Capítulo 1: El espantapájaros y el hada


El sol amaneció delante de ella; una luz cálida le dio en la cara a Ann, reluciente. En el asiento del conductor, Ann sujetaba las riendas. Notaba el frío viento que soplaba por el dobladillo de su vestido de algodón. Aunque una capa limpia la cubría no podía evitar temblar un poco. Miró al cielo mientras suspiraba.
La lluvia de la noche anterior parecía haber traído algo de polvo al aire. El cielo otoñal era claro. Era el día de su partida. Miró hacia adelante sujetando las riendas.
La carretera estaba enfangada; las ruedas del carruaje de caballos se llenaban de barro. Desde entonces, estaría sola y caminaría por ese camino sola. La preocupación y el nerviosismo se extendieron por su delgado cuerpo, pero también había algo de esperanza en su pecho.
-¡Ann, espera! ¡Ann!-Escuchó una voz detrás de ella.
Detrás del carruaje en forma de caja que Ann montaba se esparcían casas hechas de piedra. Durante medio año, Ann había estado en deuda con Knoxberry, un pueblo localizado a la parte noreste del reino de Highland. Desde que Ann nació, ella, junto con su madre, Emma, habían vivido viajando constantemente. Por lo tanto, el pueblo Knoxberry había sido el primer lugar en el que se había quedado seis meses. Un chico alto y rubio se acercó de ese pueblo. Era el único hijo de la familia artesana de caramelos. Su nombre era Jonas.
-¡Ay! ¡Qué mal!
Agachando la cabeza, Ann le susurró al caballo que se moviese, y, entonces, movió la mano.
-¡Jonas, gracias! ¡Por favor, cuídate!
-¡Un momento, Ann! ¡¿Me odias?!
-No es eso, no te preocupes.
Jonas gritó quedándose sin aliento:
-¡E-Entonces, espera!
-Caray… ¡Ya me he decidido! ¡Adiós!
La distancia entre ambos se hizo más grande rápidamente. Cuando Jonas no pudo alcanzarla, se paró. La miró perplejo mientras cogía aire. Ann volvió a saludarle con la mano antes de mirar hacia adelante otra vez.
-Mírame, mamá.
A principios de primavera, la saludable y alegre Emma enfermó, y durante ese tiempo, mientras vivían en Knoxberry, casualmente, fue incapaz de moverse. Los aldeanos eran amables con Ann y Emma que para ellos, eran desconocidas. Se quedaron en el pueblo intentando curar la enfermedad de Emma y los aldeanos les recomendaron ir a casa de Jonas. Madre e hija pasaron seis meses allí, sin tener que pagar ningún alquiler. Hecho que podría deberse a que se dedicaban al mismo negocio y les ayudaban. Sin embargo, Emma no se curó nunca y había muerto un mes antes.
“Encuentra tu propia forma de vivir y ves por ese camino con firmeza. Si se trata de ti, puedes hacerlo sin duda. Eres una buena chica, así que no llores.”
Esas fueron las últimas palabras de Emma.
Los arreglos del funeral y la incineración en la iglesia del país terminaron. Haciendo varias tareas necesarias el dolor pasó. Aunque Ann sintió pena, jamás fue capaz de expresarla. Emma ahora descansaba en la esquina del cementerio de Knoxberry y, mientras pensaba en eso su corazón confuso fue capaz de tranquilizar sus pensamientos. Cuando terminó todas las tareas, ya había pasado un mes y medio desde la muerte de Emma. En ese exacto momento, Ann decidió marcharse.
Tres noches antes, Ann le dijo a la familia con la que estaba en deuda que se embarcaría en un viaje.
-Ann, no puedes irte de viaje sola. No pasa nada si te quedas en este pueblo. Y… Eso es. ¿Por qué  no te casas conmigo?-Susurró Jonas cogiéndole la mano a Ann que estaba determinada a irse de viaje. Apartándose unos cuantos pelos rubios con una sonrisa, miró a Ann con ojos relucientes.-Siempre has estado en mi cabeza.
Ann y Jonas habían pasado seis meses viviendo en la misma casa, pero durante ese período de tiempo jamás habían hablado muy íntimamente por lo que a Ann nunca le pasó por la cabeza que la otra persona pudiese querer cortejarla.
Entre los finos rasgos de Jonas, sus ojos azules eran excepcionalmente hermosos. Parecían cristales caros importados del sur para el rey. Por lo que cuando esos ojos la miraron desconocedores de los gustos de la otra persona, se desconcertó.
No es que su cortejo le disgustase, pero, incluso entonces, Ann ya había decidido irse de viaje. Pensó que si informaba a Jonas de su partida la podrían retener, por lo que decidió marcharse del pueblo muy temprano, sin embargo, como cabía esperar, Jonas la siguió.
-Matrimonio…-Dijo distraída. Era como si esa palabra no tuviese nada que ver con ella.
En el pueblo, Jonas era popular con las chicas. Por supuesto, una de las razones por las que era tan popular era porque pertenecía a una tienda rica de caramelos. Aunque vivía en un área rural como Knoxberry, Jonas provenía de una famosa facción de artesanos de caramelos, y también era un pariente del fundador del gremio Radcliffe. Existía una gran posibilidad de que le escogieran como el próximo líder del gremio Radcliffe. Poco después de ser preparado para convertirse en el próximo líder, Jonas seguramente se marcharía a la Capital Imperial, Lewiston, para su aprendizaje, o al menos, eso se rumoreaba por el pueblo. En cuanto a ser el líder de un gremio, si tuviese suerte, podría hasta convertirse en un vizconde. Jonas, para las chicas del pueblo, era equivalente a un príncipe. En comparación, Ann era pequeña para una quinceañera. La llamaban “espantapájaros” por ser desgarbada y tener el pelo de color trigo claro. Y, al principio, su única propiedad era un caballo cansado y un viejo carruaje.
Que un príncipe le pidiese a un pobre espantapájaros que se casase con él, era un sueño.
-Oh, bueno. No es como que el príncipe se vaya a enamorar de verdad del espantapájaros de todos modos.-Murmuró Ann con una sonrisa amarga mientras azotaba al caballo.
Jonas era un mujeriego por naturaleza; era especialmente amable con las chicas. La única razón por la que alguien como él le pediría a ella la mano sería por sentir pena de sus circunstancias. No quería casarse por simpatía. Vivir un final de fueron felices y comieron perdices después de casarse con un príncipe, ese tipo de cuento de hadas de princesas, no valía la pena para ella.
No es que odiase a Jonas, pero vivir una vida con él no parecía tener ninguna atracción. La vida que quería era experimentarlo todo con cada paso. El padre de Ann murió poco después de que ella naciera a causa de la guerra, pero Emma, soltera, crío a Ann y continuó su vida. Además, Emma se convirtió en una maestra del azúcar plateado, un oficio admirable. Los artesanos de los caramelos eran comunes en todos lados en Highland, pero sólo aquellos reconocidos como Maestros del azúcar plateado eran los mejores y, en Highland sólo existían unos pocos.
