Capítulo 1: La historia de una amante de los macarons de cuento que vivió mil años de alguna manera

Abrió los ojos ante un penetrante cielo azul. Era tan brillante que tuvo que entrecerrar los ojos un poco. Mirando hacia arriba distraída, caminó a lo largo del hormigón.
Era un día como cualquier otro.
Era un cielo como cualquier otro.
Una luz fulgurosa brillaba en el mundo, soplaba una suave brisa de principios de verano – un día como cualquier otro. Pero aun así, a diferencia de esos otros días, no había ni rastro de Miko en el laboratorio.
“Mañana quiero decirte una cosa…”
La chica puso mala cara enfadada al recordar lo que Miko le había dicho el día anterior. Mientras rabiaba, sacó un macaron de su bolsillo y lo mordió.
Esta es la historia feliz de una amante de macarrones de cuento.

Había sido amiga de Miko desde hacía mucho tiempo. Siempre estaban juntas. Lo habían estado durante años, y creía que así sería siempre hasta el día en que se marchó.
Preguntó por ahí comiendo macarons: “hey, ¿qué ha pasado?”, pero la gente del laboratorio donde Miko trabajaba le dijeron cosas como: “A lo mejor se la han llevado al paraíso” o “a lo mejor ha hecho algo u otro agujero de gusano” – un montón de paparruchas que no comprendía.
-¡No lo entiendo! ¡Explicádmelo de una forma más simple!-Presionó a los trabajadores del laboratorio, pero estos la miraron con preocupación y se rascaron las cabezas.
La causa de la desaparición de Miko seguía siendo investigado, así que por la presente, nadie sabía, verdaderamente, qué había ocurrido.
-¿Volverá mañana?
-Mmm… No lo sé.
-¿Y pasado mañana?
-Bueno, no lo puedo asegurar, pero Miko puede que no vuelva mañana, ni pasado mañana, ni nunca más.
-¿Qué…? ¡No quiero eso! ¡Haz algo!
-No me puedes decir que haga algo y ya…
Todos los trabajadores eran gratamente incordiados por la chica y se negaban a mirarla a los ojos. Aburrida pues nadie le prestaba atención, siguió preocupándose por Miko mientras actuaba como un triceratops.  Mientras tanto, el personal del laboratorio continuó con su investigación frenética sobre el motivo de la desaparición de Miko.
Pasó algo así como un año, y las mentes más brillantes del mundo por fin averiguaron la causa. Cuando se reveló la causa, el mundo entero se vio superado por el dolor.  Por supuesto, se trataba de un asunto complejo por lo que, para la chica, era todo algarabía. Pero hubo una cosa que comprendió: el hecho de que Miko había viajado mil años hacia el futuro. Para ser precisos había viajado al dos de setiembre de dos mil novecientos noventa y nueve. Una fecha lejana, lejana y mucho más lejana que eso, en un mundo donde los humanos puede o no que vivieran.
Parecía ser que todo estaba relacionado con el agujero espacio tiempo  con el que Miko se había topado.
Dado que ella era la persona más bella e inteligente del laboratorio entero, la gente estaba ansiosa por saber qué le había sucedido – como si hubiesen perdido el sol.  Como todos eran inteligentes, afirmaron con firmeza que jamás volverían a ver a Miko nunca más, pero ella sólo era una amante de los macarons de cuento, y no entendía del todo lo que aquello significaba.
-Hey, en serio, ¿dónde se ha ido Miko?
-Ya te lo he dicho, mil años en el futuro.
Incluso después de diecisiete diálogos como este, a la caprichosa chiquilla no le afectaba.
-Estás de coña. Se ha ido a la tienda de donuts, ¿a qué sí?
-No, mil años en el futuro.
-¡Hey, va! ¡Decidme la verdad!
-¡Ya lo he hecho! ¡La verdad es que se ha ido mil años al futuro!
-¡Uy! ¡Ya sé que has dicho eso, estúpido!
Tras preguntar lo mismo unas cuarenta veces y pegar a los trabajadores del laboratorio en el estómago por ningún motivo en particular, finalmente, empezó a comprender que Miko se había marchado mil años en el futuro.
Aun así, la chica sintió que había algo que podía hacer. Después de todo, no había escuchado eso tan importante que Miko tenía que decirle. Miko nunca había roto sus promesas, así que seguramente, se lo diría de alguna manera.
Mordisqueó el macaron y pensó, que por el momento, intentaría vivir mil años.
-Y bueno, ¿cómo puedo vivir mil años?-Le preguntó a la gente del laboratorio, pero estos sólo la miraron y se encogieron de hombros.
-Oh, bueno… Los humanos no pueden vivir tanto tiempo.
-Ah, vale. ¿Entonces, cómo vivo mil años?
-No estás escuchándome, ¿verdad?
Los trabajadores del laboratorio estaban pasmados e intentaron hacerle cambiar de idea. Le hablaron de cosas como enzimas, y del proceso de envejecimiento y no sé qué, y de todos los motivos por los que los humanos no pueden vivir mil años.
Esas cosas le entraron por un oído y le salieron por el otro, y continuó masticando macarons. No entendía todas las cosas complicadas que habían dicho, pero lo que sabía era que comer macarons la hacía feliz.
Conforme iba preguntando por el laboratorio, finalmente, encontró a un anciano solitario que le dijo lo siguiente:
-Mmm… No es necesariamente imposible, pero este método es algo…
-¿De verdad? ¡Lo intentaré!
Su cabeza estaba llena solo de Miko y macarons, sin dejar espacio para cosas como: “consecuencias” o “riesgo”. Aceptó la oferta del anciano sin preguntar los detalles ni nada. Y así, la chica se convirtió en el conejito de indias para cierta organización.
Era un experimento fantástico que involucraba las células IPS y las células madre, y las juntaba con teloméros  para hacer esto y aquello.
Todo había empezado con la escasa esperanza de que podrían descubrir una forma de vida capaz de vivir mil años, pero no había ni un uno por cien de posibilidades de éxito.
Por supuesto, la chica no entendía lo más mínimo de medicina, y no hizo el esfuerzo de hacerlo. Aunque el experimento no tenía garantía de que saldría con vida, aunque sí una gran suma de dinero, lo que más le preocupaba era el hecho de que tenía que controlar su ingesta diaria de macarons por el momento.
Tragó y engulló las medicinas que la gente le daba:
-¡De aquí mil años, consolaré a Miko!
Nadie lo sabía todavía, pero por suerte, en aquel momento, ella se hizo inmortal, inmediatamente.

-Los que os hayáis tomado la medicina, volved a vuestras habitaciones, por favor.
La gente de la organización entrajetados de negro dijo eso y ella volvió a su habitación tal y como le habían dicho.  Mientras trotaba por ahí y le echaba un vistazo al sitio, se sorprendió al descubrir que parecía un hotel de alta gama.
-No será malo vivir mil años en un sitio tan bonito.-Pensó.
Llegó a su habitación y una señora vestida de negro le dio una tarjeta llave.
-Cuida bien de esto, sería un gran problema si la perdieses.
-¡Sí, señora!-respondió ella energéticamente.
La señora pareció algo preocupada al ver la sonrisa inocente de la chica.
-Siempre que quieras entrar en la habitación, pasa la tarjeta por aquí.-Señaló el espacio sobre el paño de la puerta.
La chica asintió y otra vez, llena de entusiasmo, respondió:
-¡Vale!
Pasó la tarjeta por el espacio y la puerta se abrió sin hacer ruido. Dentro de la habitación vio unas montoneras masivas de manga.
-¡Guau! ¡Genial! ¡No había visto tanto manga junto desde que ayer fui a la cafetería!
-Léelos cuando quieras.
-¡Gracias! ¡Qué amable eres, señorita!
La señora volvió a parecer preocupada y susurró: “no lo soy tanto”, lo suficientemente bajito como para que la chica no la escuchase. Entonces, se marchó a prisa. La chica se pasó toda la noche leyendo Doraemon.
-Sujetos, id a la plaza, por favor.
Una voz chillona sonó de un altavoz cercano, poniendo fin a su vigía de Doraemon. No quería molestarse, pero decidió ir a la plaza. Allí, se encontró con los otros que también bebieron la medicina el día anterior. Sin embargo, notó que eran menos en número, la mitad de los que habían sido hasta entonces. Se miraron los unos a los otros con ansiedad, pero ella simplemente pensó: “supongo que todos se han quedado dormido. Tío, tendría que haberme quedado dormida yo también…”, y continuó hojeando un tomo de Doraemon con una mano.
