecho de cualquier manera cerca de la chimenea. Sólo se incorporó cuando Misao se detuvo al lado de su almohada. Levantó la cabeza – canosa – contrariado.
-¿Quién anda ahí?-Exigió imperioso. Pero cuando vio que se trataba de Misao, su humor cambió.-Oh, eres tú. Has trabajado hasta tarde. ¿Qué tal te ha ido?
Misao se arrodilló silenciosamente y se sentó a su lado. Expuso cada uno de los billetes que había recibido en el borde de la cama. El dueño los recogió y los contó.
-¡Has conseguido ocho yenes! Bien hecho.-Impresionado levantó las cejas.
-¿Cuánto queda?-Preguntó Misao con voz ahogada.
El dueño curvó la comisura de los labios y suspiró.
-No seas terco. Yo he estado aquí toda la vida.
El dueño acarició la mejilla de Misao con su mano pegajosa y Misao la apartó con dureza.
-No estoy de broma.
La garganta del dueño vibró divertida. Obviamente, era un pervertido que encontraba diversión en semejante trato.
-Vale, vale. Eres muy bueno.-Miró a Misao, como si estuviese inmerso en un sueño, y le dijo lo mismo que le decía cada vez que iba.-Tu cara, tus ojos… Cada día te acercas más y más a la flor de la juventud.-El dueño volvió a extender la mano, olvidándose de la advertencia, pero Misao le esquivó y se levantó.
-Estoy harto de esto. No necesito que me digas una y otra vez que estoy en lo que sea. Gracias por tu tiempo.-Explotó Misao, y entonces, se marchó de la habitación. El dueño le llamó para pararle, todavía en la cama.
-Has estado cogiendo eso desde que has llegado. ¿Qué es? ¿Un pañuelo?-El dueño miró a hurtadillas la mano izquierda de Misao con gran interés.
Misao se marchó de la habitación sin responderle.




[1] A aquellos que no habéis vestido nunca un kimono o un yukata, os puede parecer raro que se guarden el dinero dentro de las mangas, pero es que en las mangas de los kimonos y los yukata, hay un pequeño apartado, un bolsillito que se suele utilizar para llevar las cosas de forma más segura y cómoda.
[2] Hermana mayor geisha: Sus saberes requerían de muchos años de preparación por lo que ingresaban de niñas en unas escuelas específicas. Las 'geishas' eran muy bien consideradas por la sociedad. Cuando sus estudios concluían, la formación de estas jóvenes continuaba como aprendices ('maikos') de sus 'hermanas mayores' ('o-nêsan'), a las que acompañaban a las casas de té. Las 'hermanas' se encargaban de que los caballeros las conocieran. Cuanto más populares se hacían, más subía la puja por su virginidad y la 'okiya' o casa de té, se beneficiaba del éxito.
[3] Las bicitaxi eran y son unos transportes tradicionales. Consisten en unos carros tirados por personas que solían llevar una capucha, un techo plegable. 

Title: Capítulo 1:
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Writed by Nana L15R1