Emma se convirtió en Maestra del azúcar plateado a los veinte años. Los caramelos de azúcar que hacía como maestra se podían vender a un precio más alto en comparación con los de los otros artesanos, no obstante, en los pueblos y ciudades del campo, esos caramelos tan caros no solían venderse. En la capital imperial, Lewiston, había mucha demanda pero como los maestros famosos se reunían todos allí, era muy difícil competir.
Emma escogió viajar por todo el reino para encontrar clientes que necesitasen caramelos de azúcar allí. A Ann le gustaba el fulgor abismal que Emma poseía. El viaje era duro, pero conseguir algo por ti mismo, caminando por ti mismo, era divertido.
Sería maravilloso ser una maestra del azúcar plateado como mamá”, eso había pensado durante mucho tiempo. Cuando Emma murió, finalmente decidió qué hacer con su futuro, y por el profundo amor y respeto que Ann tenía por su madre, dentro de ella, nació la determinación.
Me convertiré en una maestra del azúcar plateado”.
Pero convertirse en una maestra no era tarea fácil. Lo sabía muy bien. Cada año en Lewiston, la familia real organizaba el festival de escultura de azúcar. Para convertirse en un maestro del azúcar plateado, era necesario participar y ganar la medalla de oro. Emma participó en el concurso a los veinte años y ganó, y entonces, le dieron el derecho de hacerse llamar maestra del azúcar plateado.
El caramelo de azúcar plateado es un caramelo que se hace a base de purificar el azúcar plateado de las manzanas de azúcar. A parte de del azúcar plateado, no hay nada que no pueda hacer caramelos de azúcar. No existía nada más hermoso que las obras de caramelo hechas con caramelos de plata. Los caramelos de plata se usaban para funerales, bodas, coronaciones, ceremonias de mayoría de edad y otras. Se decía que sin los caramelos de azúcar, no se podía ni empezar las ceremonias. El azúcar plateado invitaba a las bendiciones y expelía la mala fortuna. Se solía llamar “la promesa de las bendiciones dulces”, una comida sagrada. Las leyendas decían que durante la era en la que las hadas gobernaban Highland, la gente hada consumía azúcar de plata  para alargar sus vidas. Se deceía que una energía misteriosa, llamada “forma”, moraba entre los caramelos de azúcar hechos con azúcar de plata. Los humanos comían ambos azucares pero, por supuesto, ninguno alargaba sus vidas, pero sí eran capaces de obtener un poder especial que ayudaba a alargar la vida de las hadas.  De hecho, cuando la gente tenía un caramelo bonito de azúcar y se lo comía, normalmente, empezaba a tener una inesperada buena suerte. Sin duda, la probabilidad de tener buena suerte aumentaba. Eso es de lo que se percataron los humanos tras cientos de años de experimentarlo, y es por eso que el reino tenía regulaciones estrictas para calificar a alguien de maestro del azúcar de plata.
La nobleza siempre intentaba conseguir los caramelos de azúcar más sagrados y bellos para ganar buena suerte. Incluso se decía que el destino del reino se determinaba en base al éxito de las esculturas del festival de otoño, un evento que se llevaba a cabo para rezar por la paz del país. Al igual que en años anteriores, cuando el otoño estaba a punto de acabar, se celebraría una competición en Lewiston y Ann planeaba participar.
Cada año, sólo una persona conseguía el título de Maestro del azúcar plateado. Según lo que había oído, sólo había veintitrés maestros en el país desde que Emma murió. No iba a ser fácil, pero tenía confianza. No había estado ayudando a una maestra de azúcar plateado quince años para nada.
El carruaje llegó a un camino con campos de trigo a ambos lados. Cuando el sol estaba en lo más alto del cielo, Ann llegó a la capital provincial de Redington, la ciudad más grande de la región del pueblo de Knoxberry. Redington era una ciudad castillo que se construyó con una plaza en medio. Arriba de la colina había el castillo del duque que gobernaba la región de Redington. Conforme entraba lentamente en la ciudad se encontró una multitud de gente delante de ella. Las gentes bloqueaban el paso. Ann hundió los hombros y se bajó del asiento del conductor. Entonces, dio unos toques en el hombro a una mujer que estaba de espaldas a ella.
-Mmm… Perdone… ¿Qué está haciendo todo el mundo? El camino está cortado y mi carro no puede avanzar.
-No, puedes pasar, pero… Jovencita, ¿tienes el valor de pasar por ahí?
-¿“ahí”?
Ann se agachó para pasar por debajo de la axila de la mujer y echó un vistazo a lo que todo el mundo estaba mirando.
Había un hombre musculoso en un charco de barro. Llevaba un arco atado en una correa a su espalda y una espada larga colgando de su cintura. Vestía botas de cuero y un chaleco de piel. Seguramente, era un cazador.
-¡¡Tú, inútil…!!
El cazador pisoteó el montón de barro una y otra vez alzando la voz. Unas gotas de barro salieron volando. Cada vez que pisaba el montón de barro, este gritaba. Al fijarse, Ann vio que el montón de barro era tan grande como una palma de la mano y tenía forma humana. Estaba en el suelo boca abajo y tenía una única ala transparente en la espalda que repelía el barro.
-¡¿Eso es un hada?! ¡Es horrible!
Ann dejó escapar lo que pareció un chillido. La mujer asintió. Las hadas eran criaturas parecidas a los humanos que vivían en los campos y los bosques. Habían muchos tipos y medidas, pero las dos alas semi transparentes que crecían en sus espaldas era un rasgo especial que todas compartían. Las hadas tenían habilidades especiales, así que si las usabas bien, había todo tipo de cosas que podían hacer por ti.
Ann había oído que la familia real, los aristócratas y los caballeros usaban un gran número de hadas para sus propios fines. Incluso entre los súbditos, normalmente, las familias de clase media tenían al menos un hada que les ayudaba con las tareas del hogar. La familia de Jonas en Knoxberry también tenía un hada llamada Kathy, tan grande como la palma de la mano de una persona. Kathy ayudaba a cuidar a Jonas y a preparar esculturas de azúcar.
-Es el hada obrera de ese cazador de hadas. Ha intentado robar su ala y huir.
La mujer bajó la voz y señaló al cazador de hadas. En la mano del cazador de alas colgaba una delgada ala, seguramente, la otra ala del hada cubierta de barro. Para controlar a un hada, el señor debe arrancar una de las alas del hada y tenerla consigo todo el tiempo. Las alas de un hada son la fuente de su energía vital. Se dice que las hadas podrían sobrevivir aunque les separasen las alas del cuerpo, sin embargo, si se hiere sus alas, se debilitarán y morirán.