Los sujetos volvieron a beberse la medicina, les sacaron sangre y ya está; los días continuaron así.
La chica hizo muchos amigos en el laboratorio de pruebas.
Estaba la despreocupada Maa-chan que trabajaba hasta tarde por el chico que le gustaba, pero no estaba funcionando, así que había venido para hacer un experimento. A Maa-chan siempre se la veía muy feliz cuando hablaba del chico, aun así, a veces se quedaba de pie fuera y miraba el cielo nocturno con aire solitario.
También estaba el siempre enfadado Kei-kun a quién le encantaban los caballos y el proceso de verles correr, de alguna manera se arruinó y había venido aquí. Una vez dijo que cuando el experimento terminase tendría mucho dinero y que le gustaría volver a ver los caballos.
Luego estaba la siempre agitada Yuu-chan que había creado un nuevo tipo de planta que te hacía feliz siempre que la fumabas, pero eso hizo que algunos se enfadaran con ella. Pero no se vino abajo; con la esperanza de que todo el mundo fuese feliz, envió semillas de su planta a todas partes del mundo. Y de repente, se vio traída aquí. Dijo que cuando tuviese mucho dinero se iría de aquí para esparcir las semillas que hacían a todo el mundo feliz.
También estaba Satomi-chan, que era callada, no hablaba mucho y tenía muchos cortes en el brazo que, claramente, se los había hecho ella pero la chica no podía saberlo. Así que imaginó que Satomi-chan debía haberse peleado y por eso, siempre la admiró. Ella y Satomi-chan solían hacer el vago y leer manga juntas, Satomi-chan solía cuidar de ella.
Cada día, después del experimento, todos se reunían en la habitación de la chica, jugaban con su pelo de color pastel y hablaban toda la noche sobre sus vidas de antes de llegar allí. La chica sólo hablaba de macarons, por lo que la acabaron llamando: “Macaron-chan”.
Nunca había tenido amigos aparte de Miko, así que pasar los días con gente tan amigable era nuevo y una alegría para ella. También le alegraba tener un apodo – le alegraba tanto que cuando estaba sola daba saltos por la habitación.
Aun así, día a día, venía menos gente a las pruebas. La congregación de más de quinientas personas se había reducido a un número fácil de contar. En el vigésimo día de experimento, Kei-kun no fue. Hasta entonces, la chica había pensado que la gente se aburría del experimento y se iba a casa, pero con la desaparición de Kei-kun se dio cuenta de que ese no era el caso. No tenía dinero; se tenía que quedar ahí hasta el final. Era imposible que se marchase a casa a mitad.
-¿Dónde os habéis llevado a Kei-kun?-le preguntó a la señora de negro algo enfadada.
La mujer respondió, como siempre, con apariencia levemente preocupada.
-Kei-kun ha muerto por desgracia, pero ya os lo dijeron al principio, ¿no? Firmasteis sabiendo que esto podría pasar.
-¿Eh? ¿De verdad…? Supongo que no hay nada que puedas hacer por eso, eh.
-Sí. Por favor, deja de darles patadas a los otros científicos.
Como la señora de negro se lo dijo, ella paró de patear al viejo vestido de negro y, solemnemente, le dijo: “lo siento”.
Aun así, estaba segura de que no pensaba ese: “Ah, bueno, no hay nada que puedas hacer” en lo más profundo de su ser. Nunca había escuchado las explicaciones ni entendido a la perfección lo que estaba pasando Aquel día, cuando se bebió la medicina con los otros se sintió algo cabizbaja. Yuu-chan empezó a toser, como si hubiese bebido demasiada agua. Todo el mundo se rio y ella dijo: “¡hey, no os riais!” con una sonrisa avergonzada.
A la mañana siguiente, Yuu-chan no apareció en la sala de pruebas. Ahí fue cuando la chica decidió escapar del laboratorio.
Al día siguiente se había decidido a escapar.
-Hey, ¡tendríamos que irnos juntas!
Maa-chan y Satomi-chan no respondieron a su sugerencia. Sólo la escucharon en silencio. Un día más tarde, Maa-chan y Satomi-chan fueron a su habitación.
-Nos quedaremos hasta el final.-dijeron.
-¿Por qué? ¡Vámonos!
Ambas le sonrieron tristemente.
-Lo… Lo siento. Nos hemos preparado para esto y tenemos nuestros motivos para quedarnos hasta que consigamos el dinero. Pero no nos pasará nada. Hemos llegado muy lejos, así que tenemos que sobrevivir hasta el final.
Satomi-chan le dio un trozo de papel a la chica.
-Toma esta dirección. Cuando acabemos con este experimento de inmortalidad, tardemos lo que tardemos… Juguemos juntas, ¿vale? Esperaré con ansías el día en que nos volvamos a encontrar, Macaron-chan.
-Vale.
-Bueno, adiós.
-¡No es un “adiós”! ¡Es un “hasta luego”!
-Ah, sí. ¡Hasta luego!
Maa-chan y Satomi-chan sobrevivieron hasta el último día que la chica pasó en las instalaciones, y se despidió de ellas entre sonrisas. Le daba un poco de pena dejarlas atrás, pero no lloró, podría hablar con ellas horas y horas cuando se volvieran a encontrar.
Escapar fue inesperadamente fácil. A pesar de que tenía la ayuda de Maa-chan y Satomi-chan, cuando los guardias no estaban por ahí, la seguridad del laboratorio era una broma. Simplemente, saltó de una ventana y sin mirar atrás, empezó a correr. Maa-chan y Satomi-chan la saludaron con las manos desde sus habitaciones y siguieron haciéndolo hasta que la chica no se podía ver. Ella corría por su vida, por lo que no las había visto.
Uno se podría preguntar cómo estaban en ese momento. ¿Sonreían? ¿O lloraban? Ella no lo sabía, porque después de eso no las volvió a ver.
Después de correr durante una hora, se percató que ni una sola persona la perseguía.
-¿Qué…? No me hubiese molestado en correr…-Pensó para sí.
También se había dado cuenta que después de correr durante una hora casi no estaba cansada. Era sólo un presentimiento, pero por fin empezó a reconocer que se había vuelto inmortal. Escaló una alta colina y miró hacia el laboratorio pero no vio ningún signo de que la estuvieran siguiendo. Entonces, dejó de correr y en su lugar, caminó a paso ligero durante dieciséis horas. Al haberse hecho inmortal no sintió ningún cansancio, pero hacia el final, su estómago empezó a gruñir. Eso le enseñó que aunque una persona sea inmortal, caminar a paso ligero dieciséis horas seguidas le da hambre.
Caminaba sin rumbo. No tenía ni idea de dónde estaba. No había visto nunca los caminos por los que anduvo. Vagó durante una semana hasta que encontró un pueblo bastante grande donde decidió ir. Encontró carteles pero estaban llenos de nombres de lugares que no había visto nunca ni de los que había oído hablar. Se sintió un poco sola. No obstante, lo que más le preocupaba es que tenía hambre. Su estómago había estado haciendo un gruñido adorable pero ahora era más ruidoso, era un gruñido molesto. Aunque, por supuesto, no moriría de hambre sin importar qué ocurriese, seguía siendo inmortal. Pero comer comida sabrosa la hizo feliz, por lo que la comida era una fuente necesaria para preservar su felicidad. Por lo que la chica empezó a pescar en los contenedores de basura y así, nació una vagabunda inmortal.
-¿Qué le pasa a esa chica…?
-¿Qué diantres…?
Todos los ciudadanos del pueblo susurraron lo mismo al ver a una bella chica con el pelo color pastel que parecía bastante joven husmear la basura. Todos la miraron y algunos se pararon y hablaron entre ellos, e incluso sacaron fotos. Pero al final, todos actuaron como si no lo hubiesen visto. Ante ellos había un evento totalmente fuera de lo común por lo que era una reacción entendible.
-¡Oh! ¡Hoy he encontrado pastel! ¡Genial!
Totalmente ignorante de la gente a su alrededor, husmeo la basura al lado de una tienda de caramelos, comiéndose las sobras felizmente. Si le preguntases a ella, esos fueron días perfectamente felices. Era una chica dura.
-¿Por qué rebuscas en la basura?
Un anciano curioso apareció dos semanas más tarde de que la chica escogiese ser una vagabunda. Llevaba un traje gastado y parecía estar en los cuarenta. La chica, simplemente, se llenaba las mejillas de pastel que habían tirado.
-No puedo morir, pero siento que lo haré cuando tengo hambre, así que busco comida.-Le dijo alegremente.
-Ya veo… No lo entiendo del todo, pero supongo que pillo la esencia.
-¡Esto está buenísimo!
