Capítulo 1: Adiós, cartero llorón


Hikikomori[1] básico. Diecisiete años. Dada de baja en el instituto. Pasatiempos: ninguno en particular. Si se le obliga a responder, afirma que leer. “Leer” es algo que una persona sin pasatiempos puede escribir en su currículo sin tener que preocuparse ya que es algo tan aburrido como ellos, pero si el verdadero pasatiempo de alguien es leer, esa persona sufrirá un grosero rechazo instantáneo del jefe. Habilidades especiales: nada que decir. Comida favorita: ensalada china Yanlong Deli y fideos asados en sal. Ocupación: desempleada. Sin embargo, de vez en cuando trabaja modelando para pinturas.
Etoh Kizuna, la dueña de los rasgos mencionados arriba, puede que aparentase no tener nada especial, pero su presencia en los lienzos tenía un aura misteriosa. El azul y el negro picoteaban el lienzo y allí en medio, había una chica flacucha y desnuda abrazándose las rodillas. Su cabello rojizo teñido le caía por el hombro hasta el pecho en ondas largas que resaltaban sobre la oscuridad del fondo, su piel blanca iluminaba. Incluidos en la delicada pintura estaban sus prominentes y ceñudos ojos. Dirigidos hacia adelante, contenían una fuerte luz enfática como si quisieran transmitirle algo a la audiencia.
Aunque el cuadro parecía casi acabado, había algo que no acababa de satisfacer al autor y pasando el cuchillo de izquierda a derecha del lienzo, cortó una gran parte. Etoh Kizuna se puso en pie, con la camisa de hombre cómo única tapa encima de su cuerpo desnudo, delante del caballete y miró el cuadro al cual, junto con parte de su cuerpo, habían recortado lamentablemente. Pero no tardó mucho en perder el interés. Kizuna no tenía emociones en particular sobre su yo de la pintura.
Esa habitación, que tenía un aroma característico a pinturas al oléo, era un taller y además, una residencia. En el suelo manchado de pintura, flotaban diversos materiales para pintar y revistas de arte; incluso en la pica de la cocina, que originalmente se usaba para cocinar, estaba llena de varias pinturas.
Se quitó la camisa gastada y cogió su propia ropa que colgaba de la esquina de la cama. Los pantalones eran la talla más pequeña, pero le iban algo sueltos alrededor de la cintura. Mientras se ponía una camiseta sin mangas con un enorme logo sobre un fondo blanco, miró en dirección al baño. Hasta hace un momento se podía oír el sonido apagado de la ducha detrás de la estrecha puerta.
-Traeré el desayuno. Asai-san[2], ¿quieres algo?-Levantó la voz en la puerta. Como no hubo respuesta después de esperar unos instantes, lo volvió a intentar una vez más mientras se estiraba y retorcía su camiseta.-¿Asai-san?
Desde hacía un rato que el sonido de la ducha era notable en la habitación, monótono, como el sonido de la lluvia.-Asai-san, voy a entrar.-Se comprometió en la puerta del baño. Llamó suavemente y sin esperar la respuesta, abrió la puerta.
Allí, llena de manchas como las de la cocina, había una bañera en el borde de la cual se apoyaba la parte superior de un joven hombre de figura alta y delgada, pero parecía que estuviese postrado y su cuerpo parecía medio muerto. El agua de la ducha seguía cayendo y empapaba al hombre desde la cabeza hasta la parte trasera de su camisa, e incluso su hombro esquelético era parcialmente visible.
Kizuna entró en el baño suspirando. Puso la mano en la espalda de Asai y le dio la vuelta al grifo hecho de oro oxidado parando la ducha, entonces, le echó un vistazo al rostro de Asai y sacudió sus hombros.
-Asai-san, en serio… Estás volviendo a dormir en un sitio como este, si te ahogas me dará igual.
Mientras ella le sacudía con más fuerza llamándole, Asai, frunciendo el ceño, abrió los ojos ligeramente. Hecho esto, todavía medio dormido y con la mejilla pegada al borde de la bañera, miró en dirección de la muchacha y después, pareció comprender dónde estaba, entonces, reincorporó su cuerpo y sacudió la cabeza como un perro. A causa de esto, se esparramaron gotas de agua por todos lados. Las gotas cayeron mojando el pecho de la camiseta de Kizuna.
-Ah… Ahora que pensaba lavarme la cara…
-¿Te has quedado despierto toda la noche?-Preguntó ella tirándole la toalla que estaba colgada de la pared a la cabeza de Asai.
-No me pude dormir. Tú estabas en mi cama y dormías muy profundamente y roncabas.-Fue la respuesta en forma de murmuro que vino de debajo de la toalla.
-Eso me recuerda que anoche, antes de darme cuenta, me quedé dormida en medio de mi descanso y debo haberme quedado así toda la noche.-Kizuna cambió el tema casualmente.-¿El cuadro no está bien?
-No me gusta.
-¿El qué?
-Nada.-Él casi escupió esa última palabra. Kizuna no entendía su “sentido artístico”.
-Voy a comprar el desayuno. ¿Querrás algo?
-No. Voy a dormir. Hoy tengo cosas que hacer así que ven a despertarme a las dos.-Le ordenó a la muchacha como si se tratase de algo obvio y le tiró la llave de la habitación que se sacó del bolsillo de sus pantalones de trabajo.
-¿Quién te crees que eres? –Le contestó con los ojos medio cerrados, recibiendo la llave.
Entonces, Asai salió del lavabo echando a un lado a Kizuna contra la puerta. Con la toalla todavía en la cabeza dio unos cuantos pasos inestables hacia la mitad del taller, chasqueó la lengua y pateó el caballete. Kizuna, sin querer, agachó la cabeza cuando el lienzo y el caballete cayeron al suelo con un fuerte ruido. Asai se tumbó en la cama sin importarle nada y sin siquiera secarse el pelo.
Este era el jefe de Kizuna, un “ore-sama[3]”, egocéntrico, con la tensión baja e insomnio que le hacían estar de mal humor, el pintor: Yusei Asai.
Sonó el timbre una vez.
Y otra vez. Seguido de varios golpecitos.
Ella miró en dirección a la cama y viendo que Asai no estaba en condiciones de levantarse porque, o bien se había quedado dormido en un instante o estaba ignorando la puerta a propósito, Kizuna fue hasta la puerta de mala gana. Abrió la puerta unos cinco centímetros y al mirar por el espacio vio que un invitado conocido con una apariencia conservadora estaba en el pasillo. Bajó la guardia y abrió la puerta por completo.
-Buenos días, Jonathan.
-Oh, Kizuna.-Al ver a Kizuna, Jonathan alzó la voz sorprendido y bajó la mirada sonrojado.
Era más bajito que Kizuna, su cuero cabelludo estaba a la altura de los ojos de Kizuna. Su pelo era duro y con el hábito de rizarse y enredarse aunque lo cepillases.
-¿T-T-T-Te has quedado a dormir? ¿C-Con… Asai…-san?-Dijo, con la mirada aún en el suelo.
-Bueno, sí. Me quedé dormida. ¿Un paquete?
Apoyado al lado de la puerta había una caja de cartón tan alta como Jonathan. Jonathan asintió. A juzgar por el tamaño y la forma, era un caballete o algo.
-Asai-san, te han traído algo.-Miró por encima de su hombro a la habitación y le llamó, pero como era de esperarse, no hubo respuesta. La naturaleza humana falla mucho con los artesanos. Suspiró.-Éntralo y ponlo donde quepa. Yo también me voy.
Entonces, volvió a entrar en la habitación para coger su chaqueta.
-Ah, eh, Kizuna.-Jonathan paró para llamarla mientras cargaba con el enorme paquete de forma que no chocase contra la puerta.-Esto… No lo puedo leer…-Tranquilizarse con dificultad y no parar de mirar para todos lados inquietamente, eran los hábitos de Jonathan. Tras apoyar el paquete contra la puerta, Jonathan sacó un envoltorio de té de la bolsa de cuero que llevaba en el hombro. Cuando Kizuna alargó el cuello para mirarlo, él se volvió a enrojecer y su cuerpo se revolvió inquietamente.