Para un hada sus alas son como el corazón de un humano. Cualquiera temblaría de miedo si su corazón estuviese en la palma de otra persona. Sería imposible oponerse a la persona con su corazón. Por eso, al arrancar un ala del hada, el señor era capaz de usar al hada como quisiera. Pero, por supuesto, ningún hada quería ser una esclava. Había muchas que intentaban distraer a sus dueños para poder recuperar sus alas y huir.
Aunque muchos susurraban:
-Aunque sea un hada, ese trato es demasiado horrible…
y:
-Ese hada se va a morir.
Ninguno de los presentes hizo nada al respecto. Ann miró a la mujer a su lado y al hombre que también estaba cerca.
-¡Esperad! ¡¿De verdad no pasa nada si no paramos ese comportamiento?!
Pero la gente a su alrededor apartó la vista, inseguros de sí mismos. La mujer susurró débilmente.
-Me da lástima, pero… Un hada es sólo un hada…
-¡¿Y qué si es sólo un hada?! Si os quedáis de brazos cruzados esa pobrecita morirá. ¡Bueno, pues nada, ya voy yo!
Ann echó a un lado a la mujer y dio unos pasos hasta el cazador de hadas.
-Hey, jovencita. Una niña como tú debería desistir antes que sea demasiado tarde.
-No soy una niña. Tengo quince años. En este país una chica a los quince ya es legalmente adulta, ¿no? Soy una adulta de verdad. Estaría mortificada el resto de mi vida si como persona adulta, me quedase parada y mirase como pegan a un hada hasta matarla. No es broma.
Ann enderezó la espalda y ando a trancos hasta el cazador. Quizás fuese porque estaba muy exaltado, pero el cazador no la notó. Con el hada aplastada bajo su bota, agarró con fuerza el ala que tenía en ambas manos.
-¡Esta es tu ala! ¡Lo se significa que me perteneces!
-¡Para, bastardo! ¡¡Para!!
A pesar de todo, el hada seguía comportándose con valentía, movía las piernas y los brazos y salpicaba barro. Chilló, con una voz aguda. Pero el cazador de hadas estrechó el ala sin piedad alguna. El hada en el barro soltó un grito.
-¡Te voy a matar, hada ladrona!
Justo cuando el cazador usó más fuerza para partir el ala en dos, Ann se situó detrás de él. Bajó las caderas y cruzó los brazos.
-¡¡Hey, eres un grosero!!
Junto con su voz, la gema de su vestido se fue volando. Ann pateó con fuerza con una pierna y se agarró a la espalda del cazador con la rodilla. Era la técnica especial de Ann, el golpe mortal de rodilla. Eso pilló desprevenido al cazador y se le doblaron las rodillas, perdió el equilibrio y cayó de cara contra la fangosa carretera con la boca abierta con sorpresa.
Mientras los mirones estallaban en carcajadas, el hada dio un brinco y se puso en pie, liberado de la presión de la bota del cazador. Ann saltó sobre la cabeza del cazador y le quitó el ala de la mano.
-¡¡Zorra!!-Gritó el cazador, levantando la cara llena de barro.
Ann dio un salto hacia atrás sujetando el ala que había recuperado para el hada que seguía quieto sorprendido.
-Toma. Es tuya, ¿no?
Como si por fin volviese a sus cabales, el hada le quitó el ala. De toda su cara, sólo sus ojos azules brillaban con una extraña luz. El hada miró a Ann y dijo.
-¡Tsé! ¡No voy a darle las gracias a una humana!
Después de escupir algo así, se fue volando, esquivando las piernas de los mirones, agarrando el ala. Ignoró a la gente que chillaba de sorpresa al verle pasar, el hada, a toda velocidad, desapareció.
Ann se encogió de hombros.
-Oh, bueno. Después de todo, supongo que soy uno de esos odiosos humanos.
-¿Qué vas a hacer, niña? ¡¿Cómo te atreves a dejar escapar a mi hada obrera?!-Gritó el cazador de pie con barro cayendo de su barbilla.
Ann se giró hacia el cazador y dijo.
-Bueno, señor, ibas a matar a esa hada, ¿no? Así que, ¿qué más da si desaparece?
-¡¿Qué?!
El cazador levantó el brazo pero los mirones les rodearon y alzaron la voz en protesta.
-¡¿Un hombre adulto como tú le está levantando la mano a una niña?!
-¡La chica tiene razón!
-¡¡Eres un bárbaro!!
Bajo la fuerza de las protestas de la gente, el hombre se echó atrás. Ann le miró directamente, sin parpadear. Con un fuerte gruñido, bajó el brazo.
-Gracias. Me alegra que sea una buena persona, señor. Una buena persona como usted seguro que será amable con las hadas, ¿a qué sí? ¡Qué bien!
Ann le destelló con una sonrisa enfermizamente dulce, y la expresión del cazador se volvió incomprensible, era entre furia y felicidad.
Despidiéndose del cazador con un “hasta luego”, Ann pasó entre la multitud de mirones que la aplaudían y volvió al asiento de conductor de su carruaje. Indignada murmuró:
-No me lo puedo creer. Qué cruel. ¡¿Y qué que sea un hada?!
Las hadas eran, primariamente en apariencia, algo distintas a los humanos, pero tenían sentimientos y voluntad, y hablaban el idioma de los humanos. Ann pensaba que no eran distintas a los humanos. La gente a quien no le molestaba la conciencia cuando las usaba como criadas estaba mal de la cabeza. Por eso Emma jamás había usado hadas tampoco.
-Pero… Yo también, ahora mismo… Voy a hacer algo horrible…
Ann dejó caer el látigo sobre los caballos y condujo el carro adelante otra vez. Cuando llegó al medio de la ciudad, llamó a unos niños que jugaban por ahí y les dio un poco de dinero. Entonces, les pidió que vigilasen el carruaje para ella un poco. Los niños aceptaron de buena gana. Se bajó del carruaje y se dirigió a la plaza circular. En la plaza había tiendas en línea. Las tiendas estaban hechas de ropa y pintadas con grasa animal. Tenían un olor grasiento. Ropa, comida, cobre y muchos otros bienes se vendían allí. Era el mercado y estaba a rebosar de gente.
Un dulce aroma que salía de una de las tiendas donde se podía beber vino caliente le llegó a la nariz. Era un producto famoso del mercado en invierno. Pasando por todo el montón de gente, llegó a un lugar con menos personas.
El bloque estaba desierto, había unas pocas tiendas y extremadamente pocos clientes. Sus ojos se posaron en una tienda cercana.
Una jaula de madera con hiedra colgaba de la tienda. Había un hada del tamaño de la palma de la mano dentro. En su espalda sólo había un ala medio transparente. Había cinco o seis jaulas en fila. La pequeña hada dentro de la jaula la miraba con ojos llenos de sospecha. Al lado de esa tienda, había tres hadas peludas del tamaño de un perro. Estaban atadas con collares al cuello. Sus alas translucidas colgaban como si se hubiesen marchitado. Las hadas peludas mostraron los dientes para amenazar a Ann. Era el mercado de las hadas.