-Pero si comes cosas de la basura te harás daño en el estómago.
Por supuesto, la chica era inmortal, así que podía subsistir de sobras y no le haría daño en absoluto, pero el hombre no lo podía saber así que le dio pena.
El anciano sacó un macaron de su bolsillo y se lo dio a la chia.
-Cómete esto.
-¡¿De verdad?!
La chica fue muy entusiasta y dio una vuelta en el sitio al ver un macaron por primera vez en un tiempo.
El anciano se rio suavemente de la chica de mente simple.
-¡Jaja! ¡Por supuesto! Apuesto a que estás al borde de la muerte.
-No voy a morir para nada, pero gracias. ¡Genial!
-Qué chica tan rara…
Se terminó el macaron del anciano de tres bocados y declaró imprudentemente:
-¡Quiero más!
-Bueno, no llevo más, pero en casa puede que tenga más.-Dijo con una sonrisa amarga, rascándose la cabeza.
-¡Vamos a tu casa!-Dijo sin pararse un momento.
La chica siguió al anciano hasta su casa. Era una chica imprudente.
-¡Guau! ¡Qué grande! ¡Menuda casa!
Llegaron a una casa elegante con jardín. Estaba maravillada por el tamaño de la casa, inimaginable por el harapiento traje del hombre.
-Entra.
-¡Vale!
Ella entró tal y como le habían dicho y vio que era muy espacioso. Había un recibidor muy grande con muchas estanterías para los zapatos y una bonita cocina.  El comedor era abierto y tenía pocos muebles que lo hacían parecer más grande.
Al llegar al comedor, el anciano sacó un macaron de un altar y de lo dio a la chica. En el altar había una foto de una chiquilla.
-A mi hija le encantaban, sabes…-Dijo el anciano mirando la foto. Desde detrás parecía que estaba llorando.
El anciano parecía estar extremadamente solo, así que mientras se comía el macaron, la chica no pudo evitar acariciarle la cabeza al anciano.
-La vida siempre tiene buenas cosas esperando. ¡Tú espera!
El anciano sonrió ante su comentario.
-Esperar, ¿eh? Sí, eso haré.
-¡Bien!
-Es como si mi hija hubiese vuelto a la vida.-Comentó el anciano.
Justo entonces, a la chica le entró la ansiedad al pensar que Miko podría haber muerto en el futuro.
-¿Hay algún sitio donde quieras ir?-Le preguntó el anciano de cara a la chica que comía felizmente su macaron.
La chica bajó la cabeza pensando. Después de unos instantes, sdu rostro se iluminó con una idea.
-Bueno, supongo que mil años al futuro.
-¿Mil años? Eso no será fácil.
-Oh, no me crees, ¿verdad? Seguro que no. ¡Créetelo!
Le pellizcó un costado al anciano.
-Vale, te creo. ¡Te creo!
-¡Bien!
Con apariencia satisfecha, la chica volvió a lo suyo, a comer macarons. El anciano se sentó en un cojín del comedor y encendió un cigarro. Parecía feliz al verla comer.
-Y bueno, ¿qué te parece esperar aquí mil años?-dijo el anciano cuando la chica terminó de comer.
-Oh, ¡es una buena idea!
-Sí, ¿no?
-¡Muchísimas gracias!
-No, yo debería darte las gracias.
-Oh, vale… Dejaré que me las des.
-Mmm...
Y el anciano volvió a reír.
Vivir con el anciano era extremadamente cómodo para ella. Le compraba macarons cada día. Le encantaban los macarons más que cualquier otra cosa, así que sólo eso ya la hacía inmensamente feliz. Más tarde, se interesó mucho en ser donante de sangre y lo mejor de todo, es que le daban caramelos por hacerlo. Se supone que sólo se puede sacar sangre una vez cada tres meses, pero ella fue allí una vez por semana y se hizo amiga del doctor.
No había mucho más que hacer aparte de eso, además tenía mucho tiempo entre manos.
-Te aburres, ¿eh?-solía comentar el anciano y eso siempre molestaba un poco a la chica.
-No, estaba ocupada mirando las hormigas del parque, y contando los granos de arena, ¡y contando las manchas del techo!-Dijo esto mientras miraba distraídamente el cielo multicolor.
En todo caso, sí, estaba aburrida.
A veces, el anciano rompía a llorar compulsivamente. Siempre que escuchaba sollozos de la habitación, la chica iría a acariciarle la cabeza con suavidad. Nunca le preguntaba por qué lloraba ni mencionaba a su hija, sin embargo, cada vez que consolaba al anciano, le pedía tres macarons.
A pesar de que vivía con el anciano, no sabía nada sobre él. No sabía qué hacía durante el día, ni su comida favorita, ni sus pasatiempos, ni por qué vivía en esa gran casa solo, ni si tenía amigos, ni dónde había ido su mujer. Consideraba que esas cosas no eran importantes y jamás se le pasó por la mente que tenía que preguntarlas. De hecho, ni siquiera consideró nunca que tenía que hablar más con él, ni acariciarle más la cabeza.
Así es como vivió con el anciano durante ocho años y ochenta y dos días. El quincuagésimo segundo día del octavo año, el anciano se puso enfermo, y murió el octogésimo segundo día. Murió de una enfermedad contagiosa de origen desconocido que se extendió por el mundo.
El período de incubación podía durar muchos años o muchos días. No se mostraban síntomas hasta un mes antes de la muerte, y por el momento, no se podía  hacer nada para curarlo. La chica no lo sabía, pero era la misma enfermedad que se había llevado a la hija del anciano.
Ella era inmortal, así que no suponía un problema para ella, pero para la gente normal sí lo era. La enfermedad se había extendido en un abrir y cerrar de ojos, engullendo la ciudad entera. Uno tras otro, los ciudadanos murieron hasta que solo quedó ella. El aire tranquilo y el frío viento chocaban contra el, ahora, pueblo vacío.  Pero la chica sobrevivió.
Por desgracia, ella sobrevivió a todos ellos.
-Idiota…-Sola en el pueblo, la chica murmuró para sí.-Si estás muerto no me puedes comprar macarons, ¿no…?
Celebró un funeral sin invitados para el anciano. Encendió tres de sus cigarros Seven Star y los depositó en el suelo. El humo se esparció por el cielo del pueblo inhabitado.
-Quiero tus macarons, viejo…
Pero no hubo respuesta. Entristecida, miró al cielo. Después de que el anciano muriese, los cielos siempre eran grises, como si todo el color se hubiese desvanecido. Mirando al cielo, se comió los tres últimos macarons que el anciano le había comprado. Estaban buenísimos, buenísimos como la primera vez que le conoció.
Y la chica lloró un rato.
Se acabó el macaron, se secó las lágrimas y siguió caminando.
Siguió caminando a través de los yermos inacabables, a través de las cosas relucientes, entre los árboles que se mecían, entre los edificios como torres, por horizontes de tierra, por horizontes de mar.
Ella siguió caminando.
Más y más.
Tiempo más tarde, se desarrolló la medicina que curaba la enfermedad que llevó a la muerte al anciano. Fue posible gracias a la sangre que la chica había donado mientras vivía con él, ya que poseía la enfermedad. Cuando le hicieron una infusión con su sangre a un chico con la enfermedad, este se convirtió en el primer caso de recuperación de la enfermedad. Los doctores alrededor del mundo estudiaron las células de la sangre y fueron capaces de crear una cura para la enfermedad que algunos esperaban que acabase con la raza humana.  La chica no dejó ninguna identificación, así que nadie supo quién había donado la sangre. Las células de la sangre milagrosas que alguien había dejado fueron llamadas: “La gota de Dios”.
-¡Gracias por salvarme la vida!-El chico al que salvaron primero deseó poder decirle eso a su benefactor. Cuando le preguntaron qué era lo primero que iba a hacer cuando saliese del hospital, contestó:
-No lo sé… ¿Ir mi escondite secreto?-y río.
Pero la amante de los macarons de cuento que había salvado el mundo no supo de esa persona, de su felicidad, ni de su gratitud.  En vez de eso, continuó caminando a donde sea que sus pies la llevasen.
Mientras caminaba, pasaron cientos de años. Durante ese tiempo, muchos países grandes cayeron en la ruina, haciendo que el mundo entrase en confusión. Y mucha gente murió en disputas a gran escala, pero eso no tenía mucho que ver con ella, así que no les prestó mucha atención. Siguió caminando sin pensar en nada durante cientos de años, pero un día, de repente, volvió a pensar en el laboratorio en el que había estado viviendo una vez.
-Me pregunto si Maa-chan y Satomi-chan están bien.