Lo único que había escrito en la dirección era: “Hotel Williams Hijo de Pájaro, Viejo sacerdote”. No había número de habitación.
-Esto es para Lee-sensei[4].-Señaló la letra china de la dirección. Jonathan miró la punta del dedo de Kizuna con incertidumbre.
-Esto es “Lee”. “Laoshi” significa “sensei”. Conoces a Lee-sensei, ¿no?
-S-Sí.
-¿Recuerdas su número de habitación?-Jonathan sólo inclinó la cabeza hacia un lado dudoso.-551.-Pero cuando ella le enseñó la respuesta, la cara de Jonathan se iluminó por un momento.
-511 está en la quinta planta, la habitación número once.
-Sí. Bingo.
-¡La habitación número once está en la quinta planta!-Repitió alegre como si hubiese encontrado un tesoro.-G-Gracias, Kizuna.-Dijo cambiándose el sobre de una mano a otra.
-Espe-, Jonathan, el paquete.-Y antes de que pudiese pararle, él ya había salido corriendo por el pasillo, con la bolsa en su hombro balanceándose de un lado a otro.
Kizuna se quedó ahí en la puerta junto con un enorme paquete. Tras una hora, suspiró.
-Bueno, bueno.-y se peinó unos mechones.- ¡Asai-san, un paqueeete!-Llamó por segunda vez, pero claramente, no hubo respuesta.- ¡Ugh!-Le dio una patada a la esquina del paquete y a mala gana, empezó a arrastrarlo dentro de la habitación con ambas manos.
Este era el típico comienzo de un día normal para Etoh Kizuna.

El Hotel Williams Hijo de Pájaro, era un edificio con un nombre larguísimo, se construyó como villa en los días de la pre-guerra, en la era en la que Japón se abrió al mundo por un barón inglés llamado “William Child”. En efecto, era un edificio donde el sonido de “occidentalización” casi se podía escuchar y se podía ver su encanto por todos lados. El suelo estaba hecho de baldosas de marrón claro, la entrada y todas las habitaciones estaban decoradas con empapelados llamativos de colores claros y muebles antiguos europeos. Incluyendo el ático tenía siete pisos y había aproximadamente veinticinco habitaciones. Siguiendo el nombre de William Hijo de Pájaro, se diseñó una verja de hierro con motivo del petirrojo japonés en Hungría que llegaba hasta la primera planta del edificio y que tiraba hacia afuera violentamente, como una jaula para pájaros. Se dice, que anteriormente, el edificio estaba localizado en el centro del distrito comercial, pero hoy en día, el distrito comercial se había movido a la metrópolis dejando atrás las escuálidas afueras.  En algún momento, los residentes que eran incapaces de vivir en una sociedad normal, se mudaron a vivir aquí.
El ascensor descendió hasta la planta baja haciendo ruidos y preocupando a uno sobre que en cualquier momento se podrían desgastar los cables. A mitad de camino, perdió la velocidad y paró un momento en la tercera planta. La verja de hierro se deslizó como un acordeón y un padre y su hija esperaban la llegada del ascensor.
Cuando Kizuna se hizo a un lado, ambos entraron. El padre hizo una reverencia con la cabeza y la hija levantó la nariz con la cara larga, iban cogidos de las manos. Una campanita enganchada a un llavero sobresalía del lado de la randoseru[5] de la hija y titilaba. Con solo ese par de personas subiéndose, el cuadrado diseñado para cuatro personas estaba lleno.
-Disculpa.-Dijo el padre, y volvió a agachar la cabeza.
-No…
Como siempre, sin preocuparse, Kizuna disfrutó del momento y del sentimiento de tener su cara presionada contra su cáscara de tortuga bellamente lavada. La hija se pegaba al pelaje de la tripa puramente blanca de su padre y así, enterraba su cara mirando fijamente en dirección a Kizuna, y cuando sus ojos se encontraron con los de ella, se escondió detrás del estómago de su padre.
Francamente hablando, eran un dúo extraño de padre e hija.
Chaqueta de muñeca de estilo europeo y un vestido de una pieza decorado con lazos además de medias blancas y zapatos de punta redonda rojos; la hija era una estudiante de primaria que vestía con estilo Gothic Lolita, y el padre era tímido y una persona gentil y educada, la única cosa, aunque la más extraña, sobre él era… el kigurumi. Un enorme disfraz blandito de gato con piel en el estómago y puntos blancos y negros por la espalda y la parte trasera de las orejas, que hacían parecer que llevaba una mezcla de gato y tortuga. Sin embargo, parecía ser una persona trabajadora ya que llevaba un collar en el cuello.
El ascensor se detuvo en la primera planta. Con un impacto metálico, la puerta de hierro se abrió. El padre empujó a la niña con la bolsita randeru hacia delante y ella salió la primera, entonces, moviendo lentamente sus pequeñas piernas, él también bajó del ascensor. Liberada de la placentera presión, Kizuna se bajó del ascensor suspirando.
Los zapatos rojos, las patas blancas del disfraz y las bambas de Kizuna caminaban por el pasillo marrón. Pasaron por al lado de un residente nervioso de la tercera planta que se metió en el ascensor diciendo en voz alta un monólogo incomprensible hasta que se cerró la puerta y empezó a maldecir: “dejadme salir, dejadme salir”, entonces, se escuchó como el hierro de la puerta se sacudía.
-Hey, padre kigurumi y niña delincuente. ¿Hoy estáis contentos?
-Hey, padre kigurumi y niña delincuente. En realidad, hoy estamos de mal humor. Es la peor de las mañanas.
Diciendo cosas distintas con la misma cara, los gemelos de edad avanzada que vivían en la primera planta pasaron por su lado, con los hombros encogidos.
-¡Oh, Romeo, Romeo! ¿Dónde estás, mi Romeo?
En el vestíbulo de la entrada de la primera planta, una mujer joven vestida con una falda de encaje alzaba la voz, extendió la mano a la nada haciendo un gesto de teatro repentino. En algún lugar de la planta de arriba se escuchaba el eco de un chillido intermitente.
Ese era un día normal para los que vivían alejados de la sociedad normal, los excéntricos residentes del Hotel Williams Hijo de Pájaro. La mañana no era distinta al resto.

Yanlong Deli era una rotisería, a unos cinco minutos andando desde el distrito comercial al Hotel Williams, que se había convertido en la cocina de muchos inquilinos. Kizuna era una hikikomori sin contar la salida diaria a Deli  a por comida. Compraba ensalada china de pollo y rábano blanco y, como cabía la posibilidad de que Asai se los comiese, envolvía fideos y lo los llevaba a la caja registradora.
De camino a casa, con la bolsa de la compra en la mano, dejó caer una carta en un buzón antiguo cilíndrico al lado del camino. El oscuro agujero del buzón se tragó el sobre rojo y azul. Rezó un poco para que su carta llegase más allá del mar y se separó del buzón.
“Últimamente, no hay respuesta, eh…”
Empezó a caminar a casa holgazaneando, balanceando la bolsa de la compra en su muñeca y con las manos en el bolsillo delantero de su camiseta. Pensó que tan sólo había estado fuera unos veinte minutos, pero cuando llegó el incidente ya había ocurrido.
En el vestíbulo de la entrada, que cuando salió estaba en silencio a excepción de una mujer con bata, por algún motivo había un barullo. Cinco o seis residentes estaban reunidos delante del ascensor, y allí, rodeado de ellos, estaba Jonathan con la espalda tocando la verja de hierro de la puerta del ascensor. Totalmente rígido, su estatura ya de por sí pequeña, había encogido todavía más, sus ojos se movían de persona a persona con inquietud, intentando comprender la situación por sus expresión. El padre kigurumi se había marchado hacía mucho por lo que no había nadie que calmase el escándalo. Para empezar, básicamente, era una reunión de gente poco sociable y personalidad incooperativa.