Los cazadores cazaban las hadas en los bosques y campos y los vendían a los mercaderes. Los mercaderes de hadas les arrancaban un ala a las que se convertirían en sus mercancías, les ponían un precio apropiado y las vendían en el mercado de las hadas. Si quería ir a la capital real de Lewison pasando por Redington entonces tendría que alejarse un poco de la ruta principal. La razón por la que se había parado allí era porque sabía que ese lugar tenía un mercado de hadas. Acercándose a la tienda más cercana, Ann llamó al vendedor.
-Perdone, ¿tiene hadas guerreras?
Ante esas palabras, el vendedor sacudió la cabeza.
-No trato con ellas. Ese tipo son demasiado peligrosas.
-Entonces, ¿sabe de alguien que las venda en este mercado?
-Sólo hay un sitio. El viejo de la pared de allí trata con ellas, pero… Jovencita, deberías rendirte ya. Ese producto no es bueno.
-¿Oh, en serio? Bueno, iré a echar un vistazo. Gracias.-Le agradeció y se marchó.
Los mercaderes de hadas clasificaban y vendían las hadas de acuerdo a sus apariencias y habilidades. La mayoría de las hadas se vendían como “hadas obreras” que se usaban para trabajos manuales. Las que tenían apariencias particularmente bonitas o exóticas se vendían como “hadas mascota” para decorar, y las que eran feroces se podían usar como guardias o soldados por lo que se vendían como “hadas guerreras”. Ann había ido al mercado a comprar un hada guerrera. Desde ahí, Ann podría ir a Lewiston a participar en el festival de escultura.
La carretera que conectaba la parte este del reino donde estaba Knoxberry y Redington con Lewiston se llamaba: “la carretera sangrienta”. Era un lugar muy peligroso que cruzaba zonas salvajes vírgenes y sin lugares para descansar ni pueblos por el camino. Como el área era muy pobre, había brigadas de gente que se habían arruinado y se habían hecho bandidos, y  también había bestias salvajes.
Era una carretera que Emma había evitado cruzar durante sus continuos viajes. Había una forma segura de llegar a Lewiston dando un rodeo por el sur y tomando otro camino, sin embargo, por esa ruta no llegaría a tiempo al festival de escultura. Ann quería llegar a tiempo sin importar qué. Era por una razón increíblemente sentimental.
Para cruzar la carretera sangrienta necesitaría un guardia, pero, desafortunadamente, la única opción que tenía era un hada guerrera. Las hadas no desobedecían a la persona que llevaba su ala, por lo que, como guardias eran de confianza. Su deseo de convertirse en una maestra del azúcar plateado era enorme, para ese propósito, Ann traicionaría su convicción de no usar hadas.
Cuando llegó al área que le habían indicado, miró a su alrededor. ¿En qué tienda se vendían hadas guerreras? En la tienda a su izquierda, había hadas del tamaño de la palma de la mano colgadas, seguramente esas se vendían como hadas obreras. En la de su derecha, había hadas adorables tan grandes como un grano de trigo dentro de botellas de cristal en una mesa. Un hada de ese tamaño no se usaba para labores domésticas, así que debían ser hadas mascota. Las vendían como juguete para niños.
Había otra tienda al final de la calle. Los bienes de esa consistían en una única hada. Había una alfombra de cuero extendida en el suelo y el hada estaba sentada encima arrodillada. Tenía una cadena en su tobillo conectado a un enganche de hierro. La apariencia del hada era de un hombre joven, unas dos cabezas más alto que Ann. Llevaba botas negras y pantalones, y una chaqueta. El atuendo seguramente era algo que le había puesto el mercader para subir el precio. La apariencia de esa hada destacaba. Tenía los ojos y el cabello negro, y una afilada aura. La piel blanca como si nunca hubiese tocado el sol era otra característica de las hadas. En su espalda, tenía una única ala transparente. Estaba tumbada en la alfombra como un velo. La apariencia del hada era sumamente bella. Algo en ella daba la sensación de dignidad reservada. Sin duda, esa era un hada mascota. Parecía el tipo de hada que las aristócratas se peleaban por comprar como decoración. Debajo del flequillo que colgaba en su frente, sus ojos miraban al suelo. La luz vespertina bailaba en sus pestañas. Solo con mirarle, Ann experimentó un escalofrío placentero por toda la columna.
Mientras le miraba, atraída por esas pestañas, el hada, de repente, levantó la cara. Sus ojos se encontraron. El hada miró directamente a Ann. Como si estuviese pensando en algo, el hada alzó la ceja levemente, pero entonces, pareció decidirse y murmuró:
-Pensaba que me eras familiar, pero ahora lo pillo… Pareces un espantapájaros.
Y así, aparentemente, perdió todo el interés en ella y volvió a apartar la vista de Ann.
                   

-Q-Qué grosero… ¡Mira que decirle esas cosas a una chica en la flor de la juventud…!
Ante la declaración del hada, las manos de Ann se cerraron en puños.
-No hay mucha flor por aquí…-Volvió a dispararle el hada, sin mirarla.
-¡Qué cosa tan horrible has dicho!
La persona que vendía esa hada grosera era un mercader anciano. Estaba al lado de la tienda, fumando un cigarro. Cuando vio a Ann levantó las cejas enfadado, el mercader de hadas abrió la boca y dijo:
-¡Otra vez no! Lo siento señorita, pero este producto tiene la boca podrida. Acosa a los humanos que pasan por aquí, sin importar quién sean. No le hagas ni caso y sigue por tu camino.
-¡Le hago caso! ¡En realidad, no es de mi incumbencia pero nunca podrás vender un hada mascota con esa boca! ¡Nunca! ¡¿Por qué no te rindes y le dejas marchar ya?!
-No es un hada mascota, es un hada guerrera.
Los ojos de Ann se abrieron como platos. Parecía que esta era la tienda sobre la que le habían hablado, la que vendía hadas guerreras. Pero no podía creerlo.
-¡¿Un hada guerrera?! ¿Cómo puede ser? Da igual cómo lo mires, le pega más ser un hada mascota. He visto hadas guerrero antes, eran enormes y duras como rocas.
-Este también es un hada guerrera. Es un espécimen excelente; dicen que tres cazadores murieron intentando cazarle.
Ann se cruzó de brazos con una expresión dubitativa.
-El anciano con el que he hablado antes me ha dicho que vendías un “producto de mala calidad”. ¿No estará usted diciendo que este hada con la boca podrida es un hada guerrera para poderle vender?
-Para los mercaderes de hadas, nuestra reputación lo es todo. No mentiría jamás.