Con ese pensamiento repentino, decidió ir a hacerles una visita. La dirección que Maa-chan y Satomi-chan le dieron era de un piso en algún lugar de Japón. Pensando en ello, le dijeron que cuando el experimento terminase y fueran inmortales les gustaría jugar en el piso. La chica, en aquellos momentos, estaba en Europa, así que tardó un año y medio en caminar a paso ligero hasta Japón, y por fin, llegó al piso. Pero no había ninguna casa donde le dijeron que debería estar, sólo una carretera.
Volvió a revisar la dirección, estaba segura que no se había equivocado. La chica se sintió inquieta. Podría ser que no fuese capaz de volver a Satomi-chan y a Maa-chan. Fue incapaz de soportar ese pensamiento.
Fue al laboratorio a preguntar sobre el paradero de Maa-chan y Satomi-chan. Cuando volvió al nostálgico laboratorio, encontró un lugar cambiado que no mostraba signos de haber existido jamás. Ya no existía ese laboratorio similar a un hotel; en su lugar había un parque enorme y una estación de bus.
-¿Eh? Debería estar aquí…-Inclinó la cabeza. Justo entonces, un bus del cielo llegó.
No sabía nada del destino de Maa-chan y Satomi-chan, por lo que por el momento, se subió al bus. Era la primera vez que subía a un bus, nunca había visto las vistas desde el cielo; hasta para ella que había vivido cientos de años, era una vista completamente nueva del mundo. La escena alrededor del bus era deslumbrante.
El bus estaba desierto. No había nadie más a parte de un anciano sentado.
-Hey, viejo. ¿Han derrumbado el laboratorio de allí?
Ella era unos cincuenta años más mayor que el hombre, pero no se fijó en los detalles y llamó al anciano: “viejo”, de todas formas. El hombre se sorprendió cuando la chica de pelo de color pastel le habló de repente, pero pesé a eso, respondió la pregunta de la chica.
-Eso fue cuando yo era pequeño, creo. Al parecer estaban haciendo algo extraño y les descubrieron. No estoy seguro de los detalles sobre qué hacían, pero he oído que fue bastante trágico.
-¿Y Maa-chan y Satomi-chan?
La chica se estaba empezando a asustar por las cosas terroríficas que el anciano decía, por lo que le preguntó un poco en pánico. Él no tenía ni idea de qué le estaba hablando. El hombre se rascó el cuello y forzó una sonrisa.
-Mmm… No lo sé.
-Maa-chan y Satomi-chan prometieron que jugaríamos juntas.
-Perdona, no sé nada.-Dijo con pena reflejada en su rostro.
El hombre siguió informando a la chica de varias cosas. De que él no sabía si había alguien vivo del laboratorio, y de que los experimentos del laboratorio no dieron sus frutos, y de que la idea de la inmortalidad era una fantasía. Se lo contó todo. Ella, en realidad, no lo entendió, pero quizás esta vez la verdad era que ella no quería entenderlo. Aun así, de alguna manera supo que no volvería a ver a Maa-chan ni a Satomi-chan.
-Bueno, pues, yo me iré yendo. No estoy seguro de entender tu situación, pero no dejes que las cosas te depriman.
El hombre llegó a su parada después de haber estado hablando durante una hora – o al menos, dijo que había llegado – y se bajó.
El bus, ahora totalmente vacío, estaba en silecnio y la soledad aumentó. La chica abrió de par a par una de las ventanas del bus. De repente, saltó por la ventana con una escena cambiante y deslumbrante, y el viento azotó su piel. Desembarcando por la ventana, flotó desde el bus. Le gustó la sensación del fuerte viento contra ella y el suelo, apareció ante ella.
Maa-chan y Satomi-chan ya no estaban en ese mundo gigantesco que ella vio. De hecho, lo más seguro era que no pudiese encontrar a nadie conocido. El mundo siempre era tan grande, y ella siempre estaba tan sola.
Me pregunto si Miko estará bien, este pensamiento cruzó su mente a la mitad de la caída. Y entonces, se hundió en un lago.
En el año dos mil doscientos, los efectos del calentamiento global causaron que varios continentes se hundieran en el mar. El exceso de dióxido de carbono calentó el agua, así que sólo era cuestión de tiempo que el hidrato de metano empezase a derretirse. Con el tiempo, la temperatura de la Tierra se incrementaría exponencialmente y la raza humana perecería. Esa teoría parecía plausible para muchos. La gente que vivía en las costas apoyó el reciclaje y demás frenéticamente. Este ecoboom no tenía fin; sobre todo en Australia donde los efectos del calentamiento global eran muy evidentes, allí se creó una nueva religión llamada: “Eco Salvadores” que hicieron la mayoría del esfuerzo. Todos los del hemisferio este, antes de comer y antes de dormir, tenían que mover un palo verde y ofrecerle plegarias al dios Eco-Eco. Pero la mayoría de la humanidad, que había dejado de intentar vivir en este mundo, se sentaba en sus casas con el aire acondicionado al máximo, viviendo días sin esperanza.
Y conforme la vida de la gente del mundo se convertía en desesperación encerrada, la chica nadaba cada día en el océano. Le encantaba bañarse en el mar, por lo que el calentamiento global le gustaba. Iba a nadar al océano unas veintiséis veces a la semana a una temperatura casi hirviendo. Sentía que los bañadores no pegaban con su piel, así que nadó desnuda durante trescientos sesenta y tres días.
Nadando las décadas pasaron volando. En ese tiempo, dos séptimas partes del mundo se habían vuelto mar. La gente pensaba que era el fin del mundo y la tasa de suicidio anual acabó en ciento cincuenta millones.  Los suicidios empezaron a superar el número de nacimientos y en este escenario similar al Día del Juicio Final, en Japón abandonaron la noción de: verano, primavera, otoño y verano, y dividieron el año en: estación cálida y estación menos cálida. Ya nadie recordaba el cantante que cantaba: “en primavera es el amanecer”.
En poco tiempo, el mayor miedo de la humanidad se hizo realidad. El hidrato de metano de las profundidades del mar empezó a derretirse. La cuenta atrás para la humanidad empezó en silencio. En este mundo maldito, la gente buscó la salvación en la religión. Para entonces, los creyentes de los Eco Salvadores superaron a los cristianos. Conforme la gente se pasaba a adorar a su nuevo dios innombrable, el señor Eco-Eco, el final se acercó. Y la chica seguía bañándose. Como resultado de haberse estado bañando veinticuatro horas al día durante décadas, su piel se volvió morena y ella estaba muy sana. Había perfeccionado la natación y últimamente le había dado por nadar por el Pacífico en mariposa.
-¡Viva el calentamiento global!-Gritó para nadie en medio del océano pacífico.
Un día, en medio de sus vacaciones, un pequeño meteorito se estrelló contra la Tierra. Aterrizó justo al lado de la playa donde nadaba la chica. Por suerte, ella era la única cerca ya que un impacto tan fuerte hubiese matado, instantáneamente, a cualquiera en un radio de cien metros.
Pero la chica era una amante de los macarons de cuento, dura e inmortal, así que no le pasó nada.
-¡Caray, eso me ha sorprendido!
La chica había sido lanzada por los aires y aterrizó en la playa. Fregándose la cabeza, fue a investigar la causa. Había un pequeño cráter que había creado el meteorito.
Al acercarse al meteorito, se percató de un extraño sonido. Lentamente se acercó a la fuente del adorable ruidito.
-Puyopuyopuyo…
Encontró una criatura similar a una nube.
-¿Eh? ¿Eres un mochi?
-¡Puyopuyo!
-¡Vaya! ¡Ha hablado!
Blanca, redonda, pequeña… La criatura que no había visto nunca estaba saltando alrededor del meteorito.
-Caray, ¡da un poco de miedo! ¡Una criatura terrorífica que no comprendo!
La chica inmortal era la criatura menos comprensible presente, pero la criatura blanca saltarina no tenía forma alguna de responderle. Cuando la criatura vio a la chica, se tumbó en la arena, se acercó a sus pies y entonces, saltó a su brazo.
-¡Ay! ¡Ahora que te miro bien, eres muy mona!
Rápidamente, le gustó la criatura.
La criatura empezó a saltar energéticamente alrededor de su brazo, pero, se cansó. Hasta sus ruiditos parecían menos entusiasmados que al principio.
-¿Tienes hambre? Espera un momento.
La chica se sacó un donut de su bolsa y se lo ofreció a la criatura.
-¡Puyo…!-La energía volvió de golpe. Fieramente saltó al donut y lo masticó.