El hombre nervioso de la tercera planta, que hablaba mucho solo, estaba a la cabeza y se acercaba a Jonathan.
-¡¿Si no tú, quién?!-Gritó y sacudió violentamente los hombros de Jonathan.
El asombrado Jonathan se dio un golpe en la espalda con el hierro. Kizuna, cuestionándose el estado de la situación desde el espacio entre la gente, se hizo paso a través de la multitud y llegó al frente.
-Hey, ¿qué pasa?
Se puso delante, bajando el tono de voz y mirando fieramente al hombre, como protegiendo a Jonathan.
-Kizuna, yo, eso…-A pesar de haberse quedado sin palabras, Jonathan, empezó a decir algo con voz temblorosa. Como respuesta a la actitud de Kizuna, el hombre de la tercera planta pareció titubear por un instante, pero cuando su espíritu volvió, dirigió su ataque hacia Kizuna.
-Este ha intentado robar en mi habitación.
-¿Robar?-Miró otra vez a Jonathan. Los dos ojos de Jonathan, al igual que su nariz, estaban rojos y, como si estuviese aferrándose a ella, miraban a Kizuna.-Dice que te equivocas.
-¿Qué? Este no ha dicho ni una palabra de negación desde hace rato.
Kizuna frunció el ceño al recordar sentir desazón por el hombre que reía desdeñosamente. Los inquilinos debían saber que Jonathan no tenía palabras para defenderse.
Hacer de Jonathan un criminal y culparle no era cosa sólo del tío del soliloquio; otro hombre había dicho que había perdido su colección de monedas extranjeras, otros habían dicho que habían perdido sus relojes, sus juegos de té, e incluso pomos de puertas y grifos, las gafas del propietario, muchos otros inquilinos afirmaron que muchas cosas brillantes hechas de metal, de repente, habían desaparecido de sus habitaciones. Todos decían que había ocurrido el día exacto en el que Jonathan había ido a repartir y entregar postales, que aquel día sólo Jonathan había ido de visita a las habitaciones. Ni siquiera la objeción de Kizuna era prueba suficiente, no sirvió para calmar el escándalo.
Era imposible que Kizuna pudiese defender a Jonathan que no podía defender su cuartada. Los denunciantes dijeron que debían investigar la habitación de Jonathan.
La habitación número doscientos trece estaba al lado del ascensor, en la segunda planta. La gente entró en la habitación de Jonathan sin su permiso. Le arrebataron la llave de la mano y entraron como quisieron. En la puerta, Kizuna y Jonathan sólo podían mirar cómo los residentes empezaban la investigación.
-¿No pasa nada?-Jonathan se ruborizó y dejó caer la cabeza avergonzado, cuando Kizuna le preguntó.
Las cosas que los inquilinos afirmaron que Jonathan les había robado no estaban en su habitación. A lo largo de la pared, en las estanterías habían animales de origami[6], una bella colección de sellos de conmemoración pegados a la parte trasera de un calendario, una piedra redonda rosada de la que hablaba felizmente, que le había regalado un conocido cuando fue a la playa, al parecer Jonathan jamás había visto el mar, y varios artículos que Jonathan había recogido esmeradamente y mezclado torpemente.
Cuando desgarraron el calendario y tiraron la piedra, Jonathan gimió y sorbió por la nariz roja. Aunque a Kizuna le daba pena, no se atrevió a parar el asaltó de los denunciantes. Sin pruebas, entonces, la sospecha sobre Jonathan se aclararía automáticamente. Mientras Jonathan fuese incapaz de defenderse con sus propias palabras, no había otra forma de clarificar lo ocurrido hasta que la gente estuviese satisfecha.
Kizuna lo subestimó con: “en cualquier caso, es imposible que pase nada”. Kizuna conocía bien la genuinidad de Jonathan. Era absolutamente imposible que robase.
Después de quince minutos, la habitación estaba completamente destrozada, pero, inversamente, la atmosfera entre los residentes fue más allá y fluyó un sentimiento de resignación. Decaído, Jonathan simplemente dejaba caer su cabeza, incapaz de mirar la desastrosa escena de su habitación.
-Si estáis satisfechos, disculpaos y dejadlo todo como estaba.
Incapaz de encontrar otras palabras que contestar a la fría voz de Kizuna, los inquilinos que habían maltrecho la habitación, titubearon y de mala gana, empezaron a distanciarse de las paredes y de las estanterías. Aunque todos parecían insatisfechos, la sospecha sobre Jonathan estaba a punto de despejarse. Los únicos que no parecían rendirse todavía eran el neurótico del soliloquio de la tercera planta y el coleccionista de monedas extranjeras que seguían mirando a hurtadillas persistentemente debajo de las estanterías. Y ese hecho impulsó al resto de inquilinos a tomar cartas sobre el asunto.
-¿Eh?-El hombre alzó la voz abruptamente, se tiró al suelo y miró en la hendidura debajo de la cama. Jonathan que hasta ahora había mantenido la cabeza baja, de repente, alzó la cabeza.
-Ah, e-eso es…
-¿Jonathan?
Dejó el lado de Kizuna y con sus piernas enmarañadas se apresuró a entrar en el cuarto.
-¡No, ahí no!-Intentando parar al hombre que se había arrastrado debajo de la cama, se aferró a sus pantalones y lo empujó hacia afuera, pero le patearon violentamente y se cayó de culo.
-Ah… ¿Qué estás…? Cállate. ¿Qué es esto? ¿Un montón de cartas…?
El hombre se arrastró fuera de la cama cogiendo algo. Un suspiro amargo se escapó de la boca del desfallecido Jonathan mientras el resto de residentes miraban con sospecha. El hombre bajó la vista a lo que parecía ser un montón de papel que había sacado y les dio la vuelta varias veces.
-Oh…-Y cómo si hubiese hecho un interesante descubrimiento, alzó las esquinas de su boca y río.-Etoh Kizuna.
Al ser llamada por su nombre completo, Kizuna, que estaba de pie en la puerta, se puso en guardia acto reflejo. Con una sonrisa triunfante, el hombre empujó las cartas hacia ella.
-¿Y qué? ¿Vas a seguir protegiendo al ricitos?
Frunciendo el ceño, Kizuna entró en la habitación. Casi sin tener espacio para avanzar, zigzagueó entre los objetos de la habitación y los otros inquilinos. Se quedó de pie frente al hombre y cogió la pila de cartas en silencio.
Eran un montón de cartas atadas juntas con una cuerda polvorienta. La destinataria era “Etoh Kizuna”. Con la expresión congelada, quitó el hilo y las confirmó todas, una a una, brevemente. Diez letras con sellos en ellas, todas destinadas a Kizuna. ¿Por qué estaban en la habitación de Jonathan?
Su mirada inquisitiva se giró sobre Jonathan. Como si jamás le hubiese mirado, Jonathan, aún sentado, se tiró hacia atrás. El hombre de la tercera planta rio y se le escapó un: “tal y como pensaba”, y los otros inquilinos empezaron a murmurar.
-¿Qué significa esto?-Su voz se volvió seca y ronca.
-Ah… Uh… Esto es, esto, esto es…
Jonathan sólo repetía las mismas palabras como un muñeco roto. Las lágrimas se desbordaron de sus ojos rojos, no obstante, nadie iba a ponerse de su lado. Marginado en el medio de mirones, se le escaparon sollozos. Desde la nariz hasta sus labios goteó un hilo rojo.
-Uh…
Jonathan bajó la vista cubriéndose la nariz con ambas manos. Plim, plim. Las gotas rojas gotearon sobre el suelo.
-Buaj, una hemorragia nasal.-El hombre de la tercera planta escupió con disgusto y se apartó.
Si fuera cualquier otro momento, ella le habría asistido, pero en ese momento Kizuna no se podía mover. En el medio de su propia habitación devastada y maltrecha, Jonathan seguía lloriqueando con la cara empapada por las lágrimas y la sangre de la nariz, rodeado de las miradas frías de los inquilinos.