Ann volvió a mirar al hada. El hada la estaba mirando, sonría débilmente, como si hubiese encontrado algo divertido.  Era una expresión sin temor. Verdaderamente, no parecía un hada obediente, tenía un aire de estar tramando algo pero no parecía lo suficientemente fuerte como para ser útil como hada guerrera.
-Quiero un hada guerrera, pero… ¿Tienes otro aparte de él?
Ante su pregunta, el vendedor sacudió la cabeza.
-Las hadas guerreras son difíciles de manejar. No puedo lidiar con más de uno a la vez. Es la única que tengo en venta, para que lo sepas, soy el único de aquí que vende hadas guerreras. Si vas a Libonpool, a sesenta caron de aquí hay otro vendedor que también vende hadas guerreras.
-Si  tengo que hacer un rodeo para ir a Libon pool, no llegaré a tiempo para el festival de escultura.-Gimió Ann mordiéndose el pulgar.
-Hey, espantapájaros.
De repente, el hada abrió la boca, Ann le miró.
-Por “espantapájaros”, ¡¿te refieres a mí, la encantadora doncella de quince años ante la cual hasta las flores se escondes de vergüenza?!
-¿Quién hay aparte de ti? Deja de hacer el tonto y cómprame.
Por un momento, Ann se quedó atónita.
-“Cómprame”… ¿E-Eso es una orden…?
El vendedor después de poner una cara sorprendida se agarró el estómago y empezó a reír.
-¡Qué bueno! Esta es la primera vez que le oigo decirle a alguien que le compre. ¿Te has enamorado de ella a primera vista o algo? ¿Qué te parece, señorita? No te queda de otra, ¿no? Te haré un buen precio y te lo dejaré por cien cres. Si no fuera por esa bocaza que tiene lo vendería como hada mascota. Habría gente dispuesta a gastar trescientos cres en comprarle.
-Eso sería si no tuviese esa bocaza.
Pero la cantidad que el mercader le había propuesto era, en efecto, barata. Las hadas guerreras y las hadas mascotas eran raras y por tanto, caras. Cien cres equivalían a una moneda de oro. Para un hada guerrero, era un precio inesperadamente bajo.
-Hey, tú. Si me dices que te compre, quiere decir que tienes confianza en tus habilidades como guerrero, ¿no?
Ante eso, el hada miró a Ann con una pizca de curiosidad en los ojos.
-¿Qué quieres que haga?
-Un trabajo de guardia. Voy a viajar a Lewiston sola. Quiero que me protejas hasta ahí.
El hada sonrío con confianza.
-Eso no es nada. Hasta te daré un beso gratis como bonus.
-¡No quiero un bonus como ese! Especialmente tratándose de mi primer beso, sería una vergüenza que me lo robaran así.
-Qué cría.
-¡Bueno, lo siento por ser una niña!
Por supuesto, le hubiese gustado un hada guerrera más obediente y seria si fuera posible, pero no tenía tiempo para dar un rodeo hasta Libonpool. Ann se decidió.
-¡¡No me queda de otra!! Tiene una bocaza, ¿y qué? No me puedo permitir ser quisquillosa.
Se sacó una bolsita del bolsillo del vestido, lo abrió y sacó una moneda de oro mezclada con moneditas de cobre.
-Señor, voy a comprar esta hada.
-Jaja. Así que te has rendido, ¿eh, señorita?
El mercader miró el oro mientras reía. Cuando Ann entregó la moneda de oro, el vendedor la examinó y la aceptó. Entonces, se quitó la pequeña bolsita que llevaba atada en el cuello.
-Muy bien, pues, vamos a mirar el ala.
El vendedor sacó de la bolsa algo que parecía un trapo transparente doblado de la talla de la palma de la mano. La desdobló y el ala resultó tan alta como Ann. Era un ala que dependiendo de la luz tenía los colores del arcoíris, era tan bella que dudaba si tocarla o no. Aunque la habían doblado, no tenía arrugas ni líneas como la ropa. Cuando la tocó con cuidado, notó que parecía seda. La suavidad le dio un escalofrío.
-¿Es su ala?
-Sí, te lo demostraré.
Al decir eso, el vendedor agarró el ala y la estiró desde el miedo, el ala dentro de la tienda gruñó.
El hada se abrazó a sí mismo y su cuerpo entero se tensó.
-¡¡Para!! ¡Ya lo pillo, así que para!
Ante las palabras de Ann el mercader dejó de apretar el ala. El cuerpo del hada se debilitó y apoyó una mano en el suelo. Cuando levantó la cabeza, miró siniestramente al vendedor.
El vendedor dobló el ala, la devolvió a la bolsa y se la entregó a Ann.
-Lleva esto en el cuello todo el rato. No importa qué hagas, ten cuidado. Sin esta bolsa en las manos, a saber qué te hará esa hada. A un conocido mío lo mató su propia hada guerrera después de quitarle su ala. Si consiguen su ala, no se irán y ya, sino que seguramente matarán a su amo.
-¿Y qué hago cuando me tenga que ir a dormir? ¿No me pillará por sorpresa mientras duerma?
-Cuando te vayas a dormir, asegúrate de esconder el ala dentro de tu ropa y aferrarte a ella.
-¿Con eso bastará?
-Piénsalo. Si la persona a la que quieres asesinar tiene tu corazón en la palma de su mano podría aplastarlo antes de morir… Las alas de hada son especialmente frágiles. Así que tienen tanto miedo que no hacen locuras. Que se les rompa las alas es un temor que tienen en su instinto. Ya has visto lo que le ha dolido, ¿no?
Ciertamente, después de ver cómo había sufrido, Ann entendía el por qué las hadas no podían eliminar a sus dueños tan fácilmente. Después de sentir, en realidad, lo que era usar el miedo y  el dolor para controlar a otra persona, su depresión sobre usar un hada incrementó.
-Ten cuidado, sobre todo con esta. Hasta ahora cada vez que parecía que alguien le iba a comprar, empezaba a proferir insultos y barbaridades que ni te imaginarías al mirarle a la cara, y, al final, asustaba a todos los clientes. Pero esta vez él es quien te ha dicho que le compres. No sé si es porque es voluble o qué, esto es un milagro.
-¡¿Tan problemático es?!
-¿Has cambiado de idea después de comprarlo?
Ann pensó durante unos  minutos y entonces, sacudió la cabeza.
-No me da tiempo de ir a Libonpool. Lo compraré.
-Siendo así, está bien. Ten cuidado con esa ala. Asegúrate que no tiene nunca la oportunidad de quitártela.
Cuando Ann asintió, el vendedor empezó a quitarle las cadenas alrededor de los tobillos del hada. El hada mostró una sonrisa fina, afilada como una espada, y le susurró al mercader:
-Sólo espera, algún día volveré a matarte.
-Oh, ¿no es adorable? Lo esperaré con ansías.