-Guau, ¡muerdes como un luchador de sumo!
-¡Puyopuyo!
-Ay, eres demasiado mono. ¡Te pondré nombre!
-¡Puyu!
-Como te gusta comer como un luchador de sumo, desde ahora, te llamaré Gocchan.
-¡Poyopuyun!
Y así, la chica nombró “Gocchan” a la criatura y le dio de comer chucherías cada día. Gocchan se comió lo que le daba agradecido. Incluso cuando el mundo estaba a punto de ser destruido por el calentamiento global, ella pasó los días jugando con la extraña criatura. Era muy despreocupada.
Un día, una semana después de haber recogido  a Gocchan, le dio de comer chucherías, como siempre, pero encontró a un segundo Gocchan mordisqueando por ahí.
-¿Esto qué es?-sólo podía mirarlo estupefacta.
Cuando los dos Gocchan la vieron, se acercaron adorablemente, entonces, rápidamente, se comieron todos los macarons que llevaba en los brazos.
-Oh, sois demasiado monos como para deciros que no…-Era alguien que no pensaba en cosas complicadas.
Después de eso, Gocchan siguió multiplicándose como una rata. En consecuencia de darle siempre caramelos a Gocchan, se dio cuenta, que ahora tenía sesenta Gocchans saltando a su alrededor. Por supuesto, la cantidad de chucherías que tenía que darles también se multriplicaron al mismo ritmo, y ya empezó a tener que dejar de comer macarons.
La chica sabía que no pasaba nada por preocuparse por la situación, y no podía ignorarlo y ya, así que decidió dejar marchar a los Gocchans. Si las cosas seguían así, no tendría más chucherías para darles. Si acabase siendo incapaz de comer macarons, sin duda, acabaría volviéndose loca. En ocasiones hay que tomar decisiones dolorosas por el bien de la felicidad de uno.
-Lo siento… Voy a hacer estilo mariposa…-Murmuró a los Gocchan y siguió con su maravillosa vida vacacional.
No tenía la motivación ni nada similar para cambiar su estilo de vida por el bien de los Gocchan. Sinceramente, los macarons y las vacaciones eran un millón de veces más importantes para ella que los Gocchan. A veces, los humanos pueden ser criaturas indiferentes.
Así que le dio los Gocchans a un amable investigador de por ahí.
-Perdonadme Gocchans del uno al cien, pero por mi bien, ¡os dejo ser felices a cargo de este desconocido!-dijo, señalando la casa del investigador.  Antes de percatarse, los Gocchan se habían multiplicado aún más.
-Eh… ¿Qué son estas criaturas?
-¡Hacen ruiditos muy monos! Adorables, eh. ¡Cuídalos bien!
-¿Pero qué son…? Y su nombre… ¿Qué voy a hacer?
-¡Llámales como quieras! ¡Buena suerte!
Después de decirle al investigador que se asegurara de darles de comer chucherías cada día se fue suspirando aliviada.
Los Gocchan parecían tristes mientras hacían ruiditos a su espalda. Los ojos del investigador a quien le habían dado estas criaturas incomprensibles, también, parecían los de un pez muerto, y empezó a hacer ruiditos con ellos.
Tres años más tarde, la verdad sobre los Gocchans fue descubierta. Eran unos organismos de ensueño que inhalaban gases de invernadero y exhalaban oxígeno. El estudio de los científicos empezó y, con el tiempo, se entendió cada detalle de las criaturas. Según la investigación, no eran las chucherías sino el azúcar lo que les hacía multiplicarse. Además, como inhalaban los gases invernaderos llegó el punto que limpiaron el aire, que hubiesen tantos no era un problema. Les vieron como los salvadores de la raza humana, dada la situación. Encima, si a los Gocchan no les daban azúcar, todo lo que ocurría era que hacían ruiditos más tristones; su cuerpo se veía inafectado. ¿De qué se preocupaba la chica?
Cinco años después de que empezase la investigación, todos los países ya habían reconocido la utilidad de esas criaturas. Dos años después, se hizo una ley especificando los métodos sistemáticos para incrementar su número. Mientras los Gocchans hacían ruiditos, absorbieron todos los gases invernaderos del mundo, acabando con el cambio climático en un instante. El torpe científico a quien la chica le había dado los Gocchans, ganó el premio Nobel de la Paz, el premio Nobel de Biología y un montón de otros premios como esos por su descubrimiento. Además, le dieron una absurda suma de dinero, tanto le dieron, que podría comer cien macarons cada día durante mil años y aún le sobraría dinero.
La gente alrededor del mundo celebraron la llegada de los Gocchans como los salvadores de la humanidad. Los salvadores blanditos fueron llamados, oficialmente: “Dioses”. Algunos jóvenes se refería a ellos con cariño como: “God-chan”, más tarde, para hacerlo más fácil de pronunciar, su apodo cambió a: “Gocchan”. Milagrosamente, era el mismo nombre que la chica les había puesto.
La amante de los macarons no sabía nada de todo esto y, felizmente, se bañaba en el Pacífico como siempre.
En el año dos mil cuatrocientos cincuenta y tres, hubo un día de verano en el que los grillos cantaron más de lo normal. Ese día fue el primer día en que la vida inteligente vino a la Tierra.
Habían venido aquí, específicamente, desde mucho más allá del sistema solar y poseían un proceso de pensamiento vastamente distinto al de los humanos. El rasgo más sorprendente de los Paraporopurun era sus increíbles capacidades ofensivas. Los Paraporopurun inflingían destrucción y asesinato de la misma forma que los humanos se comen el desayuno. El día en que los Paraporopurun aterrizaron en la Tierra, hicieron clones de sí mismos. No importaba cuán lejos estuvieran el uno del otro, inmediatamente sabían cuándo estaban atacando al otro y quién se estaba comiendo qué comida. Los Paraporopurun eran, también, bastante listos, daba igual qué estrategias pensaran los humanos, las descubrían rápidamente y contraatacaban.
Misiles, armas láser, bombas atómicas, bombas de hidrógeno… Ninguno tenía mucho efecto en los Paraporopurun. Para ellos era como si les tirases huesos de pescado. Con sus setenta y seis ojos salidos, sus tres mil quinientos cuatro corazones latientes y usando sus tres mil brazos que tenían pegados cien millones de pulmones, los Paraporopurun continuaron con su masacre.
Tan sólo se habían multiplicado hasta cien, pero eran totalmente capaces de aniquilar la humanidad.
Después de aterrizar, los Paraporopurun redujeron a la mitad la humanidad en menos de treinta años. Europa fue, particularmente, devastada y no estaba claro si las gentes de allí habían sido reducidas a átomos o partículas.  Derrumbaron la Basílica como quien juega al GTA, y aplanaron los Alpes. Los paraporopurun se bañaron en el Rin, contaminándolo con extraños fluidos desconocidos y volviendo el agua roja.
Los humanos intentaron desarrollar armas biológicas para usarlas contra los Paraporopurun, pero no hubo frutos. Cuando desarrollaban un arma, los Paraporpurun la hacían polvo en tres segundos. El único éxito entre estos fue una chica humana a la que convirtieron en un arma biológica. La chica, de unos quince años, tenía substancias en el cuerpo que eran, sorprendentemente, efectivas como arma. Pero a pesar de los maravillosos inventos, la humanidad no consiguió eliminar a los Paraporopurun.
En el feliz siglo del dos mil quinientos, la población se había encogido hasta los doscientos millones. Cualquiera que echase un vistazo podía adivinar que la aniquilación estaba cerca. Entre todo esto, la chica, que tenía tanto tiempo en las manos, estaba explorando las profundidades del océano sin preocuparse. Gracias a su inmortalidad, podía, incluso, vivir bajo del mar.
Cuando la chica subió a la superficie por primera vez tras cincuenta años, el mundo de arriba había cambiado drásticamente. No quedaba ni rastro de sus tiendas de chucherías favoritas, y las carreteras estaban acribilladas a agujeros. Se quedó sin habla de la sorpresa, y empezó a dar vueltas y girar. Se detuvó y entonces, cayó al agujero delante de ella.
-¡Ay!-murmuró en voz baja cuando se golpeó la cabeza con el agujero.-Esto no es un sueño, eh…
Reconoció que lo que veía era la realidad. Caminó por ahí, queriendo saber por qué las cosas se habían vuelto así. Viajó por todo Japón, pero todo estaba igual de árido. La torre de Tokio había caído, la cúpula de Sapporo estaba al revés, el Shachihoko dorado había sido destruido y lo habían tirado al mar, y el lago Biwa estaba lleno de dunas de arena.  El rostro de la gente carecía de vida, era inexpresivo como si ya estuvieran muertos.