“Jonathan” al parecer era un apodo que había usado en su anterior puesto de trabajo. Ella desconocía los detalles, pero al parecer, era un insulto. Jonathan, cuyo desarrollo intelectual se detuvo a los cinco años, no podía siquiera escribir las letras de su nombre. Había pasado un año y medio desde que Jonathan se había mudado a la habitación número doscientos trece del Hotel Williams Hijo de Pájaro. Había estado trabajando como extra en una fábrica pero al parecer, le habían despedido.
Medía menos que Kizuna y tenía la manía de encorvar la espalda. Tenía la frente ancha, el cabello rizado, su ropa estaba desgastada y los cordones de los zapatos se estaban endureciendo. Constantemente, se encogía de hombros por la timidez, su mirada inquieta vagaba sobre sus alrededores y su comportamiento también era bastante desamparado. En esos momentos, no interactuó particularmente con Jonathan, sólo al cruzarse en el vestíbulo de la entrada de vez en cuando. El inquilino vecino le cuidaba de una manera u otra, así que solía verles juntos.
Cierta mañana, al finales de invierno, Kizuna regresaba al Hotel con la bolsa de Yanglong Deli, como siempre, cuando vio la figura de Jonathan acercándose tambaleándose desde el otro lado del pavimento. Kizuna alzó las cejas ligeramente cuando se lo encontró en frente de las puertas principales con un petirrojo japonés de acero. Jonathan estaba empapado de la cabeza a los pies con ese temporal frío y el viento seco.  En una mano arrastraba la sudadera que llevaba y su cuerpo flacucho temblaba.  Una risotada descendió desde la ventada de la segunda planta. Cuando levantó la mirada vio, al lado del cuarto de Jonathan, al inquilino de la doscientos doce sonriendo mientras volvía a su propia habitación.
Posando su mirada en el Jonathan ante sus ojos.
-¿Un entrenamiento o algo?-Declaró Kizuna, enfatizándolo con una voz desinteresada.
Los ojos esquivos de Jonathan la miraron, castañeaba los dientes. Kizuna apartó los ojos de él después de un vistazo, abrió las puertas y entró. Muchos inquilinos estaban sentados en el sofá del vestíbulo mirando la televisión. Cuando apenas había llegado al vestíbulo uno de los que miraban la televisión miró por encima de su hombro y se quejó:
-Hace frío. Cierra.
Con las puertas abiertas, Jonathan seguía fuera congelado y temblando. Kizuna, de mala gana, volvió a la entrada pensando cuán molesto era aquello.
-¿No vas a entrar?
-S-S-S-Sí.-Respondió Jonathan de forma que sus dientes no se tocasen, sus delgados hombros temblaban, las lágrimas empezaron a desbordarse indecorosamente de sus dos ojos. Kizuna suspiró pesadamente.
-¿Por qué lloras?
-P-P-P-Perd…ón…
-¿Por qué te disculpas?
-Uh… Per…dón…
Al parecer no importaba lo qué dijera, él seguía llorando y mordiéndose el labio, con las lágrimas mezcladas con sus mocos recorrían la esquina de sus labios. En contraste con la parte superior de su cuerpo, pálida sin pizca de sangre, de su cuello para arriba estaba totalmente rojo como un pulpo. Kizuna se estaba irritando gradualmente y cogió el brazo de Jonathan rudamente. Él se puso rígido por el miedo. El brazo desnudo de Jonathan estaba sorprendentemente frío ya que había estado expuesto al agua helada y la frialdad matutina.
-Como sea, entra. ¡Mira!-Su intensa voz se suavizó un poco.
Jonathan era torpe con sus palabras.
No sabía leer ni escribir.
No sabía calcular.
Tenía mala memoria.
Sus movimientos eran lentos.
En comparación con el resto, se quedaba atrás en varios sitios y si Kizuna tuviese que decirlo, entonces, más que eso, los mayores problemas que tenía eran su timidez y su ineptitud para captar las malas intenciones de la gente. Incluso en los momentos en los que la irritaba, ella seguía ofreciéndole la oreja a Jonathan para que se explicase. Según lo que había oído, aparentemente, su vecino, a quién Jonathan llamaba “amigo”, estaba enamorado de una empleada de la cafetería Miranda, y el día anterior ese “amigo” le había rogado a Jonathan que le entregase una carta a toda costa a esa chica. Entonces, aquel día, cuando su “amigo” le envió a la cafetería Miranda otra vez a por la respuesta, la chica se enfadó horripilantemente y le tiró el agua de fregar a Jonathan. Pero él no había comprendido por qué la chica estaba tan enfadada.
-Tu “amigo” se ha burlado de ti. Puede que haya escrito algo indecente en la carta, ¿no?
Ella le llevó a su habitación y escuchó su historia mientras él se secaba, y cuando terminó, Kizuna señaló ese hecho, pero Jonathan le repetía tercamente que su “amigo” era una buena persona, que le trataba con amabilidad. Desde el momento en el que Jonathan se mudó su “amigo” le había favorecido, y cuando Jonathan había sido incapaz de distinguir la derecha y la izquierda, su “amigo” había mirado por él. Jonathan pensó que el decirle dónde estaba la lavandería más cercana, a treinta minutos andando, dónde podía comprar bombillas, el invitarle a comer, aunque su amigo siempre se marchaba al baño antes haciendo que él tuviese que pagar la cuenta, eran todo muestras de la “amabilidad de su amigo”. Kizuna estaba tan pasmada que no tenía ni la motivación de corregirle.
Poco tiempo después del incidente, ese “amigo” se mudó sin decirle nada a Jonathan. Al mismo tiempo, la modesta cantidad de dinero que Jonathan había ahorrado de su trabajo anterior también desapareció. Kizuna fue incapaz de quedarse quieta mirando a Jonathan a quien se le daba mal captar la esencia de las cosas, y empezó a echarle una mano poco a poco. A pesar de todo, en ocasiones se impacientaba con el irritante comportamiento de Jonathan, pero aguardó pacientemente a que surgieran las palabras para conectar con Jonathan. Porque para guiarle con éxito, debía sacarle las palabras y tarde o temprano, aprendió a hacerlo.
De hecho, aunque el habla y la conducta de Jonathan eran torpes y su memoria mala, si tan sólo intentase socializar sin apresurarse, podría ser un jovencito normal. Sería una persona más tranquila que otras, como un arroyo que fluye por una pendiente. Sólo eso.
Por ejemplo, a Jonathan le gustaba hacer la colada. Metía la ropa en la lavadora y la encendía mientras hojeaba un comic, como no entendía las palabras se divertía mirando los dibujos e imaginándose la historia, era un talento bastante hermoso, y en un abrir y cerrar de ojos, la colada estaba hecha.
Jonathan no se aburría. Para esos ojos el mundo le rodeaba de flores con tal rapidez que ni siquiera tenía tiempo que gastar en aburrirse. Para él, los acontecimientos del mundo eran todos, de alguna manera, nuevos.
Fue por poco tiempo, pero una vez habló con Jonathan de trabajo. Los correos y los paquetes que llegaban al Hotel estaban todos mezclados y juntos, y su trabajo consistía en distribuirlos a cada habitación, y así, conseguía seiscientos[7] yenes cada día. Para Jonathan eso no era en absoluto una suma pequeña, así que se encargaba de todo placenteramente. A pesar de haber dicho eso, Jonathan no sabía leer el nombre ni la dirección del destinatario, por lo que los primeros días se dedicó a hacer un entrenamiento especial.
-La habitación número cuatrocientos cinco es la habitación de la cuarta planta, la número cuarenta y cinco, ¿lo entiendes? La habitación cuarenta y cinco de la cuarta planta.
Como al parecer apenas entendía los números, ella le enseñó pacientemente el método de llegar al destinatario por el número de habitación en vez de por el nombre. Jonathan no recordaba las cosas con facilidad, pero aun así, Jonathan repetía la explicación de Kizuna con toda su voluntad.
-La habitación cuatrocientos cuarenta y cinco está… en la cuarta planta, la habitación cuarenta y cinco.