Rechazando la despedida amenazadora, el mercader le quitó la cadena. El hada se puso en pie. Era alto, su ala, que brillaba con los colores del arcoíris bajo el sol, le llegaba hasta las rodillas.
-Bueno, supongo que te he comprado. Por favor, ten paciencia conmigo.-Dijo Ann. El hada sonrió burlonamente.
-Tus finanzas deben irte bastante bien para que tengas una moneda de oro, ¿eh, espantapájaros?
-¡No me llames espantapájaros! ¡Me llamo Ann!
El vendedor puso una expresión inquieta mientras escuchaba el dialogo entre Ann y el hada.
-Señorita, ¿de verdad crees qué podrás manejarle?
-Puede conmigo, ¿verdad, espantapájaros?-Respondió el hada.
Ann volvió a gritar al ser menospreciada con una cara que parecía burlarse de ella.
-¡Me llamo Ann! ¡Ann Halford! ¡La próxima vez que me llames espantapájaros te daré un puñetazo!
-…Supongo que le irá bien.
Ann resopló mientras miraba furtivamente al hada. Entonces, respondió vehementemente al vendedor:
-¡Sí! Estaré bien, no se preocupe, señor. Muy bien, tú te vienes conmigo.

-Oye, ¿cómo te llamas?-Le preguntó Ann al hada sentada a su lado en el asiento del conductor mientras hacía avanzar a los caballos.
El hada se cruzó de piernas, se cruzó de brazos y se apoyó en el respaldo del asiento. Se podría decir que estaba descansando. Entre el hada y Ann, que dirigía los caballos locamente, el hada parecía estar cien veces más al mando. El hada miró a Ann como si fuera una gran molestia.
-¿Por qué lo preguntas?
-Porque no sé cómo llamarte, ¿no?
-Puedes llamarme Tom o Sam, o por cualquiera de esos nombres que tanto os gustan a vosotros, los humanos.
Generalmente, cuando se usaba a un hada, el dueño le ponía nombre, pero a Ann no le gustaba eso, porque sentía que era humillante que no se refirieran a ti por tu nombre.
-Si fuera yo, me gustaría que me llamasen por mi nombre real. ¿No te pasa lo mismo a ti? No quiero ponerte un nombre aleatorio y empezar a llamarte eso, así que dime tu nombre.
-No me importa cómo me llames. No preguntes tonterías. Ponme el nombre que quieras y llámame así.
El hada se dio la vuelta. Ann echó un vistazo a su lado y dijo:
-Entonces, te llamaré… ¿Cuervo?
Tal y como se esperaba, el hada miró a Ann con una expresión extremadamente disgustada.
-¿A cambio de lo de espantapájaros?
-Exacto, Cuervo-san.
El hada alzó las cejas, entonces, tras un momento de silencio, dijo de mala gana:
-Shall Fen Shall.
-¿Ese es tu nombre?
Él asintió a su pregunta. Ann sonrió.
-Qué nombre tan bonito. Mucho mejor que Cuervo. ¿Qué es tu nombre de pila y qué es tu apellido?
-Todo es mi nombre. No hay separación entre el nombre de pila y el apellido a diferencia de los humanos.
-¿Ah, sí? Pero “Shall Fen Shall” es demasiado largo… Te llamaré sólo Shall. ¿Vale?
-He dicho que me llames cómo quieras, ¿no? Eres mi dueña.
-Supongo que eso es verdad…
Escuchar esas palabras proviniendo directamente de la boca del hada no le hizo feliz. Su sentido de culpabilidad por haber comprado un hada para usarla como esclava se hizo más fuerte.
Con Ann como guía, el carruaje salió de Redington y prosiguió hacia la carretera sangrienta. Los campos de trigo desaparecieron dejando a cada lado del carruaje un espeso bosque.
Ann abrió la boca sintiendo que estaban cerca de la carretera sangrienta.
-Te he comprado para que me hagas de guardaespaldas, pero te prometo una cosa. Cuando hayamos cruzado la carretera sangrienta y lleguemos a salvo a Lewiston, te devolveré el ala.
Al escuchar eso, Shall miró a Ann con desconfianza.
-¿Dices que me vas a liberar?
-Exacto.
Shall, por un momento, tuvo una expresión de sorpresa en su rostro, pero entonces, de inmediato, dejó escapar una risa ahogada.
-¿Vas a dejar ir una hada por la que has gastado una moneda de oro? ¿De verdad existen humanos tan ingenuos?
-“Ingenuos” es una forma grosera de decirlo… Creo que las hadas y los humanos podríamos ser amigos. No me gusta usar a una persona de la que podría hacerme amiga. Te he comprado porque necesitaba un guardia de confianza de inmediato y no tenía otra opción. Pero, si no es necesario, no quiero usar hadas. Por supuesto, venderte a otro humano está fuera de cuestión.  Así que te devolveré el ala. Por eso, si es posible, me gustaría que mientras viajemos juntos fuéramos amigos normales.
-¿Amigos? Es imposible que podamos ser amigos.
Ann suspiró ante sus frías palabras.
-Puede ser, pero… Ese es el ideal de mi madre y mío. Pero los ideales, al igual que con los sueños,  no importa cuántos tengas, si nadie hace nada para volverlos realidad, siempre se quedarán en ideales. Así que voy a hacer eso una realidad.
-Supongo que veremos la prueba de si eres o no una descerebrada de este nivel cuando lleguemos a Lewiston.
-¡¿No te he dicho que no me llames espantapájaros?!
La palma de su mano fue volando hasta él, pero Shall la interceptó. Ann se mordió el labio inferior, enfadada.
-¿Por qué me dijiste que te comprara si crees que soy tan idiota? Si por mí fuera, no me gustaría para nada que me usase alguien que creo que es idiota.
-Los humanos son todos iguales, por eso es más fácil para mí si mi dueño es un imbécil. Tú pareces ser la más tonta que he visto en los últimos años.
-Por alguna razón… Cada vez que hablo contigo… Siempre acabó deprimida.
Ann entendió el por qué había costado tanto vender a Shall. Si era así de malo siendo su guardia, ¿cómo sería al protegerla?  El viento revoloteando el dobladillo de su vestido se volvió, de repente, más frío.
Ann noto que una carretera de piedra y salvaje se extendía ante ella. Era la carretera sangrienta. El carruaje entró lentamente en ella.
Las ruedas rodaron por las piedras, y el alto carruaje se balanceaba de derecha a izquierda vibrando.
El cielo estaba claro, pero el aire era frío. Las cercanías de la carretera sangrienta estaba formada por cadenas de montañas altas, y el viento que traían era helado. El yermo de hierba seca se extendía más allá de donde alcanzaba la vista. Había algún árbol, ocasionalmente, pero era obvio con solo un vistazo que el suelo era mermado.