Cuando llegó a Okinawa, vio a una jovencita con una extraña criatura arriba del castillo Shuri embistiéndose a una velocidad increíble. La amante de los macarons no sabía que la criatura era un Paraporopurun, pero reconoció que no era un ser de la Tierra. La chica que luchaba estaba claramente débil y muy herida. Después de pelear durante unos treinta minutos, la chica y el Paraporopurun emitieron un destello y se desvanecieron en el cielo noreste.  Tras presenciar eso, la chica sólo suspiró:
-Sí que es un mundo peligroso últimamente…
Sinceramente, mientras pudiese comer macarons, no le importaba demasiado la aniquilación de la humanidad.
Sin embargo, el rumbo que llevaban las cosas se volvió menos insignificante para la chica en poco tiempo. Lo había soportado mientras exploraba el mar, pero como ya había vuelto a la tierra, quería encontrar una tienda de chucherías. No obstante, no encontró ninguna en Japón. En consecuencia a la devastación mundial de los Paraporopurun, su suministro de macarons había sido completamente destruido. En esos momentos de desesperación, si se tuviera el tiempo para hacer macarons, se usaría, en su lugar, para crear armas nucleares o biológicas. En un mundo así no existían las tiendas de chucherías.
Fue por todo el país pero no encontró ni una sola tienda de dulces. Sollozó y gimió en verdadera desdicha al pensar que no volvería a poder comer macarons nunca más. Hasta cuando el anciano murió, sólo había llorado un poco.
-¡Guaaa! ¡No…! ¡Dadme macarons!-Gritó la chica, rodando y montando una pataleta en las calles. El suelo se había mojado de sus lágrimas y su llanto hizo eco en la noche.
Lloró durante tres días. Sintiéndose vacía, acabó parando. Su color rosa pastel se había ensuciado de gravilla y arena, y su cara estaba manchada de lágrimas y mocos. Estaba llena de una tristeza equiparable a la de cien años.
-Macarons… Macarons…
Vagó cual fantasma por el mundo en ruinas, murmurando eso una y otra vez. En tiempos mejores, no había sido sorprendente que la policía la arrestase por su extraño comportamiento, pero la vida no siempre es tristeza. La felicidad vino a ella enseguida.
-Por aquí, señorita.
De repente, en Tokio, le hablaron.  Había un anciano con un delantal.
-¿Qué pasa? Estoy triste porque no puedo comer macarons. Déjame en paz.
-Ven aquí un momento.
-Ay, ¿qué? ¡G-Guauu!
En sus manos, el señor sostenía unos macarons perfectamente redondos y coloridos que ella había anhelado más que el sol. Babeó por los macarons en los que había estado soñando y se enderezó alegre.
-¡Guau! ¡Guau! ¡Macarons! ¡No es un sueño! ¡Bueno, a lo mejor es un sueño! ¡Espero que no!-Gritó la niña, golpeándose a sí misma en la cabeza.- ¡Ay! ¡No es un sueño! ¡Guau!-La chica estaba tan feliz que rompió a llorar.
-¿E-Estás bien, jovencita…?-Le preguntó con una sonrisa fina el anciano con delantal, retrocediendo ante la reacción de la chica.
-¡Estoy bien! Pero, por cierto, ¿y esto?-Preguntó la chica sonriendo tras haberse secado las lágrimas. Estaba muy, muy feliz.
El anciano con delantal respondió tranquilamente a la pregunta de la sonriente chiquilla.
-Son del mercado negro. Esos son para ti. Esas cosas destruyeron mi tienda hace una década.
Miró al montón de escombros con una mueca de dolor. La chica no lo podría haber sabido antes, pero los escombros eran los restos de la tienda que los Paraporopurun habían destruido.
-Bueno, aun así, me encanta hacer macarons. Espero que cuando  la paz vuelva al mundo pueda volver a abrir una tienda. Así que tengo que mantener mis habilidades, haciendo y vendiendo macarons cada día. Eres adorable, señorita, así que puedes quedártelos gratis.
-¡Genial! ¡Gracias!
-¡Sin problema! ¡Cuando el mundo vuelva a estar en paz, pásate por mi tienda!
-Sí. ¡Espero que haya paz pronto!
El anciano con delantal le dio a la chica diez macarons y ella dio saltitos de felicidad. El anciano sonrió con satisfacción ante su encanto.
-¡Bueno, ya nos veremos!
-Sí, ¡adiós!
La chica se despidió del anciano y corrió por lo que había sido Shibuya sosteniendo una bolsa de papel con macarons. Alegre, corrió por Tokio buscando el lugar con las mejores vistas para comer. Justo entonces, un ser oscuro apareció ante sus ojos. Tenía setenta y seis ojos, tres cientos brazos. Piel resbaladiza y viscosa, los corazones expuestos y tres cientos millones de pulmones.
No podía tratarse de nada más que de un Paraporopurun.
-Oh, tú eres…
En el momento en que la chica dijo eso, el Paraporopurun le disparó un brazo a una velocidad imperceptible. En cuando uno de sus tres cientos brazos la tocaron, el cuerpo de ella salió volando como una ligera pelota de goma. La fuerza de esto había hecho pedazos a una persona normal, pero como la chica era inmortal, sobrevivió. No obstante, los macarons que aguantaba se cayeron al suelo y se llenaron de barro.
-Oh… ¡Ah!-La bolsa de papel rasgada entró en su campo de visión, seguida de los macarons que habían caído al suelo.
La chia que había vivido, en general, tomándose las cosas con calma tenía la cara roja por la rabia.
-¡Tú…! ¡¿Sabes lo qué has hecho?! ¡Estos macarons son el producto de la vida del anciano! ¡Son muy valiosos y ahora no puedo comérmelos! ¡Pide perdón! ¡¡Pide perdón!!
A pesar de que le gritó ruidosamente, el Paraporopurun no entendió su idioma terrestre. El Paraporopurun hizo ruidos extraños, vibró y volvió a balancear uno de sus brazos. Al igual que antes, la chica salió por los aires. Volvió a chocarse con el suelo, esta vez aplastando algunos macarons con su trasero.
-¡Ay! ¡Tú, pedazo idiota!-Volvió a gritar y empezó a tirarle los macarons del suelo al Paraporopurun.
Milagrosamente, los macarons fueron directos a la boca del Paraporopurun. De inmediato, el rostro violeta rojizo del Paraporopurun se volvió verde amarillada. De repente, dejó de moverse con un ligero tembleque, voló hacia el cielo este haciendo ruidos bizarros.
-¡Espera! ¡Devuélveme mis macarons!
Sus palabras hicieron eco en el cielo hueco.
Unos días más tarde, aniquilaron a todos los Paraporopurun. Para ellos, los macarons eran una comida terrorífica que les provocaba lo que los humanos llaman: “parálisis” y “fuertes alucinaciones”. Cuando los Paraporopurun se comieron los macarons, se confundieron y el estado alucinógeno se extendió a través de su conexión espiritual. Enloquecidos, empezaron a matarse los unos a los otros y su número disminuyó visiblemente.
En menos de una semana, casi todos los Paraporopurun habían muerto, hasta que, por fin, sólo quedó uno. El final del Paraporopurun estuvo a cargo de la chica arma biológica. Y así, la paz volvió al mundo fácilmente. ¡Genial!
El último Paraporopurun, antes de ser asesinado, dijo algo en un idioma desconocido para los humanos. Los miembros del equipo hecho para hacer una estrategia contra los Paraporopurun sabían algo de su idioma y decidieron traducir las últimas palabras del enemigo como trabajo final.
“He visto a la Diosa”
Se debe tener en cuenta que las últimas palabras del Paraporopurun fueron expresadas en un estado de parálisis y alucinaciones, por tanto, eran tonterías.  Pero, por supuesto, la gente alrededor del mundo no lo tuvo en cuenta y creyó que una grácil Diosa había salvado la Tierra. Los invasores que les habían atormentado durante medio siglo, en un día, habían sido destruidos abruptamente. Así que no se les puede culpar por pensar eso, y así, la Iglesia de Venus empezó, una religión para celebrar a la Diosa que había salvado la humanidad.
Su número de miembros se incremetó rápidamente, y en menos de cincuenta años, el noventa y cinco por ciento de la humanidad era Venusiana. La Diosa de cuento amante de los macaron en cuestión, ni siquiera sabía que se había convertido en una Diosa, y se fue de tour por todas las tiendas de chucherías del mundo. Y así, ella estaba por ahí, felizmente llenándose las mejillas de macarons.