-Bien. Y, ¿la habitación trescientos once está…?
-La planta tres uno…
-No existe la planta tres uno. Otra vez. ¿La habitación trescientos once está…?
-En la tercera… planta… ¿La habitación número once…?
-Correcto.
Cuando conseguía decir la respuesta correcta, el rostro de Jonathan se iluminaba como el de un niño. Después de eso, ambos caminaron por todo el Hotel y le metió en la cabeza todas las localizaciones de las habitaciones, así que Jonathan empezó a ser capaz de repartir.
La primera paga que recibió fue a los tres días, contando desde el primero, de jueves a sábado, y con eso compró siete trozos de Chou à la Crème para Kizuna de la cafetería Miranda. Mientras Kizuna le decía que no podía comerse los siete trozos, él le entregó todo su sueldo al empleado, señalando la Chou à la Crème del escaparate. Cada uno de ellos se comió tres trozos y cuando no pudieron más, le ofreció el último trozo a Jonathan. Reservadamente, extendió la mano y se lo metió en las mejillas.
-¿Kizuna es una “amiga”?-Preguntó Jonathan con crema en la mejilla.
-Sí, una amiga. Así que no llores más, ¿vale?-Contestó Kizuna. Jonathan se sonrojó y asintió, y mientras se tocaba un rizo de su revoltoso cabello con el dedo repitió  la palabra como una canción sin ritmo.-Amiga, una amiga.

Se tiró en la cama confirmando una a una las cartas que había descubierto en la habitación de Jonathan. Eran correo de Inglaterra que pensaba que no le había llegado. Incluso los paquetes que había pedido estaban ahí. Mientras lo miraba se hizo de noche y, antes de que se diese cuenta, su habitación se había vuelto oscura.
Tiró el correo a un montón de revistas que tenía a su lado, se dio la vuelta y miró el techo. El techo de color oliva pegaba con el tono del suelo. Colgada del techo había una lámpara decorada con un paraguas; la manta de la cama era de un color azulado. Un sofá ovalado carmesí estaba colocado al lado de la ventana. Los muebles eran los que habían instalado desde un principio.  El barón Williams Child contrató a un diseñador con un gusto retro que pintó la habitación de un color primario sumergido en tinta. Aunque la habitación parecía estrecha y amontonada, en general poseía un sentimiento de armonía. La habitación de Kizuna, una habitación con el número cuatrocientos cuarenta y cinco, tenía una cocina abierta y una habitación casi cuadrada. Por un momento, algunos pensamientos flotaron por su mente.
-Genial…
Se levantó de la cama con vigor.
Ding-dong.
Al otro lado de la puerta se escuchó el sonido del timbre. Tras escuchar varios sonidos agitados y traqueteantes, la puerta que tenía el número doscientos trece gravados en la placa de metal se abrió desde dentro un poco.
-Ah.
Jonathan echó un vistazo desde dentro de su cuarto y dejó escapar un sonido cuando vio a Kizuna de pie en el pasillo. Al final, no se encontraron las pertenencias de los otros residentes y Jonathan, del que ya no confiaban, fue despedido. Después de eso, se encerró en su habitación.
-Jonathan, quiero hablar un poco. ¿Puedo entrar?
-A-Ahora es…
-Sabes, sobre esas cartas… ¿Tienes algún motivo o algo…?
Kizuna intentó entrar en la habitación, después de lo cual Jonathan agitado, bloqueó su camino y evitó que entrase.
-Ahora... Eh… Estoy ocupado. ¡Después!-Y cerró la puerta ante sus ojos.
Atónita por la reacción inesperada de Jonathan, Kizuna se quedó congelada en frente de la puerta. El pensamiento de que se le negaría la entrada jamás había cruzado su mente por lo que no pudo comprender la situación de inmediato.
-¿Qué acaba de pasar…?
¿Ocupado? ¿Qué puedes tener que hacer más importante que hablarme?
Tras observar la puerta atónita, contuvo su deseo de patear la puerta con todas sus fuerzas y se marchó. Se dio la vuelta, rápidamente corrió por el pasillo y pulsó con violencia el botón del ascensor. Justo entonces, el ascensor abrió sus puertas. Ella entró sin mirar bien dentro y se chocó con el bolso de alguien. Intentó disculparse pero cuando miró a la persona, Kizuna se detuvo. Era el residente de la quinta planta: Yuusei Asai.
-Ah, eres tú, Etoh. Te he dicho que me despertaras a las dos. Cuando me he despertado eran las siete, las siete. Gracias a ti he perdido la oportunidad de ir a comprar materiales.
-Ah. Se me ha olvidado porque han pasado muchas cosas.
Kizuna se dio la vuelta con frialdad y gracia. Había otra persona más a parte de Asai que se había subido al ascensor, por lo que le miró. Al lado de Asai, con una sonrisa flotando en su rostro había una belleza bajita con el cabello moderadamente largo y castaño claro ondulado. Yuki Inoue, otra inquilina del Hotel Williams Hijo de Pájaro.
-¿Qué tal, Kizuna? Estás de mal humor.
-En absoluto. ¿Vais a algún lado?
-De vez en cuando quiero salir a beber, así que he cambiado de ropa a sensei a la fuerza.-Dijo Yuki para demostrarlo, acercó a Asai que tenía una expresión molesta.
Ahora que lo miraba bien, el alocado pelo de Asai que solía estar despeinado estaba, de alguna forma, liso, y, en lugar de vestir su sudadera manchada de pintura, se había puesto una camisa de algodón y pantalones largos. A pesar de ser un artista hikikomori que apestaba a pintura al óleo, parecía un universitario normal. Aunque, contrariamente, era alto y parecía débil, en esos momentos era algo encantador, y con Yuki a su lado, que también era alta, a primera vista parecían la típica pareja que buscaban las agencias de modelaje. Aunque, en realidad, esos chicos eran primos y vivían en el Hotel Williams Hijo de Pájaro. Yuki tenía unos gustos peculiares difíciles de explicar… O quizás no.
-Justo a tiempo. Kizuna, ¿te vienes? ¿Puedes beber?
-Esta es meno---…-Intervino Asai pero sin que le importase lo más mínimo, Yuki la invitó con señas.
Kizuna se lo pensó durante unos instantes.
-Voy.-Dijo, y entonces, como si les estuviese empujando, se subió al ascensor.
El espacio del ascensor para cuatro personas era pequeño aunque no hubiese nadie vistiendo un kigurumi. Cuando apartó la bamba hacia atrás para no pillársela con la puerta del ascensor, se tambaleó y con un ruido cayó entre los brazos de Asai que estaba detrás de ella. Un aroma a pintura que tardaría en desaparecer la envolvió suavemente aunque él se había cambiado de ropa ya que estaba indeleblemente arraigado a su cuerpo. Desde encima de su cabeza Asai la miró.
-¿Ha pasado algo, Etoh?
-Nada.
Kizuna apartó la vista de morros, era extraño que se preocupase por la gente. Era Asai. A pesar de todo, durante el corto período de tiempo en el que el ascensor llegaba a la primera planta, Kizuna se quedó obedientemente envuelta con la sensación de sus brazos y el aroma a pintura. Le preocupaba equivocarse, pero aun así, durante un rato su corazón se encogió.
Confiaré en Jonathan… Puede que el hecho de que haya estado cuidando de Jonathan haya sido sólo por engreimiento y por ego inútil.
Cuando pensó en la posibilidad de que Jonathan ya no la considerase su amiga, aunque hasta ahora jamás había sido consciente de ello, se entristeció.
Kizuna no bebió mucho en el bar de las afueras donde Asai y Yuki iban de vez en cuando, pero a causa de su frenesí ebrio, dijo que no había bebido suficiente y arrastró con ella a esos dos. Escogió varios aperitivos y, en su habitación, continuaron abriendo latas de cerveza. Se emborrachó, comió y vomito una vez, y con eso, el triste sentimiento del encuentro con Jonathan también abandonó su cuerpo.