A lo largo de la carretera sangrienta, no había muchos pueblos o ciudades. Sin embargo, los gobernantes de cada territorio se ocupaban de mantener cada parte de terreno que atravesaba sus territorios. A pesar de que el camino estaba “cuidado” no se capturaban a los ladrones ni se echaban a las bestias salvajes. Sólo había dos cosas que hacían los gobernantes: en primer lugar, podaban una vez al año para que las plantas no ocupasen la calzada y, en segundo lugar, construyeron fortalezas simples a las que llamaban: “paradas de descanso”, para que los viajeros pudiesen pasar la noche. La carretera sangrienta era peligrosa, pero seguía en uso gracias a los dos servicios que daban los gobernantes.
Ann tenía mapas detallados del reino entero. Emma había atesorado en especial estos mapas ya que eran indispensables para viajar. Solía actualizar los mapas regularmente escribiendo nueva información.
Ann revisó la localización de la parada más cercana al sacar el mapa de la parte oeste del reino. Se apresuraron a la parada mientras el sol empezaba a ponerse, y consiguieron llegar antes de que el sol desapareciera del todo.
La parada de descanso era, meramente, una fortaleza cuadrada con cuatro paredes altas de piedra. No tenía techo. La puerta era una puerta de levadiza de hierro que funcionaba con cadenas. El interior estaba repleto de plantas y era suficientemente grande como para que cupieran cinco carruajes. Básicamente, los viajeros podían correr dentro de las cuatro paredes en busca de protección de bestias y ladrones.
Ann condujo el carro dentro de la parada rodeada de árboles, entonces, cerró la puerta de hierro. Estaba cansada del traqueteó de todo el día después de un año y medio por lo que decidió irse a dormir temprano. Sacó dos esteras de piel curtida y dos mantas que estaban almacenadas bajo el asiento del conductor. Ann extendió una al lado del carruaje para ella, entonces, le dio la otra a Shall.
-Escoge tú mismo donde quieres dormir. Extiende esto y úsalo para tumbarte, y esto es para cenar. Siento que no sea mucho, pero no podemos permitirnos mucho lujo por el camino.-Y así, le dio una taza llena de vino de uva y una manzana.
Considerando el viaje, la muchacha decidió ser frugal con la cena. Ann se cubrió con la manta, mordió la manzana y en unos instantes la devoró por completo. Tiró el corazón y engulló el vino. La amargura fría se convirtió en nada en calidez conforme se movía hacia su estómago. Se acurrucó en la estera sintiendo el calor en sus orejas.
Shall extendió su estera a una corta distancia de la de Ann, se sentó y se cubrió el regazo con la manta. Observó la luna con la taza de vino en una mano. Aquella noche había luna llena. La luz de la luna iluminaba el rostro de Shall. Bañado por la luz de la luna, la elegancia del hada se pulió todavía más. Era como una joya, húmeda por el rocío y reluciente encantadoramente. El ala en su espalda también brillaba con un color gentilmente verde claro. Al parecer, a diferencia de la que le habían arrancado, el ala en la espalda de Shall cambiaba sutilmente de color según su humor.
“¿Las alas de las hadas están calientes? ¿O están frías?”
De repente, Ann se vio abrumada por el deseo de tocarla y ver.
“Las alas de las hadas son muy bonitas. ¿Puedo tocarlas?”
Mientras se lo preguntaba, la muchacha extendió la mano. Ante esto, el ala de Shall tembló, erizándose ligeramente, y batiéndose contra la hierba dos y tres veces.
Shall la miró con ojos afilados cuando Ann alejó la mano con un jadeo.
-No me toques. A parte del ala en tus manos, el resto es mío.
Al mirar su expresión de furia fría, Ann recordó que poseía su ala, y para un hada, sus alas eran tan valiosas como su vida.
-Lo siento. He sido una inconsciente.-Se disculpó sinceramente y, mientras examinaba el perfil de la cara de Shall apretó la cuerda de cuero que colgaba delante de su pecho.
Las alas de un hada eran la fuente de su vida vital, como el corazón lo es para los humanos. Ann estaba usando al hada con su corazón entre sus manos y le amenazaba con aplastarlo si no hacía lo que quería. Desde el punto de vista de un hada, debía parecer algo diabólico.
Ann suspiró suavemente.
“Odio esto…”
Quizás podía conseguir que Shall hiciera lo que quería sin tener que actuar así. Si, por ejemplo, pudiese hacerse su amiga… En ese caso, no habría necesidad de usarle. Podría pedirle un favor y conseguir que le ayudase por voluntad propia.
-Hey, Shall… Tengo una propuesta para ti…-Ann levantó un poco la cabeza.-Ya te lo he dicho esta tarde, pero… ¿Por qué no intentamos ser amigos?
-¿Tú eres tonta?-Shall le giró la cara respondiendo con brusquedad.
Ann descansó la cabeza en la manta, deprimida.
“Seguramente no servirá de nada de inmediato, pero tengo el presentimiento que si soy sincera con él, algún día me entenderá. En todo caso, me pregunto en qué estará pensando mientras mira la luna. Sus ojos son preciosos…”
Frunció el ceño y Ann se quedó dormida. En la cómoda oscuridad, Ann empezó a soñar. Como siempre se encontraba en un campo. Ann estaba arropada con una manta y Emma se movía afanosamente, entrando y saliendo del carro. Ann sintió alivio al ver a Emma ante sus ojos. Al mismo tiempo, algo caliente trazó una línea en sus mejillas.
-Venga, venga, Ann. ¿Qué pasa? ¿Te duele algo?
-No es eso… He tenido una pesadilla. Una pesadilla en la que morías, mamá.
-Qué tontería. Que tengas un sueño así significa que no te encuentras bien. Voy a ver si tienes fiebre.
La mano fría de Emma tocó el cuello de Ann suavemente. Esos dedos eran largos y delgados, y siempre fríos ya que se enfriaba la punta de los dedos en el agua cuando trataba el azúcar plateado que se derretía fácilmente. Esos dedos eran insoportablemente valiosos, y algo sobre ellos parecía escabullirse. Sin pensar, Ann estrechó esos dedos fríos.
-¡Mamá, por favor, no te vayas!
Ante el sonido de su propia voz gritando, Ann se despertó de un susto. Se dio cuenta que había estado soñando, pero los dedos fríos que Ann agarraba eran reales. La cara de Shall estaba tan cerca que podía sentir su aliento. Su cabello negro parecía estar a punto de tocar la mejilla de Ann.
-¡¿Q-Qué?!
Empujó los dedos y dio un salto.
“¡¿No me digas que este es el gran y poderoso “bonus” del que me había hablado?!”
Shall sonrió con ironía. Era una sonrisa fría.
Lentamente Ann cayó en que Shall no parecía tener el “bonus” en su mente.
“¿Qué demonios hacía Shall…? Me estaba tocando el cuello…”
-Estabas tocándome el cuello…
Fue entonces, cuando Ann se dio cuenta que la cuerda de cuero que colgaba de su cuello sobresalía del collar de su vestido. Esa cuerda de cuello es la que contenía la bolsita con el ala de Shall.