Todos los problemas de la Tierra se resolvieron y el mundo disfrutaba de su anhelada paz. Aunque los Paraporopurun habían puesto la humanidad al borde de la aniquilación, la población ya había vuelto a crecer hasta los diez billones. Con nada que hacer en un mundo pacífico, empezaron a investigar todo aquello que no entendían mucho para matar el tiempo. Primero,  todo sobre el cuerpo humano, entonces, sobre el profundo océano, después todas las criaturas de la Tierra y la historia de la Tierra. Todo, desde la tecnología obsoleta hasta el cómo hacer el mejor curry posible. Todo lo concebible.
Mientras la chica vagaba por el mundo durante dos cientos años, casi no llegó a quedar nada en el planeta sin explicación. El origen de la Tierra, los secretos de la vida y los misterios de las profundidades del mar, todo se había clarificado. La gente inteligente decidió empezar a investigar cosas más allá de su propio planeta. Fueron seducidos por los mundos desconocidos, los científicos volvieron su atención a la búsqueda espacial.
Hubo un boom de desarrollo espacial. Al igual que mucho tiempo atrás la gente había anhelado ser jugadores de béisbol profesionales, la gente anhelaba ser investigadores espaciales. Primero, la humanidad empezó un proyecto de terraform Marte. Después de alterar, con éxito, la atmósfera de Marte con láseres antimateria, enviaron montículos de azúcar, Gocchans y vegetación. El proyecto empezó en el dos mil setecientos y en tan sólo unas décadas más tarde, el ambiente de Marte era habitable para humanos. Los Gocchan hacían ruiditos felices allí. Con el exíto de la terraformación de Marte, la investigación espacial avance a un ritmo explosivo.
Mientras la humanidad estaba ocupada con la investigación espacial, la chica se hizo amiga de un chico que jugaba a balón prisionero en un parque. El joven con gafas era bastante débil. En el siglo veintiocho, se menospreciaba a la gente débil y por eso, los otros niños se reían de él. El juego del balón prisionero al que estaban jugando aquel día era sólo ese juego en nombre – mayoritariamente era hacerle bullying al chiquillo.  De repente, la chica pasó por ahí. Tuvo un ansía por jugar al balón prisionero y les preguntó a los niños si se podía unir. Los molestadores se pusieron nerviosos cuando les habló una chica de fantasía con el pelo de color rosa pastel de repente, y aceptaron de buena gana.
Empezando desde entonces, el juego cambió drásticamente. La chica era inmortal y muy fuerte, así que les tiraba el balón a todos, a los molestadores y al molestado. Parecía un dios vengativo. La visión de la chica tirando increíblemente fuerte con una sonrisa perfecta hizo llorar a los chicos y que se measen encima. Después de una sola partida, los molestadores se dispersaron y huyeron.
-Ay, ¿qué? Quería jugar más…
El chico débil, increíblemente, era muy reverente con la chica. Ella pensaba que era una heroína de la vida real.
-¡Perdona! ¡¿Podemos hablar?!
-¿Eh?
-Perdona por preguntarte esto de repente, pero, por favor… ¡Déjame ser tu discípulo! ¡Por favor!
-¿Discípulo?
-¡Sí, sí! ¡¿Te puedo llamar “Señora”?!
La chica había vivido mucho tiempo, pero nadie había querido ser su discípulo hasta entonces. Su corazón se llenó de alegría y respondió:
-¡Claro!-Con la voz llena de entusiasmo.
Desde aquel día en adelante, el chico llamó a la chica: “Su señora”.
-¡Si quieres hacer algo como mi discípulo, cómprame chucherías cada mes!
El chico aceptó y dijo que le traería muchos macarons cada mes.  Aceptando las órdenes de la chica felizmente, el chico usó su humilde paga para comprar una montaña de chucherías el primer día de cada mes.
-¡Señora! ¡Hoy te he traído macarons!
-¡Muy bien! Toma un poco de tierra de premio.
-¡Muchísimas gracias, señora! ¡Estoy tan feliz como nunca por haber recibido semejante regalo maravilloso!
“Tener un discípulo es muy fácil”.-Pensó la chica.
Aunque durmiese todo el mes, los macarons seguían llegando. Mientras se los comía, se preguntaba qué tipo de chucherías le ofrecerían después. Era una chica malvada. Una adorada chica malvada de setecientos cincuenta años.
-¡Señora! ¡¿Cómo puedo ser tan bueno en el balón prisionero?!
En ocasiones, el chico le preguntaba ese tipo de cosas. Cuandolo hacía, ella revelaba sus secretos con una mueca.
-Mmm… ¡Nadar es bueno!
-¡Ya veo! ¡Así que nadar desarrolla los músculos de la espalda, eso explica tu fuerza celestial al tirar! ¡Bueno saberlo! ¡Eres increíble, señora! ¡Muy bien, pues, nadaré cada día!
-Sí, eso ayudará. Nada veintiuna hora cada día durante dos cientos años y serás tan fuerte como yo.
-¡Increíble, señora! ¡Guau! ¡Me esforzaré al máximo!
-¡Buena suerte!
-¡Sí! ¡Muchísimas gracias por tu maravilloso consejo!
-De nada. ¡Pero no te olvides de los macarons de la semana que viene!
-¡Sí! ¡Entendido!
El chico era, fundamentalmente, idiota, así que continuó reverenciando a la chica de esa forma. Siempre que le enseñaba algo, la chica pedía chucherías. No obstante, era un estudiante diligente y fue afortunadamente capaz de conseguir su sueño de convertirse en un investigador espacial.
Mientras la chica recibía chucherías de su parte, la humanidad progresaba con la investigación espacial. Diez millones se habían mudado a Marte por entonces, y el estudio del sistema solar estaba casi completado. Lentamente, la humanidad empezó a aventurarse más allá del sistema solar.
-Señora, ¿por qué no creces?-El chico le preguntó a la chica un día entre su investigación.
Ella se río de forma altanera y le respondió.
-Me volví inmortal hace un tiempo. Mola, ¿eh?
-¡Increíble! ¡Por supuesto, señora!
-Claro. ¡Elógiame más!
Décadas después de su encuentro, el chico seguía siendo el mismo. Durante todo ese tiempo, no había dejado de entregarle sus chucherías ni un solo mes. Y con los años, las chucherías que le había traído se habían vuelto más refinados y deliciosos. Por entonces, el chico era, en realidad, el que lideraba a los expertos de la investigación espacial. Tenía mucho dinero que gastaba en chucherías deliciosas para la chica. Aun así, siempre que comía, ella meramente suspiraba:
-¡Esto está bueno!
Pero no era capaz de distinguir los diferentes sabores en absoluto.
Cuando el chico le hablaba a la chica, siempre estaba sonriendo y lleno de alegría. Aparentaba ser mucho mayor que ella, pero en sus ojos, ella seguía por encima de él, como su Señora. Para un observador, su relación podía parecer rara, pero para ellos era perfectamente natural y la atesoraban mucho. De la misma manera, la chica siempre pensó del chico como un chico y su discípulo. Así que cuando un día notó que el chico tenía el pelo gris, se sintió un poco triste. Pesé a todo, no dijo nada. Ese fue su mayor engaño.
El tiempo siguió pasando, y cuando el pelo del chico se volvió completamente blanco, la investigación espacial estaba terminando. Ya casi no quedaba nada en el universo por entender. A los investigadores, entonces, les entró la curiosidad por saber si había algo fuera del espacio. Con la investigación del espacio casi completa, la humanidad desarrolló una nave espacial llamada la Holli Blanca. Creada para explicar todos los misterios restantes, era la encarnación de la esperanza humana. La nave requería un piloto humano, pero el motor estaba casi completo. Todo lo que quedaba de su viaje era el espacio exterior.
El día del cumpleaños número ochocientos, unos cuantos cientos de investigadores subieron a la Holi Blanca y se prepararon para ir más allá del espacio. Como líder desarrollador de la Holli Blanca, él también estaba obligado a ayudar en la expedición.
-¿Eh? ¡Pero necesito mis macarons mensuales!-Se quejó ella cuando el chico le dijo que se iba más allá del espacio.
Seguía esperando con ansías las chucherías de alta gama que el chico le traía cada mes. Ni siquiera con toda la tecnología el chico podría, efectivamente, enviarle chucherías en medio de su viaje que podría durar una década. Era algo que la amante de las chucherías de cuento no podía soportar.
Él intentó consolar a la chica con mala cara.
-¡Por favor, perdóname, señora! Pero cuando vuelva te traeré chucherías de más allá del cosmos. ¡Haré lo que pueda!