Sintió que, sin duda, cuando el mañana llegase todo volvería a ser como antes. Que el alboroto del robo y lo de esconder las cartas era sólo una mentira y por eso, Jonathan, como siempre, estaría repartiendo el correo felizmente sudando de tanto subir y bajar las escaleras ya que no usaba las escaleras. Porque cuando consiguió el trabajo estaba encantado por lo que lo hacía con orgullo.
En ese momento no se le ocurrió que el día en el que Jonathan se marchase del Hotel Williams Hijo de Pájaro fuese a llegar jamás.

Ding, dong.
Ding, dong.
En algún lugar de su borrosa consciencia sonaba un timbre. Su consciencia distraída volvió a la realidad. Desde detrás de las cortinas unos rayos iluminaban el sofá en forma de huevo al lado de la ventana.
Ding, dong.
El timbre volvió a sonar.
Todavía medio dormida, Kizuna alzó hacia la descuidada cabeza morena de la persona que dormía a su lado.
-Asai-san, llaman a la puerta.
-Ah… Ves…-Revolviéndose bajo la manta de la cama él murmuro esa respuesta.
-Tío, es tu habitación, ves y abre tú…-Entre quejas, ella se levantó perezosamente y en medio de la habitación, en su cabeza sonó una campana y vino el mareo.-Ay…-Se presionó la sien con la mano. Antes de bajarse de la cama a gatas, le dio un rodillazo al abdomen de Asai, que dormía a su lado, y con un quejido como si fuese a escupir el huevo de un alíen o algo, el torso de Asai cayó de la cama.
-Ay… T-Tú…
-Perdona.-Se disculpó apáticamente presionándose las sienes. Se levantó en tal estado y se puso en pie. En suelo Asai se había vuelto a quedar dormido sin siquiera volver a subirse a la cama.
Ding, dong.
El sonido del timbre que nunca era alto, vibró con un eco difuso en su cabeza por la resaca. Kizuna le dio una pata a los envases vacíos de Deli y a las latas de cerveza que estaban dispersos por el suelo.
-Sííí.
Cuando abrió la puerta rascándose el pelo, vio a un joven flacucho y con el pelo rizado esperando asustado. Todavía tenía la mente nublada. Kizuna pensó por un instante y, entonces, mirando por encima de su hombro dijo:
-Asai-san, es Jonathan. Tienes un paque…te…-Su mente borrosa se aclaró a mitad de decir eso.
La habitación que tenía a sus espaldas no era el estudio de Asai, sino la propia habitación de Kizuna. Empezó a hacer funcionar su cerebro y desenterró los recuerdos de la noche anterior. Asai, Yuki y Kizuna bebieron en su habitación. Yuki regresó a su propio cuarto alrededor de cuando cambió de fecha diciendo que al día siguiente tenía que trabajar, y mientras Asai también intentaba marcharse, Kizuna, borracha, le cogió del cuello de la camisa y le detuvo.
Y después de eso…
No lo recordaba.
Desplomado en un estado antinatural con el torso en el suelo, Asai por fin se despertó y se tocó la sien tal y como había hecho Kizuna. Con la parte delantera abierta, su camisa se deslizó a la altura de los hombros, de alguna manera, su apariencia se volvió sucia. Kizuna pasó por alto su propia apariencia, que sólo consistía en una camiseta fina y unos shorts. Cuando volvió a mirar los ojos sobre Jonathan que estaba de pie en la puerta de la entrada, él bajó la vista, su rostro estaba rojo como un tomate al igual que la punta de sus orejas y su frente cabizbaja.
-Eh… Perdona.-Por alguna razón u otra, Kizuna fue la que se disculpó. A pesar de decir eso, en esos momentos, no tenía otra cosa que ponerse.-Así que… ¿Qué… pasa?
Como ya se había despertado del todo, entendía que Jonathan no estaba ahí para repartir nada pues el día anterior le habían despedido. Recordó como el día anterior le había cerrado la puerta y empezó a preguntar sobre eso con voz dura. Jonathan contempló la apariencia de Kizuna y de nuevo, se agitó, apartó la mirada de ella y tras echar un vistazo breve a Asai, dentro del cuarto, que se retorcía intentando levantarse dijo:
-Ah, perdona, por in-interrumpir.
-No has interrumpido nada…-Respondió, pero realmente ignoraba si había pasado algo la noche anterior con Asai o no.- ¿Eh? ¿Eso es… una carta?-Viendo que Jonathan agarraba un objeto en forma de sobre con la mano, intentó aceptarlo pensando que debía ser, sin lugar a dudas, una carta.
-¡Esto es otra cosa! ¡No es nada!
-¿Jonathan?
-Perdona. Tal y como pensaba, ¡no es nada!-Dijo él todavía mirando hacia abajo y estrujando la carta.
-¡Espe--!
Entonces, sin darle tiempo a Kizuna para que le hiciera parar, se dio la vuelta y corrió por el pasillo. Ella quería seguirle pero vestida con ropa que parecía ropa interior Kizuna no pudo hacer otra cosa que quedarse quieta en la puerta.
-¿Qué ha sido eso? Justo ahora…
Escuchó una voz maldiciendo desde dentro de su cuarto. Asai, sentado cruzado de piernas, todavía se tocaba y frotaba la sien. Al ver la cara de Kizuna que se había dado la vuelta, continuó sobresaltado-¡¿Q-Qué es eso?! Yo no he hecho nada. Seguramente.
Al ver la reacción algo vacilante de Asai, Kizuna notó las lágrimas que se habían amontonado en sus ojos. Ella, quien jamás lloraba delante de otras personas, lloró. Sin duda, las glándulas lacrimógenas de sus ojos estaban haciendo de las suyas porque el alcohol de la noche anterior seguía en su cuerpo.
-Asai-san, ¿qué voy a hacer…? Al parecer Jonathan ha malentendido algo.-Las lágrimas que quería parar, no paraban. Se las secó con fuerza con las palmas de su mano y entonces, gimoteando continuó.-Lleva comportándose de una forma rara desde ayer. A lo mejor me ha empezado a odiar…
-Espe-, todavía estás borracha.
-No estoy borracha.
Las lágrimas que caían en su camiseta hacían visible su piel. Asai apartó los ojos de Kizuna con la cara amarga y le dio una patada a una lata vacía que estaba cerca. Cuando la veía desnuda para pintarla estaba sereno, pero ahora parecía dudar en cómo tratarla.
-Es un idiota, así que en cualquier caso, pronto se le olvidará y vendrá a jugar como si nada.
-No digas que es idiota. Jonathan no es idiota.
De cara a Asai, Kizuna volvió a darle una patada a la lata. Como si hubiese sus sentimientos, Asai chasqueó la lengua.
-No te aguanto. Me voy a casa. Me vuelvo a la cama.-Se levantó, se estiró y se marchó por la puerta completamente abierta pasando por la Kizuna insatisfecha.
A pesar de que ella sabía que él era ese tipo de persona, de todas formas, había sido cruel dejar a Kizuna llorando sin siquiera intentar consolarla. En aquel lugar, seguramente él quien carecía más de cooperatividad y sentido social.
Después de que Asai se marchase y la dejase sola, las lágrimas se volvieron fútiles y se secaron rápidamente. Sorbió una vez más y, lentamente, cogió aire y se calmó. Inconscientemente, sus glándulas lacrimales se aflojaron y lamentó su estupidez. Tal y como pensaba, era, absolutamente, culpa del alcohol.
Al contrario de Asai, a ella no le apetecía volver a dormir así que, de una u otra forma, empezó a limpiar, todo mientras les guardaba a los dos que se habían ido a casa apresuradamente dejando la casa hecha un desastre.
Seguramente, les arrastré yo aquí, pero…
Haciendo sentadillas, metió las latas vacías y los envases dentro de la bolsa de Deli. Aún con su camiseta y los shorts, le apetecía hacer algunas tareas domésticas miserables.