-Shall, no me digas que… ¿Has intentado robar tu ala?
-Casi la tenía.-Dijo sin rastro de culpabilidad.
-¿De verdad intentabas robarla? Qué horrible…
-¿El qué?
-Te lo he dicho, ¿no? Quería ser tu amiga, y aun así, tú…
Ann quería ser amiga de Shall de verdad, y aun así, sentía que habían traicionado esos sentimientos hecho que la entristeció. Shall se río burlonamente al encontrarse con los ojos de Ann.
-¿Quieres que seamos amigos? Tienes la vida de una persona en la palma de tu mano, ¡¿y dices que quieres que seamos amigos?!-Ann se sorprendió ante esas palabras.-Me has comprado, me estás usando. Es imposible que seamos amigos.
Si Ann quería que su ideal se hiciera realidad, tendría que devolverle primero su ala y entonces, pedirle que fuera su amigo y rogarle que le ayudase. Esa era la única manera. Pero, para ser honestos, temía que él huyese con su ala. Por eso, Ann le había pedido que fueran amigos con su ala en la palma de sus manos. Hasta ella sabía que era pedir demasiado dada su relación actual. Mientras tuviese su ala, sería su dueña.
Shall sólo había hecho lo que era normal para un hada y había intentado recuperar su ala. Pensar que la habían “traicionado” y entristecerse era ser el perro que se muerde la cola. La verdad es que Ann había sido estúpida por bajar la guardia.
-Soy una tonta de verdad, ¿eh?-Suspiró suavemente.
Ann sólo había estado intentando hacerse sentir mejor pensando: “si somos amigos, no pasará nada”. Se dio cuenta, entonces, lo egoísta y estúpida que había sido.
-Tengo que ir a Lewiston. No me puedo permitir nada peligroso como devolverte el ala y pedirte que me protejas hasta llegar allí, por eso, aunque en mi corazón he decidido que te voy a usar, una parte de mí se ablandeció. Decir que quería ser una amiga… ha sido una tontería.-Ann cerró los ojos, cogió aire y entonces, volvió a abrirlos.-Te he dicho que te devolveré el ala si me ayudas a llegar a Lewiston a salvo. ¿Has intentado robar tu ala por qué no puedes creerme aunque te lo jure? ¿O por qué que te use un humano por un tiempecito es muy odioso? Da igual cuál sea, no pasa nada. Desde ahora no bajaré la guardia, así que no lo olvides.-Miró al hada inexpresiva. Él no respondía.-Ahora que hablamos de ello, voy a mantener mi promesa. Cuando lleguemos a Lewiston, te devolveré el ala. Después de eso, te volveré a preguntar si quieres o no que seamos amigos. Hasta entonces, soy tu dueña.
Shall soltó un bufido y le dio la espalda. Parecía trágico que solo tenía un ala en su espalda donde se reflejaba la luz de la luna. Mirando al cielo, se dijo a sí mismo.
-La luna es preciosa.
“Lo he echado todo a perder.”
Incluso con sus ojos en la luna, Shall Fen Shall era consciente de la presencia de Ann tumbada a su lado. Irradiaba nerviosismo. Tal y como estaban las cosas en ese momento, aunque pudiese volver a dormir, seguramente, se despertaría en cuanto sintiera su cercanía. Esa noche le sería imposible recuperar su ala. Pero no tenía prisa.
Desde que había caído en manos de los cazadores de hadas, le habían pasado de humano a humano. Shall había pasado todo ese tiempo pensando, únicamente, en matar a su dueño y huir, pero no era tan fácil. Esos humanos eran crueles y cautelosos.
Desde que le habían puesto a la venta en el mercado de Redington, se había esforzado en asegurarse que le compraba un idiota. Si un idiota le compraba, le podría matar, o quizás, le distraería y recuperaría su ala, y entonces, podría huir. No obstante, todos los clientes que buscaban un hada guerrera eran perspicaces y de apariencia cruel. Por eso, cada vez que los clientes empezaban a negociar con el mercader, había hecho todo lo posible en comportarse mal y echarlos atrás.
“Me pregunto qué tipo de cliente vendrá hoy. Espero que sea un idiota.”
Mientras Shall deseaba esto sentado ocioso, de repente, sintió un aroma dulce en su nariz. Sintió la esencia similar al aroma del azúcar plateado. Cuando alzó los ojos, una jovencita delgada del color del trigo le miraba.
Anunció que quería comprar una hada guerrera, era una oportunidad de una entre un millón. Cuando Ann había decidido comprarle, él sonrío para sí. Era una chiquilla que le trataba como a un amigo y constantemente le decía chiquilladas como: “seamos amigos”. Ni siquiera necesitaría manchar de sangre su espada. Predijo que pronto conseguiría recuperar su ala fácilmente. Pero Ann era más inteligente de lo que había pensado, y se había dado cuenta.
Había intentado recuperar su ala, estaba seguro que, por lo menos, le castigaría hiriendo su ala. Pero Ann no le castigó, todo lo contrario, le volvió a prometer que le devolvería el ala cuando llegaran a Lewiston, y había dicho que después de eso, le preguntaría si quería ser su amigo.
Era un misterio, no sabía en qué pensaba, sin embargo…
“Da igual qué piense, es una idiota.”
Con una chica tan inocente, seguro que tendría miles oportunidades. No había ninguna necesidad de darse prisa. 
Los humanos le habían usado durante, casi, setenta años. No importaba si conseguía su libertad en tres o dos días.
De repente, volvió a oler ese aroma dulce. Miró detrás de él. Esa esencia provenía, sin lugar a dudas, del pelo de Ann y de la punta de sus dedos. Era el aroma del azúcar plateado que estimulaba sus recuerdos y agitaba sus sentidos. Shall, inconscientemente se tocó los labios con la punta de sus dedos. Era una sensación dulce que había experimentado en un pasado lejano. El placer de que acariciaran su ala tiernamente… Esos dedos amables… Al recordar esa sensación de su pasado, involuntariamente, dejó escapar un suspiro.
-Liz…
Detrás de él, Ann se dio la vuelta en sueños. Agitado, Shall se quitó los dedos de los labios. Miró a Ann por encima de su hombro, tenía los ojos cerrados.
-¡Mamá, por favor, no te vayas!
Antes, Ann había gritado eso cuando abrió los ojos. Ante eso, experimentó un momento de duda. 
“¿Qué hace su madre dejando a una pequeña chiquilla como esta viajar sola?”
La mano que se había aferrado a los dedos de Shall eran muy indefensos. Por alguna razón, esa sensación se quedó guardada en su corazón. 


Title: Capítulo 1: El espantapájaros y el hada
Rating: 10 out of 10 based on 24 ratings. 5 user reviews.
Writed by Nana L15R1