-Mmm… Bueno, supongo…
-¡Y cuando vuelva te traeré las chucherías de una década entera!
-¡¿Sí?! ¡Genial!
Estaba algo desanimada, pero la promesa de las chucherías desconocidas estaba bien.
-Si tienes cualquier problema, pregunta aquí.
El chico se fue y le dio a la chica una dirección.
-¿Esto qué es?
-Una empresa que he empezado hace poco. ¡Pensé en entrenar a la gente como tú lo hiciste, señora! ¡Quiero que tus ideas se conozcan por todo el undo!
En la tarjeta ponía: “Entrenamiento de héroes Inc.”. Daba igual cuánto creciese el chico, ella siempre sería la heroína que le salvó de los molestadores, su señora genial e incomparable.
-Bueno, pues, ¡me esforzaré al máximo!
-¡No te fuerces demasiado y no te mueras!
Ella despidió al chico energéticamente. Él sonrió hasta el final.
Había pasado un año desde que el chico se fue de la Tierra con los otros investigadores. Después de un año de viaje, la Holli Blanca por fin llegó al final de las regiones que la humanidad conocía y llegó al final del espacio exterior. Todos los corazones humanos bailaron ante la posibilidad de un mundo desconocido, desde la nave Holli Blanca llegó un único mensaje:
“Hemos descubierto la felicidad”.
No se hicieron más transmisiones.  La gente de todo el mundo estaba sorprendida, y se enviaron grupos de exploración, pero ninguno volvió. Dejando que la curiosidad les embargara, todos los investigadores espaciales partieron hacia el cosmos exterior. Ninguno volvió a pisar la Tierra.
Nadie sabía qué era el cosmos exterior.
Nadie podía decir si realmente había felicidad allí, pero estaba claro que el chico no volvería jamás.
La chica le esperó, pero ni siquiera una década después regresó. El parque estaba igual que siempre, pero ahora, parecía más vacío. Era como el color del parque en el que habían jugado hubiese desaparecido. Miró hacia arriba, a los cielos grises y cerró los ojos.
“Supongo que mi discípulo estaba viviendo felizmente fuera del cosmos.”
Como una simple amante de los macarons inmortal, no lo sabía, pero esperó que su querido discípulo fuese, efectivamente, feliz allá afuera. Un pensamiento que no era típico de ella, eso fue lo que pensó. Eso fue lo que esperó.
En el año dos mil ochocientos veintiocho, numerosos meteoritos gigantes chocharon con la Tierra.  Una increíble cantidad de meteoritos con orbitas increíbles se dirigían a la Tierra. Las armas defensivas no se podían usar en su contra. Gracias a la falta de científicos a causa de los eventos de hacía décadas, había una increíble carencia de gente que supiera qué hacer contra las coaliciones de meteoritos. Todo era tan increíble que lo único que se podía hacer era reír ante el hecho de que esta fuese la razón por la que se destruyese el mundo.
Cuando el final se acercaba, un presidente enloquecido de un país apretó el botón nuclear dieciséis veces. Los misiles nucleares cayeron por todo el mundo a la par que los meteoritos. En esa noche final, el mundo fue engullido por una luz cegadora que iluminaba el cielo. Ante semejante espectáculo, casi era difícil percibir que se trataba del final del mundo.
La civilización desapareció del mundo. En un instante, la mitad de la humanidad fue asesinada y la otra mitad, pronto, moriría en ese mundo roto. Estéril e irradiado. Toda la tecnología se volvió cenizas. Un virus desconocido se extendió de los meteoritos y billones murieron. Finalmente, nubes de polvo por los impactos cubrieron la atmosfera trayendo la edad de hielo. La Tierra que cierta vez fue hermosa se convirtió en un planeta de muerte en un abrir y cerrar de ojos.
Ya no brillaba la luz del sol.
Ya no era el planeta azul.
El mundo se había vuelto completamente gris.
En el siglo siguiente, la humanidad murió rápidamente. La tierra tenía treinta y siete billones de residentes en sus mejores momentos y ahora, apenas quedaba alguno. La mayoría de plantas y animales también se habían extinguido. A causa del virus, aquellos humanos que se habían mudado fuera del planeta decidieron abandonarlo por completo.
Y la chica siguió viviendo en ese mundo.
Un mundo sin luz.
Un mundo helado.
Un mundo vacío.
Un mundo lleno de muerte.
Para encontrarse con Miko, que la esperaba cien años adelante, seguía viviendo.
Tenía que escuchar lo que Miko tenía qué decir.
-Seguiré adelante, sólo un poco más…
Mientras hablaba, le salió sangre de la boca.
Habían pasado casi mil años desde que le habían infringido daño alguno.
Por supuesto, no tenía forma de saberlo, pero el virus le había consumido los genes. En algún punto, se había convertido en una amante de los macarons de cuento normal.
Un mundo de cenizas.
Sin color, sin luz.
Todo en ruinas.
Quiero volver a casa pronto.
A algún lugar qué no conozca.
Estoy cansada de todo.
Del cambio del mundo, de tener que despedirme de la gente.
Estoy muy cansada.
He vivido suficiente.
He hecho muchos amigos en el laboratorio, he hecho que un anciano me dé macarons cada día, he donado toneladas de sangre, he viajado por el mundo, he tenido unas vacaciones largas, he nadado mucho, he encontrado al adorable Gocchan, lo he dado, he explorado el fondo del mar, un alíen extraño me ha destrozado los macarons, he tenido un discípulo y ahora, he visto el mundo destruido.
Ah, esos fueron los días…
Sí, es suficiente. Estoy harta ya.
Pero aun así, si se me pudiese conceder un deseo más, me gustaría volverla a ver, una última vez.
Eso es todo lo que quiero, Miko.

Había acabado siendo la última persona en la Tierra.
Todo el mundo, sí, todo el mundo había muerto.
Apenas podía mover los brazos.
Apenas podía ver, no le quedaba energía en las piernas.
Aun así, seguía viviendo en el grisáceo mundo de cenizas.
Pronto también sería el fin para ella.
Sabía que los últimos momentos de esta amante de los macarons de cuento se acercaban.
Una luz apareció en ese mundo acabado.
Era la primera luz desde hacía décadas en ese mundo de cenizas cubierto de nubes negras.
-Si veo esto, entonces, el final debe estar aquí…-Murmuró para nadie.
De repente, escuchó una voz en algún lugar. Sabía qué estaba oyendo cosas, pero de alguna forma, lo sabía.
Sabía que había escuchado esa voz antes.
Ya no podía ver, pero lo sabía todo.
-Cuánto tiempo sin vernos.
Una voz nostálgica. La que había querido escuchar desde hacía mil años.
-Sí que hace tiempo, sí.
La chica sonrió.
¿Qué fue lo último que pensaron los últimos humanos?
¿De qué hablaron?
¿Lloraron?
¿Rieron?
¿Estaban tristes?
¿Estaban felices?
¿Estaban enfadados?
Nadie lo sabrá jamás.
Ese fue un secreto suyo.
Pero hay una cosa de la que podemos estar seguros.
En un mundo sin macarons ni chucherías de ningún tipo, la humanidad murió felizmente en su último día.
Y esta fue la extraña, aunque feliz, historia de la amante de macarons.
En el año tres mil, los humanos que se habían mudado a Marte, por fin, decidieron enviar robots para investigar la Tierra. Era un planeta que había muerto hace mucho, pero la gente imaginó que todavía podrían hacer algo bueno con él. Los robots sacaron fotos del planeta, algo imposible de hacer desde Marte por las nubes de polvo.
Un paisaje puramente blanco en ruinas.
Un mundo dilapidado, estropeado y hambriento.
Los robots continuaron sacando fotos. Los de Marte empezaron a pensar que revitalizar la Tierra era imposible. La Tierra había sido verdaderamente devastada.
Mientras los robots siguieron sacando fotos, encontraron algo.
Los últimos restos de la humanidad, cogiéndose de las manos y acurrucados. No se movían, pero juntos parecían a gusto.
Parecían felices.
Unas cuantas décadas más tarde, los humanos de Marte crearon un anticuerpo para el virus desconocido. Fue posible gracias al descubrimiento de la chica infectada. Con esto, el proyecto de volver a terraformar la Tierra empezó.
Gracias a ella, la Tierra fue capaz de recuperar el prometedor futuro azul, pero eso no le importó a la amante de los macaron de cuento que hoy, todavía coge la mano de su amiga.
La calidez de esa mano era todo lo que había estado buscando durante esos mil años. 

Title: Capítulo 1: La historia de una amante de los macarons de cuento que vivió mil años de alguna manera
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