La escena de cuando estuvo en su habitación con Jonathan y engulleron una Chou à la Crème le paso por la mente. Seguramente, volverían a estar así pronto. Jonathan eran lento, pero uno de sus rasgos era que en ocasiones sacaba malas conclusiones, se le olvidaba y volvía como si nada hubiese pasado. Tal y como Asai había dicho, esa situación incómoda no duraría para siempre. Con el tiempo, Jonathan iría a hablar con ella. Aunque justo ahora, seguramente la había ido a visitar con esa intención. El tímido llorón de Jonathan no podía estar sin Kizuna, aunque que ella dijera algo así era arrogante, lo pensaba.
Sin embargo, aquella se convirtió en la última mañana que vería a Jonathan tan lleno de energía.

Una mañana igual que el resto, no obstante, una mañana distinta al resto.
Kizuna regresaba a casa, encogiéndose de hombros por el frío matinal, con una bolsa de Yanglong Deli. En la entrada del Hotel, se encontró con el par del padre kigurumi y la hija goth-lolita. Cuando pasaron por su lado, el padre agachó la cabeza y la hija lo secundo con un “mmm”. Kizuna vio por encima del hombro como ese par de siluetas se cogían de las manos al salir a la calle.
El vestíbulo de la entrada estaba desierto. El sol tardío de la mañana brillaba a través de las enormes ventanas abiertas y la suave luz se entrelazaba a través de las cortinas reflejando el polvo del aire. A un lado había una esquina común con un sofá, una televisión y un cenicero; al lado contrario había un escritorio equipado con un teléfono público rosa. En medio, el correo de los residentes estaba en una montonera en el escritorio sin que nadie lo ordenase desde hacía dos semanas.
Como su trabajo había terminado, la figura de Jonathan que cada día visitaba todas las habitaciones con una mochila de cuero gastado en el hombro llena de los correos no se veía por ningún lado. No esa figura que con una sonrisa tímida respondía a los: “gracias” y “buen trabajo”. Ya no se le veía por el Hotel Williams Hijo de Pájaro.
Cuando Jonathan despareció, Kizuna se dio cuenta por primera vez de lo placentero que era intercambiar las palabras: “buenos días” con alguien cada mañana, sólo ese poquito, una nimiedad rutinaria, como beberse un vaso de agua.
No sólo no se veía a Jonathan repartiendo, sino que tampoco se volvió a ver su figura caminando por ahí nunca más.
Hacía dos semanas, después del alboroto sobre el robo, despidieron a Jonathan de su trabajo y al siguiente día, Jonathan fue hospitalizado.
Aquel día, la causa directa se dijo que era porque su hemorragia nasal no había parado durante dos días seguidos. Sin embargo, en la revisión, se dieron cuenta que las funciones del cerebro de Jonathan, que se desarrollaba con lentitud, se estaban deteriorando y dijeron que empezaba a mostrar síntomas como la dificultad de movimiento y parálisis. Había mostrado esos síntomas desde pequeño y le habían dicho que era imposible determinar si llegaría a la edad adulta o no. Según el dueño, Jonathan nunca informó de esto ni a Kizuna ni a los inquilinos.
Kizuna fue incapaz de preguntarle el verdadero motivo por el que le había escondido las cartas, pero eso ya no le importaba. Con que Jonathan se encontrase mejor sería suficiente. Jamás volvería a permitir que los inquilinos ni a nadie criticarle ni molestarle.
Así que quiero que te pongas bueno y vuelvas.
Eso fue lo que estuvo pidiendo Kizuna durante dos semanas.
Por petición de Jonathan, llamaron a Kizuna desde el hospital un día después de que se cumplieran dos semanas. No pudo pensar en ningún otro conocido con una cabeza decente que tuviese tiempo, por lo que despertó a Asai que dormía profundamente tras quedarse toda la noche en vela y le rogó que la acompañase, entonces, por la tarde, llegaron al hospital general donde Jonathan estaba hospitalizado.
Las paredes y los suelos eran blancos. El blanco olía a desinfectante. Un blanco inorgánico lo había engullido todo, y en contraste con el Hotel Williams Hijo de Pájaro, la escena por el color primario era un pasillo sin pizca de vida, y al otro lado, estaba la habitación de Jonathan. Les habían dicho que esperasen allí. Kizuna entró en el cuarto dejando a Asai que en cuanto había apoyado la cabeza había empezado a dormirse en el pasillo.
Igual que el pasillo, la habitación privada estaba envuelta en blanco y dentro había una cama donde el Jonathan, tumbado con la parte superior del cuerpo algo levantada, de hacía dos semanas apenas era reconocible. Al lado de su cama había un set de infusión IV[8] del cual goteaba un fluido transparente que absorbía un tubo delgado conectado a su brazo. Movió sus ojos hundidos, que siempre habían sido inquietos, de derecha a izquierda, hacia Kizuna que se acercaba a su cama.
Abrió la boca, intenando decir algo, pero su voz no salía, por lo que en vez de eso, Jonathan levantó el brazo cansado que tenía conectado al set de infusión IV. Sus dedos se doblaron en un ángulo antinatural, como si hubiese tenido un calambre. Arrodillada al lado de su cama, Kizuna cogió esa mano con sus dos manos. Quizás estaba tan caliente porque tenía algo de fiebre. La mirada inquieta de Jonathan se tranquilizó y estrechó los ojos aliviado mientras aflojaba, con esmero, los dedos tiesos para coger la mano de Kizuna. Kizuna acercó su oreja a la boca de él, cuando Jonathan volvió a mover la boca para intentar decir algo, y escuchó con atención la débil voz.
-Repartir… No poder hacer más… Por los problemas… Perdón.
Aunque Jonathan sólo había dicho eso, la acción pareció consumir mucha fuerza. Kizuna estrechó su mano que apretaba contra su mejilla.
-Podrás volverlo a hacer cuando te den el alta.-Su voz era como una gota empapada en el aura blanca de la silenciosa habitación de hospital.-Nadie sigue enfadado contigo, Jonathan. Así que puedes ponerte bueno y llevar las cartas a la casa de todo el mundo cada mañana otra vez. De parte de la familia, de un amante, de un amigo… Volverás a ponerte esas cartas tan valiosas en tu mochila del hombro como antes y cargarás con ellas cada día, Jonathan. Los destinatarios te darán las gracias con una sonrisa diciéndote: “gracias” o “buen trabajo”. Todo el mundo espera que Jonathan vuelva. Y con el suelda, volverás a comprar Chou à la Crème, y…-A mitad de camino, su voz se quedó atrapada en la garganta. Mordiéndose los labios, presionó su frente contra la mano de Jonathan. La calidez que notaba en su mano era la temperatura de Jonathan, pero lo que estaba aprisionado en sus ojos eran sus propias lágrimas.-Volvamos a engullir Chou à la Crème…
Una voz ronca salió de su garganta. Con los dedos rígidos, Jonathan cogió la mano de Kizuna con timidez, y con su otra mano, le tocó la mejilla torpemente. Kizuna separó la frente de la mano de él, y vio que Jonathan, tumbado en la cama, la miraba con una sonrisa amable que se extendía hasta sus ojos.
-[9]No llores, Kizuna… Gracias. Por llorar… por… mí… Graci--…-Usando todo el aire de sus pulmones, reunió todas sus fuerzas para decir eso. Diciendo una palabra cada vez que movía dolorosamente los labios y secando las lágrimas que caían por las mejillas de Kizuna. Una lágrima se deslizó por su dedo y manchó las sábanas blancas de la cama.
Aquel mismo día transfirieron a Jonathan a otro hospital de su distrito. Le despidió junto a Asai en la entrada. Su silueta se hizo más fina, tumbado, en el vagón blanco se transportaba un cuerpo muy ligero.
Así que puedes ponerte bueno y llevar las cartas a la casa de todo el mundo cada mañana otra vez.
Las palabras de Kizuna eran algo que seguramente no se haría realidad.  Tal y como eran las cosas, con el tiempo, Jonathan sería incapaz de hablar o de moverse por sí mismo, y no sabían cuánto viviría, eso es lo que les había explicado el doctor. Kizuna no podía hacer nada más que rezar. Al menos, el tiempo que le quedaba sería tranquila, sin nadie hablando mal de él ni tirándole agua, sin nada que le asustase por lo que podría irse al cielo con recuerdos hermosos y un corazón puro. Porque sus ojos puros no tenían que reflejar nada de suciedad de este mundo.  Y así, uno de los inquilinos del Hotel Williams Hijo de Pájaro murió.

-Kizuna-san, se te han amontonado los correos.
Aquel día, de forma inusual, vio al jefe detrás del escritorio principal. Puntual y vestido formalmente con un uniforme con acabado dorado que era una reliquia del portero de la era pasada del Hotel. Llevaba guantes blancos y un gorro con una pequeña visera sobre sus ojos, era bajito. Se decía que ningún inquilino le había visto bien la cara, también era uno de los residentes extraños del Hotel Williams Hijo de Pájaro.
-Por favor, espera un momento. Como Jonathan ha muerto no tengo ningún ayudante para que lo ordene…
Kizuna escuchó sonidos de él rebuscando en una caja mientras refunfuñaba y, poco después, salió con un montón de cartas atadas con una cuerda.
-Gracias.
Al recibir las cartas, se marchó confirmándolas y desatando el hilo. Un gran sobre con una revista que había pedido de Inglaterra, una carta que estaba destinada a ir a la basura… Mientras lo miraba recorrió el pasillo hacia el ascensor. Entre el correo había un sobre normal. Tenía vestigios de haber sido estrujado y estirado otra vez.
F+on Kizuna zama… ¿Etoh Kizuna-sama[10]?
La dirección estaba escrita con una letra horrible y no tenía sello.
Esto… ¿Jonathan…?
Sus pies se detuvieron espontáneamente. Quieta, abrió el sello justo ahí. Intentó cortar la punta, pero tembló y rasgó un poco el papel. Abrió el sobre como tres tercios y sacó la carta, con cuidado de no romperla más. La abrió encogida. El pasillo inhabitado absorbió el sonido crujiente del papel seco. Empezó a leer la carta desde arriba mientras descifraba la torpe letra con dificultad. Parecía ser una carta que se había mezclado con las otras antes de que Jonathan fuese hospitalizado. Una hoja de papel llena de letras con el mayor cuidado, pero los trazos eran poco refinados y habían apretado mucho.
Jonathan, el kanji…
Apretó su corazón con fuerza. Jonathan no escribía kanji. Se suponía que no tenía ningún otro conocido, a parte de Kizuna, que le enseñase, así que debía haber practicado sin que ella lo supiese… Su alfabeto estaba al nivel de la guardería, pero había valido la pena el esfuerzo.
Se subió al ascensor e intentó apretar el botón a la cuarta planta, pero de repente, cambió de opinión y apretó el de la segunda planta. Poco tiempo después, el ascensor se detuvo en la segunda planta y como la puerta tardó mucho en abrirse ella, básicamente, saltó al pasillo. Al lado del pasillo abrió la puerta de la habitación doscientos trece que no estaba cerrada desde que el residente había muerto. Como hospitalizaron a Jonathan el día después al problema del robo, su habitación se quedó en el estado devastado y sin mucho orden.
Pisando las cosas del suelo, entró en la habitación. Había un antiguo escritorio de madera al lado de la ventana.
“Un escritorio es inútil para alguien que no puede ni escribir kanji”, se habían mofado los inquilinos. Cuando sacó un montón de papeles estos de dispersaron y cayeron flotando.
a a a a a
i i i i i i
u u u u u
e e e e e e
o o o o o o …
En la parte trasera de los folletos y los calendarios, había prácticas de hiragana, y además de hiragana, habían otros caracteres distintos.
E E E E E
toh toh toh toh
Ki  ki ki ki  ki
Zu zu zu zu
na na na na
Era un misterio cuántas ampollas se había hecho en el dedo hasta que Jonathan fue capaz de escribir todo eso y desgastar tanto el papel por la fuerza que usaba.
Sentada en medio del papel esparcido, abrió la carta arrugada que sujetaba con fuerza y bajó la vista. En los pobres caracteres y letra, se había escrito algo que transmitía una disculpa y cortesía a Kizuna.
¿Escribiste esto…?
La noche en la que sucedió el incidente del robo, cuando Kizuna se pasó por ahí y él le cerró la puerta, Jonathan, seguramente, intentaba terminar de escribir la carta.  Le imaginó encorvando la espalda y pegándose al escritorio, sujetando el lápiz con fuerza y escribiendo fervorosamente mientras recordaba las letras que había practicado una a una. ¿Cogió las cartas de Kizuna a su habitación para poder escribir el nombre y la dirección de la carta…?
No hizo nada por lo que ser castigado. Simplemente, intentó vivir haciendo lo que podía hacer.
“Quería poder ser capaz de escribir el nomVre de Kizuna, azí que escondí las cartaz, yo kería muchas cartaz para practicar las letraz, yo lo ziento musho. Pero my cuerpo eztá empeolando máz y máz. Yo máz y máz no puedo rekordar lo qué rekuerdo, por ezo kería escribir una carta cuándo todavía puedo rekordar las letraz, seguramente pronto no conozeré a Kizuna, no podré haVlar bien, azí que quería decir esto a Kizuna en una carta. Por faBor, tira todo lo de mi haVitazión. Le doy mi colekción de sellos a kien la kiera, por faBor, tira los origamiz y las piedraz porke creo ke nadie lo kiera.
Kizuna lo ziento, gracias y adiós.
También, adiós a todos.
Muchas gracias por zer tan amables conmigo.
                                                                                                     JONATAN”



[1] Hikikomori; persona que se niega a salir de su habitación.
[2] “-san”: Es el título más común. Se utiliza al referirse a alguien del mismo nivel. Se utiliza tanto con  mujeres como con hombres. La traducción es Señor o Señora, siempre se utilizan en segunda o tercera persona, pero nunca cuando te refieres a ti. También se puede usar para alguien que tiene una ocupación y no se sabe cuál es su nombre o apellido.
[3] Ore-sama: Significa “yo, yo mismo” de forma pomposa. Es una forma de hablar en la que un hombre se pone a sí mismo como primero como si fuera un rey o algo y espera que todo el mundo le obedezca.
[4] -sensei: Se usa para referirse o dirigirse a profesores, médicos, abogados, políticos y otras figuras de autoridad. Se utiliza para expresar respeto a una persona que ha alcanzado un cierto nivel de maestría en una habilidad, por lo que también puede ser empleado para hablar de novelistas, poetas, pintores y otros artistas, incluyendo dibujantes de manga.
[5] Randoseru es una bolsita hecha de cuero y materiales finos que usan los estudiantes de primaria en Japón.
[6] Origami: Arte de dar a un trozo de papel, doblándolo convenientemente, la forma de determinados seres u objetos.
[7] Eso vendrían a ser unos: 5.05€.
[8] Set de infusión IV: Es una aguja o tubo (catéter) que se inserta en la vena, permitiendo el acceso inmediato al torrente sanguíneo para suministrar líquidos y medicamentos. Puede ser intermitente o continua; la administración continua es denominada goteo intravenoso o vía intravenosa. El término "intravenoso" a secas, significa "dentro de una vena", pero es más común que se use para referirse a la terapia IV.
[9] Recomiendo leer esta parte con  el tema de piano: Katawa Shoujo - Moment of Decision.
[10] “-sama” es una versión más respetuosa y formal de san. Suele usarse en el ámbito profesional para dirigirse a los clientes o a personas de mayor categoría que el hablante, aunque también puede usarse para referirse a alguien que uno admira profundamente. Cuando se utiliza para referirse a uno mismo, sama expresa arrogancia extrema o la intención de reírse de uno mismo. El sufijo “-sama” se utiliza además al escribir la dirección del destinatario de una carta o paquete, y en los correos electrónicos de negocios.

Title: Capítulo 1: Adiós, cartero llorón
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Writed by Nana L15R1